VOLVIÓ EL GERNIKA PEREGRINO.

Sábado 9 de mayo de 2026

Estuvimos en la conferencia que ofreció el ex presidente del Parlamento Europeo, Enrique Barón en la Bilbaina. Venía a hablar de su libro “Paz y Guerra” con apuntes sobre su visión europea. Es una persona muy experimentada que ha conocido muchos de los líderes actuales, habida cuenta su representación.

En la charla  no podía faltar una mención a su esposa, Sofia Gandarias, fallecida y el cuadro que pintó tras una conversación que tuvo con el entonces alcalde de Gernika y buen amigo, Eduardo Vallejo. Posteriormente el cuadro ha paseado errante por varios países, estando expuesto en las Naciones Unidas de Nueva York y ha vuelto a Gernika para quedarse. Enrique Barón mencionó al alcalde Vallejo y eso nos gustó.

El regreso ya se produjo el mes pasado. En 2026, el imponente tríptico Gernika de Sofía Gandarias volvió  al Museo de la Paz de Gernika para quedarse de forma definitiva en su exposición permanente. Una obra monumental, cargada de memoria y simbolismo, que durante años recorrió el mundo como “El Gernika Peregrino” y que hoy vuelve al lugar del que nunca debió salir: la ciudad que la inspiró.

La pintora gernikesa presentó el cuadro en 1998 y lo donó posteriormente al museo tras su presentación oficial en el Parlamento Europeo el 24 de marzo de 1999.  Entre 1999 y 2002 pudo verse en Gernika, pero la remodelación del museo obligó a retirarlo de la exposición. Desde entonces, el tríptico y los cinco bocetos preparatorios viajaron por distintos países -España, Italia, Suiza- manteniendo viva la memoria del bombardeo del 26 de abril de 1937.

Ahora, tras una adecuación específica de las salas, la obra regresa con carácter permanente. Y no es un regreso menor: es un acontecimiento cultural y simbólico.

Un grito pictórico contra la barbarie

El  tríptico no es solo una representación histórica del bombardeo perpetrado por la Legión Cóndor. Es una interpretación profundamente personal. Gandarias, nacida en 1951 en una Gernika reconstruida por el régimen franquista, hablaba de aquella ciudad  “regalada por los vencedores”, de una memoria contenida, de un pueblo al que “le dejaron su árbol”, pero al que también le impusieron un relato.

En la primera parte del tríptico, las bombas matan la esperanza, representada en una madre embarazada. Una procesión de fetos dibuja una danza macabra. La Iglesia de San Juan aparece destruida. El reloj marca la hora exacta del bombardeo. Y sobre todo, una imagen impactante: del cielo llueve sangre. La ciudad es un horno rojo, una herida abierta.

George Steer, la memoria y la dimensión universal

Gandarias quiso tener muy presente al periodista británico George Steer, cuya crónica internacional dio a conocer al mundo la tragedia de Gernika. Su cuadro no es solo memoria local; es denuncia universal. Es la constatación de que los vencedores escriben la historia, pero el arte puede reescribir la conciencia.

La pintora evocaba también versos de León Felipe para describir aquella ciudad sola, crucificada, herida por la lanza cainita. Su Gernika no compite con el de Picasso: dialoga con él desde otra generación, desde la memoria heredada y desde la vivencia íntima.

Un regreso que reabre la conversación

El retorno definitivo del Gernika de Sofía Gandarias al Museo de la Paz no  fue  ni es solo una noticia cultural. Es una invitación a volver a mirar. A preguntarse qué significa hoy Gernika. A entender que la memoria no es un ejercicio del pasado, sino una responsabilidad del presente.

En un momento en el que Europa vuelve a escuchar ecos de guerra, el tríptico de Gandarias recupera una vigencia incómoda y necesaria. No es un cuadro para observar de lejos. Es una obra que interpela, que duele, que obliga a detenerse.

MADRID NO ES CARACAS. MARÍA CORINA DESCARRILÓ

Viernes 8 de mayo de 2026

Melvin Peña

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Atardecer madrileño a mitad de abril. En la Puerta del Sol, Carlos Baute, cantante venezolano-español, acababa de actuar ante miles de compatriotas reunidos para recibir a María Corina Machado. La Premio Nobel de la Paz 2025 estaba a punto de aparecer en el balcón de la Real Casa de Correos junto a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. La emoción era palpable. Y entonces Baute, micrófono en mano, secundó desde la tarima un cántico que la multitud había empezado a corear: «¡Fuera la mona!» —en referencia a Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro por las fuerzas estadounidenses.

En menos de cuatro segundos, la jornada simbólica más importante del año para la oposición venezolana se convirtió en titular incómodo. Una líder con Premio Nobel de la Paz, recibiendo la Medalla de Oro de Madrid, forzada a distanciarse de cánticos racistas dirigidos a una mujer mestiza. La Embajada de Venezuela en España fue la primera en pedir disculpas —al pueblo español, no al venezolano—. La paradoja estaba completa: el régimen autoritario al que MCM combate salió, ese fin de semana, mejor parado que ella en términos de estrategia y de comunicación.

Esa escena condensa todo lo que cabe analizar de la visita: una brecha sostenida e instructiva entre un capital simbólico inmenso y una eficacia estratégica menor.

LO QUE SE JUGABA EN EUROPA

Madrid no era una escala más. Tras Oslo y tras meses de gira europea -Macron en París, Jetten en La Haya, instituciones comunitarias en Bruselas-, España era el eslabón más delicado de la cadena.

Por tres razones. La primera, la diáspora: España alberga la mayor concentración de exiliados venezolanos de Europa, especialmente en Madrid. Es la audiencia más emocionalmente cargada y políticamente activa que MCM iba a encontrar fuera de Caracas. La segunda, las gratitudes pendientes: Edmundo González —reconocido por la oposición como presidente electo en 2024— vive exiliado en Madrid tras ser sacado del país en un avión militar español. Decenas de miles de venezolanos han recibido nacionalidad o regularización gracias a la política humanitaria del gobierno español. La tercera, la asimetría política con Estados Unidos: la Casa Blanca de Donald Trump ya estaba flexibilizando sanciones contra el gobierno interino de Delcy Rodríguez, mientras Sánchez mantenía una posición más cautelosa.

España, en otras palabras, podía haber sido el contrapeso europeo. La salvaguarda institucional. La póliza de seguro frente a un eventual viraje impredecible en Washington. En lugar de eso, Madrid se convirtió en el escenario donde más cosas se rompieron al mismo tiempo.

EL CATÁLOGO DE ERRORES

El primero, y probablemente el más grave: el rechazo a reunirse con el presidente del Gobierno. Si el episodio del cántico fue falla de gestión y previsión -errores reparables en cualquier organización joven-, este fue otra cosa: error de juicio político. Decisión personal, deliberada, defendida con razones cambiantes y con un tono de autoridad personal. Y el juicio político es exactamente lo que se examina cuando una líder transita de ser figura de la resistencia a aspirar a estadista. Pedro Sánchez ofreció la cita pública y reiteradamente. MCM la declinó alegando primero que «no era oportuna»; cuando esa razón quedó corta, adujo que la cumbre de líderes progresistas celebrada simultáneamente en Barcelona -con Lula, Sheinbaum, Petro- «demostraba por qué no convenía» la reunión. Dos justificaciones sucesivas y desconectadas para una misma decisión. Y cuando fue interpelada en entrevista con El Español, lo zanjó así: «con quién me reúno y con quién no me reúno, lo decido yo». En boca de cualquier líder, es un derecho; en boca de una jefa opositora que aspira a presidir una transición ordenada, es un error de juicio político y diplomático, defendido con razones inestables. Lo apuntó Marc López Plana, director de Agenda Pública: para MCM, puentear a Sánchez no fue solo perder una fotografía —fue cerrarse las puertas de la Zarzuela, porque en el protocolo español esos accesos transitan por el Ejecutivo, y convertir su causa en munición de la política doméstica española. Sánchez podría haber sido la mejor póliza de seguro de MCM frente a un Trump impredecible.

El segundo error: la injerencia. En el Foro Nueva Economía, MCM dijo desear que España celebrase pronto «elecciones impecables». El recado, dirigido implícitamente al gobierno actual, fue captado al instante. José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores, la acusó de «falta de respeto» a las instituciones españolas y de actuar como «líder de una facción ideológica». Para una visita que aspiraba a sumar respaldos europeos, regalar al ministro de Exteriores del país anfitrión un argumento de injerencia es un autogol difícil de explicar.

El tercero: las sanciones. Machado calificó de «gran error» el respaldo del gobierno español al levantamiento de las sanciones internacionales contra el régimen de Delcy Rodríguez. Coherente con su discurso histórico de presión máxima. Pero estratégicamente incoherente —y la palabra pesa especialmente en su caso, porque la coherencia ha sido el activo central de la «Dama de Hierro» durante dos décadas—, porque Trump —el hombre que ordenó la captura de Maduro— es precisamente quien más activamente está flexibilizando esas sanciones. En Truth Social escribió textualmente que Delcy Rodríguez está haciendo «un gran trabajo» y trabajando «muy bien» con los representantes estadounidenses. MCM atacó a Sánchez por la misma política que su «socio» en Washington está liderando, y elogiando con entusiasmo. Es la asimetría que más debilita su argumento: se muestra intransigente con Madrid y silenciosa con Mar-a-Lago sobre el mismo asunto.

ANATOMÍA DE UN EPISODIO INCÓMODO

Pocos episodios condensan mejor las carencias estratégicas de la visita que los cánticos de la Puerta del Sol.

Si el entorno de Machado hubiese entendido que Madrid no es Caracas, habría anticipado que un cántico de ese tipo, jaleado por un artista popular como Baute, sería detonante mediático. Boris Izaguirre —escritor y presentador venezolano afincado en España desde los noventa, conocedor tanto de la diáspora como del público español— ofreció la mejor pista de todas: él, dijo a Europa Press, decidió no asistir al acto del sábado precisamente porque «era muy posible que entre la emoción se te escapara algo que no necesariamente era una buena idea». Quien conoce el código emocional de la base, lo previó. La organización de MCM, no.

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La respuesta del entorno, cuando el incendio ya ardía, fue dispersa. MCM se distanció en entrevista con EFE: «Jamás se escuchará en mi boca una palabra o una expresión que juzgue o descalifique a una persona por su religión, por su

género o por su raza». Carlos Baute publicó un mea culpa que en sí mismo era un ejercicio de equilibrismo: pidió disculpas «por las formas» pero aclaró que no lo hacía «por sus valores ni por lo que representa», y mucho menos —añadió— «por lo que pienso». O sea, lo siento pero no lo siento, en un mismo gesto.

La Embajada de Venezuela, en cambio, emitió un comunicado muy bien calculado: la propia diplomacia chavista pidiendo perdón al pueblo español por los hechos —no al venezolano, no a Delcy Rodríguez—, calificándolos de «crímenes de odio» y leyendo con precisión un código cultural que MCM y su entorno parecen no haber registrado: la sensibilidad europea ante las cuestiones raciales, donde el bullying racial no se tolera como chiste —como ocurre con frecuencia en Latinoamérica— sino que erosiona reputaciones de inmediato. Una jugada de lectura cultural precisa, ejecutada en menos de 48 horas. Y los hermanos Rodríguez sellaron la operación con una respuesta coordinada y retóricamente sofisticada. Jorge —presidente de la Asamblea Nacional— encabezó una peregrinación nacional en la que desactivó el insulto con humor antropológico («todos somos monos, somos Homo sapiens, una especie de primates»), lo devolvió como invitación a la diáspora («¿Nos llamaste monos? Vente para Venezuela, aquí vas a estar mejor») y remató con la línea más demoledora: que si Vox llegara al poder en España, expulsaría primero a los mismos venezolanos que coreaban con él. Delcy, en paralelo, publicaba en sus redes un video de campaña apareciendo en los Médanos de Coro con una camiseta que decía «Llegaron los monos». Convirtieron el insulto en bandera. En 72 horas, el régimen había transformado un improperio racista en una victoria narrativa.

Cuando un adversario autoritario gana el pulso comunicacional en un episodio que tú propiciaste, la responsabilidad no es del adversario.

EL ERROR ESTRUCTURAL DE AUDIENCIAS

Aquí está el corazón del problema. MCM habló todo el fin de semana para su base, no para Europa.

La diáspora venezolana en Madrid quería catarsis. Quería gritar, abrazarse, llorar, pedir libertad y prometer regreso. Y MCM les dio exactamente eso: la frase movilizadora «a levantar la voz y a hacer las maletas porque vamos de vuelta», la imagen del balcón, la fotografía con Ayuso en lo que la presidenta madrileña llamó «la capital del mundo libre». Un éxito emotivo indiscutible. Pequeño síntoma revelador en la cobertura del día siguiente: ABC presentó esa frase movilizadora traducida al vosotros peninsular —»Levantad la voz y haced las maletas; volvemos a Venezuela»—, como si la causa venezolana, ya en Madrid, hubiera dejado de enunciarse en venezolano.

El problema es que cualquier gira internacional tiene siempre, como mínimo, dos audiencias principales: la base y los interlocutores. Lo que electriza a la primera puede destruir a la segunda. Y MCM, sistemáticamente, optó por la primera. La fotografía con Abascal, las declaraciones contra Sánchez, los desaires a la Moncloa: todo medible en aplausos en los cafés de Salamanca, todo costoso en las cancillerías europeas. Andrea Ropero lo demostró bien en su entrevista a Leopoldo López en El Intermedio (La Sexta): no se conformó con la respuesta de manual y volvió varias veces sobre el mismo tema. Cuando le preguntó quién había hecho más por Venezuela, si Ayuso y Feijóo o el gobierno español actual, López intentó escapar por varias vías —el rodeo histórico, la equivalencia falsa, el «depende»— pero Ropero no soltó la pregunta. Tras varios reintentos, López terminó admitiendo que el gobierno español había regularizado a decenas de miles de venezolanos, le había dado a él la nacionalidad, había sacado a Edmundo González en un avión del Ejército. El video se viralizó como recordatorio incómodo.

LA CONFUSIÓN IDEOLÓGICA: DOS SOCIALISMOS

Subyace a estos errores una confusión categorial extendida en buena parte de la diáspora venezolana, y vale la pena desactivarla con calma —no con polémica, sino con historia—. El reflejo opositor venezolano tiende a tratar al socialismo democrático europeo como si fuera la misma cosa que el socialismo autoritario chavista o castrista. La confusión es comprensible: veintisiete años escuchando a un régimen autodefinirse como socialista enseñan a desconfiar de la palabra. Pero analíticamente es errónea, y políticamente sale cara.

El mecanismo tiene incluso nombre en la teoría política: la generalización del marco traumático. Quien sufrió bajo un símbolo extiende el rechazo de ese símbolo a todo lo que lo comparte, independientemente del contenido real. La emoción es legítima; el problema es elevarla a categoría analítica.

DimensiónSocialismo democrático europeo (PSOE, SPD)Socialismo autoritario (chavismo, castrismo)
Origen del poderElecciones libres y competitivasToma o retención del poder, control del aparato electoral
PluralismoCoexistencia con oposición y prensa librePersecución sistemática de la disidencia
AlternanciaAceptada como normaInexistente o simulada
Estado de derechoTribunales independientes, separación de poderesJusticia subordinada al Ejecutivo
Modelo económicoEconomía mixta, mercado regulado, estado de bienestarEstatismo discrecional, captura de rentas
Posición frente a CaracasCrítica del régimen, apoyo humanitario a la diásporaSolidaridad ideológica caso por caso

Las dos tradiciones se separaron formalmente hace mucho —y, de hecho, lo hicieron dos veces—. La Internacional Socialista, recién refundada tras la Segunda Guerra Mundial, adoptó en Frankfurt en julio de 1951 la Declaración de Objetivos y Tareas del Socialismo Democrático, un documento explícitamente concebido como deslinde frente al modelo soviético: afirmaba que el socialismo sin libertad no es socialismo, sino tiranía. Ocho años después, en noviembre de 1959, el SPD alemán ratificó ese giro en su congreso de Bad Godesberg: abandonó la lucha de clases, aceptó la economía social de mercado, identificó el socialismo con la democracia y abrazó el  pluralismo competitivo. Ambas rupturas influyeron en todos los partidos socialistas del continente —el PSOE español, los socialistas franceses, los laboristas británicos, los socialdemócratas nórdicos— y produjeron, en las décadas siguientes, a figuras como Willy Brandt, Olof Palme y, en lo que toca directamente a esta visita, a Felipe González: el mismo expresidente del gobierno español que se sentó al lado de María Corina Machado en el Foro Nueva Economía y al que ella misma trata como referente democrático.

El «socialismo del siglo XXI» venezolano y el modelo cubano comparten esa palabra, sí, pero su práctica pertenece a otra familia: captura del aparato electoral, persecución sistemática de la disidencia, control discrecional de la economía, eliminación de los contrapesos institucionales. Académicamente se les clasifica más cerca del populismo autoritario o del autoritarismo competitivo (en la terminología de Levitsky y Way) que del socialismo en cualquier acepción europea contemporánea. La etiqueta es la misma; el contenido, no.

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Que esta diferencia importa en la práctica lo demuestra el comportamiento de la socialdemocracia europea frente al chavismo: Felipe González ha sido durante dos décadas uno de sus críticos más duros, llamando a Maduro «dictador» en términos inequívocos; los socialdemócratas alemanes, portugueses, holandeses y nórdicos votaron a favor de las sanciones europeas; el grupo socialista en el Parlamento Europeo respaldó las resoluciones de condena. La socialdemocracia europea no es aliada de Caracas; es, en gran medida, su crítica desde dentro de la propia familia ideológica que el régimen invoca. Confundir las dos cosas convierte a aliados naturales en enemigos imaginarios.

Hay además un cálculo aritmético sencillo que conviene tener presente. En el Parlamento Europeo de la legislatura 2024-2029, las fuerzas progresistas y de centro —que el reflejo opositor venezolano tiende a tratar como ideológicamente sospechosas por proximidad léxica con el chavismo— controlan más de un tercio de los escaños y son socio indispensable de cualquier mayoría que sostenga sanciones o resoluciones contra el régimen. Lo mismo ocurre fuera de Europa: el expresidente chileno Gabriel Boric, socialista democrático sin ambigüedades, ha sido uno de los críticos latinoamericanos más inequívocos del chavismo. Una estrategia que aliene a esa familia política no es coherencia: es renunciar a la mitad del tablero.

Sánchez no es Maduro. El PSOE no es el PSUV. Tratarlos como equivalentes —aunque sea para movilizar emoción interna— es un error analítico que paga caro en Bruselas, donde quienes deben sostener la presión sobre Caracas son, en buena parte, socialdemócratas. Es también un error táctico, porque el voto de España en la Unión Europea pesa, y Sánchez lo controla.

Vale el matiz, en justicia: MCM no fabricó las sospechas. El PSOE ha cultivado durante años una relación ambigua con el chavismo —desde el papel opaco de Zapatero como mediador sin mandato oficial hasta su voto contra el reconocimiento de Edmundo González en el Congreso— que da pie a desconfianza legítima. Pero distinguir entre el partido y los gestos personales de un expresidente, por un lado, y el gobierno, por otro, es parte del oficio que aquí faltó. Una cosa es desconfiar; otra es desairar públicamente. La diplomacia no exige amar a tu interlocutor; exige reconocer que existe.

CAUSA GRANDE, ESTRATEGIA PEQUEÑA

Visto en conjunto, lo que el episodio madrileño revela es una propensión recurrente: confundir la fuerza moral con la estrategia y la táctica, la pureza ideológica con la eficacia política, la base entusiasta con la mayoría posible. La pregunta que la visita deja abierta es la que la define mejor: ¿puede una líder con causa legítima, coraje personal indiscutible y capital simbólico máximo destruir su eficacia estratégica por no entender que las audiencias importan tanto como los principios?

La respuesta de Madrid parece ser que sí. Y no es un problema de carácter, sino de oficio. María Corina Machado tiene la grandeza de haber sostenido una causa imposible durante dos décadas. Tiene el aura de un Premio Nobel ganado con riesgo personal real. Tiene el respaldo emocional de millones de venezolanos dentro y fuera del país. Lo que no tiene —todavía— es el reflejo del estadista: la capacidad de tratar a interlocutores incómodos como activos, no como impurezas; de leer cada audiencia en su lenguaje sin traicionar el mensaje central; de entender que la transición venezolana se decidirá en Caracas y en Washington, sí, pero que el camino para llegar hasta allí puede ser impulsado por capitales como Madrid, Berlín o Bruselas, y que cada error diplomático es un escalón que se pierde.

Madrid no era Caracas. La intransigencia que la mantuvo viva ante un régimen autoritario puede ser una desventaja en los pasillos diplomáticos, y el capital simbólico, sin gestión estratégica, se gasta más rápido de lo que se acumula. Si MCM aprende esa lección —y aún tiene tiempo de hacerlo—, podrá reescribir el capítulo de Madrid como un tropiezo de aprendizaje en su tránsito de líder de la resistencia a estadista. Si no, quedará como el caso de estudio que ya es.

LA MALDAD HECHA REALIDAD, QUE COMIENZA A OLVIDARSE.

Jueves 7 de mayo de 2026

Plàcid Garcia-Planas

El abismo pierde a sus testigos

Mauthausen conmemora la liberación del campo de exterminio sin prácticamente la presencia de supervivientes

El ejército de Estados Unidos liberó hoy hace 81 años el campo de concentración y exterminio de Mauthausen, donde los nazis asesinaron a unas 90.000 personas con trabajos forzados en canteras, hambre, torturas, cámaras de gas o experimentando con inyecciones de fenol directas al corazón.

Tres semanas antes, Dwight D. Eisenhower –el general de cinco estrellas que orquestó la derrota nazi en Europa occidental– visitó Ohrdruf, el primer campo de exterminio que sus tropas liberaban. El futuro presidente republicano de Estados Unidos empalideció y quedó físicamente afectado. El endurecido general Patton, que le acompañaba, acabó vomitando, y luego dijo: “Es la maldad hecha realidad”. Obligaron al alcalde de Ohrdruf y a su mujer a ver el campo. Al regresar a casa, el matrimonio se suicidó.

“Recopilen todo el material posible: filmen películas, consigan testigos, porque en algún punto del camino de la historia aparecerá algún bastardo y dirá que esto nunca sucedió”, ordenó Eisenhower para los campos que se iban liberando.

Este fue el objetivo que, en 1962, llevó a un grupo de supervivientes españoles de los campos a fundar –clandestinamente– la Amical de Mauthausen en el hotel España del Raval barcelonés: preservar la memoria de los republicanos deportados a los campos nazis, especialmente el campo de Mauthausen, donde fueron encerrados unos siete mil españoles. Más de 4.700 no sobrevivirían.

Ocho décadas después, los “bastardos” de los que advertía Eisenhower andan muy sueltos, y también otra clase de bastardía : la indiferencia. Juan M. Calvo, presidente de la Amical, recuerda que en junio del 2019, cerca del crematorio de Gusen (subcampo de Mauthausen), olió a carne quemada: en el jardín de una casa colindante hacían una barbacoa.

El último superviviente español de Mauthausen, Juan Romero Romero, falleció en el 2020. Sólo quedan bebés: el año pasado participaron tres personas de otras nacionalidades que nacieron en el campo.

¿Cómo explicar los campos de exterminio sin testigos? “Sin recambio generacional no habrá memoria”, dice Calvo. Desde hace dos décadas, la Amical trabaja cada año con institutos de diferentes partes de España en programas educativos muy reclamados y que incluyen un viaje a los actos de la liberación del campo, con una elaborada preparación previa. “Ellos y las familias de deportados son los protagonistas”, dice. “El retorno que los estudiantes hacen a la sociedad es muy importante. Con los años lo han valorado mucho”, subraya Àlex Rigol, miembro de la junta.

El pasado martes , la Amical organizó un acto en el monumento a los Deportados del parque de la Ciutadella de Barcelona. Y, como cada año, los grandes actos tendrán lugar este fin de semana en los campos de Mauthausen y Gusen, Austria, en los que la única unidad militar que desfila son los marines estadounidenses, los libertadores.

Sin supervivientes y con un protocolo y ceremonia internacional que la propia Amical reconoce que es demasiada larga e institucional –“si pega el sol, la gente desaparece”– y que un día habrá que replantear.

“La parte positiva es que los estudiantes también ven la dimensión institucional. Los actos de memoria son actos políticos”, subraya Calvo, que recuerda algo muy actual: “Fue la culpabilización de colectivos enteros lo que llevó a crear los campos de exterminio”.

¿Cómo explicar la escalera de la muerte de la cantera de Mauthausen, 186 peldaños irregulares y empinados por donde los deportados cargaban con piedras de hasta 50 kilos?

¿Cómo explicar la cantera de un campo de exterminio tapizada ahora de hermosa vegetación?

¿Cómo explicar el escenario de un abismo transformado ahora en belleza? ¿Cómo explicar una cantera en la que la SS empujaba a deportados al vacío –calificando macabramente a las víctimas de paracaidistas– cuando el precipicio es hoy un hermoso festival de verdor?

“A los estudiantes se les explica este terrible contraste. Se les cambia la cara y el estado de ánimo”, dice Calvo.

¿Cómo transmitir la memoria en lugares como Gusen, donde más indiferencia hay entre la población ante los descendientes de los deportados y los estudiantes que cada año acuden al aniversario de la liberación?

“Molestamos”, explica Calvo. “En el pueblo nos llaman la invasión de las langostas, porque cada año vienen y se van”.

“Sin recambio generacional no habrá memoria”, insiste el presidente de la Amical, y, efectivamente, sus programas educativos provocan situaciones que dan un especial sentido a las más de seis décadas de existencia de la asociación.

Alumnos del Institut Forat del Vent de Cerdanyola del Vallès participaron hace pocos años en el viaje a los actos de Mauthausen. Regresaron un lunes, y el martes uno de los chicos, Sergi, comió en casa con su abuelo Joan y le explicó a dónde habían viajado.

“A mi padre lo deportaron. Nunca volvió”, le dijo el abuelo de repente. No sabía ni dónde ni cómo, más allá de que fue “en Alemania”. En casa nunca se había hablado del tema.

El nieto buscó de inmediato su nombre en la base de datos de la Amical de Mauthausen. Y ahí estaba: Fernando Damians de las Heras, muerto en Gusen el 9 de octubre de 1941.

Sin saberlo, dos días antes había estado en el lugar donde su bisabuelo fue asesinado.

Los “bastardos” de los que advertía Eisenhower pululan hoy por el mismo partido en el que militó: los republicanos trumpistas apoyan a Alternativa para Alemania, partidaria de ir olvidando esta memoria.

Ante esto, todas las invasiones de langostas serán pocas.