No podemos perder el sol

Frente al miedo al futuro no debiéramos perder el sol de la esperanza.

Como si nos hubieran reseteado, del «cerrado» forzoso volvemos paulatinamente a la casilla inicial del «abierto», no sé si esperanzador, pero sí cauteloso, o algo parecido, porque el tiempo pasado no es sino el espacio entre nuestros recuerdos. Ahora sí, tras el anuncio público del (re)comienzo del fútbol profesional, ya me creo que la apertura es definitiva; seguramente los abiertos anteriores de otros negocios eran probaturas con posible reversión, pero en país futbolero como deporte patrio este anuncio es el válido como puerta de entrada definitiva a la nueva normalidad, aunque sea desde el graderío on line. Gracias a que abrirán el fútbol, y para que parezca que no discriminan, vemos algunos comercios ya funcionando, restaurantes y bares que tímidamente encienden sus luces y muestran su barra con guiños al cliente, que todavía tiene miedo o directamente le parece imposible tomar caña o pintxopote sentado, con máscara y a dos metros de su amigo. Las librerías también abren con novedades, aunque no todas sean literarias, sino geles hidroalcohólicos, mamparas, cola de espera, nada de hojear los libros sino tan solo ojearlos para que nos los acerque al librero cuya sonrisa intuimos tras la máscara obligatoria. Demasiados obstáculos para leer un libro, hábito que al final del confinamiento puede reducirse de nuevo a la escuálida realidad anterior. También los comercios de ropa, calzado y otros van abriendo con parecidas cautelas y similares incertidumbres.

Pero el abierto que de verdad esperamos es la libertad total de movimientos, porque no podemos perder el sol. No ese anhelado sol playero o de montaña que permita reanimar el turismo como fuente de industria/negocio, trabajo/ingresos, sino el sol de las relaciones interpersonales. Relaciones dañadas como demuestra el aumento disparado del consumo de pornografía, de los embarazos no deseados o del maltrato durante este confinamiento. Más otra ola epidémica corona-réplica de la China: los divorcios; allí fue marzo, aquí llegan ahora: se han multiplicado por tres las consultas sobre divorcios, más que cualquier setiembre posvacacional. Incertidumbre, estrés, roce continuo de convivencia con pareja e hijos sin escuela ni a quien dejarlos€ y ahora miedo a que el colapso judicial resuelva ad calendas graecas.

«Lo que gobierna a los humanos es el miedo a la verdad», reflexionaba el filósofo Henri-F. Amiel en su Diario íntimo, y nos gobiernan inoculando tanto miedo a la verdad del contagio, de no tener tratamiento antiviral, de Atención Primaria, hospitales y UCI colapsadas, de sanitarios contagiados, de vacunas lejanas, de que el rebrote otoñal sea más duro€, que ahora lo difícil no será que abran comercios, campos de fútbol, teatros, bares o restaurantes, sino que nos abramos nosotros a acudir participantes en ellos; porque el miedo que puede servir para alertarnos y estar prevenidos, también puede ser paralizante. Una pandemia de miedo como colofón escalofriante a una pandemia vírica. Porque también mueren 3,5 millones de personas al año por enfermedades derivadas del consumo de tabaco, pero no por ello tenemos miedo a los fumadores.

Aunque no sea futbolera, la despedida de Aduriz, un futbolista que ha marcado muchos goles y una época en un equipo icónico para esta sociedad, puede ser buen epítome de lo que se va para dar paso a lo nuevo, que será una mezcla de cielo, de infierno y del mundo real amalgamados en nosotros. Por eso, frente al miedo al futuro no debiéramos perder el sol de la esperanza.
nlauzirika@deia.eus

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