El mundo no es suyo

Hay algo que empieza a verse en la política internacional y es que no todo vale ni todo el mundo está dispuesto a seguir el juego. El retroceso de Trump y la respuesta de una parte del electorado estadounidense son una muestra de que el trumpismo no tiene el camino despejado. Y eso, visto desde Europa, no es un asunto menor.

Porque detrás de los discursos patrióticos, de las banderas y de las promesas de grandeza hay mucho interés económico. Grandes fortunas que encuentran en determinados dirigentes una buena manera de proteger sus negocios, ganar influencia y conseguir que las reglas del juego se hagan a su medida. Trump representa bastante bien esa mezcla de política, espectáculo y poder económico. Habla en nombre de los ciudadanos, pero sus alianzas con los grandes millonarios plantean una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia realmente su proyecto?

Lo que ocurre en Estados Unidos tampoco nos queda tan lejos. Bolsonaro en Brasil, Milei en Argentina y Vox aquí comparten discursos, referentes y una forma de entender la política que merece atención. Y el PP, en demasiadas ocasiones, parece dispuesto a acercarse a esos planteamientos y a normalizar posiciones que hasta hace poco quedaban en los márgenes. Vox no oculta su admiración por Trump y Milei, y esa conexión política tiene su reflejo también en Europa.

En Euskadi tampoco deberíamos pensar que esto es algo que sucede siempre fuera de casa. Es cierto que Vox tiene una representación limitada en nuestro Parlamento, pero las ideas no necesitan muchos escaños para hacerse oír. Aquí sabemos lo que cuesta construir convivencia en una sociedad plural. Sabemos también que el autogobierno, los derechos sociales y el respeto a las distintas identidades no son asuntos menores ni conquistas que debamos dar por garantizadas.

Nuestra historia debería servirnos para no caer en la tentación de quienes necesitan dividir para ganar espacio político. Euskadi es plural, y precisamente ahí está una parte de su riqueza. Nadie debería venir a decirnos que pensar diferente, sentir diferente o defender un proyecto de país distinto nos convierte en adversarios.

Y mientras tanto, Europa tiene motivos para estar alerta. Las decisiones de Washington nos afectan, igual que nos afectan las alianzas entre dirigentes políticos y grandes fortunas. No podemos permitir que el futuro de nuestras sociedades dependa cada vez más de los intereses de unos pocos, mientras se cuestionan servicios públicos, derechos laborales y políticas de protección social.

Quizá lo más interesante de lo que está ocurriendo es comprobar que los ciudadanos todavía pueden poner límites. Que no todo se compra, que no todo se impone y que los liderazgos construidos a golpe de ruido también pueden encontrar resistencia.

Porque, al final, hay algo que convendría recordarles a Trump, a Milei, a Bolsonaro y a quienes aquí miran hacia ellos con admiración: los países no son propiedad de quienes los gobiernan ni de quienes tienen más dinero.

La ciudadanía no está al servicio de los poderosos. Para eso está la política: para servir a la gente, no para servirse de ella.

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