Bigorra: donde comenzó la leyenda de Iñigo Arista

Recorrer Bigorra es adentrarse en un mundo de valles verdes que respiran silencio, de ríos rebeldes, con su propia personalidad y nombre, que aquí se denominan, Gaves, y de cumbres imponentes que vigilan a todo aquel que se adentra en sus estrechos valles. Desde la altura de su majestuoso Pic du Midi hasta las curvas imposibles, a la par que famosas, del Tourmalet, pasando por la siempre elegante Cauterets o la mística Lourdes, cada lugar parece susurrar una historia que va mucho más allá de su imagen de postal. Y es que Bigorra o Bigorre como lo llaman los franceses, no es solo paisaje: es memoria. Este rincón de los Altos Pirineos fue durante siglos un condado aferrado a su libertad, con leyes propias y condes que gobernaban. Aquí, la montaña fue refugio de una forma de vida que se mantuvo celosa del foráneo durante siglos.

En el Lac du Gaube, al fondo el pico de Vignemale y
su glaciar con sus 3.299 metros de altura.

Quien recorra sus carreteras serpenteantes y se pierda por sus laderas abruptas, sentirá una extraña familiaridad en su toponímia, especialmente si es euskaldun. No es casualidad. Los bigorrianos son desciendes de los mismos ancestros que los aquitanos, pueblos de montaña y alianzas. Tarbes, Bagnères, Arrodets, Adast o Luz-Ardiden —tierra de ovejas— conservan en sus sonidos el eco de un tiempo donde su pueblo habitaba libre en la montaña, ajena a fronteras.

Cascadas en Pont d´´ Espagne


Tras la huella romana y la sacudida de las invasiones germánicas, Bigorre formó parte del ducado de Vasconia. Ya en el siglo IX comenzó a afirmarse como entidad propia. Tarbes se alzó entonces como corazón político y militar, punto de encuentro entre la autonomía local y las alianzas necesarias para sobrevivir en un mundo de fronteras, alianzas e invasiones. Sus gentes supieron mantener su peculiar forma de ver la vida. Hasta que ese latido libre se apagó oficialmente en 1607, cuando Enrique IV integró Bigorre en los dominios de la Corona francesa. Con aquel decreto se cerró la era del condado independiente y se abrió otro donde se diluyó su hegemonía. Pero si escuchamos atentamente, este antiguo condado aún habla ese peculiar lenguaje de libertad y naturaleza, que aportan sus  extraordinarias montañas, ajenas a decretos y coronas.

El Pic du Midi de Bigorre a 2.877 metros de altura, aquí se encuentra su observatorio y planetario.

Fuertes vínculos con Íñigo Arista


Durante la Edad Media, Bigorre y Navarra caminaron juntas. Matrimonios y alianzas trenzaron vínculos entre el Béarn, Bigorre y las tierras navarras. Eran rutas de comercio y también de lealtades, lengua y  pactos familiares. Algunas crónicas antiguas sugieren que Eneko Arista, Íñigo Arista, primer rey de Pamplona, pudo tener su origen en Bigorre. No sabemos si nació aquí o si simplemente se encontraba en estas tierras cuando el destino lo llamó hacia Pamplona. Pero lo cierto es que la relación entre estas montañas y el nacimiento de Navarra es casi inevitable.

Lac du Gaube nevado

No sé vosotros, pero yo siento una atracción difícil de explicar por este territorio: salvaje y sereno, indómito y perfecto, como solo pueden serlo los paisajes de alta montaña, donde te atrapa su larga y profunda historia que se respira en cada rincón de sus valles.

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