Pasado imperfecto

Qué profunda emoción, recordar el ayer, cuando todo en Las Ramblas me hablaba de amor… a la república que duró un suspiro. Venga, va, pongamos que fueron tres horas. Las que pasaron entre el descorche deslavazado de media docena de botellas de cava y el anuncio en labios marianos de la aplicación del 155 y la consiguiente convocatoria de elecciones. ¡Ay, aquel primer tuit de Rufián diciendo que antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que una papeleta soberanista por el aro de los comicios impuestos! La CUP vio la apuesta y la subió a una quedada para comer butifarra el día de las urnas inaceptables. Total, para que al llegar la fecha de autos, ya con políticos encarcelados y expatriados, estuvieran todas las listas a la orden.

Y, miren por dónde, la cosa es que, contra el pronóstico de los convocantes y para su enorme pasmo, volvieron a sumar mayoría de escaños las formaciones que quieren darse el piro de la pérfida España. Lo irrenunciable entonces fue que el president designado fuera Carles Puigdemont. No había marcha atrás. Pero la hubo, y en ese lance, sí o sí, la vara de mando sería para Jordi Sánchez. Pero también hubo que apearse de esas trece, de modo que le llegó el turno a Jordi Turull, igualmente en condición de no negociable. De hecho, ni siquiera fue preciso negociar. El justiciero Llarena volvió a encerrar al tercer candidato, incluso a pesar de su discurso light a ver si colaba. Tras un nuevo intento fallido con Puigdemont, le tocó a Quim Torra, que por fin pudo acceder al cargo, pero puso en su alineación unos nombres vetados. ¿Cómo piensan que puede acabar el episodio?

Catalunya, sobre la bocina

Si no hay Llarenazo que lo impida —no descartable, ojo—, todo apunta a que mañana habrá un president investido en Catalunya, e inmediatamente después, un govern. Todo, a apenas una semana para que la carroza se volviera calabaza, es decir, para la convocatoria automática de otras elecciones. La primera pregunta es si para este viaje han sido necesarias semejantes alforjas como las que llevamos coleccionadas en los últimos seis meses. Ocurre, me temo, que la respuesta no va a salir de la reflexión, sino del corazón, o sea, de las tripas, que son desde hace mucho los motores del soberanismo y del antisoberanismo.

Empezando por los segundos, a ellos plín, pues duermen en el cómodo Pikolín que supone dejar a los otros cocerse en su propio jugo, cárceles, expatriaciones y procesos judiciales incluidos, mientras crecen el encabronamiento y/o la apatía de la sociedad. Qué más quieren las huestes de Naranjito que seguir medrando en la encuestas a costa de aparentar que son el freno y el látigo del separatismo. En cuanto a Rajoy, si algo le incomoda, es lo mencionado: que el pastel se lo está comiendo otro. Más allá de esa faena, el catalán no es su problema.

Y en cuanto a quienes van a investir al president número 131, es de probable que argumenten que la culpa de esperar al último minuto ha sido de los villanos del otro lado. Puede que no sea incierto, pero el solo hecho de señalarlo implica reconocer quién llevaba la manija… y quién la va a seguir llevando. Por lo demás, desde el 21 de diciembre, ha habido unas cuantas oportunidades de encontrar una solución como la que ha acabado cayendo por su propio peso.

Sin novedad en Catalunya

Cuatro meses y un día desde la aplicación del 155 en Catalunya. También, ejem, desde la declaración —parece que solo con la puntita, por lo piado en la Audiencia Nacional o el Tribunal Supremo por sus promotores— de la República Catalana. Y claro, desde la convocatoria de unas elecciones cuyos resultados permanecen en barbecho cuando el implacable calendario señala que se celebraron hace ya diez semanas.

El balance de este revolcón de efemérides es nada entre dos platos. Ni cenamos ni se muere padre, como sentencia el hosco dicho castellano. Estridencia arriba, estridencia abajo, estamos donde estábamos en las jornadas de autos, solo que con unas cuantas personas en la cárcel, otras expatriadas y ni se sabe cuántas emplumadas judicialmente. Que vivamos tal anormalidad como si fuera la más absoluta de las normalidades es un preciso y al tiempo tristísimo retrato de la situación.

¿Ven realmente nervioso al Gobierno español? ¿Notaron algún tembleque en el Borbón supuestamente desairado el otro día en la cosa esa tan crematística de los móviles? ¿Perciben en la cacareada Comunidad Internacional la menor intención de cantarle las cuarenta a Mariano Rajoy? Y lo fundamental: ¿Quién sigue tomando hasta la más pequeña decisión ejecutiva en Catalunya?

Saben las respuestas y, si no se engañan, también tienen los elementos de juicio suficientes para sospechar que va a seguir siendo así. Sí, incluso tras el acuerdo, casi parto de los montes, entre las formaciones soberanistas para investir a Jordi Sánchez y dejar en el limbo a Puigdemont. Quienes lo han alcanzado deberían tener claro que tampoco se lo pasarán.

El ‘procés’ no ha muerto

Con el escrutinio del 21-D aún caliente, me preguntaba y les preguntaba a ustedes si el resultado implicaba que todo seguía igual. A primera vista, mirado en bloques, el marcador es prácticamente idéntico al de las elecciones de septiembre de 2015. Cabía cuestionarse si tras el frenesí de los últimos dos años, y más particularmente, de los últimos cuatro meses explosivos, la montaña había parido un ratón. ¿Para ese viaje hacían falta semejantes alforjas?

Puesto que ha ocurrido, habrá que concluir que sí. Todo proceso histórico es consecuencia del periodo anterior y, al tiempo, causa del siguiente. Incluso lo que aparentemente se repite no lo hace igual que la vez anterior. Si nos ponemos filosóficos, diremos con Heráclito que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río. Y si derrotamos hacia lo poético, sentenciaremos con Neruda que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Aplicando la enseñanza, el procés no ha muerto, como se apresuraron a pregonar los apóstoles del españolismo. Simplemente, continúa, pero de otra manera. ¿Dando uno o varios pasos atrás? Puede ser. Parece obvio, y así empezamos a escucharlo en el costado independentista, que procede un repliegue táctico. Si antes de los encarcelamientos, los exilios y, en general, la persecución judicial, quedó claro que no estaban listas las estructuras mínimas para empezar a caminar por libre en un concierto internacional trucado, sería suicida pensar que ahora está la senda abierta. Se entra en una nueva fase donde habrá que poner en práctica lo aprendido, haciendo de la necesidad virtud, equilibrando lo emocional y lo racional.

El discurso del rey*

Españoles: Permitidme que, como decía el que designó a mi viejo sucesor a título de rey, por unos cortos minutos penetre en la intimidad de vuestros hogares para deciros a los hombres y mujeres de bien que no tenéis de qué preocuparos. Aunque los pertinaces separaristas catalanes, tan duros de mollera como la última rodaja de espetec, han vuelto a demostrar que no saben ejercer la democracia y se empecinan en la absurda idea de que las urnas se ponen para que cada uno vote lo que le salga de ya me entendéis dónde, el Estado de Deshecho, digo de Derecho, tiene armas más que de sobra para restaurar la normalidad, ejem, en la tierra levantisca.

Como no habéis nacido ayer, sabéis perfectamente a qué armas se está refiriendo mi preparada majestad. Jarabe de palo se llama en el más bello de los castellanos, que es el castizo. Ya en los últimos meses les hemos dado oportunidad de comprobar que a malas somos muy malos, pero ahora verán que a peores, somos aun peores. Lo de los encarcelados, fugados y decenas de emplumados judiciales les va a parecer un chiste al lado de lo que se les viene encima. Cueros más duros ha convertido en delicada seda la fusta de mis antepasados capetos. Si la mula es terca, más terco debe ser el mulero. ¿Que no les ha ablandado el 155? Pues veremos con la versión Premium, que es la que toca ahora. Al caganer de Bruselas se le va a congelar en la jeta la sonrisa con la que el otro día escupió que había derrotado a la Monarquía. A ver si tiene lo que hay que tener para reclamar su premio de la lotería.

(*)Discurso de Nochebuena de Felipe VI, al que ha tenido acceso el columnista.

¿Todo sigue igual?

Tirando del clásico manido, la ciudadanía catalana ha hablado. Otra cosa es que vayamos a ponernos de acuerdo sobre lo que ha dicho. Por lo que voy viendo en los apenas minutos que han pasado desde que el escrutinio ha quedado visto para sentencia, casi todos pueden cantar su trocito de victoria. El que más, claro, Carles Puigdemont, a quien ya nadie podrá discutirle que es el líder del independentismo. Será difícil toserle, aunque tampoco está muy claro cuál es su futuro. ¿La cárcel? Con el batacazo que se ha pegado el PP, Rajoy le tendrá más ganas que antes.

En cuanto a Esquerra, para declararse ganador, deberá contarse en bloque. Es verdad que los soberanistas vuelven a ser mayoría absoluta. Pero con menos votos, y de nuevo dependiendo de una capitidisminuida CUP, que va a hacer valer sus cuatro escaños como si fueran oro.

Al otro lado, el constitucionalismo encabezado sin la menor duda por Inés Arrimadas dará por cautivo y desarmado al Procés. Lo que no podrá será hacer efectiva su victoria numérica. El éxito no le dará para ser presidenta. De los Comunes y el PSC, poco que decir. Poco pintaban y menos parece que van a pintar. No están los tiempos para los grises. O para las medias tintas, no sé bien.

¿Estamos donde estábamos el 27 de septiembre de 2015? La tentación es pensar que sí, pero luego uno se consuela pensando que no nos bañamos dos veces en el mismo río y que la experiencia es un grado. Muy pronto vamos a saber si se ha aprendido algo por el camino o si estamos condenados al día de la marmota en un bucle infinito. ¿Reservo hotel para dentro de seis meses? Más de uno me lo recomienda.

Ya es 21-D

Mañana a estas horas, todo quisque andará proclamando que ha pasado lo que había dicho que pasaría. Lastrado por un inconmensurable sentido del pudor, me declaro incapaz de sumarme a la legión de adivinos retrospectivos. Suerte tendré si soy capaz de comprender lo que sea que deparen estas urnas extemporáneas que no figuraban ni como plan Zeta en la archicacareada hoja de ruta, esa que, según se nos aseguraba, contemplaba hasta el menor de los detalles.

Sé que resulta incómodo y hasta rompepelotas, pero empezaré por ahí, porque del mismo modo que no sé leer el porvenir, sí se me da razonablemente bien poner en fila india los hechos que han sucedido. No es perspicacia, sino memoria. Y sorprende que algunos la tengan, con perdón, tan corta, pues fue apenas anteayer cuando tuvo lugar el último arreón de acontecimientos presuntamente históricos.

Qué tarde la de aquel viernes, 27 de octubre, que comenzó con una DUI a la remanguillé que hubo quien ni aplaudió y que terminó con unas elecciones salidas del escroto del presidente del Estado al que se había mandado a hacer gárgaras. Un tanto extraño, ¿no?, hacer cola para presentarse, mientras la metrópoli abandonada se hinchaba a empapelar judicialmente o, sin más rodeos, a encarcelar a los dirigentes de la secesión ahora mismo pendiente. Y los otros, en fuga a Bruselas, que es casi tanto como decir a ninguna parte, salvo que el objetivo fuera convertirse en extravagancia internacional, como en su día lo fue, qué se yo, el recién difunto Miguel de Rumanía.

Hoy, ocurra lo que ocurra, habrá que tener en cuenta ese pasado reciente. ¿O se está dispuesto a repetirlo?