UN BUEN DISCURSO FRENTE A LOS MATONES. REALISMO BASADO EN VALORES.

Jueves 22 de enero de 2026

Es largo, pero merece la pena: es el discurso en Davos del primer ministro canadiense @MarkJCarney.   

Es un placer —y un deber— estar con ustedes en este punto de inflexión para Canadá y para el mundo.

Hoy hablaré de la ruptura del orden mundial, del fin de la grata ficción y del amanecer de una realidad brutal en la que la geopolítica de las grandes potencias no tiene freno.

Pero sostengo, aun así, que otros países -en particular las potencias medias como Canadá- no están indefensos. Tienen el poder de construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados.

El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad.

Cada día se nos recuerda que vivimos en una era de rivalidad entre grandes potencias. Que el orden basado en normas se está desvaneciendo. Que los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben.

Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose. Y, ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad.

No lo hará.

Entonces, ¿cuáles son nuestras opciones?

En 1978, el disidente checo Václav Havel escribió un ensayo titulado El poder de los sin poder. En él planteó una pregunta sencilla: ¿cómo se sostenía el sistema comunista?

Su respuesta empezaba con un verdulero. Cada mañana, este tendero coloca un letrero en su escaparate: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”. No lo cree. Nadie lo cree. Pero lo coloca de todos modos: para evitar problemas, para señalar conformidad, para llevarse bien. Y como cada tendero en cada calle hace lo mismo, el sistema persiste.

No solo mediante la violencia, sino mediante la participación de la gente común en rituales que, en privado, sabe que son falsos.

Havel llamó a esto “vivir dentro de una mentira”. El poder del sistema no proviene de su verdad, sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierto. Y su fragilidad proviene de la misma fuente: cuando incluso una sola persona deja de actuar -cuando el verdulero quita su letrero- la ilusión empieza a resquebrajarse.

Ha llegado el momento de que las empresas y los países retiren sus letreros. Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. Nos unimos a sus instituciones, alabamos sus principios y nos beneficiamos de su previsibilidad. Podíamos impulsar políticas exteriores basadas en valores bajo su protección.

Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima.

Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas.

Así que pusimos el letrero en la ventana. Participamos en los rituales. Y, en gran medida, evitamos señalar las brechas entre la retórica y la realidad. Ese pacto ya no funciona. Permítanme ser directo: estamos en medio de una ruptura, no de una transición. En las dos últimas décadas, una serie de crisis -financiera, sanitaria, energética y geopolítica- dejó al descubierto los riesgos de una integración global extrema.

Más recientemente, las grandes potencias empezaron a usar la integración económica como arma. Aranceles como palanca. Infraestructura financiera como coerción. Cadenas de suministro como vulnerabilidades a explotar. No se puede “vivir dentro de la mentira” del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación. Las instituciones multilaterales en las que se apoyaban las potencias medias -la OMC, la ONU, las COP-, la arquitectura de la resolución colectiva de problemas, están muy debilitadas.

Como resultado, muchos países están llegando a las mismas conclusiones. Deben desarrollar mayor autonomía estratégica: en energía, alimentos, minerales críticos, finanzas y cadenas de suministro. Este impulso es comprensible. Un país que no puede alimentarse, abastecerse de energía o defenderse tiene pocas opciones. Cuando las normas ya no te protegen, debes protegerte tú. Pero seamos lúcidos sobre adónde conduce esto. Un mundo de fortalezas será más pobre, más frágil y menos sostenible.

Y hay otra verdad: si las grandes potencias abandonan incluso la pretensión de normas y valores para perseguir sin trabas su poder e intereses, los beneficios del “transaccionalismo” se vuelven más difíciles de replicar. Los hegemones no pueden monetizar continuamente sus relaciones. Los aliados diversificarán para cubrirse ante la incertidumbre. Comprarán seguros. Aumentarán opciones. Esto reconstruye la soberanía -una soberanía que antes estaba anclada en normas-, pero que estará cada vez más anclada en la capacidad de resistir la presión.

Esta gestión clásica del riesgo tiene un coste. Pero ese coste de la autonomía estratégica, de la soberanía, también puede compartirse. Las inversiones colectivas en resiliencia son más baratas que que cada uno construya su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación. Las complementariedades son de suma positiva.

La pregunta para las potencias medias, como Canadá, no es si debemos adaptarnos a esta nueva realidad. Debemos hacerlo. La pregunta es si nos adaptamos simplemente construyendo muros más altos -o si podemos hacer algo más ambicioso.

Canadá fue de los primeros en escuchar la llamada de atención, lo que nos llevó a cambiar de forma fundamental nuestra postura estratégica. Los canadienses saben que nuestra vieja y cómoda suposición de que nuestra geografía y nuestras membresías en alianzas conferían automáticamente prosperidad y seguridad ya no es válida.

Nuestro nuevo enfoque se basa en lo que Alexander Stubb ha denominado “realismo basado en valores” -o, dicho de otro modo, aspiramos a ser principistas y pragmáticos. Principistas en nuestro compromiso con valores fundamentales: la soberanía y la integridad territorial, la prohibición del uso de la fuerza salvo cuando sea coherente con la Carta de la ONU, el respeto de los derechos humanos. Pragmáticos al reconocer que el progreso suele ser incremental, que los intereses divergen, que no todos los socios comparten nuestros valores.

Nos estamos comprometiendo ampliamente, de forma estratégica, con los ojos abiertos. Afrontamos activamente el mundo tal como es, no esperamos al mundo tal como quisiéramos que fuera. Canadá está calibrando sus relaciones para que su profundidad refleje nuestros valores. Estamos priorizando un compromiso amplio para maximizar nuestra influencia, dada la fluidez del mundo, los riesgos que esto plantea y lo que está en juego de cara a lo que viene. Ya no dependemos solo de la fuerza de nuestros valores, sino también del valor de nuestra fuerza.

Estamos construyendo esa fuerza en casa. Desde que mi gobierno asumió el cargo, hemos recortado impuestos sobre ingresos, ganancias de capital e inversión empresarial; hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial; y estamos acelerando un billón de dólares de inversión en energía, IA, minerales críticos, nuevos corredores comerciales y más allá. Estamos duplicando nuestro gasto en defensa para 2030, y lo hacemos de maneras que fortalezcan nuestras industrias nacionales.

Nos estamos diversificando rápidamente en el exterior. Hemos acordado una asociación estratégica integral con la Unión Europea, incluyendo la adhesión a SAFE, los mecanismos europeos de compra de defensa. Hemos firmado otros doce acuerdos comerciales y de seguridad en cuatro continentes en los últimos seis meses. En los últimos días, hemos concluido nuevas asociaciones estratégicas con China y Catar. Estamos negociando pactos de libre comercio con India, la ASEAN, Tailandia, Filipinas y Mercosur.

Para ayudar a resolver problemas globales, estamos impulsando una geometría variable: diferentes coaliciones para diferentes asuntos, basadas en valores e intereses. En Ucrania, somos miembro central de la Coalición de los Dispuestos y uno de los mayores contribuyentes per cápita a su defensa y seguridad. En soberanía ártica, nos mantenemos firmemente junto a Groenlandia y Dinamarca y apoyamos plenamente su derecho único a determinar el futuro de Groenlandia.

Nuestro compromiso con el Artículo 5 es inquebrantable. Trabajamos con nuestros aliados de la OTAN (incluyendo el Nordic Baltic 8) para asegurar aún más los flancos norte y oeste de la alianza, incluyendo inversiones sin precedentes en radar de alcance más allá del horizonte, submarinos, aeronaves y presencia terrestre.

En el comercio plurilateral, estamos impulsando esfuerzos para tender un puente entre el Acuerdo Transpacífico y la Unión Europea, creando un nuevo bloque comercial de 1.500 millones de personas. En minerales críticos, estamos formando clubes de compradores anclados en el G7 para que el mundo pueda diversificarse y alejarse de un suministro concentrado. En IA, cooperamos con democracias afines para garantizar que, en última instancia, no nos veamos obligados a elegir entre hegemones e hiperescaladores.

Esto no es multilateralismo ingenuo. Tampoco es depender de instituciones debilitadas. Es construir coaliciones que funcionen, asunto por asunto, con socios que comparten suficiente terreno común como para actuar juntos. En algunos casos, será la gran mayoría de las naciones. Y es crear una densa red de conexiones a través del comercio, la inversión y la cultura, de la que podamos valernos para desafíos y oportunidades futuras. Las potencias medias deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú. Las grandes potencias pueden permitirse ir solas. Tienen el tamaño de mercado, la capacidad militar, la palanca para dictar condiciones. Las potencias medias no.

Pero cuando solo negociamos bilateralmente con un hegemón, negociamos desde la debilidad. Aceptamos lo que se nos ofrece. Competimos entre nosotros por ser los más complacientes. Esto no es soberanía. Es la representación de la soberanía mientras se acepta la subordinación.

En un mundo de rivalidad entre grandes potencias, los países intermedios tienen una elección: competir entre sí por el favor o unirse para crear un tercer camino con impacto. No debemos permitir que el auge del poder duro nos ciegue ante el hecho de que el poder de la legitimidad, la integridad y las normas seguirá siendo fuerte -si elegimos ejercerlo juntos.

Lo cual me devuelve a Havel. ¿Qué significaría para las potencias medias “vivir en la verdad”?

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si siguiera funcionando tal como se anuncia. Llamar al sistema por lo que es: un período en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como un arma de coerción.

Significa actuar con coherencia. Aplicar los mismos estándares a aliados y rivales. Cuando las potencias medias critican la intimidación económica que viene de una dirección pero guardan silencio cuando viene de otra, estamos manteniendo el letrero en la ventana.

Significa construir aquello en lo que decimos creer. En lugar de esperar a que el hegemón restaure un orden que está desmantelando, crear instituciones y acuerdos que funcionen como se describen. Y significa reducir la palanca que permite la coerción.

Construir una economía doméstica fuerte debería ser siempre la prioridad de todo gobierno. Diversificar internacionalmente no es solo prudencia económica; es la base material para una política exterior honesta. Los países se ganan el derecho a posturas basadas en principios reduciendo su vulnerabilidad a represalias.

Canadá tiene lo que el mundo quiere. Somos una superpotencia energética. Poseemos vastas reservas de minerales críticos. Tenemos la población más educada del mundo. Nuestros fondos de pensiones están entre los mayores y más sofisticados inversores del planeta. Tenemos capital, talento y un gobierno con una enorme capacidad fiscal para actuar con decisión. Y tenemos los valores a los que muchos otros aspiran.

Canadá es una sociedad pluralista que funciona. Nuestro espacio público es ruidoso, diverso y libre. Los canadienses siguen comprometidos con la sostenibilidad. Somos un socio estable y fiable -en un mundo que no lo es-, un socio que construye y valora relaciones a largo plazo.

Canadá tiene algo más: el reconocimiento de lo que está ocurriendo y la determinación de actuar en consecuencia. Entendemos que esta ruptura exige más que adaptación. Exige honestidad sobre el mundo tal como es.

Estamos quitando el letrero de la ventana. El viejo orden no va a volver. No deberíamos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de la fractura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esta es la tarea de las potencias medias, que son las que más tienen que perder en un mundo de fortalezas y las que más tienen que ganar en un mundo de cooperación genuina.

Los poderosos tienen su poder. Pero nosotros también tenemos algo: la capacidad de dejar de fingir, de nombrar la realidad, de construir nuestra fuerza en casa y de actuar juntos. Ese es el camino de Canadá. Lo elegimos abierta y confiadamente. Y es un camino ampliamente abierto a cualquier país dispuesto a recorrerlo con nosotros.

TRUMP CONTRA EL MUNDO: EL PRECIO DE LA ARROGANCIA Y EL VALOR DE LA RED

Miércoles 21 de enero de 2026

Rafael Suso.

No puedes ganar una partida de ajedrez si sigues creyendo que el tablero es de madera, mientras tu oponente lo ha convertido en un circuito digital.

En 2003, el mundo miró a Tesla con escepticismo y a BYD con condescendencia. Eran los “advenedizos”. Hoy, en 2026, esos advenedizos van por delante, definen las reglas y marcan el camino que siguen, en su intento de adaptarse, los ‘gigantes’ (antiguos) del mercado.

Algo parecido puede estar pasando en el ‘mercado’ de la geopolítica. Tal vez nos estamos equivocando con China. Está claro que su intención es ser un líder global. Tal vez su lógica no es la de la dominación estilo siglo XIX (doctrina Donroe). Las redes se tejen con la lógica de la cooperación.

Los hechos no mienten

La historia nos ha enseñado tres lecciones costosas que ningún CEO o Jefe de Estado puede permitirse ignorar:

La ingeniería sin ética es un suicidio de marca. El Dieselgate no fue un error de software; fue la confesión de una industria que se sabía incapaz de competir con el futuro. Cuando usted engaña al consumidor, le está entregando sus llaves a la competencia.

El petróleo es una cadena; la energía renovable es una red. Mientras Estados Unidos se desgasta patrullando el siglo XIX para asegurar barriles, China ha construido el “sistema operativo” de la energía global. No buscan conquistar tierras; buscan que el mundo entero funcione con sus estándares.

La influencia no se impone, se integra. La Doctrina Monroe es un muro; el modelo chino es un cable de fibra óptica. Los muros se derrumban; las redes solo se hacen más fuertes a medida que crecen

El veredicto

El liderazgo silencioso de China en 2026 no es fruto de la casualidad, sino de la ausencia de nostalgia. Mientras Occidente intentaba proteger el statu quo, Oriente invertía en la inevitabilidad.

Hoy, el Sur Global y aliados estratégicos como Canadá, ¿cuánto tardará Europa?, no están eligiendo una ideología; están eligiendo la eficiencia. Están eligiendo el coche que arranca cada mañana, la red eléctrica que no falla y la tecnología que no necesita de una flota de portaaviones para garantizar su logística, para ser suministrada.

La ‘nostalgia no es una estrategia’, lo afirmó Mark Carney primer ministro de Canadá. Garantizar el futuro pasa por rebajar su dependencia de USA y estableces relaciones pragmáticas con Europa, con Mercosur, con los Países Árabes, con China. Extender Canadá en red.

No se puede salvar el pasado, por mucho que uno se obsesione con él. Pero se puede construir un futuro mejor si se tiene el valor de dejar de proteger lo que ya está muerto.

El motor de combustión y la geopolítica de bloques han muerto. Bienvenido a la era de la Red

CONDECORAN AL JEFE DE LA CIA

Martes 20 de enero de 2026

A María Corina Machado el chavismo, los chavistas y los analistas de torre de marfil y la izquierda caviar le han criticado haberle entregado la medalla del Nobel de la Paz a Trump. Ignoran que  María Corina es más lista que todos ellos. Sabe que Trump es un bocazas megalómano, un narciso con poder al que estos actos de dura pleitesía, que a nadie gustan, le encanta al inquilino de la Casa Blanca. Por eso lo hizo, porque si la democracia venezolana debe esperar a que los redactores de comunicados hagan algo, debería seguir en su zulo en Venezuela y Edmundo González Urrutia esperando que liberen a su yerno.

La prueba está en la carta que Trump le ha dirigido al primer ministro de Noruega Jonas Gahr criticándole duramente a su país por no haberle hecho entrega este año del Nobel y que por eso ya no se siente concernido para, como dijo en campaña, propiciar la paz. La carta, tomada en serio, da la magnitud de la megalomanía y la inestabilidad mental del actual presidente de los EEUU y del peligro que representa en particular para Europa.

El caso es que Delcy Rodríguez, lanzando una patada a María Corina, dijo que quería ir a la Casa Blanca pero no arrastrada en evidente alusión a María Corina.

El caso es que, gracias a la acción del 3 de enero, cuando Nicolás Maduro y su “primera combatiente“ como de esta forma ridícula llamaban los chavistas a la compañera de Maduro, Cilia Flores, fueron invitados a ocupar una celda en Brooklyn, la operación, como en el caso de Bin Laden con Obama y Hillary Clinton, la siguió directamente en tiempo real Donald Trump teniendo a su lado al jefe de la CIA John Ratcliffe que acaba de visitar Caracas y ser condecorado por el jefe del ejército Vladimiro Padrino López.

Chávez se está revolcando en la tumba.

Cuando al jefe de la CIA le entregan la máxima condecoración militar venezolana, ya no hay nada que explicar.

Tanto discurso de soberanía, de antiimperialismo y de “patria o muerte”, para terminar condecorando a quien decían combatir. En la práctica, lo que queda es sumisión, silencio y vergüenza.

Mucho grito revolucionario frente a las cámaras, pero a la hora de la verdad: arrastrados y calladitos.

Dentro de poco nos dirán que Nicolás Maduro y Cilia Flores le han ofrecido  preparar arepas y tequeños a Donald Trump y Melania, hechas desde la cárcel donde todavía se sigue creyendo presidente cuando no es más que un criminal usurpador de elecciones.

Cosas veredes Sancho!