Aquarius, no tan bonito

¡Mecachis! ¡Tenía que venir Grande-Marlaska con el alfiler a pinchar el globo! Y miren que había empezado bien el ministro de estreno, contando que su gran proyecto es quitar las cuchillas a las vallas de Ceuta y Melilla. Pero luego añadió que no todos los pasajeros del Aquarius podrían ser considerados refugiados. De hecho, explicó que recibirían el mismo trato que los inmigrantes que llegan en patera, saltando las mentadas vallas, escondidos en los bajos de un camión o por cualquier otro medio. Tal circunstancia implica la posibilidad de internamiento en esos CIE que se pintan como tremendas mazmorras. Y no piensen que fue una ocurrencia del hasta anteayer superjuez con miopía hacia las torturas. La flamante vicepresidenta, Carmen Calvo, lo confirmó palabra por palabra. Cuando arriben a puerto los tres barcos, se cursará una solicitud por cada ocupante y ocurrirá lo que tenga que ocurrir. Como en una macabra lotería, a unos les tocará el ansiado estatuto y a otros, la orden de expulsión.

La puñetera realidad —o sea, la legalidad vigente— se impone a la música de violines. Con esa querencia tan extendida por los telefilmes de sobremesa, muchos se habían tragado a pies juntillas la bonita historia de solidaridad infinita que se había contado. Parecía casi como si con la acogida de 629 personas quedara solucionada la endiablada cuestión de la inmigración. Están muy bien la ingenuidad y las ganas de tranquilizar la conciencia, pero en este caso no era difícil ver que el gurú que le aconsejó a Sánchez pasar por el gran Quijote del Mediterráneo es el mismo que le montó a Albiol la campaña “Limpiemos Badalona”.

No basta con palabras

Una vez más, y pierdo la cuenta de las que van, lo sorprendente es que nos sorprenda. ¿Cómo puede ser que siga habiendo agresiones sexuales en las fiestas con lo bien que nos quedan los lemas, los avatares, las manitas rojas o las huellas moradas? ¿Por qué misterio insondable los agresores no se detienen en seco ante nuestras contundentes e inequívocas requisitorias? ¿De qué mecanismo demoníaco se sirven los violadores para evitar que hagan mella en ellos las formidables concentraciones, marchas, movilizaciones o lo que sea en que les dejamos claro clarito que No es No, que ojo al cristo que es de plata y que a ver si vamos a tenerla?

Me canso de escribirlo. Supongo que no están de más las bienintencionadas campañas, las coloristas y hasta multitudinarias salidas a la calle o las diferentes expresiones públicas de rechazo a los depredadores. Pero mal vamos si nos persuadimos de que una pegatina o un pin son el remedio. Y me temo que en esas andamos. Basta ver cómo en Sanfermines o en cualquier otra fiesta todo este material se reparte y se recibe como si fueran estampitas de la Virgen de los Remedios para combatir el flato.

Se diría que se busca —y tristemente, se consigue— un efecto balsámico sobre las conciencias. No pongo la palabra por casualidad, pues de ella deriva otra que se repite machaconamente, también a modo de exorcismo: concienciación. Que sí, que cada vez estamos más concienciadas y concienciados. ¿Quiénes? Pues las personas que jamás de los jamases forzaríamos a una mujer ni justificaríamos a quienes lo hacen. Tendríamos que actuar, y no exactamente con palabras, sobre esos tipejos.

Es lo que hay

Somos el borracho del chiste aporreando la farola porque arriba hay luz. Reclamamos a grito pelado un desmarque contundente, unas frases inequívocas de rechazo, hasta una condena sin paliativos, no me jorobes. Qué ingenuos sin cura. Como si no tuviéramos cotizados los suficientes quinquenios clamando en el desierto. Como si no nos supiéramos de memoria el manual estomagante del sí pero no. Como si no conociéramos —¡joder!— el percal y con quién nos jugamos la mandanga esta de la convivencia.

Y muy bien, nuestro natural iluso nos confundió con la música de violines del nuevo tiempo, los acuerdos entre diferentes, el borrón y cuenta nueva, la transversalidad a todo trapo o el tú chupa, que yo te aviso. Quizá hasta fuera bonito mientras duró, pero seguramente ha llegado el momento de desempolvar el realismo, respirar profundamente y asumir que esto es lo que hay. Se da la desgraciada circunstancia de que una cierta cantidad (y no pequeña, ¡ay!) de nuestros prójimos están convencidos de que es del todo legítimo utilizar la violencia en el grado que sea necesario o les salga de la entrepierna. Ahí entra desde mandar a criar malvas al que estorba, práctica momentáneamente desechada por ineficaz, al repertorio completo de métodos de intimidación al uso.

La parte positiva de tan desalentadora descripción del paisaje en que nos toca movernos es que hay sobradas pruebas de que es abrumadoramente mayoritaria la parte de la sociedad que, independientemente de siglas e ideologías, rechaza sin ambages tales actitudes. Tenerlo muy claro y obrar en consecuencia será el antídoto más efectivo contra el desánimo.