EDUARDO FREI Y LOS VASCOS

Sábado 18 de abril de 2026

Andoni de Soraluze

Eduardo Frei Montalva, el hombre que para la ultra-derecha fue el Kerensky chileno; para la ultra-izquierda el verdadero responsable de la caída de la desgobierno allendentista y para los vascos, en cambio, el amigo entrañable de los días aciagos de su historia. El 22 de enero de 1982 falleció en Santiago de Chile

Nació en Santiago el 16 de enero de 1911, Descendiente de inmigrantes suizos por parte paterna, a los 22 años egresó como abogado de la Escuela de Leyes de la Universidad Católica, siendo a la vez presidente de la Juventud de la Asociación Católica Chilena. En tal carácter viaja a Roma a las reuniones de la Acción Católica Iberoamericana universitaria. A su regreso se afilia en Tarapacá a la Falange Nacional, un movimiento católico con ideas renovadores que nació el 12 de diciembre de 1935. En 1936 es presidente de la Juventud de la Falange, y entre 1941 y 47 del propio partido, que al unirse con el Social Cristiano da vida el 28 de julio de 1957 al Demócrata Cristiano. En 1940 en la Universidad Católica desempeña la cátedra del Trabajo y en 1945, es nombrado ministro de Obras Públicas, Vías y Comunicaciones por el presidente radical Juan Antonio Ríos. Nueve años después es senador por las provincias de Atacama y Coquimbo, y en 1957 reelecto por Santiago, esta vez como candidato demo-cristiano con la mayoría individual más alta que registra la historia política chilena. EI 4 de setiembre, y nuevamente por mayoría absoluta (1.409.012 votos, o sea el 55,6%) es electo presidente de la República, teniendo como opositores a Salvador  Allende y  a Durán.

Eduardo Frei, el hombre que quiso hacer la «revolución en libertad”. Sólo a medias pudo cumplir sus anhelos. Se opusieron a ello, tanto las derechas como las izquierdas.

En las siguientes elecciones, Radomiro Tomic, el demo-cristiano de las promesas, fracasó frente a la candidatura de Allende, que triunfó por 39.000 votos sobre Alessandri. Solo Frei pudo haber triunfado en esas elecciones. Su nombre era el candidato más firme para 1976.

Diciembre de 1955. Se celebra en Santiago el Congreso de la Internacional Demócrata Cristiana. Representando a 18 países europeos, por petición expresa, de Alfred Coste Florest, presidente de los «Nuevos Equipos Internacionales», y el de su propio pueblo, llega a Chile el Lehendakari Aguirre.

Freí, presidente del Congreso, saluda en su discurso inaugural y en primer término a nuestro Lehendakari, como «el único presidente de un país aquí presente, representante de una nación ejemplo de tenacidad en su lucha por la libertad, modelo acrisolado de revolucionario cristiano, para quien pido el más caluroso y emocionado de los aplausos». Fue el primero en aplaudir.

El 3 de noviembre de 1964 Frei asume la presidencia de la Nación. En la Casa de la Moneda, el hombre de quien un día Gabriela Mistral va­ticinó «será presidente de Chile, pero yo estaré ya muerta», recibe el saludo de las delegaciones extranjeras que fueron a la transmisión del mando. Llega el turno a la Delegación Vasca que encabeza Pedro de Basaldua. Al alargar éste la mano para saludarle, Frei abre sus brazos y lo estrecha efusivamente –cuenta BasaIdua- «con la sincera amistad, la sencillez y el afecto con que lo hiciera cuando estaba en el llano». En ese gesto recordamos entonces al hombre combatiente con el que habíamos compartido en varios Congresos demo-cristianos, al hombre que ocupara la tribuna en más de una ocasión con nuestro llorado Lehendakari Aguirre. Y vimos en él al abanderado de Chile, pero al mismo tiempo al abanderado de una idea, de una causa.

Año de 1965. Frei cumple su gira por Europa y rechaza la invitación oficial que se le hiciera para visitar en el Pardo a Franco.

Diciembre de 1970, proceso de Burgos. Se le solicita su adhesión para incluir su nombre en la lista de personalidades de América que desean evitar el crimen. Frei estampa su firma, y no contento con ello, envía a Franco un cablegrama intercediendo en favor de esos vascos,  “hermanos de los que un día dieron al mundo ejemplo como cristianos y defenso­res de la libertad”.

Diciembre de 1981, Eduardo Frei está grave. En nombre de la colectividad vasca de América, la C.E.V.A. se dirige a su esposa María Ruiz Tagle y sus hijos, interesándose por la salud del enfermo. En su respuesta dirá: «Les agradezco como a los que más, porque sé del cariño que Eduardo les profesaba. Rueguen por él”.

Frei, “la conciencia de un Chile que ama la justicia, y el derecho” en palabras del cardenal y arzobispo de Santiago, Mons.  Raúl Silva Henríquez, murió envenenado por Pinochet. Este dato se ha sabido recientemente. Pero Euzkadi no le olvida, no puedo olvidarlo al hombre que fue «su amigo entrañable  en los días aciagos de nuestra historia».

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