Manu Lezertua: «Nos preocupa y molesta el significativo descenso de respuestas de la Administración a las demandas del Ararteko»

VACUNADO DE LA SEGUNDA DOSIS HACE TRES SEMANAS, TRAS CUATRO MESES DE ESPERA, EL ARARTEKO RECONOCE QUE LA PANDEMIA LE TIENE DESORIENTADO, AUNQUE EVITA PARECER PESIMISTA

UNA ENTREVISTA DE NEKANE LAUZIRIKA 05.08.2021 | 00:16Manu Lezertua.Manu Lezertua. José Mari Martínez

Manu Lezertua ha sido una de las miles de personas que tras recibir la primera dosis de AstraZeneca y surgir la polémica sobre las indicaciones de la misma, ha estado en el limbo cuatro meses, hasta ser inoculado finalmente con Pfizer. «Me tocó en Gorliz y la verdad es que fue comodísimo y muy bien organizado», explica satisfecho a DEIA.

Lezertua sustituyó a Iñigo Lamarca como ararteko el 28 de mayo de 2015, cuando fue designado con los votos del PNV, PSE-EE y PP, después de haber trabajado más de 30 años como letrado del Tribunal Europeo de Derechos Humanos en Estrasburgo. Será el segundo defensor del pueblo vasco, tras su antecesor Iñigo Lamarca, que desempeñó el cargo en dos mandatos consecutivos.

Reconoce que en la primera etapa de ararteko le ilusionaba verse como Ararteko europeo. «Ahora creo que con 30 años en Estrasburgo es suficiente. No sé si es lo que más me gustaría. Además, no lo he intentado nunca», apunta.

¿Cuando hablamos el verano pasado preveía que un año después estuviéramos todavía bajo los coletazos de la pandemia?Cámbiate a Movistar FusiónMovistar Fusión ahora con una Smart TV o un iPhone SE 64GB por 0€/mesPatrocinado por Movistar

—No. Pensaba que había sido una cosa muy grave, una situación inesperada. Creía que se le había dado una salida más o menos acertada, con más o menos errores, pero que estaba en vías de terminarse. Me han irritado mucho las sucesivas olas, porque cuando ya creíamos que estábamos bien, de repente, volvemos a empezar. En junio del pasado año decidimos hacer un informe del funcionamiento de las residencias vascas en la pandemia. Pero al volver en septiembre de nuevo subieron los contagios. En diciembre, todavía sin vacunas, los problemas retornaron a las residencias y desde el Ararteko nos fue imposible hablar con sus responsables, porque tenían un trabajo ímprobo para cuidar a sus residentes. Por eso, hemos tardado muchísimo en poder recopilar la información. Lo publicaremos en diciembre, aunque faltarán datos.

El covid-19 ha afectado a toda la sociedad. ¿Cómo ha influido en el funcionamiento diario de la institución del Ararteko?

—Al principio todo fue telemático; el teléfono funcionaba para que la ciudadanía pudiera poner sus quejas, pero no había nadie en las oficinas de las tres capitales. En junio, instauramos turnos, había siempre de forma presencial una persona de atención ciudadana y un letrado. Nos fuimos adaptando a la situación El esfuerzo ha sido tremendo, pero necesario.

Su mandato concluyó con el confinamiento. ¿Qué motiva a partir de cierta edad a seguir en un puesto de responsabilidad, en el que hay que bregar mucho? sobre todo porque le hubiera resultado más fácil dedicarse a su familia, a sus hobbies…

—A finales de junio de 2020 finalizó mi mandato, lo que ocurre es que la Ley dispone de una prórroga automática de seis meses y, además, como el Parlamento no se reunía por las elecciones de julio, la norma contempla que ese tiempo no se cuente entre los seis meses. Con el Parlamento constituido llegué hasta febrero de este mismo año; el 3 de febrero me fui a mi casa y dejé de ser ararteko. Me gustaría dejar claro que no he pedido nada, porque las razones que acabas de exponer de dedicarme a mi familia, etc., son muy válidas.

¿Le llamaron y le dijeron que…?

—Todo el mundo estaba de acuerdo con que siguiera. Hubo una propuesta de la mayoría PNV y PSE, que sustenta al Gobierno, a la que se sumó el PP, para que pudiera salir con los 3/5 de los votos de la Cámara, que es lo que marca la ley. Y finalmente se sumaron los demás grupos.

Podía haber dicho que no.

—Sí, claro. Pero en ese momento me pareció una deslealtad porque había una situación muy difícil en el país; complicar más las cosas era innecesario. Consideré que si creían que era la persona idónea para continuar en el puesto, mi responsabilidad era aceptar. Es cierto que cuando te vas haciendo mayor no tienes la misma fuerza que antes, pero contrariamente a lo que uno pueda pensar, que con los años todo te da igual, en mi caso a mí me importa todo mucho más. Con un Parlamento dividido, sabía que proponer a alguien nuevo que obtuviera los 3/5 sería difícil. Por eso acepté y fui elegido a finales de febrero. Para mi sorpresa, me votaron todos los partidos.

¿Contento por ser el primer ararteko nombrado por unanimidad?

—Ha sido un motivo de orgullo y satisfacción tanto para mí como para mi equipo. En mi segundo mandato, y último como marca la ley, trabajamos en condiciones diferentes, pero con la misma ilusión que en el primero.

¿Con muchos cambios?

—Hemos nombrado a otra adjunta al Ararteko, Inés Ibánez de Maeztu, que me alivia de gran parte del trabajo. Fue directora de Derechos Humanos del Gobierno vasco. El tándem funciona bien. En ella recaen las relaciones con los ayuntamientos no capitalinos y los temas de infancia, igualdad y cuestiones internacionales.

Pandemias, cosas nuevas… Pero, a la hora de recibir planteamientos, ayudas e información, ¿se repiten los esquemas prepandémicos?

—El número de quejas del año pasado, sobre todo las presenciales ya que estuvimos cerrados tres meses, fue importante; tuvimos unas 10.000 intervenciones. Conscientes de que las Administraciones estaban muy solicitadas para atender cosas relacionadas con la pandemia, desde el Ararteko flexibilizamos los plazos al pedirles información; les dejamos respirar para no añadirles más complicaciones en un momento tan difícil para ellas para que nos contestaran.

Ayuntamiento, Diputaciones, Gobierno vasco, ¿de qué Administración ha recibido más quejas?

—Las más numerosas han sido dirigidas al Gobierno vasco por cuestiones de Sanidad –por demoras en intervenciones de Osakidetza, por las listas de espera–, por actuaciones de la Ertzaintza y también muchas relativas a Educación. Igualmente hemos aceptado numerosas demandas del comercio, del turismo…. de todas las áreas que gestiona el Ejecutivo o de sus agencias. En el 70% eran para el Gobierno, el 20% para las diputaciones y un 10% para los ayuntamientos.

¿Cómo ha sido el grado de cumplimiento ante sus demandas?

—Hay dos realidades que no se deben confundir. Primero, que la mayoría de los asuntos que nos llegan se solucionan sin abrir un expediente. La institución toma nota y se pone en contacto con la Administración y esta reacciona diciendo si tiene razón o no. El 80% de las personas que vienen solucionan así sus problemas. Hay un grupo de casos que no se admiten, porque exceden nuestra competencia y el resto se tramitan. Hemos notado que el covid ha afectado a la capacidad de reacción de las recomendaciones de la institución.

Porque el Ararteko no tiene poder coercitivo.

—En ningún país del mundo, tampoco en Euskadi. Esa es la ventaja, ser una institución flexible y rápida, porque no dicta sentencia. Aunque sí hemos constatado que ha bajado el número de adhesiones a nuestras sugerencias pero, sobre todo, que no hemos recibido respuesta; no ha habido contestación. Pensamos que tiene que ver con la sobrecarga de trabajo por el covid. Pero nos preocupa y molesta el gran incremento de reclamaciones que las administraciones han dejado de contestar. Esperemos que en 2021 esto revierta y que el covid no se convierta en una excusa para no atender al Ararteko.

Con lo que pasó en Ceuta, ¿están teniendo un sobreesfuerzo con la inmigración, en especial con los menores no acompañados?

—Tuvimos la petición del Ararteko de Canarias porque tenían todos los centros de menores saturados y se dirigieron a mí para que hiciera partícipes a las administraciones vascas de la situación y admitieran a parte de esos menores no acompañados. Contactamos con las tres diputaciones; el diputado de Bizkaia me ha llamado recientemente para decirme que aceptaban a niños de Canarias. El Gobierno ya adelantó que admitirá a la parte que le corresponda. El lehendakari dijo que se sumaría a una solidaridad generalizada con estos casos que están siendo muy difíciles en Euskadi, el Estado y Europa. La política vasca es la de ofrecer ayuda.

Los últimos años siempre me indicaba que la RGI es manifiestamente mejorable, al tiempo que resulta no solo necesaria sino imprescindible. ¿Qué falta por ajustar?

—Una parte importante de las quejas que recibimos tienen que ver con la RGI, las ayudas de emergencia y la prestación complementaria de vivienda. En esos meses complicados muchas personas no han podido obtener los papeles, porque los consulados y otros organismos estaban cerrados y se les ha denegado la RGI; nosotros advertimos que la Administración debía de ser un poco más flexible para reaccionar ante situaciones complicadas. Hemos visto casos que nos han chocado. Hay un proyecto de Ley del que la consejera de Empleo ya nos ha informado, aunque deberá ser el Parlamento quien tenga que decidir sobre el mismo. Nosotros hicimos un diagnóstico hace tres años, que era una especie de biblia sobre todo lo que no funcionaba y lo compartimos con la Administración. Tienen mayoría absoluta para sacarlo adelante.

La vivienda es otro de los graves problemas para los vascos y vascas.

—Lo seguirá siendo porque en Euskadi el parque de viviendas es del todo insuficiente. A pesar de que la Ley de vivienda de 2015 preveía que se adoptaría algún reglamento para indicar cómo ejercer el derecho a la vivienda, no se ha hecho. Por ello habrá que darles ayuda para que busquen por su parte. La ley pronosticaba un año para adoptar un reglamento y aún no se ha hecho. En la institución llevamos tiempo insistiendo en que se prepare; estamos a la espera.

Citas digitales en Osakidetza, educación, bancos… La ley lo permite, pero desde el equilibrio social para todos igual ¿esto cómo se hace?

—Ante las numerosas quejas que nos llegaron sobre la brecha digital de personas que no podían acceder a los servicios de forma digital reclamamos a la Administración que dejara alguna cita presencial y mejorara los contactos telefónicos. El Ararteko tiene cerrado un informe sobre la administración electrónica en el que recomendamos que la transición hacia ella no sea brusca y que se arbitren medidas para ayudar a quienes no dominen la tecnología digital.

Melancolía olímpica

En la foto, la gimnasia Simone Biles

MEMENTO mori/recuerda que eres mortal» le susurraba el esclavo mientras sostenía la corona de laurel del general victorioso que avanzaba entre palmas y vítores por Vía Sacra camino del Foro hacia la Colina Capitolina para presentar su ofrenda a Júpiter. Los romanos sabían bien lo de «más dura será la caída» y, por si acaso, le prevenían al prócer antes de la caída, no fuera que las palmas fuera el inicio del Gólgota.

Entre carrera y carrera, entre medalla y medalla olímpica se nos ha colado la noticia del abandono de la gimnasta Simone Biles por problemas de salud mental, quizá emocional de ansiedad, de depresión, por no poder soportar el peso de ser favorita y estar al nivel que se le supone o «por los demonios en la cabeza», como si a los galtzagorri no les gustaran las buenas marcas deportivas y sí mucho jugar con las neuronas ajenas.

Los medios sensacionalistas presentan este abandono casi como primicia en la élite deportiva, cuando un recorrido por los medios reporta innumerables casos de deportistas de alto nivel que tuvieron que abandonar o suspender temporalmente su actividad por situaciones más o menos agudas de enfermedad psíquica, normalmente ansiedad, depresión y sus derivas de insomnio, alteraciones alimentarias, cambios de humor, falta de concentración. Repasando someramente las hemerotecas nos topamos con muchos deportistas de élite que han tenido que lidiar su miura mental con la vida después del éxito en la cancha: la tenista Naomi Osaka, el nadador Michael Phelps máximo medallista olímpico, la lanzadora Rave Saunders, el futbolista Iniesta, la himalayista Edurne Pasaban... Estos son algunos de los que lo han contado o de quienes se conoce, aunque seguramente en este malpasar del deporte de élite al abismo del olvido hayan sido y sean muchos más quienes lo padezcan. Y de estos podemos alegrarnos, porque lo han superado, pues en el camino también se han quedado quienes no pudiéndolo superar embarcaron con Caronte por propia voluntad.

Pero no es la parte que a ellos les corresponde lo que me produce melancolía olímpica, sino el despropósito que se hace desde ciertos media con estos auténticos ídolos deportivos: se les ensalza hasta el divismo dejándolos caer después sin red. Se les pregunta de todo, se les eleva al altar de héroes no solo sobre su disciplina sino de cualquier otro ámbito, social, económico, de opinión y se les jalea como si no hubiera un mañana, y cuando ese mañana llega sin palmas, vítores ni laureles, a muchos les resulta imposible mantener primero el nivel que se les suponía y después, al no conseguirlo, el ostracismo que les circunda, porque la edad pasa y el físico declina. Y en estos momentos los aduladores mediáticos ya están jaleando, adulando y divinizando a otros.

Sucede en otros ámbitos sociales. Conocí y traté durante un cierto tiempo a un famoso cantante, compositor de letras y música excelentes, pero nada que ver con su personalidad de perdonavidas despreciativo, prepotente, putero, fumata, drogadicto y borracho cuasiprofesional; también los medios le jaleaban como persona en otros ámbitos sociales, en lugar de ensalzar exclusivamente sus méritos artísticos, que los tiene, no personales, de los que carece.

Pues sí, me produce melancolía y tristeza el jabón y vaselina untosos que se da a los deportistas de élite en ámbitos que no son los deportivos en su momento del éxito. Los medios les cavan así parte de la fosa de su postergación cuando los espectadores ya no les reconozcan, aplaudan ni jaleen. «Memento mori».

nlauzirika@deia.com @nekanelauzirika

Chuletón menguante

El derroche cuesta dinero, no mitiga el hambre, despilfarra recursos naturales y el mercadeo de alimentos incrementa los GEI

Nuestro planeta está sobrecargado y sobreexplotado. A partir del 29 de julio, viviremos de prestado.

Ala puerta del caserío del aitite había una piedra que sobresalía; su fiel rucio solo tropezó el primer día, nunca más. Yo lo hacía cuantas veces me acercaba. ¡Porca piedra, torpe humana!

Los experimentos mejor con gaseosa, por si acaso. En Utrecht no lo entendieron así y el 3-4 de julio organizaron como «experimento social» el festival Verknipt con 20.000 asistentes a la usanza precovid-19, sin mascarilla, ni distancia, ni control sanitario. Resultado: 448 infectados el primer día y 516 el segundo. Aquí no hay festivales de ese tenor, pero sí viajes fin de curso; olvidándonos de lo que sucedía hace exactamente un año, podríamos pensar que gozamos repitiendo tropiezos. Y que los tropiezos lo hagan más los jóvenes está transitando de anécdota a categoría.

Hace pocos días desataron un fútil rifirrafe político entre el chuletón presidencial, las críticas cínicas de los bien nutridos de la diestra siniestra y la necesidad sanitaria y medioambiental de reducir el consumo de carne al nivel de necesidad proteica, el 12% de nuestra ingesta diaria total. Me temo que nos trastabillamos día sí y día también en la grasa de la carne del mismo hueso. Porque en el Estado, para un millón de hogares abrir la nevera es un viaje al vacío; de hecho, 2,5 millones de conciudadanos no pueden permitirse comer carne, pollo o pescado cada dos días como norma nutricional. Elevado a escala de planeta Tierra, para los 700 millones que pasan hambre y para los 3.000 millones que no pueden pagarse una dieta saludable, la discusión del chuletón es la disyuntiva de Carpanta entre servilleta de papel o de tela. Seguimos recreando el tropezón.

Al mismo tiempo, en España se tiran al año 1,3 millones de toneladas de alimentos, suficiente para alimentar a 1,2 millones de familias. En la UE, con lo desechado podría alimentarse a 200 millones. En los 54 países más ricos del mundo se tira un quinto de los alimentos, 120 kg/año cada habitante. Volvemos a tropezar en la misma insidia, porque año tras año rellenamos el cubo de basura con frutas, verduras, pan, leche, yogures, queso, pasta … que aún podrían utilizarse. El derroche cuesta dinero, no mitiga el hambre, despilfarra recursos naturales y el mercadeo de alimentos incrementa los gases invernadero, alejando la frontera agrícola, lo que suma contaminación y acelera el cambio climático. No sé si decir planeta basura, pero sí planeta sobrecalentado y sobreexplotado que el próximo 29 de julio agotará los recursos correspondientes a este año, en adelante viviremos de préstamo ecológico. El mismo tropezón de cada año, de cada lustro.

En 1972, científicos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) pronosticaban que a mediados del siglo XXI la sociedad humana sufriría un colapso, porque ansiaba solo el crecimiento económico olvidándose de los costos ambientales y sociales. Un estudio reciente de la compañía KPMG compara sus resultados con los del MIT-1972 y llega a conclusiones similares: el colapso de nuestra sociedad se augura para 2040. No desapareceremos, pero el chuletón como metonimia del progreso económico y meta única de la población, nos abocará a pagar caro el ninguneo de los riesgos sociales y ambientales. Nuestro nivel de vida se esfumará. No será la primera vez que ocurra, pero solo el burro no tropezaba en la piedra que todos sabíamos que estaba allí.

Ya hay un millón de voluntarios para viajar gratis a la luna en 2023 dentro del proyecto dearMoon/querida luna de Yusaku Maezaw. Tiran por la tangente, pero ante la perspectiva de un chuletón menguante, muchos elegirían quedarse.

nlauzirika@deia.eus @nekanelauzirika

Festival de contrastes

El uso generalizado de las mascarillas es una enmienda total a la decisión gubernamental.

A falta, o al menos reducción importante, de festivales de música y de otras manifestaciones culturales donde airear las demandas del cuerpo vacacional, podríamos decir que los contrastes que siempre han existido, ahora, en esta casi post pandemia, se han convertido en espectáculo sobre el tablao, a modo de sainete mediático o de ying-yang conceptual, según.

Tiene su aquel que países que vacunaron raudos y veloces a su población a golpe de talonario y gran alarde mediático provocando nuestra más sincera e insana envidia sanitaria, ahora estén reculando en la libre circulación e impongan «nuevasviejas» restricciones para el ocio o para viajar. Caso de británicos o israelíes. Claro está que en esto también vemos cosas chirriantes, como el estadio de Wembley repleto de hooligans y de tifossi en la gran final con sus ídolos del balompié, mientras que en los Juegos Olímpicos de Tokio los atletas habrán de vérselas con el páramo de las gradas, presumo que entre aplausos y vítores enlatados.

Tampoco es modelo de coherencia que el país que más vacunas dispone tenga que ofrecerlas en el metro con promoción de viajes gratis incluida, porque un 25% de la población americana se niega a vacunarse. Mientras tanto, millas más abajo, en Honduras por ejemplo, suspirando por lo que no les llegará hasta … , ¡sabe dios cuándo y a quiénes llegará!.

Pero para contrapunto social, el cambio de escenario entre el restaurante o la cafetería limpiados a conciencia y con separación de mesas, comparado con el desmadre tras el cierre reglamentario de estos. Quedadas, apretujones, botellón, canuto y kalimotxo compartidos, abrazos y besos muy empático, pero también muy contagioso. Lo malo es que lo hacen más los más jóvenes, casualmente los más expuestos por no estar vacunados, aunque lo padezcan menos o más levemente. Menos mal.

Pero para choque frontal de actitudes, tenemos por una parte la realidad de unas económicamente necesitadas agencias de viajes que, con la aquiescencia de los padres/madres, a partir del 10 de mayo comenzaron a empujar a los estudiantes a organizar en junio los llamados viajes de estudios (es una forma de hablar, ya me entienden), donde el covid19 se ha dado un lote juvenil de amplia penetración. En contraste total con lo anterior, tenemos el uso de las mascarillas. He paseado por Bilbao y he pasado también unos días en varias ciudades de tamaño medio tras la «liberación» del 26 de junio. Ya quisieran los que organizan protestas pacíficas anti-gubernamentales tener una enésima parte del éxito que está teniendo esta protesta ciudadana espontánea contra la norma liberadora de la mascarilla.

Callejeando por esas ciudades yo me creía libre para despojarme de la mascarilla por ser hora de menor presencia ciudadana. Para mi sorpresa mi cara descubierta era foco de las miradas de la mayoría € embozada; miradas interrogadoras, «¿y tú, insensata, por qué te la quitas?» parecían inquirirme, como si tuviera monos en la cara. Terminé embozada como casi todos/as. Lo dicho, una enmienda total a la decisión gubernamental; podríamos decir que es la autodeterminación del pueblo soberano. Cabría pensar que en este país para que una norma se cumpla casi es mejor permitirla que prohibirla. Contraste de la realidad.

Lo bueno de esta pacífica insumisión higiénica ciudadana es que, de continuar unos meses más, nos volveremos a librar de la gripe y otras patologías respiratorias. Lo habrán adivinado, escribo con ella puesta.

nlauzirika@deia.com @nekanelauzirika

Para gusto son los colores

El arco iris es de todos y todas, no de unos pocos.

LOS colores son todos lo mismo desde el punto de vista cromático: lo que los cuerpos reflejan de la luz que no absorben. Aunque evidentemente no todos veamos iguales los siete del espectro visible, sería poco razonable pensar que, por ejemplo, los daltónicos fueran la norma social colorimétrica con percepción visual grisácea en lugar del rojo y verde que apreciamos la mayoría. No creo que los daltónicos estén marginados socialmente. Me llama la atención la premura con la que casi todos los poderes –la excepción húngara quizá confirme la regla– han reaccionado poniendo en lugares públicos el arcoíris del que parece se haya apropiado el movimiento LGTBI. No recuerdo tal prontitud en épocas pasadas para colores y símbolos del feminismo.

Reclamar la igualdad legal, de trato y respeto social real para todas y todos es algo básico, aunque haya muchos que no parezcan entenderlo.

La reproducción humana es sexual y el sexo lo determina el número y tipo de cromosomas; es una ley biológica, ni social, ni política ni producto del patriarcado. Así que existe el género masculino y el femenino, más allá de quien gobierne o dicte la norma social. Existen peces genotípicamente hembras que de mayores evolucionan fenotípicamente hacia macho. No es el caso en seres humanos. Que en la formación de los gametos haya fallos o como se quiera llamar a los cambios sobre la normalidad reproductiva no creo que se deba a ningún contubernio de grupos de presión mediático, económico o de otra índole social, sino a la propia naturaleza del proceso biológico. Como consecuencia de esto que la genética clásica, quizá con poca delicadeza lingüística, denominaba síndromes, nacen seres humanos con ligeras diferencias cromosómicas haciendo difícil el encaje en un género concreto. Que se legisle para que tengan posibilidad de definirse en un género u otro entra en el respeto a toda persona, pero que se pueda hacer sin aval científico-médico me parece jugar a los dados y más si el proceso se permitiera de ida y vuelta repetitivo. No digamos nada si la edición génica se generalizara.

En todo caso no es la biología ni la fisiología de los procesos de homosexualidad o transexualidad lo que me resulta sorprendente, entre otras razones porque ni soy genetista ni médica y porque tengo buenos amigos homo y transexuales, sino el proceso in crescendo del interés mediático y de grupos de poder por aupar el mundo LGTBI. Porque por mucho colorido que pongan a sus desfiles, son una respetable, pero minúscula proporción de la población. Por esto mismo causa cierta perplejidad que no solo cabalguen a lomos del movimiento feminista, sino que estén poniéndose al frente manejando sus bridas, incluso liderándolo. Porque el movimiento feminista no lucha por los derechos de una pequeña proporción, sino por los de la mitad de los humanos, por su igualdad legal y real, por no ser agredida ni asesinada por el mero hecho de ser mujer, por tener las mismas opciones profesionales… porque la lucha contra la discriminación patriarcal sigue vigente.

Me asaltan las dudas sobre si tras el frontispicio del amplio apoyo mediático a la reivindicación LGTBI no haya otros intereses, probablemente más patriarcales que feministas. Además de diluir las demandas feministas, que la prostitución siga ahí como está, con abuso y mercadeo de mujeres, o que se aprueben los vientres de alquiler para poder tener hijos propios en úteros ajenos, con mujeres pobres que alquilen su cuerpo en esclavitud.

No creo que el movimiento feminista deba enredarse en esa lucha, aunque para gusto sean los colores.

nlauzirika@deia.com@nekanelauzirika