Grecia, respeto

Los grandes cantamañanas de la democracia se delatan en las derrotas. Cuando las urnas, incluso las que están a miles de kilómetros, se les ponen de culo, los ciudadanos que las llenan dejan de ser el pueblo sabio y soberano para convertirse en un hatajo de ignorantes que se echan en brazos del populismo. Es lo que estamos leyendo y escuchando sobre los griegos en las últimas horas… y —cuidado con las contradicciones— lo que muchos de los que ahora brindan a salud de Tsipras dirán ante la que parece inevitable próxima victoria del Frente Nacional en Francia.

Con lo que en ocasiones nos cuesta entender lo que pasa a un palmo de nuestras narices, resulta sorprendente que haya un conocimiento tan profundo de lo que acontece en lugares que ni se han pisado. Debo confesar que, aun documentándome y preguntando mucho, me he sentido diminuto ante la erudición sobre sociologia y demoscopia helenas que he contemplado a mi alrededor. ¡Con qué desparpajo se hablaba de las distintas tendencias del KKE, las costumbres de los electores de las periferias del Peloponeso o el perfil ideológico difuso de To Potami!

A mi me llega justito, y más por intuición que por dominio de la materia, para simpatizar con la amplia victoria de Syriza. No me vendré arriba con lo del miedo cambiando de bando ni anunciando un demoledor e imparable efecto dominó que sacudirá Europa. Me parece, sin más y sin menos, un fenómeno interesantísimo del que ser contemporáneo, y por encima de todo, la decisión cien por ciento respetable de unos ciudadanos dispuestos a asumir las consecuencias —ojalá sean para bien— de lo que han votado.

Ni lo uno ni lo otro

Cuando murió Pieter Botha, el asesino sin matices que gobernó Sudáfrica en los años más duros de la segregación y la represión contra la población negra, Nelson Mandela no dudó en mostrar sus condolencias. Podía haberse quedado en un “Descanse en paz, que Dios le perdone”, pero el hombre que pasó entre rejas todo el mandato del bautizado como Gran Cocodrilo dejó escrito lo siguiente: “Mientras para muchos Botha será recordado como un símbolo del apartheid, también le recordamos por los pasos que dio para preparar el camino hacia el pacto que fue negociado pacíficamente en nuestro país”. El gobierno de entonces —finales de 2006—, compuesto en su totalidad por víctimas del matarife, no escatimó en mensajes conciliatorios ni gestos de duelo.

Confieso que, en mi pequeñez de espíritu, soy el primero en no comprender tamaña consideración a un hijoputa de marca mayor. La registro, sin embargo, como término (extremo) de comparación con algunos de los comportamientos artificiosamente displicentes que ha provocado la muerte de Adolfo Suárez. Mientras los adoradores tardíos se salían de madre con las natillas fúnebres, otros han sentido la necesidad de aparecer como los más malotes de la cuadrilla y de marcar paquete iconoclasta. Lo revelador es que ambas reacciones tienen su origen en un desconocimiento sideral —fingido o no— del personaje y de los hechos. Al mito del Prometeo que regaló a los celtíberos el fuego democrático se ha opuesto el contramito del franquista contumaz que prolongó la vida del régimen anterior con un birlibirloque. Y la cosa es que Suárez no fue exactamente ni lo uno ni lo otro.

Respeto

De entre todas las formas de comunicar una muerte, me quedo con una de la cultura anglosajona. Tan escueta como impactante. Simplemente, al nombre de la persona fallecida se le añade una palabra: Respect, es decir, respeto. No diré que a partir de ahí sobra todo lo demás, pero sí que es optativo. Hay quien derrota por el panegírico porque es lo que le sale de dentro, quien no es capaz de expresar lo que siente, y quien lisa y llanamente no tiene demasiado que decir… o comprende que no es el momento de hacerlo.

El elogio fúnebre —ahí iba yo— no es obligatorio. Añado incluso que si es forzado o desmiente clamorosamente lo que se sostenía sobre el difunto cuando todavía respiraba, puede resultar un insulto póstumo, además de un ejercicio de fariseísmo que canta la Traviata. Tuve muy presente esta idea en las tres horas y media vibrantes del programa especial que le dedicamos en Onda Vasca a Iñaki Azkuna en cuanto tuvimos constancia de su fallecimiento. Aunque la ocasión parecía propicia y hasta por una ley no escrita de la profesión se hubiera disculpado, mi obsesión era que no se nos fuera la mano con el almíbar. Por sentido de la contención, sí, pero sobre todo, porque no me cuadraba con el protagonista real de ese tiempo de radio, que era el primero que sabía —me lo dijo un día de viva voz— que en su (inmensa) personalidad también iban de serie un puñado de imperfecciones. Naturalmente, en los muchísimos testimonios que recogimos primó lo laudatorio, lo emotivo, lo entrañable, lo sentido, que además lo era sinceramente. Pero no obviamos lo menos amable. Lo hicimos por y con respeto.

Ni el momento ni el lugar

Es tan fácil —o debería serlo— como imaginarse la situación inversa. A unos minutos del txupinazo, baja del cielo una gigantesca bandera rojigualda que obliga, por primera vez en la historia, a retrasar el inicio de la fiesta. ¿Qué nos habría parecido? ¿Qué habríamos dicho? Lo más amable, que no era el momento ni el lugar. Pero claro, no es lo mismo, ¿verdad? Nunca es lo mismo. La razón siempre nos acompaña, la nuestra es la causa buena y la de los demás, una porquería o, en los términos al uso, una fascistada.

Precisamente porque me asquea que me impongan unos colores que no siento como propios, jamás se me ocurriría pasar los míos por el morro de quienes, con todo derecho, tampoco se sienten representados por ellos. Sé en qué me convierte lo que acabo de escribir a ojos de los que expiden los certificados de vasquidad fetén. No me cuesta adelantar mentalmente muchos de los comentarios que seguirán a estas líneas en las ediciones digitales donde se publican. Abandono incluso la esperanza de encontrarme con un insulto o una invectiva que se salgan del repertorio oficial.

Pues asumiré ser un mal vasco, un traidor o lo que toque si por tal se entiende a quien, por incómodo que le resulte, se lo piensa dos veces antes de circular por el carril obligatorio, sea cual sea. Ya he anotado alguna vez que el primer derecho a decidir que reclamo es el individual. Solo autodeterminándonos como personas tendrá sentido que lo hagamos como pueblo. Y que conste que por grandilocuentes que suenen las dos frases anteriores, no son más que humildes opinones. Quizá equivocadas, eso tampoco tengo empacho en admitirlo. Me ha ocurrido en muchas ocasiones creer estar seguro de algo que luego se ha probado exactamente al revés de como lo veía.

Siguiendo ese principio del error probable, les cuento aquí y ahora que aunque la que se desplegó ayer en Iruña es mi bandera, entiendo que no fue ni el momento ni el lugar.

Complejos y respeto

Uno tiene, señor Pastor, los complejos justos. No le habría dicho que no a diez o quince centímetros más —de estatura, se entiende—, ni a un careto un poco menos difícil que el que me tocó en el reparto, o a unos abdominales bien torneados en lugar de esta barriga cervecera en imparable expansión. Pero qué se le va a hacer, sobrellevo esas pequeñas frustraciones con la misma fórmula que usted emplea con sus tremebundas incoherencias ideológicas: pasándolas por alto. Cierto es que lo del cinismo es un arte y me quedan como dos o tres vidas para alcanzar su maestría en defender una cosa y exactamente la contraria con idéntica vehemencia y sin que le quite un segundo de sueño. Es la faena de tener conciencia. No me voy a extender en explicaciones, porque ahí sería usted quien necesitaría varias reencarnaciones para comprenderlo.

Me centro, por tanto, en lo de los complejos. Concretamente, en los identitarios, que eran los que asomaban en su tan célebre como innecesario tuit. Según su brillante teoría, todos aquellos que no desearon la victoria de España en la final de la Eurocopa eran una panda de pobres desgraciados merecedores de su condescendiente lástima. ¿No habíamos quedado en que nuestra patria era la Humanidad? ¿No se daba por supuesto que cualquier nacionalismo era un reduccionismo aldeano y ombliguista? Ya, claro, con una excepción, con “su” excepción.

Pues fíjese que yo no se la afeo ni se la censuro. Al contrario, defiendo y aplaudo su derecho a ser, sentirse y proclamarse español a voz en grito. Frente a la fuente de Cibeles o a la de la Plaza Elíptica de Bilbao. Si eso es lo que lleva dentro, no lo reprima. Muéstreselo al mundo con entusiasmo y orgullo. Pero guárdese su pena y su altanera indulgencia hacia los que no comparten su hondo vibrar en rojo y gualda. Soy consciente de que esto también le resulta completamente ajeno, pero existe algo, se lo juro, llamado respeto.