Por ser Rufián

Más palomitas, por favor, que esto se pone interesante. ¿Dos diputados a la greña? Se preguntará qué tiene eso de particular o de novedoso. En realidad, nada de lo primero y nada de lo segundo, pero aun así, si aplicamos la moviola (ahora, el VAR), en el lance entre sus ilustres señorías Rufián y Escudero podemos apreciar mucho más que un intercambio de coscorrones dialécticos o que la enésima refriega por un minuto de atención mediática. Incluso tras la disculpa de Rufián, les diría que el episodio contiene el croquis a escala real de la inmensa impostura que nos asola. Repasemos los hechos:

“Palmera”, motejó el culiparlante dicharachero de ERC a quien, en efecto, había demostrado haberlo sido en aquella comparecencia en la que Aznar vertió aguas menores y mayores sobre casi todos sus interrogadores. Pero, por lo visto, no se quedó en la carga de profundidad verbal, más bien poco ofensiva para lo que acostumbra el individuo en cuestión. Al dardo dialéctico siguió un guiño de ojo —me abstengo de calificarlo— que fue lo que encocoró a la escañista del PP y le hizo responder a la afrenta con otra: “¡Imbécil!”

Como primer ejercicio, les propongo ver cómo han narrado el sucedido los medios cercanos y/o simpáticos a uno u otra. Una tontuna sin más recorrido, según los (digamos) progresistas. Un ataque intolerable de un machista miserable, según los (digamos) conservadores. Ahora todo lo que tienen que hacer es imaginar los mismos hechos con las siglas cambiadas. A estas alturas, el guiñador sobrado encabezaría la lista de machirulitos infectos y vomitivos. Pero como es Rufián, ella se lo ha buscado.

El machirulo Monedero

Entre las mil y una imágenes que nos han dejado estos días alucinógenos de vuelco gubernamental inopinado, hay una que no deberíamos pasar por alto. Quizá se considere que solo es una anécdota dentro de la vertiginosa trama de la moción que no iba a salir y salió, pero, al contrario, para mi es toda una categoría que explica parte de las grandes mentiras que pretendemos creernos a pies juntillas porque suenan chachis.

Les hablo del instante en que, terminada la votación y consumada la derrota del ejecutivo de Rajoy, el caballito blanco de Podemos que atiende por Juan Carlos Monedero abordó a Soraya Sáenz de Santamaría. Consciente, como buen farandulero que es, de que los focos y las cámaras le apuntaban, agarró por los hombros a la ya exvicepresidenta, y le espetó lo mucho que se alegraba de la caída de su gobierno. De entrada, sobra la superioridad moral y el pésimo saber ganar de quien, por otra parte, además de ser un puñetero outsider de la formación que fundó, viene a anotarse el tanto del líder de un partido ajeno. Sin embargo, no es eso lo peor. Lo verdaderamente vomitivo es el machirulismo paternalista del gesto. ¿Con qué derecho pone sus manazas sobre Sáenz De Santamaría y las mantiene ahí, pese a la evidente incomodidad de quien ve invadido su espacio íntimo?

No niego que haya habido un cierto revuelo al respecto. Sin embargo, todos sabemos que si las ideologías de los protagonistas de la imagen estuvieran invertidas, habría ardido Troya. Ni de lejos ha sido así. Imaginen, por ejemplo, a Rafa Hernando manoseando a Irene Montero. El silencio de las y los más beligerantes clama al cielo.

¿Tolerancia cero?

Otra concentración modélica. Todo perfecto. La multitudinaria asistencia y su plural representación política incluyendo a la nueva autoridad municipal. Las pancartas, las consignas, los folletos esgrimidos como un (inútil) detente-bala. Ni una agresión sexual más, basta ya, no es no, aski da. Palabras, una vez más, al viento. Muy bonitas y muy sentidas en los titulares, pero al cabo, apenas una conjura para la impotencia o unas gotas de árnica para la conciencia. Necesitamos pensar que hacemos algo, que no nos resignamos, que no aceptamos y ya. Y está muy bien, oigan, salir a la calle y gritar muy alto, aunque se sepa —porque se sabe, ¿verdad?— que el mensaje jamás les va a llegar a los destinatarios, o que si les llega, por un oído les entra y por el otro les sale.

No es la primera vez que pregunto, y en cada ocasión lo hago con mayor desazón, si una vez comprobado que somos la rehostia mostrando nuestra repulsa, no habrá llegado el momento de trasladar esa pericia a evitar los ataques. Con algo más que bienintencionadas campañas de concienciación, quiero decir. O con planes de actuación que vayan más allá de clausurar los lugares donde estadísticamente se producen las agresiones o de invitar a las posibles víctimas a no pasar por aquí, por allá o por acullá, no sea que les vaya a tocar a ellas.

¿Qué tal si empezamos a perseguir en serio y sin miramientos todas las conductas de sometimiento heteropatriarcal y no solo las políticamente correctas? ¿Y si nos conjuramos para que “Tolerancia cero” pase de ser un resultón deseo expresado en voz alta a un principio que se demuestra a través de los hechos?

Gobierno testicular

Debemos decidir si la ausencia total de mujeres en un gobierno de un estado europeo en 2015 —y no me vale lo de “Pero hay viceministras, ¿eh?”— es un asunto intrascendente o algo de todo punto inaceptable. Lo que no me parece de recibo es que sea lo uno, lo otro, o una mezcla, según de qué gobierno estemos hablando. En este sentido, confieso que aún no me he recuperado del pasmo de ver cómo bastantes de las y los que (como debe ser) nunca pasan una en materia de desigualdad se han lanzado en plancha a defender el gabinete cien por ciento testicular de Alexis Tsipras en Grecia.

Ha sido un nuevo baño de relativismo moral. De pronto, los más enérgicos discursos de género se han vuelto mantequilla comprensiva, contemporizadora o justificatoria. Para empeorarlo, se ha echado mano de argumentos sonrojantes, como los que se escudan en la celeridad del proceso o la inexperiencia de los recién elegidos. Y no digamos ya los teoremas que buscan y encuentran la disculpa en el inveterado machismo de la sociedad griega, pasando por alto que, incluso en situación de emergencia económica, lo que se espera de una formación como Syriza es que venga a retirar telarañas y no a cultivarlas.

Reconozco que no sé qué pesa más en quienes se aferran a estos vergonzosos comodines. Irá por casos, supongo. Algunos lo harán por ese hooliganismo que impide ver la menor tacha en la causa que se defiende o el ídolo al que se rinde culto. Me temo, sin embargo, que no pocos —¡ni pocas!— pertenecen a la extendidísima especie, casi plaga, de los progremachistas. En su fuero interno, lo normal es que el poder sea cosa de hombres.