Fue en agosto de 1979. El alcalde de Bilbao, recién elegido, cambia en pleno el nombre de la calle Espartero a Juan de Ajuriaguerra. La derecha se encabrita, pero ya no eran tiempos de la dictadura franquista ni de Neguri malgobernando Bilbao. Espartero fue junto al general Maroto uno de los traidores e incumplidores del mal llamado Abrazo de Bergara en 1839. A partir de esa traición, los vascos perdieron sus derechos originarios y fueron incluidos en la administración española. Bien por aquel gran alcalde Jon Castañares, uno de los Niños de la Guerra evacuado en 1937 a Inglaterra.
Una hermosura. Son los niños de la Ikastola Venezuela-Euzkadi del Centro Vasco de Caracas con sus andereños. Un esfuerzo único a siete mil kilómetros de distancia, no suficientemente valorado. La dictadura chavista y el paso del tiempo acabaron con ella. Una gran pérdida.
Difícil ser coherente hoy mientras escribo esto. Muy difícil que la pluma no se deje llevar por las pasiones y sentimientos sin lograr mi objetivo: transmitir un día lleno de emociones contradictorias. Es viernes 19 de agosto del año 2022, en Caracas. Estoy haciendo una diligencia matutina por los lados de Puente Hierro y me detengo para tomar un café en una panadería de la zona. Sobre la acera, noto un bulto tapado con un trapo inmundo. Quien me despacha el café, me dice que debajo de ese bulto hay un niño como de 12 años, que todos los días amanece tirado en la calle, con suerte, durmiendo sobre cartones viejos. De cerca, se ven sus pies descalzos y llenos de mugre que el haraposo trapo deja al descubierto. Los automóviles pasan cerca de él y a veces estacionan sobre la acera donde el niño duerme. Un alma caritativa lo despierta y le advierte el peligro. El niño, somnoliento, mugriento y en harapos, recoge sus macundales y se arrima un poco más allá. Es una criatura en el último estado de abandono, pasando, probablemente, una resaca por alguna droga que consumió la noche anterior. El buen samaritano, dueño de la cafetería, me comenta que ese niño y otro, andan por allí todos los días y amanecen tirados en la calle como si fueran bolsas de basura. Mi amigo dice que todos los días le regala pan y café con leche y el niño desaparece hasta el día siguiente. Salgo de la panadería para intentar ayudar, pero el pequeño ya no está. Me retiro triste, con sentimiento de culpa por haber desayunado y haber dormido en mi cama la noche anterior. Enciendo mi carro con el pecho arrugado y por el retrovisor, me parece seguir viendo aquel niño convertido en despojo. Aún no puedo olvidar los ojos perdidos de aquel ángel abandonado. Aturdido y golpeado, conduzco sin poder olvidar tan terrible situación que, lamentablemente, existe en muchas partes del país, pero que no siempre te golpea de frente como ocurrió ese día. Estoy apurado. Voy tarde a El Sistema de Orquesta en donde, en la sala Simón Bolívar del Centro Nacional de Acción Social por la Música, la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela dará un primer concierto bajo la dirección del maestro Andrés David Ascanio. Para la creación de esta orquesta, audicionaron en todo el país 1.169 niños de los cuales quedaron seleccionados 160. Es bueno recordar que El Sistema atiende a más de 1.000.000 de niños. Esa cifra es realmente asombrosa. Aturdido aún por el recuerdo de mi encuentro mañanero, entro a la sala Simón Bolívar de El Sistema, en donde, sin exagerar, si uno entra y no pasa nada, ya te sientes abrumado por ese espacio tan extraordinario que es como vivir dentro de un cuadro de Cruz Diez. En el escenario había 160 sillas que lo llenaba por completo. De pronto, en medio de aplausos, entraron los impecables niños quienes, en forma ordenada, ocuparon sus puestos. En algunos casos los instrumentos eran más grandes que ellos. No les voy a decir qué interpretaron. Eso ahora no importa. Lo apoteósico, lo asombroso, lo sublime, lo increíble, lo inenarrable, es cómo sonaba aquella orquesta de pequeños genios cuyas edades oscilaban entre los 8 y los 14 años. Al terminar el concierto, el público enloqueció de emoción ante el talento de esos niños que realizaron interpretaciones musicales de manera sorprendentemente magistral. Las manos nos dolían por aplaudir de pie, pero ellos merecían eso y más. Muchos, con lágrimas en los ojos, no podíamos parar porque los aplausos eran insuficientes para manifestar la admiración ante lo que acabábamos de escuchar. Aturdido y acongojado, pensaba que muy probablemente, muchos de los niños que forman parte de El Sistema, podrían haber sido también criaturas abandonadas que deambulan en la calle entre la droga y la miseria, perdidos en cualquier lugar Venezuela. Pensando esto, volteo y veo una foto inmensa de uno de los hombres más valiosos que ha parido Venezuela, el maestro José Antonio Abreu, y aunque parezca surrealista, casi pude escuchar su voz diciendo: así es Claudio, por eso existe El Sistema. Salgo a la calle con la seguridad de que ese millón de niños van a ser los encargados de que Venezuela tenga un futuro brillante. Son ellos, la esperanza para lograr tener no sólo un país mejor, sino un mundo en donde no existan niños abandonados. En fin, que día tan contradictorio. En una misma mañana conviví con el infierno y el cielo. Claudio Nazoa
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