Fraga y la rabia

Para que luego vengan a moralizarnos por aquí arriba con lo del arrepentimiento y la petición de perdón, el llamado león de Perbes ha estirado la zarpa sin haberse aplicado jamás ni a lo uno ni a lo otro. Es más, cuando aún respiraba, cada vez que alguien le insinuaba que tal vez había algunos episodios de su pasado de los que era posible que no se sintiera satisfecho, su respuesta era un bufido y una reafirmación. Creo, de hecho, que eso es lo único que se le puede reconocer al glorificado fiambre: a diferencia de otros franquistas conspicuos que se rociaron de pachulí democrático y nos vendían la moto de que “aquello había que entenderlo en su contexto”, Manuel Fraga nunca dejó de reivindicar sus fechorías. Si le mentaban a Julián Grimau o a los asesinados en Gasteiz o Montejurra, en lugar de achantarse y contemporizar, sacaba pecho y bramaba que volvería a hacerlo.
Ahora ya sabemos que no solamente no pagará por esos crímenes, sino que además, pasará a la Historia como santo varón de la libertades, padre fundador de la nueva Hispania y egregio arquitecto del Consenso patriotero. Pensando en la sangre y en el sufrimiento que provocó, es descorazonador, pero no deberíamos dejarnos llevar por el desaliento ante la torrentera de elogios fúnebres que ha seguido a su desaparición física. Eso venía en el guión y no puede sorprender ni arredrar a los que desde el minuto uno de esa engañifa que bautizaron “modélica Transición” son —somos— plenamente conscientes de lo que quería decir el bajito de Ferrol con lo de “atado y bien atado”.
Muerto Fraga, no se va con él la rabia. Se queda entre nosotros que, en vez de envenenarnos con ella, habremos de transformarla en memoria comprometida e indeleble de sus víctimas. Eso, mientras señalamos con el dedo y distinguimos con un profundo desprecio a la plétora de dolientes que han corrido a delatarse como sus legítimos y orgullosos herederos.

Franco, ¡presente!

Francisco Franco vuelve a ser, como en el delirante documental de Sáenz de Heredia, ese hombre. Por más señas, católico y valeroso militar que se alzó contra un régimen caótico con el fin de restaurar la monarquía democrática. ¿Y no era un pelín totalitario? Qué va, si cabe, una gotita autoritario, mínimo defectillo que quedaba compensado por su probada capacidad de inteligente liderazgo y su inquebrantable espíritu de sacrificio por el bien común. Eso, sólo como aperitivo. El resto de las virtudes del ferrolano con voz de flauta quedan convenientemente inventariadas en la ardorosa pieza firmada por el autoproclamado historiador y franquista sin complejos, Luis Suárez, para el diccionario biográfico de la Real Academia (española) de la Historia.

La broma -macabra, por supuesto- ha costado casi siete millones de euros públicos y, como era de sospechar, empezó a pergeñarse en tiempos del glorioso gobierno de José María Aznar, ese otro hombre. Se trataba, lisa y llanamente, de ganar la guerra civil por segunda y definitiva vez. Había que cerrar la boca a tanto fastidioso reivindicador de la memoria histórica que andaba removiendo las cunetas y sacando a la vista el pasado que tanto había costado enterrar. Y había que hacerlo a la luz del día, con la frente alta y adornándose con cortes de mangas, sabiendo que de un tiempo a esta parte el viento sopla a favor y ya no hay por qué ocultar los correajes.

Algunos se tomaban a guasa a Vidal, Moa, y el resto de la piara de reescritores del anteayer. Las soplagaiteces que contaban en sus libruchos, vendidos en torres a la entrada de El Corte inglés, parecían demasiado atrabiliarias para que cualquiera con un dedo de frente les concediera el menor crédito. Ahora toda esa bazofia revisionista tiene sello oficial y es cuestión de un par de cursos que pase directamente a los manuales escolares. Es la versión de los hechos que quedará, nos guste o no.

Elogio de una República imperfecta

Resiste el recuerdo de la República. Hoy, ochenta años ya. Confieso que hace diez o hace cinco, en los últimos aniversarios redondos, estaba convencido de que la evocación se iría diluyendo hasta convertirse en un simple epígrafe de los libros escolares de Historia, un puñado de datos que memorizar sin emoción alguna como pasaporte para aprobar un examen. Me alegra que, de momento, haya sido posible burlar ese destino y que ocho décadas después, con la mayor parte de sus testigos y protagonistas ya ausentes, la mención de aquellos días siga moviendo algo -no sabría definirlo- en nuestras cabezas y en nuestros corazones.

No me engaño ni me dejo llevar por el sentimentalismo facilón. Sé que esa imagen casi idílica que ha resultado de destilados sucesivos en el alambique del tiempo se corresponde lo justo con lo que ocurrió verdaderamente entre el 14 de abril de 1931 y la promulgación del último parte de guerra de los vencedores. La realidad no fue tan maravillosa como luce en nuestra reconstrucción mental y en algunas revisiones edulcoradas que obvian los detalles incómodos. Hubo imprevisión, titubeos, arbitrariedades, un navajeo político equiparable al actual o superior y, por descontado, violencia. Pretender negarlo o pasarlo por alto porque nos estropea el ensueño nos sitúa a apenas medio metro de la última hornada de reescribidores del pasado -César Vidal, Pío Moa, Stanley Payne-, conjurados para ganar por segunda vez y por goleada de mentiras lo que para ellos sigue siendo una santa cruzada a la que se alistarían mañana.

El legado de los perdedores

Si no nos hacemos trampas cuando hablamos de memoria histórica, no tiene por qué asustarnos reconocer las (abundantes) imperfecciones que tuvo la República. El paso siguiente es asumirlas y, venciendo la tentación de justificarlas, incorporarlas con naturalidad al relato general. El balance seguirá siendo favorable -y por mucho- a lo que quiso ser aquella época. De hecho, la herencia que debemos tomar los que nos reconocemos como sucesores del bando perdedor no es solamente lo que llegó a ocurrir, sino lo que se pretendía que ocurriera. Lo que nos han legado tanto quienes se quedaron en las cunetas como quienes han muerto hace dos días sin el debido reconocimiento es, en realidad, una deuda.

Nos corresponde seguir construyendo todo lo que aquellas mujeres y aquellos hombres apenas tuvieron tiempo de esbozar. Y es aquí donde sus errores se vuelven valiosos, porque conocerlos y, más importante, reconocerlos, nos ayudará a tratar de no cometerlos de nuevo.

Al PP no le gusta ‘La República’

Confirmando una vez más las teorías de Pavlov sobre las campanillas y los jugos gástricos de los cánidos, el Partido Popular ha puesto el grito en el cielo de Brunete a cuenta de la emisión en TVE de 14 de abril. La República. Un tal Ramón Moreno, diputado por Zaragoza y representante de la formación gaviotil en el consejo de administración del ente público español amenaza con ponerle las peras al cuarto al mandamás televisivo Alberto Oliart por la “caspa revisionista y el formol monotemático” que destila la serie. Añade en su blog el ofuscado culiparlante que el producto audiovisual pretende reabrir heridas, recrear la Historia a gusto del mensajero con un indudable sesgo monocolor y media docena de topicazos más. Es obvio que el gachó no ha visto más que un trailer o, como mucho, trozos aleatorios mientras hacía zapping durante los anuncios de Intereconomía TV.

Los malos, los anarquistas

A diferencia de él, gracias a la fantástica web de RTVE, yo sí me he tragado enteritos los dos capítulos de la telenovela que se han emitido hasta ahora. Doctores tiene la ciencia catódica, dejaré a mi compañera Estefanía Jiménez un despiece más enjundioso y autorizado, pero si algo se puede decir de ese par de episodios, es que pierden azúcar por todas las costuras. La cosa no va, como presume Moreno, de rojos beatíficos y derechosos despiadados. Para empezar, la trama se centra en una familia de terratenientes de muy buen rollito que tratan de nadar y guardar la ropa en medio de las turbulencias. Hay, cierto es, una socialista idílica, trasunto de Clara Campoamor, pero para compensar, los malos de verdad son un policía corrupto y, cómo no, un anarquista que azuza a los ignorantes jornaleros a atentar contra la propiedad privada de sus paternalistas señoritos. Si alguien se puede quejar es la CNT. Hasta el militarote golpista, encarnado por un actor que es la viva imagen del Aznar de hace quince años, aparece retratado con mayor nobleza de corazón que el ácrata, que encima le pone los cuernos a la íntegra socialista con una cabaretera que -me juego el cuello- pronto se revelará como una agente a sueldo de Moscú.

Un pastelón bienintencionado que se deja ver, con factura solvente e interpretaciones más que correctas. No hay más pies que buscarle a este gato. Pero claro, lleva por título La República, expresión maldita todavía ochenta años después para quienes no se avergüenzan en aparecer como herederos de los que la derribaron. Ahí le duele al Partido Popular, que se sospecha continuación de la CEDA.

Tantas estrellas que alcanzar aún

Han pasado ya cuatro días desde que vi Izarren Argia y no soy capaz de quitármela de la cabeza. No recuerdo muchas películas que me hayan hecho tanto daño y tanto bien al mismo tiempo. Como todos y cada uno de los que me acompañaban en la sala, tardé tres o cuatro segundos en reparar en que la pantalla se había quedado en blanco y las luces se habían encendido. Creo que aún esperábamos ese último minuto milagroso en que la trama se da la vuelta y manda al espectador a casa con la reconfortante sensación de haber visto triunfar al bien sobre el mal. Daba igual que la inmensa mayoría de los que estábamos allí supiéramos antes de comprar la entrada que nos iban a contar una historia auténtica que acabó fatal. En ese instante de negación de la realidad hubiéramos necesitado un final feliz. Pero no llegó, claro.

Salí del cine con los ojos enrojecidos, pensando que era imposible seguir la primera parte de lo que nos pedía Anita Morales, una de las víctimas reales del infierno que fue la prisión de Saturraran. “No lloréis, lo que tenéis que hacer es no olvidarnos”, nos dice la nonagenaria en lo que se ha convertido en lema de la película, el libro y toda la campaña de agitación de mentes que hay alrededor. Por descontado que nadie con alma olvidará a las mujeres que pasaron por esa experiencia casi imposible de imaginar. Pero es inevitable llorar de rabia, de impotencia, de puro vacío, al asistir a la recreación de lo que padecieron. Las lágrimas no me abandonaron en los 96 minutos de proyección, y hubo momentos en los que me fue muy difícil reprimir las ganas de gritar en la semioscuridad.

Esperanza

Me consta que la intención del director, Mikel Rueda, y del productor e ideológo, Edu Barinaga, ha sido contrapesar el dolor con un mensaje de esperanza. “Lo peor no es no poder alcanzar las estrellas, sino no tener estrellas que alcanzar”, es el resumen de ese brindis a la importancia de contar siempre con un objetivo por el que luchar. Confieso que me está costando agarrarme a esa tabla de salvación que nos dejan los autores de la película a los espectadores que hemos naufragado emocionalmente en la tormenta de sus imágenes y sus diálogos.

No sé, de hecho, si realmente quiero refugiarme en esa esperanza que tan generosamente se nos ofrece. Si decía que, además de daño, Izarren Argia me ha hecho mucho bien, es porque ha espabilado un trozo de mi que empezaba a amodorrarse. Se llama conciencia, y sirve, entre otras cosas, para estar cerca de quienes sufren o han sufrido. Aunque duela.