En esta fotografía se le vé al Lehendakari Agirre depositando
una corona de flores ante la tumba de Frances Maciá en 1937. A su lado está el
President Luis Companys, quien fuera fusilado en 1940 por las tropas
sublevadas. Pero en esta entrega deseo centrarme en la figura de Maciá
Maciá no es solo una
calle en Deusto, sino fundamentalmente el nombre de una de las personalidades
más importantes de la historia catalana. Fue presidente de la Generalitá de
Catalunya en plena República y fundador de los partidos Estat Catalá y Esquerra
Republicana. Falleció en 1933 y le sustituyó Lluis Companys.
El Lehendakari Agirre tuvo mucha relación con Catalunya y los catalanes
en el Congreso, cuando la Generalitá le acogió tras la caída de Bilbao, cuando
prometió estar al lado de Companys
cuando éste saliera al exilio y durante los años que en Paris tuvo su gobierno
en pleno destierro.
Hoy vamos a destacar esta amistad con algo que dejó el propio Lehendakari y que nos que ilustra sobre esta cerrada amistad. Un
recuerdo que el Lehendakari le hace a Francesc Maciá en 1947 cuando se cumplían
catorce años de su muerte.
“Catalunya tiene la gran virtud
de ser un valor permanente. Catalunya es, porque sus hijos sienten la tierra,
hablan su idioma, son catalanes.
De aquí que cuando los
acontecimientos parecen haber desorganizado las ilusiones políticas, hoy como
ayer, la catalanidad, con su valor de permanencia, surge con tal fuerza que
sobre ella vuelven a florecer las más eficaces empresas políticas.
Hay quienes presentan a los
catalanes como políticamente turbulentos, atribuyendo este hecho a la
influencia de un individualismo exacerbado que ha dado, entre otros resultados,
el nacimiento de un movimiento libertario de pujanza. Deducen de ahí que
Catalunya no es factor de orden, ni capaz de dirigir un proceso constructivo.
Yo me sitúo radicalmente en el campo opuesto. No sólo por afecto, que
los catalanes conocen bien, ni por consideraciones de afinidad o conveniencia
política que también son importantes, sino por mi admiración por esa realidad
que es la catalanidad, por la fuerza irresistible de ese fondo permanente que
corre a través del pueblo catalán que me lleva a creer en Catalunya como factor
de orden y progreso. Más aún, el genio catalán ha modelado el alma de su pueblo
con sentimientos tan arraigados, que su defensa constituye las páginas más
brillantes de la Historia de Catalunya. Estos ideales han quedado nuevamente
consagrados en nuestros días a través de la sangre, del dolor y del sacrificio.
«Catalunya es y será».
Así me lo decía el 11 de Octubre de 1933, el Presidente Maciá en interesante
conversación a la cual asistía otro gran amigo también desaparecido, Jaume
Ayguadé, entonces Alcalde de Barcelona.
Yo había sido comisionado por mis
compatriotas para acudir en su representación a la ceremonia conmemorativa de
aquella fecha gloriosa. Recordaba yo al President cuánto me había emocionado
el entusiasmo y el aplauso espontáneo con el que el pueblo le había recibido a
la llegada al pie del monumento de Casanova, y cuánto valor tenían los sentimientos
enraizados definitivamente en el alma del pueblo.
«Catalunya es y será»,
me respondió el Presidente Maciá, con aquella profunda convicción que
reflejaban sus palabras, que respondían a los sentimientos más profundos del
espíritu de aquel hombre ilustre.
En la conversación me permití
felicitar a Catalunya por haber tenido la fortuna de encontrar en él el
exponente de su voluntad histórica en momentos tan críticos como fueron los que
precedieron y siguieron a la caída de la Monarquía en 1931.
Maciá me respondió: «Hubiese
sido lo mismo que yo no hubiera existido, porque Catalunya hubiera encontrado
los hombres adecuados para este momento, como los encontrará en cada una de
las vicisitudes que pueda presentársele en el futuro, porque Catalunya es y
será».
Y en efecto, así es y será, no
porque yo lo desee solamente, sino porque Catalunya, como valor permanente, no
encontrará jamás cerrados definitivamente los caminos de su salud en la
libertad. Pronto se darán circunstancias favorables en las que esta libertad
será de nuevo organizada para bien de Catalunya y de los demás pueblos
peninsulares.
Triste esperanza la de aquellos
que creyeron lo contrario. Murió Maciá y cayó Companys. Jamás recibió la tierra
de Catalunya semilla más ubérrima. El fondo permanente que corre a través de su
historia recibió con ello consagración definitiva. La libertad será el premio.
Que este voto surja de un vasco
nada tiene de extraño. En medio de las desdichas del presente, el destino ha
marcado un rumbo a nuestros pueblos como portavoces de hondos anhelos de
libertad, como heraldos de la lucha positiva de la democracia contra toda clase
de opresión y tiranía. Que sepamos ser dignos de ella recordando al gran
Presidente Maciá.
Al cumplirse el XIV aniversario
de la muerte del gran amigo de los vascos, he querido remover estos recuerdos
que son siempre gratos, porque demuestran que la fe en las grandes causas de
la libertad es capaz por sí sola de mantener en pie el espíritu de los pueblos,
y si la voluntad es puesta en acción a su servicio, entonces se ha encontrado
definitivamente el camino de la salud.”.
Hermosas palabras que ningún político vasco ha sacado del olvido en
estos años de relación y de complicidad con Catalunya y su lucha política. Y no
por mala voluntad, sino por desconocimiento. Hacemos política hoy en día como
los barcos en la niebla, radar. Y esto es parte de nuestra historia reciente. El
pensum de estudios tiene una inmensa laguna en datos de historia. Este es todo
un ejemplo.
El BBB del PNV tuvo en Bilbao en tiempos de la clandestinidad un despacho tapadera en la calle Iparraguirre Nª39 con dos abogados, Eduardo Estrade y Karmelo Zamalloa. Poco después, saliendo de aquel túnel dictatorial la sede de organización estaba en la calle Henao y la de formación, prensa, Euzkadi y varios más en la calle Marqués del Puerto. Bien, pues en esta sede, un buen día se apareció un señor muy educado diciendo que había sido amigo personal del Lehendakari y que nos quería contar cosas sobre él. Se trataba de Julián Ruiz de Agirre, un abogado bilbaíno de prestigio que tenía su bufete en la calle Colón de Larreategi. Y allí fuimos varias veces a que nos contrata sus vivencias con el Lehendakari. Y lo hizo. Con temas cercanos como su trabajo de abogado su vida de futbolista y de orador, de picapleitos y de figura emergente.
Don Julián nos dijo lo
siguiente:
“Los cinco años anteriores al 31 son de verdadera trascendencia en la
formación de toda índole de José Antonio. Al terminar su licenciatura en
Derecho en la Universidad de Deusto, ya se fragua un sentimiento religioso que
es norma de toda la trayectoria de su vida. Alterna ese puesto con otros, y así
hacia el final de su gestión en la presidencia de la Juventud Católica se le
adjudica el de vocal de la Junta del Colegio de Sordomudos de Deusto. Más
tarde, y en una sucesión no interrumpida de una a otra actividad, y a veces
con varias de ellas, dirige, en la entonces naciente Casa Social de Las
Arenas, un círculo de estudios, sobre cuestiones sociales. Aquí intimé con él.
Aquella actividad no le priva de practicar el deporte, figurando en la línea
delantera del Athletic de Bilbao.
Esta formación humanística, religiosa, profesional del Derecho, y a su
vez deportiva, determina que a los 27 años de edad se encuentre plenamente
capacitado, —como lo demostró—, para afrontar con absoluta entereza el
importantísimo papel que en el escenario de Euzkadi le correspondió representar
en aquellos momentos cruciales de la Historia.
Huérfano de padre ya por esta época de su primera juventud, y siendo el
hermano mayor de una familia numerosa, sustituye con la mayor naturalidad, y
sin sentirlo, a la figura del padre, y así al cariño de sus hermanos se une el
respeto que al padre desaparecido le correspondía.
A la edad de 24 años establece con su compañero Antonio Berreteaga su
despacho de Abogado en ejercicio en el entonces n° 2 de la Calle Iturribide de
Bilbao, frente a las Calzadas de Begoña, en la misma manzana en la que naciera,
y junto al lateral de la entonces Audiencia de Bilbao sita en la Calle María
Muñoz. Su amigo Berreteaga para el año 1930 ya había abandonado el ejercicio de
la Abogacía para dedicarse a otras actividades.
Y aquí una vivencia deportiva que define su carácter. El Athletic tenía
que ir a Madrid a un desempate que era obligatorio. Esto ocurrió en el momento
que voy a relatar. Se tenía que desempatar en Madrid aquella eliminatoria precisamente el martes siguiente al del
segundo partido. José Antonio como jugador del Athletic y a pesar de que no
había tomado parte en ninguno de los dos partidos, siendo el segundo fuera de
Bilbao, fue llamado urgentemente a Madrid para cubrir un puesto en el equipo.
Lo vi al anochecer de aquel día en el Centro de los Luises de Bilbao con
el maletín preparado para tomar el tren a Madrid. Todas eran palmadas en la
espalda y los deseos de que hicieran él y el Athletic un partido completo. A
todos atendía, a todos sonreía, a todos complacía. No se consideraba
indispensable sino uno más y el último en el equipo. No recuerdo quien era el rival
del Athletic en aquel partido ni del resultado del mismo, si bien que ganó el
Athletic, pero lo que sí recuerdo es que José Antonio jugó con plena entrega,
cosa que se comentaba en los días sucesivos a esta eliminatoria.
A principios del verano de 1931, cuando se acababan de inaugurar las
Cortes Constituyentes de la II República siendo diputado de ellas José Antonio
y cuando éste iniciaba su vida política entre dos amigos, y que lo eran de la
intimidad de aquel, se decidían por el terreno industrial. Se encontraban estos
gestionando para quedarse en traspaso con un pequeño taller relacionado con la
fabricación de envasados a base de la
hojalata, y acudían al despacho de José Antonio para que les asesorase jurídicamente
y también para pedirle consejos en orden a la industria en sí, y a cuantos
problemas de todo orden se les presentaba.
Una vez que se hicieron cargo del taller, y cuando José Antonio se
encontraba en Bilbao, todos los mediodías al terminar la jornada de la mañana
se presentaban en el despacho de este para hablar de la marcha del taller,
momentos que se aprovechaban para charlar sobre los temas de actualidad y de
la situación política en particular. Pues bien, en una ocasión en que así se
hablaba sin fijar un tema en concreto, recuerdo que José Antonio les dijo:
» Vosotros sacaréis adelante el negocio y haréis mucho dinero, pero no
lograréis la fama ni la popularidad que yo alcanzaré». Fue así.
No había mes que no recibiera una o dos visitas de afiliados al PNV, de
simpatizantes, o simplemente de admiradores suyos, los cuales se atrevían a
presentarse en su despacho, o le abordasen en alguno de los locales del
Partido para hacerle una singular petición. A los que me estoy refiriendo les
ocurría entonces un acontecimiento en su familia cual era el del nacimiento de
un hijo. Y la petición, a veces humilde, a veces con duda de si ésta sería bien
recibida, a veces con la singularidad que les daba un conocimiento con José
Antonio en algún trabajo para el Partido o de cualquier otro signo, y a veces
por un capricho, era simple y lisamente si apadrinaría al niño o niña en su
bautismo.
No le vi nunca negarse, y el acto de la ceremonia se establecía en razón
de los quehaceres de José Antonio y de las conveniencias de la familia.
Yo conocí, hacia el año 63, a una religiosa Clarisa que era una de las
muchas ahijadas que de esta forma la prohijara, y la conocí con ocasión de una
visita que realicé a su convento. Al decirles mis acompañantes la relación que
yo había tenido con José Antonio, la religiosa me declaró que éste era su
padrino, y a quien siempre le había tenido presente en sus oraciones.
Como es de conocimiento general la familia de José Antonio procedía de
Bergara poseyendo en este pueblo de Gipuzkoa un negocio de fabricación de
chocolate. Bastante antes del año 1930 la fábrica de chocolates se instaló en
Bilbao, en donde «Chocolates Aguirre» se fusionó con otros
fabricantes a la que se le dio el nombre «Chocolates Bilbainos»,el
famoso “Chobil”.. José Antonio era el presidente de aquella modesta industria,
y me consta que los socios que así se unieron a la familia Agirre, los Trabudua
y los Angulo en todo momento sintieron, y así lo demostraron, un gran aprecio
de amigo sincero hacia José Antonio, y que en los que en la actualidad viven,
sobre todo los Trabuduas, además del aprecio, sentían y sienten una admiración
que la manifiestan.
José Antonio
estaba en todo, y a pesar de no tener una permanencia constante en la fábrica,
quien quiera que fuere, empleados u operarios que a él acudiera no salía
defraudado. A todos conocía, de muchos sabía de sus problemas personales o
familiares, y no hubo uno que a él se dirigiera que quedase defraudado.
En cierta ocasión una operaría de la fábrica de chocolates de unos
cincuenta años de edad, tuvo conocimiento que en una dudosa pensión acababa de
fallecer un hermano suyo con el que tenía muy escasa relación. Esta operaría
acudió a José Antonio a fin de que se hiciese cargo de las gestiones derivadas
de aquel fallecimiento pues temía que los pocos o muchos bienes que su hermano
poseía desaparecieran. Por sus ocupaciones me dio a mí el encargo, y una vez
resuelta la cuestión y en posesión la interesada de los bienes de su hermano,
que no eran tan pocos dada su condición social, me prohibió terminantemente percibir
ningún honorario profesional para el despacho, insinuándome que yo debiera
abstenerme también de percibir retribución alguna por mi trabajo.
En el tiempo que duró la tramitación de la gestión, José Antonio no dejó
de interesarse por la marcha de ella, haciéndome preguntas y dándome
orientaciones que siempre fueron acertadas.
Y a propósito, en la fábrica de «Chocolates Bilbaínos» se
siguió en materia socio-laboral las orientaciones que señalaban las Encíclicas
Pontificias de la «Rerum-Novarum» y de la “Cuadragésimo Anno» y
todo por el recto criterio que sobre la materia tenía José Antonio, siendo uno
de los primeros talleres o fábricas donde se implantó en favor de los
operarios la participación en los beneficios de la empresa.
Otra de las características que distinguía a José Antonio era su
sencillez, y la carencia de todo exhibicionismo. ¡Cuántas veces, en los pocos
días que paraba en Bilbao debido a sus obligaciones como diputado en Madrid,
al acumularse el trabajo en el despacho, no iba a Algorta a su casa a comer,
quedándose en Bilbao! Pues bien, aquellos días en vez de ir a comer a cualquier
restaurante de los que entonces abundaban en el Casco Viejo, prefería que le
trajesen la comida al despacho, alegando que se perdía mucho tiempo saliendo
a la calle para comer. Siempre se encargaba la comida en la fonda de La
Estrella, situada en la Calle María Muñoz frente a la Audiencia y muy cerca de
su despacho, y que era propiedad de un afiliado al PNV que tenía además de la
fonda, restaurante abierto al público. Cuántas veces le indiqué que mejor
comería saliendo del despacho, ponía alguna disculpa para no hacerlo así, pero
la realidad era que procuraba evitar en lo que le fuera posible cualquier tipo
de exhibición.
Y en otro orden de cosas, y ya tocando un poco con la política, cuando
tenía una duda, qué digo, alguna determinación a tomar y aún cuando él tuviese
un criterio firme sobre la cuestión, no tomaba la determinación con arreglo a
su criterio, sino que siempre mediaba consulta, o bien con los mayores como don
José Horn o don Ramón Vicuña, o con sus iguales en edad como eran José María
Izaurieta, Juan Ajuriagerra o José María Gárate.
Cuántas veces hablaba por teléfono o personalmente con cualquiera de los
nombrados y otros muchos para consultarles sobre el problema que se le
presentaba y lo tenía que resolver, siempre lo hacía con gran atención teniendo
siempre en cuenta los consejos que éstos le daban, y nunca mostraba la
superioridad de conocimiento que él tenía sobre el tema tratado.
Esteban Urkiaga «Lauaxeta» solía con frecuencia acudir al
despacho para hablar de cualquier cuestión, o simplemente tener una
conversación de amigos. Ambos, José Antonio y «Lauaxeta» se tenían
un gran cariño y admiración mutua. Las veces que yo hablé con «Lauaxeta»
y refiriéndonos a José Antonio, éste me demostró su cariño hacia José
Antonio; y a la vez José Antonio tenía sentimientos iguales hacia
«Lauaxeta» a quien admiraba y de quien decía que en Euzkadi con media
docena como él euskera no se perdía sino que adquiriría un mayor esplendor.
Cuando hablaban los dos solos lo hacían en euskera, pero cuando estaba presente
alguno que no fuera eusko-parlante lo hacían en castellano.
En los tiempos que conviví con él no conocí ninguna persona a quien
odiara, ni tan siquiera que le tuviese animosidad por cualquier causa. No
había manera de que hablara mal de nadie, y pese a lo que le hicieran en
cualquier orden, lo mismo en el personal, que en el profesional, y en el
político, siempre encontraba algún motivo que disculpase al que le había hecho
daño.
Con motivo de un accidente en la estación de Goiri de la línea del
ferrocarril Bilbao a Lezama y que costó la vida de un empleado de aquel
ferrocarril, se instruyeron unas diligencias judiciales. Por esta razón se le
encomendó de la defensa de los familiares de la víctima y con el cargo de la
dirección de aquel ferrocarril. El proceso fue muy laborioso. En aquella litigación,
y por cuestiones políticas, dos o tres testigos de excepción, falsearon la
verdad llegando a verter verdaderas injurias contra José Antonio. A éste todo
lo que se le ocurrió decir cuando lo comentamos fue: «Son gajes del
oficio»; pero nunca entre los comentarios que del pleito hacíamos él y yo,
ni entre los que se hacían con el procurador, ni con otros abogados, ni con
alguien que tenía interés en la cuestión, salió de su boca ninguna palabra que
pusiera en entredicho la honorabilidad de aquellos testigos que habían falseado
tan abiertamente la verdad en contra de los intereses que defendía José Antonio
llegando a la injuria personal a éste.
Anunciadas las elecciones municipales de Abril de 1931, en la
candidatura del PNV para el ayuntamiento de Getxo, figuraba como uno más y su destino
era el de simple concejal. Los sucesos que siguieron aquél 12 de Abril hizo
que el BBB cambiara radicalmente de criterio y se pensó que una figura joven
podría ser el impulsor y al mismo tiempo aglutinante de un movimiento que se
iniciaba en el pueblo.
Y he aquí que en el plazo de menos de 48 horas se encontrase en la mano
con la vara de la alcaldía de Getxo y el liderazgo de un movimiento con base en
los municipios de Euzkadi.
Aquella mañana del 12 de Abril de 1931, varios muchachos de Las Arenas y
de Algorta nos encontrábamos recorriendo los colegios electorales para dar
cuenta del ambiente a los responsables de la marcha de las elecciones. Al
llegar a la campa lateral de la Iglesia de San Ignacio y frente al Ayuntamiento
de Getxo, vimos apoyado en un árbol, y en actitud de meditación, a José
Antonio. Cuando nos acercamos a él cambió rápidamente de actitud y al
preguntarle si algo le pasaba contestó que pensaba en cuál sería el resultado
de aquellas elecciones, y luego de ello, y con la sana alegría y el optimismo
de que siempre disfrutara, nos invitó a dirigirnos al Batzoki de Algorta para
tomar un aperitivo.
Posteriormente en las Cortes se estaba discutiendo la Ley sobre
Secularización de los Cementerios y aquella semana había tenido José Antonio
una de sus más destacadas intervenciones. Con tal motivo la Asociación de
Emakumes, que tenía su residencia en la Calle del Correo había organizado para
aquél sábado una velada en la cual José Antonio había de pronunciar una
conferencia. La hora se había fijado para la inmediata a la llegada del tren
rápido de Madrid en el cual viajaban los diputados. Era tal la cantidad de gente
que aguardaba la llegada de José Antonio, que desde la estación a la Calle
Correo estaba parada la circulación. Cuando bajó del tren y se le informó de lo
que estaba ocurriendo en la calle y del recibimiento que se le hacía de una
manera espontánea, su comentario fue: «No veo el motivo. No hemos hecho
más que cumplir con nuestra obligación. Para qué esto, si no les voy a decir
nada nuevo que no lo sepan por la prensa».
Aquella tarde fue apoteósica. Durante la conferencia, en la que contó
detalles de las Cortes que no se podían reflejar en los periódicos, no cabía
una persona más en la Calle Correo, ya que desde el cruce con Lotería hasta el
Arenal, estaba ella toda llena de gente que quería tributar ese homenaje a
quien en el Parlamento había defendido al pueblo y había manifestado su propio
sentir.
Terminada la conferencia y marcharnos para Algorta, su pensamiento
reiteradamente manifestado era éste: «Es maravilloso este pueblo, por él
bien vale cualquier sacrificio». Y ese día, y a esa hora ya cerca de las
doce de la noche, José Antonio, como ser humano, estaba plenamente agotado por
el esfuerzo realizado. Y aún le parecía poco para dárselo a su pueblo.”
Este fue el testimonio de este
abogado compañero de bufete del primer Lehendakari. Nunca se le reconoció en
público esa amistad que a nosotros nos contó entusiasmado. Y es que esa debía
ser una de las características de aquel
hombre singular, que convertía a la gente en “aguirristas”. Y para toda la
vida.
Siempre que se
habla de José Antonio lo hacemos de su etapa de Diputado y Lehendakari y nos
olvidamos que también fue alcalde y de un municipio importante como el de
Getxo. De allí surgió el movimiento municipalista que lideró él para plantear
el primer estatuto de autonomía, el conocido como el de Estella, que incluía a
Navarra y que la falsificación de unas actas impidió se tramitara con los
cuatro territorios.
Pero
a mí siempre me interesaba que es lo que había hecho Agirre en Getxo y hablé un
día con su Alcalde (1983-1987) Juan Ramón Barquin, un antiguo gudari, con quien
redactamos la base de un concurso con el fin de estudiar su paso por el
ayuntamiento. En algún sitio deben estar los resultados de unos tres
interesantes trabajos que estudian su período municipal. Ahora que la alcaldesa
es su nieta no estaría nada mal que se conocieran, aunque me da que nadie en
Getxo tiene noticia de ellos. Yo entregué una copia de los escritos a la
Fundación Sabino Arana. Es el signo de los tiempos.
El
caso es que indagando me enteré que quien le sustituyó al frente del
ayuntamiento, cuando tuvo que dimitir por su carga de trabajo en el Congreso y
como líder de la consecución de ese primer estatuto era un nacionalista
acrisolado, Mitxel Garteiz, con quien mantuve una interesante conversación en
una comida que nos organizó Gabriel Goiri en su casa.
Producto
de aquel encuentro son estas notas.
Estamos ante Mitxel Garteiz, el hombre que con sus 74 años es el único
que vive de todos los que formaron parte de la Corporación Municipal de Getxo,
cuando José Antonio de Agirre fue alcalde de la misma, en 1931.
Señor Garteiz, ¿Cuál fue su papel en el Ayuntamiento de Getxo?.
En
las elecciones de 1931 fui presentado para concejal por el Partido Nacionalista
Vasco en el distrito de Las Arenas, pues Getxo estaba dividido en tres
distritos electorales: Algorta, Las Arenas y Sta. María de Getxo. El Partido obtuvo
una aplastante mayoría en los tres y por tanto entré a formar parte del
Ayuntamiento ocupando el cargo de concejal. Posteriormente, cuando estaba en
la alcaldía Larrondo, el que fuera compañero de Sabino de Arana, desempeñé la
labor de teniente de Alcalde y más tarde la de Alcalde.
¿Conocía
a José Antonio de Agirre antes de llegar a concejal?
Sí.
Yo estudié derecho en Deusto, con la misma edad y en el mismo curso que José
Antonio. Me unía a él una gran amistad pues no sólo coincidíamos de día, en la
comida y en clase, sino que además hacíamos los viajes de ida y vuelta a la
Universidad juntos, ya que los dos residíamos en Algorta. Estudié con él cuatro
cursos de la carrera, hasta 1924, luego cada uno se fue por su lado y dejamos
de vernos con tanta frecuencia, hasta que hacia 1930, con la caída de la
dictadura y el resurgir del Partido, entablamos una nueva y profunda amistad
bajo el aspecto de la actuación política, amistad que duró hasta su muerte.
¿Háblenos de José Antonio como hombre?
Desde
la niñez destacaba por su personalidad especial. En Orduña, donde empezó a
educarse, era ya un líder, en estudios, en deportes, un poco en todo. Es
curiosa la frase que un día en las Cortes dirigió Indalecio Prieto. «No es
lo mismo llevar la minoría Vasco-nabarra que la delantera del Athletic»,
pues José Antonio jugaba en el Athletic de Bilbao. Es evidente que Prieto se
equivocó, no sólo llevó la «minoría», sino muchas más cosas que el
mismo Indalecio. Era un hombre íntegro, sin complejos de ninguna clase. Recuerdo
que un pleno del Ayuntamiento, hurgando en los bolsillos de su chaqueta sacó
por equivocación un calcetín que quedó a la vista de todos sin que por ello se
inmutara. El andar entre Getxo y Madrid le hacía tener ese calcetín en el
bolsillo. No conocía la vergüenza social. Sabía cuál era su fin e iba derecho a
él sin reparos ni desvíos, pero siempre con la verdad en la mano, por ejemplo
sus críticas eran totalmente objetivas, he de decir que nunca le oí algo
molesto u ofensivo, ni aún de sus mayores enemigos. Criticaba los actos, no las
personas. No conocía el odio, ni siquiera el rencor.
Aparte
de esto tenía una enorme simpatía, un físico agradable, a pesar de ser un
atleta un poco bajo, recio y fuerte, sus rasgos eran sumamente atrayentes y su
sonrisa extraordinaria. Era un líder que arrastraba al pueblo, como ni entonces
ni hoy arrastra nadie, atraía sobre todo a la juventud, pues su espíritu era
joven y sus teorías sociales muy avanzadas.
En
resumen era un modelo de hombre con muchas virtudes y para mí, ningún defecto.
¿Qué labor desempeñó como Alcalde?
En
las elecciones barrió Getxo. Fue un Alcalde brillante y popular, que se esforzó
al máximo por hacer el bien de este pueblo pero no llevó a cabo actos
administrativos destacados por dos importantes razones. En primer lugar, ocupó
el cargo durante relativamente poco tiempo, 1931 a 1933; la otra causa fue que
inmediatamente se implicó en el cargo de diputado a Cortes, siendo dicho
trabajo mucho más importante para nuestro país. Hay que considerar además que
la gran labor realizada por el Ayuntamiento de Getxo en la campaña
pro-estatuto, que culminó en Estella en una verdadera explosión de vasquismo,
vino sin duda alguna marcada por la inigualable figura de José Antonio de
Agirre.
¿Qué le parece la labor desarrollada por José
Antonio durante la guerra?
Su
trabajo como Presidente del Gobierno Vasco y la de este último fue muy
destacada, pues a pesar de no tener un ámbito territorial grande, su
importancia para la República fue clave. Esta abnegada resistencia vasca a la
destrucción fue quizás una de las causas por la que ciertas esferas manifestaran
tanto rencor y tanto odio contra este país.
En el exilio, ¿Cambia el ánimo de José
Antonio?
No,
en absoluto. Debido a su gran fuerza de voluntad y a su inclinación al
optimismo nunca se desesperaba. Estaba siempre dispuesto a la lucha. Es de
destacar el apoyo admirable que siempre tuvo en su esposa.
Háblenos de ella.
Marutxa
era una mujer señorial, respetuosa, bonita y discreta, con un gran sentido de
la verdad de la vida que fue el que le impulsó a elegir el camino que siguió,
fue siempre un apoyo para José Antonio pero incondicional, sobre todo desde su
exilio hasta su muerte.
¿Qué significación tiene para Vd. el
homenaje que le vamos a organizar este 7 de Mayo?
Los
viejos dividimos la vida en dos partes, antes de la guerra y después de ella.
Pues bien, para mí este homenaje es recordar todo lo anterior a la guerra con
nuestras penas y nuestras alegrías, recordar la acción del Partido en aquella
etapa histórica, y sobre todo rendir honor a la enorme talla de José Antonio de
Agirre.
¿Qué opina de la actual política del Partido
Nacionalista Vasco, y por dónde enfocaría la lucha?
Yo
creo que hoy tenemos unos dirigentes que saben llevar muy bien el timón. En
cuanto a la segunda pregunta me parece que han de seguirse unas normas que
constituyan el eje central del Partido. El Partido ha de tener una amplia visión
social, la elevación del estándar de vida de las clases humildes debe ser una
de nuestras metas más inmediatas. No se puede hablar de paz si hay hambre”.
Hasta
aquí la entrevista con Mitxel Garteiz. Era un señor de los de aquella época, elegante,
respetuoso, positivo, cargado de vivencias. Nos contó varias vivencias más
sobre su época de jugador en el Athletic y de su noviazgo y boda en Begoña. Lástima
no poder volverle a preguntar más cosas para que la gente de hoy sepa que fue
un líder excepcional pero de carne y hueso y con hechos como ese de
sacar en un pleno un calcetín. ¿A que no sabían ustedes esa anécdota?. Pues también
ese era José Antonio.
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