Jueves 6 de agosto de 2020
La oración fúnebre de Gómez Llorente.

Me sigue indignando la mentirosa respuesta de Sánchez a un periodista nada menos que en La Moncloa en relación con el paradero del rey emérito. Podía haber contestado que esa pregunta la debe responder la Casa Real, pero prefirió mentir y decir que nada sabía, para posteriormente entonar un canto monárquico desmesurado que curiosamente no ha sido valorado por el PP y los medios de la Brunete Mediática que solo quieren loas y loas a Juan Carlos, ese gran sinvergüenza consentido.
El PSOE teóricamente es un partido republicano aunque no se note en nada, pero no fue siempre así aunque hubo un momento que centró en la ponencia constitucional donde tuvo que hacer un papelón impropio de una historia con muchos muertos gritando ¡Viva la República!.
La llamada transición fue un pacto de debilidades acompañado por la trampa retórica de que había que mirar al futuro y no al pasado. Así se produjo la aprobación de una ley de amnistía en octubre 1977 que vació las cárceles pero aquello no fue más que una injusta ley de punto final que no se produjo ni en Argentina, ni en Chile, ni en Uruguay, ni después de la II Guerra Mundial con los jerarcas nazis que acabaron siendo juzgados y ahorcados en Nuremberg.
De ahí que esa especie de que la transición española de la dictadura a la democracia fue ejemplar no resiste la mínima prueba del algodón democrático. Uno de los momentos claves de 1978 fue meter en un solo paquete la aprobación de la Constitución, que tenía notables avances en el reconocimiento de derechos y libertades, pero que no sometió a referéndum el sistema político del país. Había que optar o por la República, que era lo que se había conculcado tras el golpe de estado del 18 de julio de 1936, o por la monarquía legada por el dictador. Y se acordó lo segundo y se le puso al celofán un candado para no hablar de lo antidemocrático que había sido tal proceso porque en definitiva había logrado que el “atado y bien atado” del general se hiciera realidad. No se restauró la monarquía borbónica, sino que se instauró la monarquía del Movimiento en la persona del nieto del rey expulsado que era el hijo de Don Juan, tercero en la línea de sucesión. Casi nada. Ni Pinito del Oro.

A quien le tocó el feo papel de defender las esencias republicanas socialistas a sabiendas que no prosperaría fue al diputado Luís Gómez Llorente. El presidente de la Comisión Emilio Attard les pidió a los diputados que integraban la Comisión Constitucional del Congreso “la delicadeza obligada, sin merma de la libertad de discusión”. Es decir, que no armaran follón con asunto tan delicado.
Gómez Llorente, gran tribuno de la izquierda socialista fue el encargado de defender algo en lo que no creía y de lo que se arrepintió toda su vida. Sin embargo en aquel momento hubo de jugar aquel papel diciendo entre otras cosas lo siguiente:
“Ni creemos en el origen divino del Poder, ni compartimos la aceptación de carisma alguno que privilegie a este o a aquel ciudadano simplemente por razones de linaje. El principio dinástico por sí solo no hace acreedor para nosotros de poder a nadie sobre los demás ciudadanos. Menos aún podemos dar asentimiento y validez a los actos del dictador extinto que, secuestrando por la fuerza la voluntad del pueblo y suplantando ilegítimamente su soberanía, pretendieron perpetuar sus decisiones más allá de su poderío personal despótico, frente al cual los socialistas hemos luchado constantemente.
“Entendemos que la forma republicana del Estado es más racional y acorde bajo el prisma de los principios democráticos.
“Del principio de la soberanía popular en sus más lógicas consecuencias, en su más pura aplicación, se infiere que toda magistratura deriva del mandato popular; que las magistraturas representativas sean fruto de la elección libre, expresa, y por tiempo definido y limitado.
“Las magistraturas vitalicias, y más aún las hereditarias, dificultan el fácil acomodo de las personas que ejercen cargos de esa naturaleza a la voluntad del pueblo en cada momento histórico. No se diga para contrarrestar este argumento que pueden existir mecanismos en la propia Constitución que permitan alterar esas estructuras, pues resulta obvio que tales cambios llevan consigo un nivel de conflictividad inconmensurablemente mayor que la mera elección o reelección.
“Renovar a los gobernantes, incluso aquellos que ejerzan las más altas magistraturas, es necesario, y aun a veces imprescindible, y no porque la voluntad del pueblo sea mudadiza caprichosamente, sino porque la materia objetiva cambia; o la persona misma, dejando de ser lo que era, o las circunstancias que la hicieron la más idónea en un momento dado, o simplemente ambas cosas de consuno, surgiendo otras posibilidades óptimas.
“Por otra parte, es un axioma que ningún demócrata puede negar la afirmación de que ninguna generación puede comprometer la voluntad de las generaciones sucesivas. Nosotros agregaríamos; se debe incluso facilitar la libre determinación de las generaciones venideras.
“No merece nuestra aquiescencia el posible contraargumento que nos compense afirmando la neutralidad de los magistrados vitalicios y por virtud de la herencia, al situarse más allá de las contiendas de intereses y grupos, pues todo hombre tiene sus intereses, al menos con la institución misma que representa y encarna, y por mucho que desee identificarse con los intereses supremos de la Patria, no es sino un hombre, y su juicio es tan humano y relativo como el de los demás ciudadanos a la hora de juzgar en cada caso el interés común”.
Y terminó aceptando comulgar con aquella rueda de molino:
“Antes de concluir nos parece imprescindible recordar que los socialistas no somos republicanos sólo por razones de índole teórica. Menos aún los socialistas españoles. Pertenecemos, ciertamente, a un partido, el PSOE, que se identifica casi con la República, y no en vano, porque fue el pilar fundamental en el cambio de régimen del 14 de abril de 1931.”
“La Monarquía perdió una ocasión excepcional de europeizarse políticamente. Pocos años después, agotado en sus propios defectos y miserias, el régimen acudía sin ambages a violar la Constitución: a la dictadura.”
“Ved que en España la libertad y la democracia llegaron a tener un solo nombre: ¡República!”
“Finalmente, una afirmación que es un serio compromiso. Nosotros aceptaremos como válido lo que resulte en este punto del Parlamento constituyente. No vamos a cuestionar el conjunto de la Constitución por esto. Acatamos democráticamente la ley de la mayoría. Si democráticamente se establece la Monarquía, en tanto sea constitucional, nos consideraremos compatibles con ella”.
“El proceso de la reforma política hace inevitable que en su día se pronuncie el pueblo sobre el conjunto de la Constitución, y puesto que ello es previsible y racionalmente inevitable, no haremos obstrucción, sino que facilitaremos el máximo consenso a una Constitución que ha de cerrar cuanto antes este período de la transición y abrir el camino a nuevas etapas del progreso y transformaciones económicas y sociales, a las que en nada renunciamos, y para las que sólo pretendemos ser un instrumento de nuestro pueblo”.
Hasta aquí Gómez Llorente.
De esta intervención el tribuno socialista se arrepintió toda su vida.

