ESPAÑA 2027: ANÁLISIS PROSPECTIVO DE UN ESCENARIO SIN CEUTA Y MELILLA

Domingo 9 de agosto de 2026

Javier Batarrita Gaztel

Ejercicio de prospectiva política. Este artículo no predice ni defiende que este escenario vaya a producirse: parte de una hipótesis —la pérdida de soberanía española sobre Ceuta y Melilla en 2027— para explorar sus posibles derivadas internas e internacionales, a partir de dinámicas ya observables en 2026.

El punto de partida: una crisis ya en marcha

El ejercicio no parte de cero. En el verano de 2026, España atravesó una crisis migratoria grave en Ceuta, con decenas de miles de entradas irregulares en pocos días y varias decenas de muertes. La crisis reactivó de golpe todos los frentes que un escenario de pérdida efectiva de soberanía en 2027 agravaría:

– Marruecos volvió a poner sobre la mesa, de forma indirecta, su reivindicación histórica sobre ambas ciudades.

– El embajador de Israel ante la ONU, Danny Danon, aprovechó la crisis para acusar a España de mantener «enclaves coloniales» en África, en un mensaje que la propia embajada israelí en Madrid se apresuró a desautorizar como posición no oficial del Estado.

– Varios socios europeos —Italia, Finlandia, Dinamarca— reaccionaron con dureza, llegando Roma a suspender unilateralmente Schengen con España, en lugar de desplegar la solidaridad automática que cabría esperar de una frontera exterior común.

– El Ejército español admitió en un informe interno que su superioridad disuasoria frente a Marruecos, reforzada con armamento estadounidense, francés e inteligencia israelí en las últimas dos décadas, ya no es la que era.

Ninguno de estos elementos implica, por sí solo, una pérdida de soberanía. Pero todos apuntan en la misma dirección estructural que un escenario 2027 llevaría al extremo.

I. Consecuencias internas en la política española

Una pérdida efectiva de Ceuta y Melilla —por cesión negociada, invasión tolerada o abandono progresivo— tendría un impacto que trasciende lo territorial:

Crisis de régimen. El valor simbólico de ambas ciudades como prueba de que España resiste la presión exterior es tal que su pérdida sería leída como una humillación nacional de dimensión histórica. Cualquier gobierno que la gestionara caería, casi con seguridad de forma inmediata.

Polarización territorial explosiva. Un precedente de cesión bajo presión externa se convertiría en munición inmediata para el debate territorial español: si Ceuta y Melilla no fueron innegociables, la pregunta de si Cataluña o el País Vasco lo son ganaría fuerza en el discurso de la derecha nacional, y sería instrumentalizada en sentido inverso por sectores del propio independentismo (ver bloque V).

Tensión con las Fuerzas Armadas. Una pérdida sin resistencia militar seria reabriría, con enorme carga simbólica, el debate —hoy tabú en democracia— sobre el papel del Ejército como garante último de la integridad territorial.

Refuerzo del discurso sobre «guerra híbrida migratoria». Si la pérdida se produce en el contexto de presión migratoria sostenida, reforzaría la narrativa —ya extendida en 2026— de que la inmigración se usa como arma geopolítica, alimentando a la extrema derecha en toda Europa, no solo en España.

II. La relación con Estados Unidos

El precedente más relevante ya existe: Washington reconoció, bajo la primera administración Trump, la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, una decisión que se ha mantenido desde entonces. Esto sugiere varias cosas para un escenario 2027:

– Si EE. UU. ya está dispuesto a legitimar reivindicaciones territoriales marroquíes por interés estratégico —bases, cooperación antiterrorista, contención migratoria hacia Europa, contrapeso a Argelia—, no es descartable que un segundo mandato Trump no respalde a España frente a Marruecos, o incluso presione en sentido contrario.

– Ya en 2026 se observa una red de actores alineados con Trump y con Marruecos impulsando el argumento de que Ceuta y Melilla son «enclaves coloniales», lo que indica que Washington, o al menos su órbita, no vería con malos ojos una solución favorable a Rabat.

– El desgaste sería mayor si coincide —como ocurre ya— con otras fricciones bilaterales: gasto en defensa y OTAN, y diferencias de fondo en política exterior, particularmente sobre Gaza.

III. La relación con Israel

El patrón también es visible ya en 2026. La crisis de Ceuta fue utilizada por el embajador israelí ante la ONU para acusar a España de hipocresía, dado que Madrid critica con frecuencia a Israel por su ocupación de territorios palestinos. Un escenario de pérdida efectiva en 2027 probablemente:

– Sería instrumentalizado como argumento comparativo en ambas direcciones —»España exige devolver territorios pero no pudo retener los suyos»— dependiendo de qué sector del espectro político israelí o proisraelí hable.

– No hay unanimidad interna en el aparato diplomático israelí sobre usar este argumento: la propia embajada en España desautorizó las palabras de Danon como posición no oficial, lo que sugiere divergencias internas entre quienes lo ven como baza útil frente a las críticas españolas por Gaza y quienes lo consideran una distracción innecesaria.

– Dado que la relación bilateral ya atraviesa, según varias fuentes, su peor momento desde que existen relaciones diplomáticas, una pérdida de soberanía probablemente aceleraría el acercamiento israelí a Marruecos —país con el que Israel mantiene relaciones normalizadas desde los Acuerdos de Abraham— en detrimento de España.

IV. Repercusión dentro de la Unión Europea

La crisis de 2026 ya reveló que la solidaridad europea sobre Ceuta y Melilla es mucho más frágil de lo que la retórica institucional sugiere:

– Italia suspendió unilateralmente Schengen con España; Finlandia acusó a Madrid de fracasar por completo en la protección de la frontera exterior común; veintidós jefes de Estado y de Gobierno pidieron una reunión de urgencia sobre la gestión española de la crisis.

– Ceuta y Melilla, pese a ser frontera Schengen, quedan fuera del ámbito de cobertura del artículo 5 de la OTAN, lo que explica en parte una respuesta internacional más tibia que la registrada ante crisis fronterizas comparables en el este de Europa.

Proyectado a 2027, esto apunta a varias consecuencias:

1. Redefinición forzosa del perímetro exterior de la UE en el Mediterráneo occidental, con implicaciones directas para Frontex y los acuerdos de externalización fronteriza.

2. Munición política para el euroescepticismo de derecha radical en toda Europa, no solo en España, como prueba de la incapacidad de la UE para proteger sus fronteras.

3. Precedente jurídico incómodo para otros contenciosos territoriales europeos sin resolver, lo que paradójicamente podría generar más solidaridad reactiva con España por puro interés defensivo de otros Estados miembros.

4. Aislamiento antes que cohesión: el patrón de 2026 —países señalando la incompetencia española antes que cerrar filas— sugiere que la reacción a una pérdida efectiva sería más fracturada de lo que la lógica de «defensa del territorio comunitario» haría esperar.

5. Erosión de la narrativa europea de fronteras inviolables, construida en gran medida desde 2022 en torno a Ucrania, con el consiguiente aprovechamiento propagandístico por parte de actores externos interesados en subrayar el doble rasero europeo.

V. La respuesta del nacionalismo vasco y catalán

Aquí no hay una respuesta única previsible, y los datos de 2026 ya muestran divergencias claras entre las distintas familias del nacionalismo periférico:

– PNV y ERC han señalado directamente a Marruecos como responsable de la instrumentalización migratoria, alineándose de facto con el Estado español frente a un actor externo.

– EH Bildu ha optado por el silencio casi total, sin fijar posición pública.

– Junts ha jugado la carta puramente transaccional, usando la crisis para arrancar concesiones concretas —la exclusión de Cataluña del reparto de menores migrantes—sin entrar en el debate identitario de fondo.

Proyectando esta divergencia a un escenario de pérdida de soberanía en 2027, se perfilan cuatro estrategias posibles, cada una con su lógica y sus riesgos.

A) Alineamiento con el Estado frente a la amenaza externa. Reforzaría la imagen de responsabilidad institucional de partidos como el PNV o ERC, evitando el desgaste de parecer que se aprovechan de la debilidad de España en un momento de humillación nacional. El riesgo es renunciar a una ventana de oportunidad histórica si el relato dominante pasa a ser que el Estado ya no puede garantizar su propia integridad territorial.

B) Explotación de la crisis para acelerar el propio proceso. Coherente ideológicamente con el argumento de que la fragmentación de España responde a dinámicas de poder externas que no distinguen entre «enclaves africanos» y «nacionalidades históricas». El riesgo mayor es quedar asociados, aunque sea indirectamente, al mismo bloque de actores externos —Estados Unidos, Israel, Marruecos— que habrían debilitado a España, una asociación que la derecha española explotaría sin matices.

C) Silencio calculado. El modelo ya ensayado por EH Bildu en 2026: evita el desgaste de posicionarse en un asunto que no se controla, a cambio del riesgo de ser acusado de indiferencia.

D) Transaccionalismo puro. El modelo Junts: usar la crisis como palanca de negociación puntual, con bajo riesgo ideológico pero también bajo rendimiento en términos de proyecto político de fondo.

Nada indica que un escenario más grave que el de 2026 fuera a unificar estas posturas; el patrón observado sugiere más bien que las polarizaría entre sí, en función de si el objetivo estratégico de cada partido es consolidarse como socio fiable del Estado, maximizar la presión independentista, o minimizar el riesgo reputacional.

SENADORES DEMÓCRATAS Y REPUBLICANOS  PRESENTAN RESOLUCIÓN BIPARTIDISTA PARA EXIGIR ELECCIONES LIBRES EN VENEZUELA

Sábado 8 de agosto de 2026

Los senadores estadounidenses Ted Cruz, republicano por Texas, y Jeanne Shaheen, demócrata por Nuevo Hampshire, presentaron una resolución bipartidista en el Senado de Estados Unidos para reafirmar el respaldo de Washington a una transición democrática en Venezuela mediante la celebración de elecciones libres, justas y transparentes.

La iniciativa, que también cuenta con el apoyo de los senadores Tim Kaine, Rick Scott, Dick Durbin, Adam Schiff y Jacky Rosen, plantea que cualquier proceso político en Venezuela debe garantizar condiciones democráticas, la liberación de los presos políticos y la participación de todos los actores políticos.

El documento reafirma la política estadounidense de apoyar una transición democrática pacífica en Venezuela y establece que las futuras elecciones deben desarrollarse bajo garantías que permitan a los ciudadanos elegir libremente a sus representantes.

La resolución recuerda los comicios presidenciales del 28 de julio de 2024 y señala que el Departamento de Estado concluyó posteriormente que Nicolás Maduro no resultó ganador de esa contienda, mientras que Edmundo González Urrutia obtuvo la mayor cantidad de votos, según las evidencias recopiladas por Washington.

Hace referencia asimismo a las restricciones impuestas contra María Corina Machado, quien quedó impedida de participar en las elecciones presidenciales luego de que el Tribunal Supremo de Justicia ratificara una inhabilitación de 15 años emitida por la Contraloría General de la República.

La propuesta legislativa también menciona el impedimento para registrar a Corina Yoris como candidata presidencial y el posterior respaldo de la Plataforma Unitaria a Edmundo González Urrutia como abanderado opositor.

LA FÓRMULA DE LA “COCA COLA” POLÍTICA CATALANA, CIU, EN EL ARCHIVO

Viernes 7 de agosto de 2026

Josep López de Lerma nació en San Feliú de Guixols. Abogado, profesor y político catalán a quien conocí en el Congreso y con quien hicimos buenas migas Joxe Joan Gonzalez de Txabarri y yo.

Fue portavoz de CIU y Vicepresidente del Congreso. Con él viajé varias veces, ya que éramos miembros del Grupo de Amistad con México, y él, el presidente de la Comisión. Otro viaje fue a China acompañando al presidente del Congreso Félix Pons con Loyola de Palacio y Pablo Castellano.

Mantenemos una fluida relación. Era la personificación de Convergencia en su pacto con Unió. Me refiero a la Convergencia original. La que pactando con el partido Unió Democrática de Miquel Coll i Alentorn y Josep Durán lograron cristalizar en política, casi todo el espectro de aquella Catalunya emergente. Desgraciadamente, se la cargaron. Y lo que era “la fórmula exitosa de la Coca Cola” es un apunte histórico. Lamentablemente. Abarcaban casi todo lo representativo catalán. Centro derecha, centro izquierda y simbología. Con ellos, el PNV pactó la Declaración de Barcelona y con ellos el Grupo Vasco hacía política conjunta.

Hace unas semanas CIU fue enterrada solemnemente. Ya es un cadáver exquisito en un glorioso Panteón, el Archivo Nacional de Catalunya. Hubo un acto de entrega de toda su documentación. Lo explica bien Josep. Le deberían haber invitado a la exhumación, pero como en Euzkadi, quien organizó el acto excluyó a verdaderos representantes de aquel partido vertebral de Catalunya. Y él ha escrito una reflexión en catalán que me la ha enviado en castellano, a mi petición. Le solicité poder reproducirla.

Me parece un buen resumen y un buen epitafio, nombrando las causas de la extinción de este éxito electoral y gubernamental tan representativo ya desaparecido por mor de políticos que no estuvieron a la altura para dar continuidad en Convergencia a ésta fórmula de éxito.

Publico aquí su análisis que me parece muy oportuno y clarificador:

Nos encontrarán en el Archivo Nacional

Josep López de Lerma

La entrega del archivo de Convergència Democràtica de Catalunya al Archivo Nacional de Cataluña fue noticia hace unas semanas. El actual presidente de la Generalitat de Cataluña, Salvador Illa, quiso estar presente para subrayar la importancia que este partido tuvo a la hora de sentar las bases del actual autogobierno de Cataluña y en su posterior desarrollo; también por su labor de gobierno, que fue mucha. Estuvo presente uno de sus fundadores, el presidente Jordi Pujol, así como algunos de sus últimos dirigentes, entre ellos el presidente Artur Mas, el exalcalde de Barcelona Xavier Trías y el exconsejero Francesc Homs, tres nombres que explican la desaparición de CDC por cobardía personal ante la denominada «declaración de Queralbs» o autoinculpación de Pujol por tener dinero en Andorra, y por el error cometido al apostar por la independencia, en contraposición a lo que había sido CDC. Esto dio paso a dos partidos sucesivos, el PDeCAT y JxCat, aprovechando el desconcierto existente en las filas del primero. Como siempre ha sucedido en episodios históricos similares, las ausencias hablaron más que las presencias. Lo dejo aquí.

Como bien saben los lectores, CDC ha sido el partido político de mi vida. No he militado en ningún otro ni tampoco lo haré en el futuro. Me afilié en el otoño de 1976, firmando en el casino de Castell d’Aro una hoja de suscripción al boletín/revista CDC Informacions, editado por Miquel Sellarés, y avalado por Joan Saqués y Lluís Pla, ambos fundadores del partido en la ciudad de Girona, convirtiéndome en el segundo militante de todo el Baix Empordà. En aquellos tiempos se hacía así, dado que Convergència era un partido político ilegal y perseguido por el posfranquismo de Arias Navarro. La seguridad, entonces, era máxima y la exposición pública quedaba reducida a sus máximos dirigentes: Jordi Pujol y Miquel Roca, las dos líneas ideológicas esenciales que habían confluido en Montserrat en el momento de su fundación, junto con Unió Democràtica de Catalunya, que posteriormente se desvinculó. En aquellos momentos éramos dos, solo dos, los militantes en todo el Baix Empordà. Una vez legalizada CDC, pasamos a disponer del carné de militante, nunca antes, y esa es la razón por la que en él figura mi afiliación con fecha de 1977.

Aunque aquello no saliera innecesariamente a la luz, algo común en todos los partidos democráticos de la Cataluña de entonces, la creación clandestina de la Asamblea de Catalunya en 1971 y su expansión por el territorio habían hecho que, antes de militar en Convergència, yo fuera miembro de la Taula Democràtica, nombre que adoptamos en Sant Feliu de Guíxols. Su utilidad fue grande: no solo atrajimos a ciudadanos hacia postulados democráticos, sino que también fue una escuela de futuros alcaldes y concejales de Sant Feliu de Guíxols a partir de las primeras elecciones locales de 1979. La Asamblea, en su conjunto, fue una plataforma unitaria del antifranquismo catalán que articuló partidos políticos democráticos, sindicatos, entidades vecinales, colegios profesionales, movimientos estudiantiles y culturales, e incluso personalidades independientes, bajo un paraguas amplio y unitario. Su relevancia radicó en que convirtió el catalanismo democrático en un movimiento social amplio, conectado con el mundo obrero y vecinal, y no solo con las élites culturales y económicas; estableció un repertorio de acción colectiva y un lenguaje político compartido que marcaron la Transición en Cataluña; y su legado fue la Generalitat restaurada, el Estatuto de 1979 y la articulación de un sistema de partidos catalanes con un fuerte arraigo social.

Cada cual puede hablar de lo que ha vivido; también quien esto escribe. Yo lo hago así: la CDC que conocí, y a cuya construcción y arraigo contribuí en la parte que me correspondía, fue esencialmente un movimiento político con formato de partido cuyo objetivo era la reconstrucción nacional de Cataluña, en el marco de un nacionalismo personalista, europeísta, interclasista, no independentista, de carácter integrador y puesto al servicio del país. El hecho de que fuera más un «movimiento» que un «partido político» explica la facilidad con la que se transfiguró en el PDeCAT y, posteriormente, en JxCat: todos los militantes conocidos que pasaron al primero de estos partidos y más tarde al segundo seguían llamándolos Convergència Democràtica de Catalunya. De ahí que periodistas y analistas políticos los denominen «posconvergentes», creando de paso la ficción de que todavía son Convergència. Una falacia, porque, en puridad, CDC dejó de existir en 2016 y ahora hemos sido entregados al Archivo Nacional de Cataluña.

Soy sincero cuando digo que añoro mi partido, la auténtica Convergència, al que debo muchas cosas. Un movimiento/partido que practicaba un nacionalismo integrador de pensamientos y convicciones, que se convirtió en la columna vertebral de una Cataluña políticamente articulada alrededor de su institución de autogobierno, la Generalitat de Cataluña; que ocupó la centralidad del país, como demuestran sus resultados electorales; y que, además, desempeñó un papel muy positivo en la modernización de España y en algo básico y fundamental para toda democracia, como es la alternancia política en su Gobierno. En el ámbito interno y público, al cargo lo llamábamos «responsabilidad», en un intento pedagógico por evitar que alguien se lo creyera o se lo apropiara como patrimonio personal. Su historia es hoy irrepetible, pero quién sabe si, más adelante, cuando las aguas agitadas vuelvan al cauce central, alguien nuevo seguirá su trayectoria, adaptándola de manera pertinente a los nuevos tiempos.

A partir de ahora, sepan que nos encontrarán en el Archivo Nacional de Cataluña. Que tengan un agosto apacible y hasta septiembre.