A la carroña

Las desgracias nunca vienen solas. Suelen presentarse acompañadas de una cohorte de buitres sin escrúpulos dispuestos a ponerse finos de carroña. Todo es bueno para el convento ideológico. Primero dispara, y luego pregunta, que siempre cae algo. Mira, por ahí van los bomberos, ¡pum, pum, pum! Los registros pueden demostrar que pasaron alrededor de diez minutos desde que recibieron la primera llamada hasta que llegaron al incendio de Zorrotza. ¿Y eso qué más da? Calumnia que algo queda. Media hora, tres cuartos de hora, más de una hora, se acusaba con desmesura aquí y allá, dejando deslizar la nauseabunda especie de una desidia planificada, incluso ordenada, por motivos racistas. Han pasado cinco días y sigue sin llegar la disculpa.

Y esperarla será en vano. Una tragedia como la del sábado es demasiado golosa como para resistir la tentación de sacar los clásicos del repertorio. De repente, los santurrones de corps hacen como que descubren que a tiro de piedra de lo que sale en las guías y en las postales hay ristras de cuchitriles infectos que se caen a trozos literalmente sobre sus moradores, que no son precisamente clientes potenciales de esos garitos en que sirven quince clases de vermú.

Hace falta ser muy fariseo para proclamar que son realidades que se esconden. Sencillamente, es imposible. Están al alcance de cualquiera con dos piernas para pasear unos metros y dos ojos para mirar. Otra cosa es que resulten incómodos a la vista y a la conciencia, incluso para los más puros de espíritu. Por otro lado, si un día dejaran de existir, sobre qué íbamos a levantar nuestra indignación de chicha y nabo.

La lotería de Rosa

Me he hecho el propósito, ya sé que muy probablemente estéril, de no ver el dichoso anuncio de la lotería de navidad. No busquen pretensión heroica, reivindicativa o estética en la intentona. En realidad, es pura cuestión de bilis, de conciencia de minoría derrotada que al tiempo que alza la bandera blanca ruega con toda humildad que no le encabronen más de lo necesario. Admito con deportividad el entusiasmo que provoca la cosa incluso en seres humanos de mi alrededor por los que siento cariño y respeto. Ni se me ocurre poner en duda que será un producto audiovisual de una factura exquisita. Pero no me pidan que me sume a la marea de natilla y chantillí.

¿Que tengo el corazón de piedra? Ya me gustaría a veces. Al contrario, se me humedecen los ojos con más frecuencia de la que quisiera. Y por desgracia, casi siempre por historias que no forman parte de una trama de ficción con final feliz. Que sí, que muy bien lo de la maestra —al final, es inevitable enterarse de los detalles— de este spot. Seguramente, hay una ternura infinita en lo que sea que le pasa a la señora y me alegro por ella y por la buenísima gente que la rodeará en el corto publicitario.

Lástima que no haya guionista que pueda edulcorar el desenlace del cuento prenavideño que no se me va de la cabeza desde anteayer. A Rosa, una mujer de Reus de 81 años, Gas Natural le cortó la luz hace dos meses porque no podía pagarla. Una vela con la que no le quedaba más remedio que iluminar su triste existencia fue el origen del incendio en que pereció asfixiada (*). Ahora unos y otros se culpan mutuamente de una muerte que no ocurrió por azar.

(*) Inicialmente había señalado que Rosa murió calcinada. Corrijo: fue por asfixia.