Surio, gesto final

Un año más, el discurso de nochebuena del rey español en ETB. Dicen que es el último servicio a la causa del fiel aguador Gunga Din, también conocido como Alberto Surio. Sé que va a parecer sorprendente, pero le presento mis respetos. Es admirable su determinación de morir con las botas puestas defendiendo los principios y los valores por los que le invistieron capataz de Txorilandia. No hay un solo pero que ponerle a su argumentación para volver a atizarnos la parrapla del paquidermicida: coherencia. Si ahora no lo hiciera, estaría reconociendo que no debió hacerlo en todas las demás ocasiones. Parecería, incluso, que estaría pidiendo perdón o buscándose el favor de los que repartan los azucarillos en lo sucesivo. Lejos de ello, como los legionarios que saludaban al César antes de ir a dejarse desollar, ha dado un paso al frente y, sin que nadie se lo pidiera ni se lo vaya a agradecer, se ha colocado en el paredón.

Por sorteo o meritoriaje, me tocaría un puesto en el pelotón de fusilamiento dialéctico, pero renuncio ante el lirismo casi enternecedor que encierra el gesto de Surio. Entiéndaseme, no es que me parezca ni medio bien que la televisión pública vasca vaya de paleta y cortesana, hincándose de hinojos ante el Borbón. Eso me revienta como al que más. Ocurre que, una vez destilada la bilis y comprobado que el alcance real de la afrenta es una minucia, no puedo dejar de apreciar que, por poco que me guste, la decisión se basa en unas convicciones firmes.

Lo valoro más aun cuando compruebo que se ha quedado como el último de Filipinas. Mientras el rancho grande ofrece de un tiempo a esta parte un bochornoso espectáculo de ciabogas, recolocaciones de paquete ideológico, borrado de huellas, afectos mutantes y culos en estampida por su salvación, solo resiste, qué curioso, el de lo más alto del organigrama. Será que la navidad me ablanda, pero yo le encuentro mucho mérito.

El escriba del rey

Qué joío, el fulano que redacta las paridas que firma el Borbón. Tenía huevo y medio de metáforas y alegorías tan o más chorras que las que espolvoreó en su última creación, y se le ocurre poner lo de las quimeras. ¿A qué venía la alusión a un monstruo con cola de dragón, vientre de cabra y cabeza de león que vomita fuego? Ya, los catalanes y tal, que les tira la sangre de Sant Jordi y se dedican a cazarlos en pleno siglo XXI. Sí, eso tiene buena venta y por ahí se lo ha tomado todo el mundo, pero a mi me da que allá en el fondo había una carga de profundidad contra su jefe. Aparte de los grabados a cuatricomía, el hábitat natural de esos bichos son los efluvios etílicos. Cuanto más cerca del delirium tremens, más reales —uy, perdón— se aparecen, y se cuenta que hay quien huyendo de ellos entre la neblina del licor llegó a desgraciarse una cadera. Toma indirecta. Si al chófer le arreó un hostión por saltarse su orden de aparcar donde le salía de su regia entrepierna, a este lo ensarta en una picota o se lo regala a Froilán para sus prácticas de tiro.

Y todavía sería precio de amigo para los méritos del amanuense, que se cubrió de gloria con su epístola psicotrópica. Pase lo del “remar todos en la misma dirección”, que es un topicazo tan manido y ramplón que ya solo se atreve a utizarlo Patxi López. A regañadientes y achicharrándose por dentro del bochorno, se puede correr un tupido velo sobre la gilipuertez decimonónica de los galgos y los podencos. Lo mismo, con la vaciedad estomagante del “No soy el primero y con seguridad no seré el último de los españoles que bla, bla, bla”. Pero lo que es de fusilamiento con balas de tinta al amanecer es la melonuda expresión “escudriñar las esencias”. Eso roza la tentativa de magnicidio. Le salva que el texto era para la web. Llega a ser para un discurso, y el mataelefantes se queda seco frente al atril con el verbo atravesado en la glotis.

Zarzuela Productions

Desde hace mucho tiempo estoy convencido de que la única finalidad de la monarquía española es tener entretenido al populacho. Todo eso de institución moderadora, símbolo de la unidad y permanencia de la nación y demás trafulla dialéctica que pone en el Título II de la Constitución son chorradas que no se creen ni los más partidarios del invento. A la hora de la verdad, la familia borbonesca viene a ser una compañía teatral de élite —magníficamente subvencionada— que cada cierto tiempo monta un entremés, un astracán, una tragicomedia de enredo o lo que se tercie para solaz del respetable, que ya sea pro o anti, sigue las andanzas con extraordinaria atención. Ya quisieran los culebrones o las telemovies de moda tener asegurada la media de share de las producciones de Zarzuela S.L.

Aunque se esté entre los que silban el Himno de Riego en la ducha, habrá que reconocer que en este campo el clan de los juancarlines resulta insuperable. Después de 37 años (más los que estuvieron como meritorios con el bajito de Ferrol) sobre el escenario, no sólo no han perdido punch, sino que en los últimos tiempos están demostrando su capacidad para mantener simultáneamente en cartel varias piezas de todos los géneros y siempre con la máxima intensidad dramática. Lo mismo le dan al thriller de estafas de altos fondos que te hacen una función de desgracias familiares con protagonista infantil. Y, cuando parecía que la cosa no daba más de sí, nos regalan un vodevil de trompas africanas que termina con una cadera ortopédica, el descubrimiento de la amante número ene y la constatación de que para el actor principal “arrimar el hombro y sacrificarse” significa hacerse un bisnes erótico-etílico-cinegético de cuarenta mil euros para arriba. No hay guionista que lo mejore.

Como no sabemos cuánto queda para la tercera (o, en nuestro caso, la primera), hagamos acopio de cinismo y sigamos disfrutando del show.

Piedad por Iñaki

Más a menudo de lo que quisiera, me toma al asalto un inoportuno pero también ineludible sentimiento piadoso hacia quienes, friamente examinados, sólo merecerían desprecio. Un confesor lo llamaría compasión. Un psicoanalista hablaría, como si no se lo estuviera inventando según lo dice, del síndrome del leñador ante el árbol caído. Y ahora que lo he escrito, por ahí va, sí, el contradiós emocional que trato de describirles, al que en el momento actual pueden ponerle un nombre propio para ver si lo comprenden mejor: Iñaki Urdangarín.

La profusa descripción de sus andanzas debería situarme de oficio junto a ese inmenso pelotón de linchamiento al que se acaba de unir —¿tú también, suegro mío?— el mismísimo Borbón mayor, demostrando, igual que el 23-F, que su prioridad es poner a salvo su campechano culo. Sin embargo, donde los demás ven (con razón, por añadidura) un medrador sin escrúpulos, yo apenas alcanzo a atisbar al clásico pobre niño rico. Es cierto que más cornadas da el hambre y que en el andamio se las pasa uno más putas que bartoleando en un despacho con cuadros de Mariscal y Miró. Pero se me ocurren pocas aflicciones tan profundas como tenerlo todo y seguir queriendo más, como saber que aunque te bebas un río entero no se te calmará la sed. Si eso no es la locura, le quedan diez minutos.

Y luego está el dilema con el que nos hacía pensar mi viejo y excéntrico profesor de latín: ¿Quién tiene más pecado, el que peca por la paga o el que paga por pecar? Al yerno insaciable le va a caer (ya le está cayendo, de hecho) una penitencia de pantalón largo. ¿Qué hay de la legión de pelotas, vivillos o las dos cosas que le extendieron los cheques por ser vos quien sois y con el tafanario hecho pepsicola pensando en el pelotazo que iban a pegar? Tony Leblanc nos enseñó que en los timos de la estampita o el tocomocho suele ser bastante más sinvergüenza el estafado que el estafador.

El álbum de fotos de Gadafi

Es posible -ojalá- que para cuando se publiquen estas líneas el chusco matarife que atiende por Muammar Al-Gadafi haya visto cumplido su sueño visionario de convertirse en mártir, siquiera metafórico, y vuele con destino a cualquiera de los muchos países dispuestos a adoptar al patético vejestorio disfrazado de Michael Jackson. La historia nos demuestra que, salvo que les den pasaporte in situ como a Trujillo o Ceaucescu, los tiranos que son y han sido tienen garantizado un exilio de champán y diamantes. Por afinidad, lo lógico en este caso sería que lo recibiera su compinche de gamberradas y lingotazos de petróleo Ahmedineyad. Sin embargo, como el iraní tiene también las barbas a remojo, no es descartable que el Hermano Líder y Guía de la Revolución acabe confirmando los chauchaus y se acoja a sagrado junto a su primo postizo transoceánico Hugo Rafael Chávez Frías.

Escrito lo anterior, dispongo voluntariamente el cogote para que me lo repasen a collejas los que siguen pensando que el de la boina roja es la vanguardia del altermundismo y no un iluminado con pintas que entre sus pisoteados tiene a buena parte de la izquierda transformadora venezolana. Supongo que no sirve de nada recordar que no hace tanto tiempo al propio Gadafi que ahora llamamos sátrapa y genocida se le reían las gracias y se le sacaba la cara porque le tocaba la moral al imperialismo. ¿Lo del atentado de Lockerbie, con casi trescientos muertos? Falacias de la CIA, que lo tiene enfilado porque no se arrodilla y el pueblo está con él. Ya lo estamos viendo estos días.

No falta ninguno

Vaya en descargo del ingenuo córner rojizo que los que moran en él no son los únicos que le han hecho la ola al semidiós del pelo ensortijado. Bastante más vergonzoso ha sido ver a sus pies a toda la colección de paladines del llamado mundo libre. Si al final se las pira, se llevará con él un bonito álbum de fotos. Tiene su punto esa en la que aparece en una esquina vestido de cantante de soul en compañía de Berlusconi, Sarkozy, Medvedev, Obama y Ban Ki.Moon. Junto a Zapatero tiene por lo menos otras cuatro, incluyendo una inenarrable en la que viste un tunicón de polipiel rojo, mientras sujeta con la mano derecha el antebrazo del leonés y mantiene la izquierda en sus partes. Y no faltan en el repertorio otras en las que comparte carcajadas con Aznar, al que regaló un pura sangre, o con el rey Juan Carlos. Todo un book de la ignominia.

Marqueses por sus… poderes

En buena hora dudó el chismoso Peñafiel de la integridad testicular de Juan Carlos de Borbón. Primero, tuvimos que desayunarnos con la comercialmente provocadora portada de El Jueves, que desde hace tiempo tiene al campechano y a su familia como sus particulares gallinas de los huevos de oro (esta vez, en sentido casi literal). Y como no parecía suficientemente desagradable la visión, aunque fuera caricaturizada, de las criadillas regias, ha salido el propio interesado a hacer una exhibición metafórica de sus blindados dídimos en el Boletín Oficial del Estado. Cuatro marquesados, cuatro, se ha sacado del forro polar el suegro de Letizia Ortiz. Porque él lo vale, y porque esas prerrogativas feudales siguen vivas en lo que todavía algunos llaman Estado de Derecho. De pernada será. A ver quién dice ahora que no los tiene bien puestos.

Con ser escandaloso que a estas alturas del calendario se permitan estas gachupinadas medievales, todavía me ha resultado más obsceno el júbilo cortesano con que, salvo honrosísimas excepciones, se lo ha tomado la prensa. En lugar de abochornarse por la anacronía, los plumíferos -igual los del papel cuché que los otros- se han lanzado en plancha a reír la gracia del repartidor de títulos nobiliarios. En algunas de las informaciones, por lo menos, se percibía un cierto retintín, pero la inmensa mayoría estaban bañadas en un insoportable almíbar rancio.

Habilidad borbónica

Hay que reconocer que ha estado hábil el sucesor de Franco a título de rey. Para que la que plebe tragase aun con mayor entusiasmo del que suele mostrar, ha encabezado el cuarteto de nuevos hidalgos de plexiglás con Vicente Del Bosque, que en el imaginario patriotero cañí ya era un Grande de España. Nadie lo iba a discutir. Y tampoco al nuevo Marqués de Vargas Llosa, don Mario, que le pone un barniz simpático y cultureta a los nombramientos. Con el triunfador balompédico y el campeón de las letras al frente de la lista, pocos iban a reparar en los otros dos agraciados.

De Aurelio Menéndez, aupado a la dignidad de Marqués de Ibias, no hay mucho que decir, salvo que siempre ha estado en el séquito palaciego y que fue ministro preconstitucional. Más miga tiene, como ha señalado con subrayado doble Iñaki Anasagasti, el cuarto ennoblecido, Juan Miguel Villar Mir. Conspicuo servidor del Caudillo, de lo cual siempre se ha enorgullecido, y preboste actual de la gran industria, su único fracaso ha sido no llegar nunca a presidir el Real Madrid. Aunque parezca raro, eso no lo puede decidir el Borbón.

Descifrando al Borbón

Yo sí vi el discurso del rey. Lo hago cada 24 de diciembre, siempre a través de Televisión Española, que es donde se capta en toda su riqueza de matices la ranciedad de la función. Por más que la señal sea la misma, en los demás canales, ajustados cada uno con su colorín y su sonido característico, se me pierden los taninos del hipnótico alcanfor. No digamos ya en ETB, donde la pieza programada con el calzador entre cortesano y tocapelotas que gastan los tiralevitas de la actual mayoría parlamentaria canta un potosí a sketch de Vaya Semanita. Como aprendimos el primer día en la facultad, el medio es el mensaje y las más de las veces, también el masaje.

Les hago todos estos prolegómenos para que vean que están ante un auténtico sibarita -”friki” también vale- de los entremeses juancarlescos navideños. Escribo, de hecho, con el paladar aún invadido por el regusto del de este año, probablemente el más patético, simplón y vacío de cuantos guardo en la memoria, que son, ya les digo, unos cuantos. Algo me dice que también será uno de los últimos, porque si los que se proclaman monárquicos conservan un ápice de humanidad y otro de sentido del pudor, deberían estar pensando ya en mandar al banquillo de la Historia a alguien que hace mucho dejó de estar para según qué trotes. Sólo ver a Carmen Sevilla convertida en estertor maquillado en Cine de Barrio despierta una compasión equiparable a la que provoca el abuelo de Froilán sentado frente a una cámara recitando las obviedades que le ha puesto en fila india un escriba.

No dijo nada

Lo divertido y a la vez revelador es que pese a que lo que acabo de describir es público y notorio, un año más nos enfrasquemos en la interpretación de lo que quiso decir, como si de verdad tuviera alguna relevancia. O como si de verdad hubiera dicho algo más que una sucesión de topicazos de a duro. Les refresco la memoria sobre el párrafo en que más nos hemos entretenido por aquí arriba: “Quiero reiterar esta noche que el terrorismo sólo suscita condena y repudio en cuantos defendemos la libertad y la democracia. No nos debe faltar determinación para acabar con esta lacra. Honremos y arropemos con todo nuestro cariño y solidaridad a las víctimas de la violencia terrorista y a sus familias”. Traducción, cero. Ni a favor ni en contra. Pura palabrería de relleno, con igual valor que la letanía por los excluídos, marginados y discapacitados que se larga casi en idéntica redacción desde 1975. Favor que le hacemos al tratar de descifrar lo que no significa nada.