CONTRATO SOCIAL VASCO: REPENSAR EL PACTO ENTRE AUTOGOBIERNO, VIVIENDA Y FUTURO

Jueves 3 de septiembre de 2026

Jon Koldo Arteaga

Por qué la próxima gran discusión política entre vascos no debería ser solo sobre competencias, sino sobre qué tipo de país queremos seguir siendo

Hablamos mucho de competencias, del Concierto Económico, del autogobierno o del blindaje foral. Mucho menos de para qué queremos todo eso. Y quizá haya llegado el momento de hacernos una pregunta algo más incómoda: ¿qué es realmente el contrato social de una sociedad y qué ocurre cuando deja de funcionar para una parte de ella?

La idea de contrato social no es nueva. Lleva siglos formando parte del pensamiento político y, en el fondo, es bastante sencilla: Una comunidad acepta unas determinadas reglas y asume unas obligaciones a cambio de seguridad, oportunidades, servicios públicos y unas condiciones mínimas para poder construir un proyecto de vida. No es un contrato que se firme una vez y quede vigente para siempre. Cambia con el tiempo. Se adapta a las circunstancias y, sobre todo, se pone a prueba con cada generación.

Cuando ese acuerdo funciona, apenas hablamos de él. Cuando empieza a fallar, sus consecuencias aparecen por todas partes.

Y aquí hay una señal que debería preocuparnos bastante más: cada vez resulta más difícil para muchos jóvenes imaginar cómo van a construir una vida independiente.

La vivienda se ha convertido en uno de los principales obstáculos. Comprar una casa parece, para muchos, algo cada vez más lejano, y alquilar tampoco garantiza necesariamente una situación estable. Al mismo tiempo, una parte importante del mercado laboral, que ha pasado de ser principalmente industrial a servicios, sigue ofreciendo salarios que difícilmente permiten afrontar esos precios.

El problema va mucho más allá de poder pagar un alquiler o una hipoteca. Cuando una persona con trabajo no puede independizarse, cuando formar una familia se retrasa indefinidamente o cuando marcharse fuera parece la única manera de mejorar las condiciones de vida, algo empieza a fallar en el sistema.

Y aquí aparece una cuestión que debería estar en el centro del debate sobre el autogobierno.

Disponemos en Hegoalde de unas herramientas que no están al alcance de cualquier territorio europeo: tenemos capacidad fiscal, financiera y competencias propias en numerosos ámbitos. Por eso la pregunta no debería limitarse a cuánto autogobierno tenemos sino que habría que preguntarse qué hacemos con él.

Porque una cosa es administrar las competencias que ya existen y otra bastante diferente utilizarlas para cambiar las condiciones en las que vive la sociedad.

Si aceptamos que el acceso a la vivienda, los salarios, la industria, la protección social y la evolución demográfica forman parte del mismo problema, quizá tengamos que empezar a pensar en una estrategia que los conecte. No como políticas aisladas, sino como piezas de un mismo modelo de país.

La industria necesita ser competitiva, por supuesto. Pero la competitividad basada únicamente en reducir costes termina teniendo un límite bastante evidente: los salarios y las condiciones de vida de quienes trabajan. Del mismo modo, un sistema de protección social necesita una economía capaz de generar suficiente riqueza para sostenerlo.

Y hay una tercera cuestión que solemos dejar en un segundo plano: el arraigo y la identidad.

Una sociedad que pierde a sus jóvenes pierde mucho más que población activa. Pierde talento, familias, consumidores, emprendedores y, con el tiempo, también parte de su tejido comunitario. Y en un país como el nuestro, donde la lengua, la cultura y la identidad vasca necesitan una comunidad que las mantenga vivas, la cuestión demográfica tampoco puede considerarse un asunto secundario.

Empleo de calidad, protección social y identidad no son compartimentos estancos. Están mucho más relacionados de lo que solemos reconocer.

Esta preocupación, además, no es exclusivamente vasca.

En los Países Bajos, Pieter Omtzigt creó en 2023 Nieuw Sociaal Contract con una idea que estaba precisamente relacionada con la necesidad de recuperar la confianza entre ciudadanos e instituciones y revisar aspectos del funcionamiento del Estado y de la protección social. En Alemania también se ha abierto el debate sobre cómo adaptar el modelo social a una realidad económica y demográfica muy distinta de la que existía cuando buena parte de sus actuales estructuras fueron diseñadas.

No son modelos que debamos copiar. Las circunstancias de Países Bajos, Alemania y Euzkadi son diferentes y sería absurdo pretender lo contrario. Pero sí resulta interesante comprobar que la pregunta aparece en lugares muy distintos: ¿cómo repartimos las cargas y las oportunidades entre generaciones cuando las reglas que funcionaron durante décadas ya no producen los mismos resultados?

Esa es, en el fondo, la cuestión.

No tengo una receta cerrada para nosotros. Y, sinceramente, tampoco me fiaría demasiado de quien afirmara tenerla (cuidado con los autoritarismos que vuelven a resurgir). Resolver el problema de la vivienda no consiste únicamente en construir más casas. La política industrial no se puede reducir a una subvención más. Y la protección social tampoco puede plantearse al margen de la capacidad de generar riqueza.

Hay demasiadas piezas que encajan unas con otras.

Lo que sí creo es que deberíamos empezar a discutir estas cuestiones con una mirada algo más ambiciosa. Preguntarnos, por ejemplo, si el autogobierno debería utilizar con mayor intensidad sus herramientas fiscales para facilitar el acceso a la vivienda. Si nuestra política industrial debería tener entre sus objetivos explícitos la generación de empleos mejor remunerados. Si estamos haciendo lo suficiente para evitar que una parte de nuestros jóvenes tenga que marcharse para poder desarrollar un proyecto de vida. O incluso si nuestras propias instituciones necesitan adaptarse a una realidad que ya no es la de hace veinte o treinta años.

No hay respuestas sencillas y probablemente tampoco deberían existir.

Pero sí deberíamos recuperar la capacidad de hacernos estas preguntas sin convertirlas inmediatamente en una pelea partidista o en un catálogo de medidas aisladas.

Porque quizá el debate que tenemos delante no sea solamente sobre vivienda, salarios, industria o demografía.

Quizá sea algo más profundo: sobre qué tipo de sociedad queremos construir y sobre qué estamos dispuestos a ofrecer a la generación que viene a cambio de pedirle que confíe en este país, trabaje aquí y construya aquí su futuro.

Ese también es el autogobierno. Y quizá sea hora de hablar más de para qué lo queremos.

2 comentarios en «CONTRATO SOCIAL VASCO: REPENSAR EL PACTO ENTRE AUTOGOBIERNO, VIVIENDA Y FUTURO»

  1. Excelente artículo. Cuando las reglas que funcionaron durante décadas dejan de ser efectivas hay que renovarse…y para lograrlo solo habría que recurrir a las personas más conocedoras en la materia, dejando a un lado las ideologías políticas.
    Somos un País con capacidad fiscal, financiera y competencias propias en distintos ámbitos, por lo tanto, la pregunta obligada debiera ser: se trabaja suficientemente en función de lograr que el futuro de las nuevas generaciones sean mejores que las que tienen en la actualidad…sin olvidar por supuesto nuestro arraigo e identidad?.
    Señores del Gobierno Vasco…MANOS a la OBRA.

  2. Un buen artículo filosófico y reflexivo,y muy oportuno dado el problema irresoluble de la vivienda que no hace sino empeorar y levar a los vascos a una situación alarmante.
    Hay que liberalizar el mercado de la vivienda y menos intervención pública de las instituciones.
    El poder público lleva fracaso tras fracaso en la política de vivienda,nuestra sociedad no debe permitir estás desigualdades sociales y está situación que privilegia a unos en detrimento de los vasos con arraigo
    PRIORIDAD NACIONAL y ARRAIGO,EUSKAL HERRIA FIRST

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *