El destape… otra vez

¡Anda! Pues igual va a ser verdad lo de la segunda (o nueva, según gustos terminológicos) transición. Como ocurrió en aquella, triunfa el destape. En su versión más cutre y caspurienta, además, la que lleva de serie un mar de babas de salidillos vergonzantes. Sí, y la que resulta impepinablemente eficaz, como demuestran los aumentos consecutivos de audiencia televisiva de las campanadas presentadas por ese trozo de carne apellidado Pedroche.

Lo que nos vamos a descongojar cuando la sujeta, que presume de actuar en uso de su libertad individual y sin que nadie se lo mande —faltaría más—, venga a convencernos de que ella es más que un cuerpo bonito. Un argumento tan original como su propio atuendo de las nocheviejas de autos. Ocurre que otra vez nos falla la memoria histórica, en este caso, la de baja intensidad. Esas transparencias con brillantitos estratégicamente situados son las mismas con las que pregonaban su mercancía hace casi cuarenta años María José Cantudo, Victoria Vera, Bárbara Rey o, entre otras, Ágata Lys, que por cierto, estudió Filosofía y Letras en Valladolid.

No, miren, ya me conocen. Yo no voy a salir con el heteropatriarcado, el imperativo del empoderamiento o demás quincallería verbal retroprogre. Tampoco, como hacen desde enfrente los ensotanados que se ponen verracos por lo bajini, con la milonga de la sociedad enferma y la pérdida de valores. Por descontado, no me haré el escandalizado, porque no veo materia. Me limito a constatar unos hechos que se repiten en bucle cansinamente y a anotar al margen una frase que oigo mucho: en España se vota como se ve la televisión.

Sex Munilla

Pero, señor columnero… ¿Va usted a escribir sobre el libro de Munilla sin habérselo leído? En efecto. Es más, sin tener siquiera la intención de hacerlo. Concedo que es un atrevimiento, pero, desde luego, bastante menor que cascarse (uy, perdón) todo un tratado sobre sexo —y no precisamente el de los ángeles— cuando se supone que, por su propio ministerio, tal cosa debería conocerla de oídas. ¿O es que tal vez no es así? Ahí queda la pregunta. Basta, en cualquier caso, ver la portada del libro para intuir una obsesión morbosa que quizá no atente contra el sexto, pero sí contra el noveno. Hay reclamos de puticlubs de carretera bastante menos burdos: la palabra de las cuatro letras destacada en fucsia (o así) a cuerpo tropecientos, y debajo, en pequeñito, lo del alma y el cuerpo. Obvio interpretar la foto del ególatra monseñor —¿no es pecado capital la soberbia?— sentado en un banco con las piernas abiertas casi en canal.

Atendiendo a los (muchísimos) fragmentos literales que ha publicado la prensa, está bastante claro que el obispo de San Sebastián tiene un problema entre los bajos y la sesera, que es donde realmente habita el gustirrinín. Investido de la misma autoridad que le sirve a él para pontificar sobre altos y no tan altos instintos, es decir, ninguna, le recomendaría que lo hablase con su confesor. O, qué caray, que se suelte el refajo y el cilicio y disfrute de las cosas buenas que nos regaló Dios a los humanos. Sin forzar a nadie, entiéndase. Y como petición final, que deje de llenar páginas con su machismo estomagante, su homofobia estratosférica y su paranoia cerril. Ya huele.

Periodismo sin alma

Cada vez que hay una tragedia, aborrezco mi profesión. Me ocurre desde que era un tribulete imberbe, y durante un tiempo albergué la esperanza de que los años me harían desarrollar una coraza contra este sentimiento en el que se mezclan, no sé en qué proporciones, la vergüenza ajena, el asco, la rabia, la impotencia… y las dudas sobre mi propia capacidad para ejercer un oficio tan desalmado. Compruebo horrorizado que es al revés: conforme colecciono canas y arrugas, el daño que me provoca ese cóctel es mayor.

Me ha servido para la enésima confirmación el accidente del Airbus Barcelona-Dusseldorf. De nuevo hemos asistido a la cacería inmisericorde de familiares angustiados para arrancarles, a modo de trofeo, unas lágrimas, unos balbuceos, o siquiera un gesto de desesperación para adornar una portada o el directo en la tele. ¿De cuánta inhumanidad hay que estar alicatado para ser capaz de acosar sádicamente a personas en estado de shock que ni saben por dónde les da el aire?

Sí, conozco la respuesta al uso. Que más cornadas da el hambre, que qué va a hacer un pobre jornalero del micro y la cámara, y que la culpa es de los editores o los jefes de redacción, que exigen carnaza. Y también me consta que los aludidos escurrirán el bulto con la martingala de lo chungalí que está el mercado o, como gran comodín, acusarán al público de no conformarse más que con casquería sanguinolienta o sentimentalona. No digo que no haya unos gramos de verdad en tales excusas, pero la mayoría de los que abrevamos en la alberca esta de la información sabemos que si quisiéramos, podríamos evitar ciertos espectáculos.

Veda macabra

Se ha abierto la veda del suicida. Tan demoledor como suena. Y tan inhumano, aunque seguramente todos los que participan en la cacería encontrarán el modo de autoabsolverse. Que es por una causa noble, que es en aras de la información, que es, incluso, para denunciar una injusticia. Demasiado cinismo detrás de esas excusas. En el fondo, se está diciendo que ancha es Castilla y que qué más da si los muertos no van a estar ahí para desmentir la versión interesadamente manipulada de sus motivos. ¿Qué tipo de dioses nos creemos para apropiarnos de un cuerpo precipitado al vacío e inventarle unas circunstancias que nos convienen? ¿Quién nos ha dado permiso para hurgar en su pasado y echar al viento, citando nombres y apellidos, una retahíla de datos presumiblemente ciertos mezclados al tuntún con suposiciones, chismes y absolutas patrañas?

De la suma de las dos preguntas anteriores sale una tercera: ¿por qué, aun cuando esas intimidades que nunca debimos conocer desmontan la relación causa-efecto que se llevó a los titulares, se sigue insistiendo en que los hechos fueron como se quisieron contar? Probablemente, porque la realidad ha pasado a ser una mera anécdota. No es lo que es sino lo que se decide que sea. El fin y los medios, la mentira como arma revolucionaria, la eterna ley del embudo y me llevo una. Vale todo y aquel que no tenga redaños para entrar en el juego es un moralista redomado, un pinchaglobos y un desgraciado que debería quedarse en la grada comiéndose sus estúpidos escrúpulos como si fueran palomitas.

Asumido ese ingrato papel, predico en el desierto que no deberíamos trivializar el suicidio. Simplemente, no somos competentes para interpretar en docena y cuarto de líneas lo que bullía en la cabeza de alguien que decidió quitarse de en medio. Empeñarnos en hacerlo nos convierte, además de en personas manifiestamente mejorables, en probables instigadores del próximo.

Amarillo gana

Pero entonces llegó el doctor, conduciendo un cuatrimotor, ¿y saben lo que pasó? Según la canción infantil, que todas las brujerías del brujito de Gulugú (o de Culubrú, en otras versiones) se curaron con la vacuna del galeno. En el caso que nos ocupa, más prosaico y dramático, fueron dos los doctores que llegaron, los ases de la antropología forense Francisco Etxeberria y José Maria Bermudez de Castro, y sacaron los colores a unos anacletos de la pestañí española que literalmente no distinguen los restos óseos de unos ratones de los de unos niños. Ante la apabullante evidencia, que incluía la edad exacta de las criaturas calcinadas, todo lo que se le ocurrió decir al grotesco ministro de Interior es que el mejor escribano echa un borrón. Hemos visto los suficientes capítulos de CSI y Bones —réstenle las necesarias exageraciones de la ficción— para hacernos una idea de la impericia que hay que atesorar para cometer una cantada de ese tamaño.

¿Que no hubo mala intención? Está sobradamente probado que muchas veces la ineptitud resulta más letal que la maldad. Sólo hay que pertenecer a la condición humana para imaginar el innecesario sufrimiento añadido causado por la chapuza a una familia a la que ya no le puede caber más. En segunda pero insoslayable derivada están las toneladas de carroña gratuita y con sello oficial que ha recibido la bandada de anarrosas que desde el minuto uno robaron el asunto de la agenda informativa y lo convirtieron en pienso putrefacto para engordar la audiencia. El infame espectáculo que debió desinflarse hace meses ha tenido mil prórrogas y cien mil penaltis gracias, en buena medida, a la metedura de pata de la que se dice policía científica o, como poco, de los que emiten sus comunicados de prensa.

A esta hora sigue el festín en las cloacas mediáticas. Cada energúmeno pidiendo la horca para el todavía presunto autor del crimen es una décima más de share. Amarillo gana.