Dicen los expertos que fue muy buena en la D.O.La Rioja, aunque no muy abundante. Al parecer lo mismo que los nacidos aquel año pre-Olímpico en Barcelona, muy buenos pero poco abundantes, pues entonces el índice de natalidad estaba en 1,1 por mujer. Por un avatar colateral coincido con una fiesta reencuentro de 12 antiguos compañeros de estudios, todos del 91, solo chicos, pues al parecer sus 13 compañeras de pupitre no les traían recuerdos muy positivos.
Once de ellos con titulación superior, uno con un ciclo superior de rápida inserción laboral. Todos con trabajo, dos de alto nivel, 7 con buena remuneración y tres entreverados como millennials; dos casados, ocho con pareja estable, pero ninguno con hijos. Tienen posible económicos, capacidad de esfuerzo también, aunque muy apegados al disfrute del hoy, y ni atisbo de preocupación por la supervivencia de la especie.
El hecho cierto es que en Euskadi la media de edad maternal en el primer hijo es de 35 años -31 las extranjeras-, y aunque la mayoría apostaría por tener dos hijos, cuando se tiene el primero queda poco espacio temporal para el segundo y, además, recuerden, la cosecha del 91 fue muy buena, pero poco abundante, hay pocas madres disponibles y dispuestas. El resultado de la ecuación es evidente, la natalidad ha descendido en el Estado un 6%, en Euskadi un 8% y bajando. Es una evidencia, se ha naturalizado el retroceso y el retraso maternal.
Sumen el hedonismo, los movimientos LGTBI, la irrupción de la mujer a la vida pública y un cierto miedo masculino al poder emergente de las mujeres más el cambio radical de los modelos de familia.
A principios del siglo XIX hizo falta una revolución industrial para salir de la anorexia colectiva de producción, quizá en el XXI necesitemos una revolución social para que haya más buenas cosechas como la del 91.
La Cumbre de Glasgow, entre la esperanza y la frustración.
En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP26) que se está celebrando en Glasgow muchos y muchas han puesto toda su ilusióny otros toda una batería de descalificativos por inoperante. Entre unos y otros se encuentra la realidad de unos participantes en la Cumbre que acudían para establecer normas que reduzcan los gases invernaderos, pero lo han hecho acudiendo en jet y en coches cuyos motores de combustión han producido inmensos vertidos del mismo gas que se proponen reducir.
Son las contradicciones de la propia vida. No queremos tener basuras, pero tampoco incineradoras; queremos cárceles, pero no en nuestro entorno; queremos aeropuertos pero no sus ruidos. Sabemos que los plásticos son nocivos para el medio, pero nos resultan sumamente útiles…, la lista resultaría interminable. La virtud de la vida es saber combinar en equilibrio lo que necesitamos con lo que podemos conseguir. Ya lo decía el Premio Nobel de Economía Nordhaus cuando decía que una de las condicionantes fundamentales para superar el cambio climático era armonizarlo con la economía
ADIO, agur irakurle maitaleok, bihotz bihotzetik. El tiempo pasa volando y aquel uno de julio de 1977 ascendiendo por primera vez las escaleras a la redacción de DEIA en Bolueta queda tan lejos/tan cerca a la vez como el tránsito de los veinte años del bolero, pensando que es un soplo la vida. Son tantos los años compartiendo con ustedes mis queridos lectores estas líneas al calor de los lunes, que despedirme sin dolor sería un trasplante de corazón sin derramar una gota de sangre. Así que, en este trasplante hacia otra dimensión vital lo que espero es no quedar exangüe y para eso me llevo mis recuerdos, porque como recapitulaba el poeta americano William Merwin, «lo que recuerdas es lo que te salva».
Entre las mejores @desdeotramirada
Podría intentar salvarme atesorando recuerdos de cosas materiales como los libros escritos, los premios recibidos o los reconocimientos profesionales, pero no, porque mis recuerdos salvadores están en las personas que he podido conocer a través de esta magnífica y casi nunca bien reconocida profesión de juntaletras de la que durante cuatro largas décadas he hecho mi pasión. Todavía me emociona releer la dedicatoria personal de Aita Barandiarán o la del Dalai Lama; o recordar las largas charlas con Suárez o las entrevistas con todos los lendakaris, iniciadas con Leizaola, o con los/las consejeros de Sanidad o con todos los Ararteko que han sido; no puedo olvidar a José María Gorordo, impulsor de mis incipientes pasos periodísticos, ni a Iñaki Azkuna que me apadrinó en el apasionante mundo de la información científica y sanitaria. En esta lista podrían entrar muchos científicos, escritores, artistas, deportistas, políticos…, personas tan importantes que ya son personajes de la Historia, con mayúscula. Pero en realidad, en mi kolko más íntimo, a quienes no puedo olvidar es a los centenares de médicos, enfermeras, personal sanitario y científicos que me han prestado todos estos años sus saberes para que yo fuera su voz, mejor dicho, su pluma-altavoz. Honor que me han hecho hasta premios Nobel como Yamanaka, Allison, Nordhaus o Patapoutian.
Menos aún olvido a tantas y tantas mujeres que han depositado en mí su confianza para trasmitir sus denuncias, su dolor, sus quejas y sus demandas, gracias a las que ha cambiado, mucho y a mejor, la situación global de la mujer en las últimas décadas. Me llevo los pequeños recuerdos de las intrahistorias de un mundo que hace unas décadas fue nuevo para mí, el de la cooperación, que hoy es parte de mi sentir diario. Benín, Burkina Fasso, Sahara, Ghana, Camerún, Eritrea, Ruanda… no son países en el mapa, sino caras con ojos de personas concretas que me hablaron de sus realidades, ilusiones y esperanzas, personas que aspiraban a vivir una vida. Aunque en mi corazón permanezcan todas, unas están más presentes, porque algunas de las que portaban esos ojos que todavía me miran fueron asesinadas en la guerra de Ruanda de 1994. Todavía me respira acelerado el corazón al recordarlas.
Algunas de las citas que hago son grandes y como tal pudieran parecer las más importantes, pero al echar la mirada atrás reflexiono con el escritor Frank Clark «todo el mundo trata de realizar algo grande en su vida, sin darse cuenta de que la vida se compone de cosas pequeñas»; reconozco que Clark toca de cerca la diana de mi realidad. Porque si en mi lista de despedida están todas esas cosas, los recuerdos que de verdad me llevo son el café de cada día compartido con los compañeros, el pitillo de cuando fumaba, la discusión con aquel otro, las prisas de última hora, el artículo de alcance que no llega, la entrevista que no cuadra, la dedicatoria del diagramador Fernando al diseñarme mi última maqueta del periódico diario, la cálida despedida de Maite(s), de Juan Carlos, de Olga, de Sandra, de Arantza, de Rosana, Alazne, de Juanjo Baños (aunque sea el superjefe)…, y así de una larga lista de quienes han sido compañeros/as, pero sobre todo, amigos del caminar por las cosas pequeñas que son los recuerdos que nos salvan…, porque todo pasa menos esos recuerdos. Incluso si a alguno ofendí con el olvido, que reciba mis disculpas en el recuerdo salvador
LA CIENCIA AÚN RESPIRA EN CIERTOS SESGOS EL MISMO AIRE BÍBLICO DE DISCRIMINACIÓN CONTRA LA MUJER
Marie Curie, pionera de las grandes científicas, muchas de ellas olvidadas
AYER, Día Internacional Contra el Dolor, en los medios se reflejaron sus múltiples aspectos y matices, de quien lo padece, de quien cuida y del personal sanitario que lo trata. Porque cuando la palabra dolor aflora a la realidad cotidiana nos timbra a todos la fibra humana más sensible. No hablamos del dolor puntual, sino del crónico insidioso que acosa a una de cada cinco personas y que es causa del 50% de las visitas a atención primaria, marcando la línea diferencial de calidad de vida, entre vivir y estar vivos.
Educados hasta hace poco en el dolor casi como castigo divino, algo sagrado, inevitable y por supuesto sublimador del espíritu, que la ciencia lo haya inscrito en el catálogo de enfermedades es una forma de reubicar en lugar correcto el dolor humano; no sabría decir si también el divino y el teológico bíblico.
Del parirás con dolor y valle de lágrimas a enfermedad tratable, no deduzcamos que la ciencia esté anulando la religión, pero sí poniéndola en su justo lugar. Porque, por fin, entendemos que padecer artritis y su dolor, no es una enfermedad sino dos y que ambas pueden tratarse. Y si en el último premio Nobel de Medicina se reconocen las investigaciones sobre los receptores celulares del dolor y la posibilidad de elaborar a partir de ellos fármacos y estrategias terapéuticas nuevas para evitar el sufrimiento crónico, ganamos la esperanza de que las lágrimas en este duro valle de la vida sean menos.
Procesionar al santo y elevar plegarias contra las pandemias seguramente aliviarán el espíritu, pero sabiendo que la malaria ha matado en la historia a más personas que la peste y el tifus juntos, que se haya aprobado hace unas pocas semanas una vacuna eficaz contra ella, es un modo de reubicar la interpretación bíblica del sufrimiento.
Doscientos veinte millones afectados por covid-19 con sus secuelas de dolor y casi 5 millones muertos, que podrían ser muchísimos millones más de no haber contado con una vacuna, muestran la necesidad de la ciencia y de apoyarla, sí, con presupuestos mucho más generosos que los actuales.
Aunque me temo que ninguno de estos datos objetivos de bienestar humano conseguido por vía científica, podrán evitar que proliferen negacionistas y terraplanistas de la ciencia. Que se vacunen otros para que yo pueda vivir tranquilo, parecen espetarnos.
Puede que siempre sigan existiendo estos grupos, porque, aunque la ciencia vaya reubicando a la Biblia en la interpretación de muchos aspectos de nuestras vidas, permanecen otros, como lo concerniente al antes y al después de la vida, en los que aún marcha muy por detrás y quizá la razón viaje siempre a rebufo de la creencia. Y a veces de la realidad, porque la ciencia aún respira en ciertos sesgos el mismo aire bíblico de discriminación contra la mujer. El tufillo de costilla de Adán cuidadora del hogar y el de linaje paterno, aunque el único certificado sea el materno.
Lo digo porque según un estudio de la revista Quantitative Sciencie Studies, los premios de investigación también discriminan a las mujeres. Es cierto que en los últimos cinco años las investigadoras han subido del 28% al 33%, pero siguen teniendo menos posibilidades de ascender en sus carreras y menos aún de ser premiadas con galardones de renombre. Como muestra, los Nobel de Medicina, Física y Química concedidos la semana pasada; son siete y los siete son hombres. Enhorabuena, pero la desigualdad en ciencia aún es bíblica.
Así que la ciencia reubica a la Biblia, pero en algunos aspectos aún la imita.
PARECERÍA RAZONABLE SOLICITAR EL CAMBIO PARA QUE EL PAPA FRANCISCO LO PERMITIERA
SI hoy 11 de octubre es la fiesta de la Virgen de Begoña, no sé muy bien por qué en algunas guías y páginas web de la villa de don Diego asignan el 15 de agosto al evento religioso. Podría ser porque en verano el tiempo acompañe mejor a la romería nocturna, a los puestos de rosquillas y a la misa de maitines. De ser este el argumento, parecería razonable solicitar el cambio para que el Papa Francisco lo permitiera, traslación que no creo que molestara mucho.
La derechona española contra el Papa Francisco, eso quiere decir que va por buen camino.
O quizá sí, porque sus últimos actos de petición de perdón, sea por los excesos «evangelizadores» en la conquista de América, sea por la corrupción en las cuentas vaticanas, o sea por la abulia de las jerarquías católicas ante los abusos a menores durante décadas, parece que no han sentado nada bien, en especial a los furibundos defensores tradicionalistas del catolicismo como polea de transmisión de poder, también del poder civil se entiende. Escuchando a la derecha-derechona-derecha siniestra de M.Aznar-D.Ayuso-S.Abascal con complejo de Eróstrato, entiendo que si en su credo el Papa es infalible y aun así yerra, el fallo es achacable a que en cónclave pontifical el Espíritu Santo se debió equivocar. Mal asunto. Es redundar en el retruécano boqueado por el Nobel Vargas Llosa, «lo importante en democracia no es votar, sino votar bien en democracia», o sea, que para estos prebostes el don del Espíritu Santo no es elegir un Papa sino el que diga/haga lo que ellos quieran. Amén.
Aunque viendo este viernes a más de siete millones de coches copando las carreteras del primer puente del año en libertad sin mascarilla, la conquista del imperio azteca, las peticiones de perdón del Papa, los excesos contra los indígenas masacrados y hasta el desfile patriótico militar del mañana Hispánico, no parece importar demasiado a estos millones de desplazados festeros con fecha de retorno prefijada.
Al retornar habrá que seguir pagando la luz a precio de angula fresca, y comprobando las malas pulgas de las eléctricas ante el recorte de beneficios que responden como miuras envalentonados con recorte en inversiones y contratando a Carmona, plan provocativo puerta-giratoria.
Retorno para hablar de la subvención de 250 euros a jóvenes para que puedan independizarse de mammyhotel y alquilar vivienda, cosa que me deja un tanto perpleja, porque si tuvieran un trabajo estable y bien remunerado no necesitarían subvención, así que ¿por qué no se les consigue empleo digno en lugar de subvención tomaycalla?
Vuelta de minipuente con la tercera dosis de la vacuna antiCovid en puertas, decisión sanitaria que, excepto en inmunodeprimidos y crónicos, se me antoja de un egoísmo social atroz, con países donde ni el 1% de la población ha recibido la pauta completa. Claro, no pueden pagar y nosotros sí.
Mucho más acerada que la duda sobre la fiesta de Begoña es la que me genera la retirada que hace la fiscalía de cargos contra el borbón inmigrante de lujo. Conjugan inviolabilidad e inmunidad como impunidad, pero ¿ni reconociendo el delito con la regulación tramposa de favor se le puede meter mano?, a quien dijo que «la justicia es igual para todos».
Menos mal que la OMS ha aprobado la primera vacuna (eficaz) contra la malaria, que de manera experimental ya han recibido 800.000 niños subsaharianos. Seguirán necesitando mosquiteras tratadas y estructuras de saneamiento, pero con esa vacuna la esperanza amanece para más de cuatrocientos millones de personas. Los científicos nos dicen que los problemas están en la Tierra y que aquí se deben resolver, así que el cielo de Begoña quizá pueda esperar.
nlauzirika@deia.com @nekanelauzirika
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