Rajoy se rinde

Quién nos lo iba a decir hace solo diez días. Cautivo, desarmado, pero sobre todo, herido en lo más profundo de su alma al final no tan tancrediana, Mariano Rajoy Brey arroja la toalla y renuncia a luchar, seguramente, por primera vez en su carrera de berroqueño fajador. Lo que no hicieron dos humillantes derrotas electorales a manos de una menudencia política lo ha conseguido una moción de censura de carambola encabezada por otro que tampoco parece Churchill. Sí, de acuerdo, con la ayuda de una condena de corrupción de pantalón largo y el anuncio de otras cuantas que vendrán, pero hasta de mantenerse impertérrito ante eso lo creíamos capaz. Ya vemos que no. En esta ocasión el golpe ha debido de acertarle en medio de la madre y le ha hecho entregar la cuchara y coger la puerta, todavía no sabemos si giratoria (puede que en su caso, no) hacia la segunda parte de su vida.

Por de pronto, y más allá de otras consideraciones de mayor enjundia, que le vayan quitando lo bailado. Si tienen memoria, recordarán que, como todos los presidentes del Gobierno español —quizá salvo Felipe— llegó de pura chamba al puesto desde el que opositó a Moncloa. Nadie entendió en su momento que lo señalara el dedo todopoderoso de Aznar, teniendo por rivales a (entonces) dos pesos pesados como Rodrigo Rato y Jaime Mayor Oreja. Y todavía le quedaban las mentadas bofetadas en las urnas y las consiguientes intentonas de la vieja guardia pepera de convertirlo en picadillo con la colaboración de los príncipes de la caverna Pedrojota y Losantos. Pero siempre salió airoso de cada envite dejando muertos a sus pies. Justo hasta ayer.

Mucho PSOE por deshacer

Tras quedarse en los huesos electorales y casi sin una miga de poder que echarse a la boca, un peculiar combinado de militantes socialistas han dado el primer paso de lo que se promete una larga travesía en el desierto. Llama la atención encontrarse en el mismo paquete de presuntos renovadores viejas glorias que nunca aportaron nada, aparateros de aluvión, eternos buscadores del sol que más calienta y, seamos justos, honradísimos militantes dispuestos a dejarse la piel por lo que creen. Ojalá sean estos últimos los que tomen la manija y, encomendándose a su conciencia, devuelvan a la sociedad algo que se parezca más a un proyecto político que a un conseguidero de cargos y regalías. Para eso, claro, a alguno de los firmantes iniciales habría que decirles que muchas gracias, pero que pasó el tiempo de las ideas de conveniencia.

No suena mal el santo y seña que han escogido como fetiche. Es de esperar, en todo caso, que ese “Mucho PSOE por hacer” incluya la tarea previa, porque también hay mucho —muchísimo— PSOE por deshacer. Será en vano el viaje si no se comienza por la demolición de la fortaleza de intereses, fulanismos y sumisiones cruzadas con que se ha recrecido en los últimos años el edificio original, que ya nadie sabe cuál es. La mejor piqueta para acometer ese trabajo es la autocrítica. Sujeta firmemente con la mano izquierda, por descontado.

Ahí empiezan los problemas. Demasiado tiempo sin usar la herramienta y, para colmo, el vicio adquirido en el poder de agarrarlo todo con la derecha o, en su defecto, con los dientes. La prueba viva y gobernante de ello está en las dos sucursales del puño y la rosa que nos tocan más de cerca. Para los dirigentes actuales tanto de PSE como de PSN el único objetivo es no ser descabalgados de la poltrona que adeudan, paradojas de la avaricia, a quienes deberían estar combatiendo políticamente. Así no hay manera de enfilar el nuevo rumbo.