El musiú que yo conocí

Miércoles 1 de enero de 2020

A comienzos de la última Guerra Mundial se encontraban en Francia millares de exilados vascos, deseosos en su inmensa mayoría de trasladarse a los países libres de América. Acababan de padecer el desastre de una guerra y buscaban la paz y la tranquilidad necesaria para rehacer sus vidas en estas tierras hospitalarias.

Las naciones más solicitadas eran Venezuela, México, Argentina y Chile. La primera tenía un representante con poderes omnímodos, con residencia en Burdeos, apellidado Guzmán; pero tal señor no se ocupaba debidamente de los emigrantes que deseaban trasladarse a su patria; es más, ponía toda clase de inconvenientes a la mayoría, por lo que Venezuela perdió la gran oportunidad de llevarse la mejor parte de los exilados en calidad y cantidad; lo motejaron de «Guzmán el Malo» por sus arbitrariedades y desatención en su importante misión. Enterado al Gobierno de Venezuela de su conducta, lo destituyó.

México, Argentina y Chile, aprovecharon las dificultades que ponía Venezuela, para ellas, por el contrario, dar mayores facilidades, causa por la cual un gran contingente se fue para dichos países; no obstante, un crecido numero de exilados «encontraron un agujero» para poder trasladarse a Venezuela sin necesidad del permiso de «Guzmán el Malo» y lo aprovecharon.

El Benefactor, Rafael Leónidas Trujillo, a nadie ponía impedimentos para trasladarse a Santo Domingo, siempre que «aflojase» en la embajada de París o en el consulado de Burdeos, sus 65$, extendiéndoseles incluso los certificados de salud, vacunaciones, esto sin ser reconocidos previamente. A Trujillo le importaba poco ni mucho el que entre los emigrantes fuese algún que otro comunista, porque lo que ambicionaba era la «plata». Sabía que nadie se atrevería a criticarlo, salvo aquel que desease desaparecer misteriosamente.

Embarcaron en Burdeos en el ¿trasatlántico? «La Salle», alrededor de unos 2.000, entre emigrantes y pasajeros que iban a las Colonias francesas del Caribe. Los emigrantes sólo podían sacar «pasaje de bodega», para lo que estaba acondicionado el barcarón a objeto de trasladar las tropas senegalesas a la Metrópoli.

Salieron de dicho puerto el 2 de diciembre de 1939, formando convoy con otros dos trasatlánticos que se dirigían a la Argentina y Madagascar, el «Liberté» y el «Jeanne d’Arc». Fueron custodiados por la aviación francesa hasta el atardecer del mismo día, en que ordenaron regresar a puerto por observar que los submarinos alemanes se hallaban al acecho y podían torpedear el convoy por la noche; salieron nuevamente al día siguiente, esta vez escoltados por un destructor de alta mar provisto de cargas de profundidad, en previsión de un ataque submarino, y por la aviación, siguiendo así hasta el Cabo Finisterre, donde abandonaron la protección, continuando el convoy rumbo a Casablanca. En este puerto, después de aprovisionarse, salieron los tres buques, el día 8 de diciembre, cada cual para su destino definitivo. El «La Salle», a la buena de Dios, debería atravesar la zona peligrosa del Atlántico, donde pululaban los submarinos alemanes.

Llegaron a Santo Domingo el día de Navidad para alegría de los bodegueros, alojándose en pensiones de mala muerte, advirtiéndoseles en todas ellas que se abstuvieran de criticar al Benemérito si deseaban no ser pasto de los tiburones.

La entrada a Venezuela, como emigrantes espontáneos, les fue concedida por el encargado de Negocios Dr. Horacio Blanco Fombona, quien les atendió a todos deferentemente.

Salieron de Ciudad Trujillo en el transcaribe «Rafael Leónidas Trujillo» el día 5 de enero de 1940. Los camarotes de primera y segunda clase iban atiborrados de «mariposas» dominicanas, que se trasladaban a Curazao a buscarse el «modus vivendi». A la compañía naviera «Dios y Trujillo» poco le importaba lo inmoral y pecaminoso del negocio, pero sí las pingües ganancias que le reportaba. De esta manera llegaron a Curazao, donde permanecieron un día siendo agasajados por el dueño del restaurante «Casanova», quien les obsequió con un suculento banquete, rociado con las mejores bebidas, para salir al poco para La Guaira, con pasaje de cubierta corrida, en el barco holandés «Cottica», allí pasaron la noche acostados sobre los cuarteles de las bodegas. Al llegar de madrugada frente al puerto, tuvieron una terrible desilusión al ver la inmensa ranchería que la cubría todo. Confiando en poder cambiar de opinión al llegar a Caracas, tomaron los carros por puestos que los conducirían a la capital, después de recorrer la tortuosa carretera con sus 365 vueltas.

La impresión no fue mejor, pero lo que sí les entusiasmó fue el comprobar que respiraban una atmósfera de libertad y tranquilidad, hecho por el cual se sintieron felices. Es bien cierto el hecho que ¡no se sabe lo que vale la libertad hasta que se pierde!.

En Caracas los alojaron en una pensión que pomposamente se llamaba «City Hotel». A los 16, que era el número de personas de que constaba el grupo, los ubicaron en una gran lonja o salón donde colocaron igual número de camastros de extensión, haciendo de sábanas y cobijas las gabardinas y abrigos que cada quien llevaba. Entre la incomodidad de las literas y el acoso de los mosquitos nadie podía conciliar el sueño, hasta que, derrengados por tanta lucha, amanecía; además se alarmaron todos, menos uno que deambuló antaño por el Perú, al ver que grandes cucarachones volaban de extremo a extremo del bodegón, en plan de pájaros: ¡quién lo iba a sospechar!.

A causa de la nefasta propaganda, los exilados eran considerados como gentuza, capaces de comerse los niños crudos, por lo que los industriales, comerciantes y la burguesía en general los rechazaban; todos los esfuerzos les resultaban vanos ante el concepto deplorable que los dueños de negocios les tenían. De nada les servían sus argumentos de que eran personas capaces y honradas, como después los hechos lo han demostrado, tuvieron, pues, que deambular por plazas y calles vendiendo lo que podían. Resolvieron a poco ¿fundar una República?, en la que cada quien tendría una misión en función de sus actividades, aportando al «Banco de Refugiado» las ganancias provenientes de cada jornada; nombraron Presidente del «Instituto Autónomo» al más capaz ya que un sacerdote le había entregado en Francia 9.000$, con la consigna ya me lo pagarás cuando puedas y que Dios te ampare.

Así organizados, uno de los inmigrantes se dedicó a la venta de perfumes, esencias y potingues de belleza, por lo que fue nombrado Ministro de Colonias; otro comenzó a vender medias para señoras, sostenes, pantaletas, etc., y se le designó como Ministro de Comercio; otro propuso comenzar la construcción «en terrenos de nadie», primeramente Ranchos, después Quintas y, finalmente Rascacielos, por lo que se le nombró Ministro de Obras Públicas; al «peruano», por notar que al amanecer abría sigilosamente una ventana y musitaba algo al Sol le nombraron Ministro de Justicia y Culto; otro que dominaba varios idiomas y era de carrera diplomática, se dedicó a escribir, noche y día, a cuantas empresas existían desde el Canadá hasta la Argentina (sin que jamás nadie le contestara), se le otorgó el título de Ministro de Relaciones Exteriores; el Médico, por unanimidad, fue proclamado Ministro de Sanidad y Asistencia Social, con la obligación de asistir a todos sin cobrar «locha»; un Licenciado Geólogo, ocupó la cartera de Agricultura y Cría; uno de los Marines fue nombrado Ministro del Ramo; un Militar, Ministro de Guerra, etc, y el «Musiú que yo conocí» le nombraron Ministro de Hacienda por haber vislumbrado la fórmula mágica de hacerlos, rápidamente millonarios.

El Presidente asignó a cada Consejero el sueldo mensual de Bs.100. Con dicha cantidad deberían cubrir todos sus gastos, así enumerados: una locha para cambures, como desayuno; un bolívar para el almuerzo y otro para la cena, que suministraba el Comedor Popular de la Plaza España, y un bolívar para el alojamiento del hotel; el resto para vicios (Bs.6,25); ¡ah! Con el compromiso formal de reintegrar los sueldos en cuanto hallaran colocación, para devolver al filántropo Sacerdote sus reales que tanto nos beneficiaban.

La fórmula salvadora que descubrió «el Musiú que yo conocí» para hacerles ricos a sus compañeros de Gabinete, fue de lo más sencilla.

Estando sesteando por las tardes, porque nada tenía que hacer, advirtió que los vendedores de Lotería pregonaban la venta de sus billetes a las 2 y terminaban hacia las 3 de la tarde; un día se le ocurrió tomar nota de los números que vociferaban por la calle y «chequearlos» luego en la Lista que por las noches publicaban; y … cuál no sería su sorpresa al comprobar que dos de los números anotados se hallaban premiados; como los sorteos eran radiados, se le ocurrió de inmediato «el negocio en cuestión»; no obstante, guardó el secreto hasta el día siguiente para comprobar si el «chance» se repetía. Ya sobre seguro, confidenció el hallazgo al Ministro da Relaciones Exteriores y al de Colonias, por ser el primero amigo de antaño y hacer de Secretario el segundo, que le «jalaba mecate» por si le salía al Jefe algún estupendo negocio; con algunos bolívares conseguidos durante la semana, alquilaron un cuartucho en el edificio Alcázar (después Hotel), y compraron a plazos un pequeño aparato de radio, y al contado 3 bloques de papel y 3 lápices. En estos bloques pusieron una serie da columnas para decenas, centenas, millares, etc., a objeto de facilitar la marcha de los sorteos; el primer día, todo nerviosos, esperaron a que salieran los 3 primeros premios y gran parte del sorteo, saliendo inmediatamente, en volandas, a la calle «a probar fortuna»; cuando al cabo de más de dos horas largas, el «Musiú que yo conocí», todo extenuado de caminar por plazas, calles y paseos, se acercaba a la «Oficina» sin ningún resultado positivo, oyó cómo cantaban el número premiado con el Gordo; todo emocionado, voló al principio y se acercó después lentamente haciéndose el distraído, hasta cerca del vendedor, cotejando sus billetes; al comprobar que 18 quinticos que le quedaban eran los afortunados, se los compró; al momento se apoderó del «Musiú que yo conocí» tal ansiedad, que no pudiendo resistir la emoción se metió en la Catedral, y ante al temor de un desvanecimiento se sentó en un banco; estaba aterrado como si hubiese cometido un crimen; su moral no le permitía la comisión de semejante delito y temblaba sin querer; poco a poco trató de serenarse y hasta de justificarse ante sí, culpando a la necesidad que le obligaba a ello, llegando por razonamientos sucesivos a mitigar sus escrúpulos; una vez repuesto, salió del templo, no sin antes haber rezado un Padre Nuestro en acción de gracias por el hallazgo, y se dirigía a su «Despacho», en donde les daría el notición a sus consocios.

Efectivamente, allí los encontró todo abatidos y fatigados, sin pensar en la «buena nueva» que les esperaba; al enterarles el «Musiú que yo conocí» del éxito, le abrazaron hasta estrujarlo, viendo en él la salvación que les libraba para siempre de tantas privaciones y necesidades. El Ministro de Colonias le arrebató de las manos el billetico y lo besó con furia, hasta mojarlo peligrosamente, entregándoselo, después de comerse los números con la mirada, al Ministro de Relaciones Exteriores; éste, hombre ecuánime, chequeó el billete con la lista y al poco comenzó a palidecer ante la alarma de los socios, que lo auscultaban ansiosamente; al rato y con voz ronca, dijo secamente: ¡los números interiores están invertidos respecto al número premiado!

No obstante, el «Musiú que yo conocí» argumentó que estaba premiado con reintegro y que el «filón» estaba descubierto. Sin embargo, los fracasos se sucedieron de sorteo en sorteo, por lo que tuvieron que pensar en otra cosa. Y así lo hicieron.

Pedro de Loyola

Fin de año con Scheifler

Martes 31 de diciembre de 2019

De la mano del gran Javier Batarrita he ido a visitar al P. José Ramón Scheifler en su cuarto-estudio de la Universidad de Deusto. Allí estaba con una lupa leyendo un libro en una habitación que tiene atmósfera de hombre ilustrado. Nos ha agradecido la visita porque cuando se van a cumplir cien años significa que casi todos los de tu generación, de la anterior y de la siguiente han desaparecido por ley de vida. Y salvo problemas auditivos, el hombre está con la cabeza lúcida y deseando seguir la realidad. Bilbaino de 1920, exiliado en 1937, jesuita, profesor de Ciencias Bíblicas de la Facultad de Munster, Roma y Jerusalen, profesor invitado en las Universidades de Mexico, Guatemala y San Salvador. Todo un lujo de sabiduría concentrada.

Hablar de Scheifler no es solo hablar de los jesuitas sino también de Deia. No menos de 123 editoriales fueron escritos de su mano y más de mil trabajos publicados en sus páginas con su firma, trabajo que ahora trata de recopilar un familiar. Yo les hice entrega de una serie de ellos en los que desde Sabino Arana, hasta la acción de los jesuitas en el mundo, la división del PNV, la valoración de los distintos gobiernos, todo era analizado minuciosamente con ojos de taxidermista y una cultura y vivencias enciclopédicas. No en vano Mario Onaindía cuando subía a la tribuna del Parlamento Vasco nos decía que era la inteligencia del PNV. Hoy se lo he contado y se ha reído.

Le he preguntado por el P. Arrupe y me ha dicho que le conoció siendo muy joven y que en Roma estuvo con él manteniendo dos encontronazos a cuenta de la biblioteca de los jesuitas de Oña que él quería traer a la Facultad de Teología de Bilbao donde fue decano y acabó en Comillas. ”Todo no se puede ganar” le debió decir el Prepósito General y, tras su fallecimiento, Scheifler escribió una ponderada biografía donde resumía su existencia diciendo que había nacido para profeta y había acabado de mártir. Yo le he contado lo que nos dijo el P. Barturen cuando recibió el premio Sabino Arana de Cooperación en sus palabras de aceptación del premio en Donosti.

“El P. Arrupe visitó las comunidades jesuíticas de América desde Canadá a la Tierra de Fuego. De regreso a Roma salió desde Brasil y les visitó en la ciudad de Bahía. Al ir a tomar el avión, Arrupe le pidió a Barturen le acompañara al avión y en el camino le dijo que había visitado a los jesuitas de América y que había constatado que donde había una obra social que funcionaba había un vasco”. Bonita vivencia.

Hemos recordado su última entrevista en Deia donde hablaba en ella desde su sabiduría y lo hacía sin mucho protocolo así como de su último artículo a raíz del fallecimiento de Xabier Arzalluz con quien mantuvo una larguísima y fraterna amistad. La semana pasada le visitó su viuda Begoña Loroño.

Y allí le hemos dejado con sus libros y recuerdos deseando recibir visitas que le acerquen a una realidad que él ha vivido tan intensamente.

P. José Ramón Scheifler, toda una personalidad y todo un referente.

Este es su último artículo escrito a raíz del fallecimiento de Arzalluz:

“¿Recuerdas Xabier, cuándo y cómo nos conocimos?. Hace más de sesenta años. Todavía eras estudiante jesuita. Comencé mi curso bíblico. Te presentaste para seguirlo. A las tres o cuatro clases, te llamé y te dije: “Xabier, vete a Alemania y empápate del espíritu centroeuropeo. Después, enséñalo a nuestro pueblo. Somos un pueblo antiguo y singular, pero europeo”. Y me hiciste caso.

Un día me dijiste que dejabas la sotana. “No tengo fe suficiente para ser un profesional de la fe”. Y te dije: “Te entiendo, en tu caso, yo haría lo mismo. Pero nada se ha roto en nuestras almas”. Y todo siguió igual entre nosotros.

Hemos vivido mucho juntos desde puestos muy distintos. Pero siempre nos mantuvimos muy cercanos. ¡Cuántos años y ratos juntos, como cuando teníamos dieciocho años! ¡Los mismos, pero tan distintos!

Recientemente te presentaste en mi despacho. ¡Qué ilusión Xabier! ¡Como en los viejos tiempos! Pues todos son buenos para hacer el Bien y solventar problemas, Xabier. Y me dijiste: “Es lo que quiero hacer hoy, óyeme en confesión”. Y lo hicimos, allí mismo, casi sin palabras, pero no sin lágrimas. Llorar no es de mujeres, ni de cobardes.

No, no le esperaba: “Me encuentro bien, y ahora muy bien, por habernos encontrado”, me dijo. Yo también le veía bien. Ni la menor sospecha, y yo soy mayor. Pero ¡se fue!, y parte de mí con él. ¡Éramos tan distintos y tan cercanos! ¡Hasta siempre compañero!

Un día con dos noticias de calado

Lunes 30 de diciembre de 2019

El acuerdo firmado, si se puede llevar a la práctica con permiso de ERC, entre el PNV y el PSOE es sólido. Se hace con luz y taquígrafos. Mucho más que aquel de 1996 con el PP, aunque de momento el PSOE, de todo lo hablado en estos años solo ha cumplido la transferencia de una carretera, por eso decimos que parece que el acuerdo firmado es sólido y parece además que es un paso importante para completar un Estatuto como el de Gernika, cuarenta años sin cumplir. Y veremos si lo cumplen todo.

Obviamente, será objeto de todos los ataques desde el trifachito, (también bastantes del PSOE), y de los auténticos poderes del Estado sin olvidarnos de las horas extras que meterá la Brunete Mediática.

Por otra parte el escrito de hoy de la abogacía del estado es de auténtica vergüenza, se ampara en una norma de 1976 del Parlamento Europeo para intentar que sea la maldita Junta Electoral Central la que dictamine que Junqueras ya no es eurodiputado por tener sentencia.

La resolución del Tribunal de Justicia de la Unión Europea ( TJUE) provoca que el Tribunal Supremo español no podía dictar sentencia hasta tener la respuesta a la cuestión prejudicial planteada, y esto es un ERROR INSUBSANABLE. Todo lo demás es seguir en la más absoluta Insumisión a los tribunales europeos.

Es curioso que se creían europeos y lo eran solo a la hora de recibir los Fondos de Cohesión, jugar en Europa al fútbol, y asistir a las reuniones en Bruselas pero cuando los Tribunales europeos dictan sentencias, eso no les gusta nada y sacan los pies del tiesto demostrando que su modelo sigue siendo el estado franquista.

Pero ahí siguen los ultras españoles, cada día más franquistas, y nunca demócratas, léase PP, Cs, Vox, fiscalía, TS, TC, abogacía.

Y siguen en guerra, y ahora (también) somos su objetivo.

Menuda tarea