El Lute de Girona

Desde hace unos días, no deja de venirme a la cabeza la imagen en sepia de Eleuterio Sánchez con el brazo en cabestrillo flanqueado por dos números de la Guardia Civil que miran a la cámara con indisimulado orgullo. Algo me dice que en los sueños húmedos de los aparatejos del Estado hay una versión de esa foto en la que la cara del quinqui más célebre del franquismo es la de Carles Puigdemont. Viendo los lisérgicos planes para echarle el guante, queda claro que el President expatriado es el Lute del gobierno de Eme Punto Rajoy.

Revisión de maleteros en la raya administrativa con Francia —¡joder con el espacio Schengen!—, control de puertos y aeropuertos, peinado del sistema de alcantarillado en las inmediaciones del Parlament, y para que el estrambote sea completo, vigilancia del espacio aéreo por si al taimado escapista le diera por llegarse en un ultraligero y saltar en paracaídas sobre la cámara. Palabra que eso último se lo escuché primero como guasa a mi compañero Txema Gutiérrez y, poco después, como sesuda y no descartable hipótesis en una tertulia matutina hispana. Moncloa pulveriza cada minuto que pasa sus propios récords de ridículo espantoso.

¿No hay nadie en el entorno del nido del charrán que maneje los rudimentos de comunicación mínimos como para hacer comprender que esta actuación patética redunda en beneficio de su antagonista? Patochada a patochada, incluyendo la euroorden de quita y pon y el auto conspiranoico del aspirante a superjuez Llarena, están convirtiendo en leyenda a alguien que llegó al escenario público en calidad de interino que pasaba por allí. Luego se quejarán.

Nuestro amigo nazi

Una ignota eurodiputada del PP que atiende por Pilar Ayuso ha conseguido su gramito de fama gracias a un tuit en el que tilda de neofascista y amigo de Puigdemont al ministro belga de Interior, Jan Jambon. La culiparlante bienpagada sigue la misma estela de mala baba que había dejado su jefe de filas, el dinosaurio aparcado en Bruselas y Estrasburgo, Esteban González Pons, que ya había calificado al sujeto como xenófobo y alguna lindeza más. Tiene su gracia, es verdad, que salgan por esa petenera dos individuos que pertenecen a un partido fundado por un ministro franquista que se fue a la tumba sin arrepentir ni una migaja. Por no hablar, claro, de las mil y una ocasiones en que últimamente hemos visto a conmilitones de los susodichos rindiendo homenaje a conspicuos figurones de la dictadura. O, simplemente, justificando sus tropelías.

Anotada la paradoja, habrá que dar el siguiente paso, ese en el que ya no quedamos tan bien retratados. Ocurre que González Pons y la tal Ayuso no mienten. Por muy ministro del Interior belga y, ¡ay!, muy amigo de Puigdemont que sea, Jan Jambon es un fascista sin matices. Hace año y medio, en su nefasta gestión de los atentados de Bruselas, escupió que sus autores eran unos cobardes que se escondían “como los judíos durante la ocupación nazi”. Sobre ese tiempo terrible, ha dicho en más de una ocasión que los colaboracionistas tuvieron muy buenas razones para actuar así. Nada extraño, cuando ha participado en actos en recuerdo de los SS de la legión Flandern o en otros de similar catadura.

Lo tremendo es que haya quien lo disculpe porque “apoya nuestra causa”. Yo no.

Todo bien, ¿seguro?

Las adhesiones inquebrantables acaban jodiendo las mejores causas. Se comprende que, bajo determinadas circunstancias y en pro de un bien superior, se rebaje el nivel autocrítico o se tienda a contemporizar con ciertos comportamientos. Pero si hablamos del soberanismo catalán, tal vez hayamos pasado esa marca hace rato y vaya siendo hora de decir lo que, por otra parte, cualquiera con dos ojos y un gramo de sustancia gris es capaz de ver y comprender. No puede ser que para no pasar por renegado y/o traidor haya que aplaudir la sucesión de jaimitadas que llevamos coleccionadas solo en los últimos cinco días. La más reciente, el rule a Bruselas vía Marsella, vale quizá para una road-movie tragicómica, pero no para la Historia y me temo que tampoco para el noble fin que se persigue.

¿Se da cuenta alguien de cuál es ahora mismo el global de la eliminatoria? Catalunya, teórica república independiente —Ni eso se han atrevido a aclarar; si sí o si no— es en estos momentos aun menos libre que hace una semana. El pretendido estado extranjero administra, guste o no, lo que no administraba el jueves pasado. Pongo ese día como referencia porque es la jornada de la yenka de Puigdemont, el de las 155 monedas de plata que escupió Rufián en Twitter. Algún día nos explicarán qué le impidió convocar —como ya había aceptado; no echemos siempre la culpa al ogro español— las mismas elecciones que 24 horas después impuso Rajoy por sus bemoles. Sí, esas a las que se van a presentar las formaciones que acaban de dar por liberados a los catalanes del yugo opresor. Y los de las rojigualdas choteándose al grito de “Votarem!”.

Bruselas y las que vendrán

Quitar la bandera europea en señal de protesta de tal cosa. Ponerla tres cuartos de hora después a media asta como expresión de dolor por tal otra. Qué preciso retrato de los niños grandes que somos. Creemos —y además a pies juntillas, sin posibilidad de réplica— que nuestros deseos son órdenes para la realidad, que basta cerrar los ojos y desearlo muy fuerte para que los males se desvanezcan y alupé, alupé, sentadita me quedé.

Más de 30 muertos, doscientos y muchos heridos, la capital de la (malhadada) Unión Europea en estado de sitio, y las almas puras se echan a Twitter a pedir “a pray for Belgium”. Hay que joderse, una oración como respuesta a la enésima carnicería cometida por tipos que rezan y rezan hasta tener agujetas en las neuronas. Esa es otra, porque la inmediata providencia de los cabestros de la superioridad moral es conminarnos a no caer en la islamofobia, mandato que delata, depende de los casos, ceguera voluntaria o conciencia del agua que lleva el río que suena.

De absolutamente nada sirve tratar de explicar que esta masacre es un profundo y despreciable acto de intolerancia religiosa contra quienes profesan otras creencias o —los más odiados— aquellos que no tienen ninguna. En el mismo viaje, es una manifestación de un racismo inconmensurable. Ocurre que como las procedencias y los colores de piel están invertidos respecto al canon, los cándidos silban a la vía sus aleluyas de buen rollo o sus regañinas destempladas a los que se atreven a insinuar, como aquí el arribafirmante, que el rey va desnudo. Lo más triste es que estas líneas servirán para la próxima. Porque la habrá.

La dieta milagrosa de Eider Gardiazabal

A la europarlamentaria socialista Eider Gardiazabal la han pillado con el carrito del helado o, para ser más exactos, con el de transportar las maletas en el aeropuerto. Veinticuatro minutos después de fichar en la cámara de Bruselas para echarse al coleto -“bolsillo de cristal”, diría su conmilitón López- los 305 euracos de dieta, la veloz diputada ya estaba en suerte de subirse al avión para regresar a disfrutar de su viernes moscoso. Sendas fotografías publicadas en el periódico News of the world han dejado vergonzante constancia de este trile en dos tiempos que, según la desparpajuda culiparlante, “es una práctica generalizada y legal”. Ahí nos duele: como son los posibles cobradores de viáticos los que hacen los reglamentos, resulta que la sisa semanal está amparada por la legalidad, y a ver quién es el guapo que les echa un galgo a sus señorías de dedos largos y morro de mármol. Lo ético y lo estético ni están ni se los espera en la casa de los Juan Palomos que se fuman un puro -mínimo, Cohiba- con nuestras papeletas de voto. Y si alguien levanta la voz para protestar, se aplica la doctrina Pastor: esto no es más que otro chismorreo interesado.

Nos la tienen jurada”

De hecho, eso es casi tal cual lo que ha venido a decir Gardiazabal, que en lugar de agachar las orejas, reconocer que había sido cazada con las manos en el frasco de Nocilla y prometer que no lo iba a volver a hacer, se ha hecho la ofendida con hedionda teatralidad. De saque, achaca el sofocante episodio a la persecución de una convecina de covacha parlamentaria no muy proclive a este europeísmo de cucuflú que nos han encalomado. Joroba, claro, que alguien rompa la crematística omertá de los escaños ocupados, con honrosas excepciones, por una mezcla de meritorios, mindundis y material de desecho de las respectivas políticas interiores de los 27 estados adheridos a la cofradía. Mayor Oreja, Iturgaitz, Vidal Quadras, López Aguilar… No hace falta seguir, ¿verdad?

No contenta con esa pobretona manera de llamarse andanas, la eurocobradora de dietas obtusas ha añadido que su celérico y temprano viaje post-embolso aquel 28 de enero estaba motivado por una reunión de trabajo. No vayan a la hemeroteca. Ya les cuento yo de qué se trataba: el primer acto de celebración del 125 aniversario del PSE, presidido por Patxi López y con la presencia estelar de Alfredo Pérez Rubalcaba. O sea, que los 305 euros que Eider Gardiazabal Rubial apañó en Bruselas fueron en pago por hacer bulto en un sarao de su partido. ¿Cómo se consigue un curro así?