Femimachismo

Nada por aquí, nada por allá… et voilá! ¡El gran prestidigitador Pedro Sánchez saca de su chistera sin fondo nada menos que 370 medidas para aplicar —implementar, gusta decir ahora— si algún decenio de estos deja de estar en funciones! Si el pomposo anuncio viniera inspirado por algo diferente a la pirotecnia desvergonzadamente preelectoral, cabría ponderar con la seriedad debida lo bueno de algunas de las propuestas, incluso obviando la cobardía de pasar de puntillas por cuestiones nucleares como la territorial. Pero como ya hemos renovado un porrón de veces el carné de identidad y hace tiempo que perdimos el vicio de chuparnos el dedo, no se nos escapa que todos esos castillos en el aire no son más que un puñado de giliprogreces.

Casi cada una merecería un comentario de texto, pero me van a permitir que me centre en la que en mi humilde opinión, es perfecto resumen y corolario del resto. Item más, me temo que es el retrato a escala del femimachismo que nos asola. Hablo de la promesa de hacer que el primer curso de las carreras técnico-científicas sea gratuito para las mujeres, supuestamente para combatir la actual escasa presencia femenina en esas titulaciones.

Aquí es donde le cedo la palabra a la reconocida química y divulgadora Deborah García Bello, que, de saque, hablaba de una medida “condescendiente, paternalista, sexista, machista e injusta”. Y después de una retahíla de collejas extraordinariamente repartidas, remataba: “No quiero que me digan qué debo estudiar. No quiero que me digan qué es lo mejor para mí, como si por ser mujer no lo supiese. Quiero que me dejen ejercer mi libertad”. Amén.

Tronistas despechados

Solo hay una especie de tipos tan pelmazos como los megafans —renegados o no— de Juego de Tronos: los que nos jactamos de no haber visto ni diez segundos del invento. Con esa primera persona del plural, me reivindico en el grupo de los tocapelotas, antes de pasar a ejercer de tal, sabiendo que me arriesgo a perder el cariño de unas docenas de seres entrañables y muy apreciados por mi que, por razones que se me escapan, pertenecen a la secta. Ni siquiera caeré en el cinismo de asegurarles que estas líneas no van por ellos y ellas. Saben que un poco también. De hecho, estoy convencido de que en su fuero interno son conscientes del exceso que ha acompañado a todo lo relacionado con la serie.

Y empezamos, literalmente, por el final. Leo que más de un millón de furibundos adeptos han firmado una petición para que se rehaga la última temporada del artefacto audiovisual. Imposible encontrar un retrato más exacto de estos tiempos retromodernos que nos han tocado. En la nueva democracia de pitiminí también se pretende decidir por mayoría —y no en urnas, sino en una plataforma de internet a la que se regalan datos personales por toneladas— a qué deben atenerse los creadores para no enfurruñar a la parroquia. Iba a escribir que pronto se abrirán suscripciones para cambiar la Iliada, el Quijote o Linguae Vasconum Primitiae, pero hasta esa ironía se queda corta. Hace poco leí que una reata de seres superiormente morales ya han publicado una versión de El Principito escrita con lenguaje inclusivo, de modo que se titula La Principesa. Que lo tengan en cuenta en el futuro tuneo de Juegos de Tronos al gusto del respetable.

Prohibido llorar

¡Vaya! Ahora resulta que también hay que pedir permiso para emocionarse o sentir congoja. Era lo que nos quedaba por ver en este totalitarismo cutresalchichero disfrazado de lo contrario: una reata de autoproclamados sumos sacerdotes abroncando al personal porque echa la lagrimita con lo que no debe. Por ejemplo, con las imágenes de la devastación en directo, segundo a segundo, de la catedral de Notre Dame. Qué atrevimiento insensato, el de los simplones mortales que contemplamos el avance del fuego sumidos en una impotencia entreverada de horror e incredulidad. Qué supina muestra de debilidad mental, contener la respiración ante la caída de la aguja central casi a cámara lenta.

“¡Son solo piedras, ignorantes!”, nos abroncaban, imbuidos de su gigantesca superioridad moral los guardianes de la rectitud, antes de rematar(nos) con una selección de catetadas demagógicas de su pobre repertorio. Que si no lloramos tanto por los inmigrantes que perecen en el Mediterráneo o por los centenares de miles de niños que mueren de hambre cada día en el mundo. Que si el incendio hubiera sido en una mezquita, nos importaría un rábano y/o lo estaríamos celebrando. O, en fin, que por qué no dejamos de derrochar energías en lamentar la pérdida de un símbolo de la opresión cristiana y de la turistificación gentrificadora y las dedicamos a luchar contra el perverso capitalismo, las tres(cientas) derechas, el cambio climático, el heteropatriarcado o lo que se vaya terciando. Lástima, es decir, suerte, que uno haya renovado el carné las veces suficientes como para que las melonadas de los partisanos de lance le importen una higa.

Un incidente… ¿racista?

No se repite lo suficiente que una de las peores formas de racismo es el paternalismo melifluo de los blanquitos bonachones y cantamañanas que van viendo xenofobia en cada mota de polvo que desplaza el aire. En su ausencia de luces entreverada de soberbia, no se dan cuenta de que, además de dar alpiste a toneladas a los Bolsonaros, Salvinis o Abascales de turno y cabrear tres huevos y pico a tipos corrientes y molientes, sus mandangas justicieras les convierten en supremacistas de talla XXL.

Ha vuelto a ocurrir con el video espolvoreado a tutiplén —viral, se dice en jerga— que además de en su territorio natural, las corralas modernas llamadas redes sociales, ha estercolado espacios de aluvión de los todavía medios tradicionales. Se presentaba, en la versión más suave, como “Incidente racista en un autobús de Vitoria”. Y es rigurosamente cierto que en la pieza se ve a un cagarro humano identificándose como militar que profiere amenazas de muerte a una mujer de raza negra. Ocurre que para los beatones arriba mentados, ese fulano es un personaje secundario. A quien señalan como protagonista y reo de racismo intolerable, es al conductor que pide a la mujer que plegara el patinete de su hija. Lo hace en voz alta, es verdad, porque no era el primer incidente de este tipo, y porque la aludida también habla a gritos. Una bronca como las mil que se producen cada día en el transporte urbano. Si no hubiera colores de piel por medio, casi todos tendríamos claro que la actitud verdaderamente maleducada es la de la persona que se niega a cumplir una norma elemental. ¿Por qué esta vez no es así? Reflexionemos sobre ello.

Pobreza para la foto

Algún día venceré mi natural tendencia a la pereza y haré el ránking de los “día de” más estomagantes y pedorros. A la espera de ese ímprobo trabajo clasificatorio, estoy seguro de que aparecerá en los primeros puestos el que celebramos —porque este no se conmemora— ayer bajo la pomposa denominación Día mundial para la erradicación de la pobreza.

¡Qué hartura, señor, de datos absolutamente contradictorios y siempre indemostrables sobre el número de pobres en Euskadi, en España, en el Planeta Tierra, en el Sistema Solar o en la Vía Láctea! Tiene uno la impresión de estar asistiendo a una subasta de desgraciados o a un concurso de cantores del infortunio. Siempre ajeno, claro, porque ahí es donde queda retratada la inconmensurable falacia. Con excepciones dignas de loa, quienes pontifican sobre la miseria de los demás son tipos y tipas —no me cansaré de repetirlo, o sea, de denunciarlo— que tienen el riñón bien cubierto y que en no pocos casos han hecho de la cuestión su lucrativo modo de vida y su piscina para los baños de ego. Su chollo se acabaría, bonita paradoja, si se cumpliera lo que predican, es decir, lo que hacen como que predican.

No descarto que tras esta descarga me venga algún amigo bienintencionado a afearme el descreimiento. O quizá, como me ocurrió anteayer cuando cité sin nombrarla a la benemérita Adela Cortina, que se me reproche osar criticar a los apóstoles de las grandes causas. Bien quisiera no ser tan malaje, pero como yo sí he sido pobre, casi de solemnidad, hace mucho que no adoro santos por la peana ni estoy para lecciones de los comprometidos de boquilla que siempre caen en blando.

Catalunya, ¿qué está pasando?

Aquí sigo desde el final de la columna de ayer, como en las historietas de Mortadelo y Filemón, con la barba blanca creciendo a ojos vista, esperando la explicación fetén de los procesistas de salón sobre lo que ha pasado en Catalunya en estos últimos días. Mi banda sonora, una de las primeras de Fito: Todo está muy claro pero no lo entiendo. ¿Quién está ganando y quién está perdiendo?

Y sí, ya, que lo de la división del soberanismo es un invento de la pérfida propaganda unionista española. Nos hemos imaginado las peticiones de dimisión de Torra a grito pelado en la calle. O la sentencia de la CUP en sede parlamentaria: con ustedes o contra ustedes. O la andanada de Rufián, el de las 155 balas de plata, desmarcándose del ultimátum de plexiglás a Sánchez. O ese mismo desmarque, pero en versión más sangrante, en labios de los propios compañeros de partido del president accidental.

Venga, que sí, que preciosos los selfis, los avatares, las actualizaciones postureras en Instagram de cenitas y birras patrióticas con los amics catalás, los intercambios de sobeteos o las gracietas de los tuitstars de lance (con sueldo a cargo del estado opresor) sobre la foto de Urkullu con González. Ahora toca una descripción razonable de los hechos. Puro minuto de juego y resultado. Sin el recurso del victimismo o la negación de la evidencia. ¿Que hay presos políticos y exiliados? ¡Claro, claro! Por eso mismo, por respeto a ellos, al encabronamiento indisimulado de alguno de los más significados, procedería dejarse de engordar los egos a su cuenta, y aplicarse al diagnóstico sincero de la situación. Pero ya sé que no va a ser.

Cagarse en…

Qué harían los escandalizables de pitiminí sin los escandalizadores de organdí. Y viceversa, claro, que los unos sin los otros y los otros sin los unos tendrían existencias tristes e inanes de pelotas. Pero qué fiesta, cuando estos y aquellos salen a buscarse y se encuentran. Ahí tienen, por ejemplo, a esa corrala llamada Twitter (y territorios aledaños) practicando el rasgado ritual de vestiduras porque se dice, se cuenta y se rumorea que se ha dictado una orden de detención contra Willy Toledo por haberse cagado en Dios, oh, uh, ah. Luego resulta que no es exactamente así. Simplemente, se le ha aplicado el procedimiento estipulado cuando alguien llamado a declarar (y nada más que a declarar) ante un juzgado por una causa admitida a trámite decide no acudir. Por dos veces, además, en el caso que nos ocupa.

Y sí, por supuesto que me parece un dislate que a estas alturas del calendario, una denuncia por blasfemia de unos meapilas pueda acarrear la apertura de un sumario, pero tampoco me caigo de un guindo. De sobra sé que si el alivio metafórico de esfínteres afectara a Alá o a alguna de las cuestiones intocables (ni me atrevo a escribirlas), la bienpensancia en pleno estaría pidiendo la hoguera para el infeliz que hubiera osado a obrar así.

Va siendo milenio de que la ofensa deje de ir por barrios. O, mejor, de asumir que ante las creencias de los demás, incluso aunque nos resulten incomprensibles y hondamente criticables, debemos observar el mismo respeto que exigimos para las nuestras o para la falta de ellas. Claro que eso nos dejaría sin estas bronquillas de diseño para marcar paquete y pasar el rato.