1996: CÓMO NEGOCIAMOS LA PRIMERA INVESTIDURA DE AZNAR HACE 20 AÑOS (3).

Viernes 5 de febrero de 2016

COMIDA CON AZNAR

Negociación 1996El miércoles 20 los diputados del PNV nos fuimos a Madrid a entregar las credenciales en el Congreso.

Había muchos periodistas. Abríamos la puerta del ascensor en el palacio, y allí había periodistas. Abríamos el ascensor del edificio de grupos y allí había periodistas. Y todos preguntando lo mismo. “¿Qué van a hacer ustedes?” “¿Cuándo se reúnen con Rato?” “¿Cuándo Arzalluz con Aznar?» “¿Qué les parece el documento del PP?” Ese día había aparecido en Deia el documento del PP completo. Todas las radios se hicieron eco de él. Y tras rellenar papeles y más papeles en el despacho de Olabarría, que había sido el secretario cuarto de la Mesa del Congreso, los entregamos en el lugar donde iban todos los diputados a entregarlos. Yo hacía el número 188 de los 350.

De allí nos fuimos al despacho de Rato. Más periodistas. Le entregué el documento del PNV. Me preguntó con su sonrisa ladeada por nuestra entrada en el gobierno. Creía que Aznar se reu­niría con Arzalluz el sábado. Para fastidiarle le dije que queríamos la cartera de Economía y Hacienda. “Te la doy”, me comentó, y me pidió que le dejáramos algo de poder y que la primera reunión había estado bien y que se notaba que era gente que sabía.

Rato me dijo que les gustaría que la investidura se celebrara a mediados de abril. Le dije que no íbamos a dar cuenta a la prensa de nuestro papel. Me dijo que negociaban con los catalanes y que veía posible el pacto aunque no entraran en el gobierno, que a Rupérez lo enviarían a Guinea y que Acebes sería el portavoz en el Senado así como que los de CiU no querían que Rigol fuera el presidente del Senado. Al parecer había habido bronca entre Pujol y Duran por este asunto.

Me llamó Brunet, el corresponsal político de La Vanguardia. Quería saber en qué punto estaba la negociación. Creía que CiU estaba negociando a tope. Por su parte, ese día Pujol llamó a Arzalluz. Le comentó que tenía serias resistencias internas.

El jueves 21 llegó la primavera con un tiempo espléndido. Me llamó Almunia para conocer cómo estaba la situación de la composición de la Mesa del Congreso. Diecisiete días después de las elecciones comenzaba a preocuparse por este asunto. Se lo dije. “Es que antes la iniciativa la teníamos nosotros y ahora no”, me contestó. Me preguntó si le habíamos dado el visto bueno a Federico Trillo. Le dije que sí y me preguntó si había leído que el PP iba a proponer a Ortí Bordas, el falangista, como presidente del Senado. “Todos tendrán que levantar el brazo”. Le dije que no lo había leído y que no me lo creía.

Pero lo más importante de aquella jornada fue la entrevista que mantuvo Arzalluz en Madrid en un domicilio particular con José María Aznar. Una buena comida regada con el mejor Vega Sicilia. Al volver de Madrid me llamó desde el coche. Estaba entusiasmado y, a la vez, extrañado porque aquella propuesta no se la había hecho a los catalanes. Aznar quería gente del PNV en el gobierno. Aznar le dijo a Arzalluz que él no tenía problema alguno con la autonomía vasca ni con debatir esto en el Parlamento. Le dijo que todo era transferible salvo la Seguridad Social para no romper la dichosa Caja Única, pero del resto se podía todo. Quería unir la negociación del Concierto con la del Convenio de Navarra y le repitió que estaba abierto a todo.

Arzalluz le contestó que prefería empezar una negociación de menos a más. De poco a mucho. Le apuntó hablar sólo de la investidura porque una coalición era algo muy fuerte y antes había que ir consolidando una confianza que de momento no se tenía y que así como él tenía su entorno, Arzalluz también. Le pregunté si tenía el síndrome de Estocolmo y me contestó que estaba curado pues había pasado por una negociación con Abril Martorell y sabía lo que era eso y que Aznar no le asustaba.

Me comentó que la comida se había producido en un ambiente muy grato y que se habría quedado más tiempo si hubiera sido por Aznar pues hablaron a calzón quitado. “Nosotros vamos a cosas concretas y no creo que con Pujol hable con tanta confianza aunque éste sigue teniendo respeto al PP sociológico”.

En su columna diaria, Umbral escribía una reflexión de interés: “Así, eso de la cohesión territorial, que ahora usan mucho contra los pactos nacionalistas, pero ¿qué es la cohesión territorial? Traducido al romance militar, lacónico y centralista, no es sino la «España una, grande y libre de Franco». Y es ahora lo que esgrimen los socialistas. Y no les falta razón. Por ahí han salido Chaves, Rodríguez Ibarra y Bono en plan españolista” Aunque Bono me había llamado aquella semana a Bilbao para decirme que nos apreciaba mucho y que nunca había dicho nada contra los nacionalistas. Este Bono es un político con reflejos al que no se le caen los anillos por hablar por teléfono. Otro que tenía también una cierta retranca era aquel primer Rato, no el de ahora, pues al salir de la primera reunión con él en su despacho y al despedirme de él con un Agur!, para que fuera aprendiendo a relacionarse con el PNV, me respondió de la misma manera. El clima político había cambiado radicalmente. Hasta el ABC comenzaba a decir que Arzalluz no era Jack el Destripador y a mí, a veces, comenzaban a llamarme Iñaki. ¡Lo nunca visto! ¡Menudo avance!

El viernes 22 llamé a Xabier Arzalluz, que estaba en su casa corrigiendo exámenes de la universidad. Me reiteró la conversación que habíamos mantenido desde el coche. Me dijo que veía a Aznar apaleado y diciéndole que quería un vasco, aunque no fuera del PNV, en el gobierno. Aznar, al parecer, le había comentado que Rato había hablado bien de Ibarretxe y que él le había dicho a Aznar que el PNV no entraría en combinaciones raras para impedir que fuera el presidente del gobierno ya que era su preocupación. Y es que con los votos del PSOE, de CiU, del PNV y CC el presidente podía ser socialista. Arzalluz estaba persuadido en aquel momento de que Aznar era un hombre honesto. Él siempre había hablado bien de Aznar. Le comenté que el ABC le sacaba en portada y además alabándolo en el mismo día en el que el periódico Deia hacía un buen trabajo de documentación comparando la negociación de 1996 con la de 1993.

También me llamó Rodrigo Rato para comentarme la reunión Aznar-Arzalluz. Estaba satisfecho y creía que eso iba a impulsar la negociación. Aznar le había comentado que quería que la relación PNV-PP durase. A él personalmente le iban bien las cosas ya que esperaba una niña. Le dijo que Arzalluz también estaba satisfecho pues tenía en casa nada menos que Vega Sicilia. Me dijo bromeando que a mí me iban a hacer “gobernador de las tres provincias”. Le contesté que ni hablar ya que con ellos en el gobierno teníamos que acabar con esa figura. Quedamos en vernos el miércoles aunque deseaba estar conmigo ese lunes pues tenía ejecutiva. Le dije que no podía y que le vería el miércoles. Se despidió diciéndome Bon día. Le dije que tampoco. Que tenía que aprender a decir Egun on. “Eso díselo a Molins. No confundas el catalán con el euskera”, le dije.

Como he comentado, lo curioso fue la llamada de José Bono, el presidente socialista de Castilla-La Mancha. Le habían pasado unas declaraciones mías en la Cope en las que mostraba mi disgusto por el acto de Linares. Me dijo que él no las había contestado porque me apreciaba y que no quería indisponerse, pero que él no había dicho nada sobre la fiscalidad. Me comentó que había estudiado en Deusto y me preguntó si tenía algo personal con Rodríguez Ibarra. “¿Yo? En todo caso él conmigo, pues no he hablado con él en la vida y no hace más que meterse conmigo”. “Pues será así pero yo contigo no tengo nada porque te aprecio”. Este Bono es todo un artista y un político con recursos e iniciativas, pensé.

Y como me tocaba coordinar todos aquellos contactos lo hice con Ibarretxe, Arzalluz y Egibar para preparar la reunión del miércoles por la tarde en Madrid. Ollora había desarrollado el punto 6 del cuadro negociador, el referido a la violencia. Me lo envió por fax. Tenía consistencia.

Y como en breve se iba a constituir la Mesa del Congreso hablé con el portavoz socialista Joaquín Almunia. Como he comentado no querían ver a Federico Trillo ni en pintura y aquello me lo estaba diciendo diecisiete días después de las elecciones. Creía que en el Senado iban a proponer a Ortí Bordas. Le dije que no creía que eso se iba a producir y me comentó que pensaba estar con Molins. Desayunaba con Rosa Aguilar, la portavoz de IU, y creía que a la Mesa no iría. Pablo Castellanos. El PSOE en ese momento de abatimiento quería llevarse bien con IU.

El sábado 23 de marzo vino a Bilbao Joaquim Molins. Su sobrino, de CiU, se casaba con la hija de Iñaki de la Sota, del PNV. Buena boda. Por la mañana, a las once, se acercó a Sabin Etxea, la sede del PNV. Le enseñé el edificio. Vale la pena conocerlo. En su día a Miquel Roca le había impresionado. Arzalluz estaba en el salón de actos dando una charla. Le pasé una nota y subió a su despacho donde hablamos los tres. Arzalluz le dijo a Molins que la ocasión la pintaban calva. Sin embargo, Molins detectaba una gran resistencia en su partido para pactar con el PP. Arzalluz le dijo que había que ir poco a poco y que se iría de menos a más.

Tras estar con Arzalluz fuimos a la sala de prensa, atiborrada de periodistas. A pesar de que dijimos que aquella reunión estaba motivada por una circunstancia personal de Molins -y el corresponsal político del Grupo Correo, Juan Carlos Viloria, así lo recalcó-, el hecho tuvo repercusión.

SE CONSTITUYEN LAS MESAS

El lunes 25 tuvimos en el Congreso la última reunión de la Diputación Permanente presidida por Félix Pons, que se despedía. Lo mismo que el ministro de la Presidencia Pérez Rubalcaba. Me sacan en televisión tapándome la nariz. Hablábamos de aquel Trillo tan ofensivo, mientras éste decía que Aznar no le había dicho nada de nada. Típico. Anguita estuvo elegante en la despedida a Pons. Rosa Aguilar me pidió nuestro programa.

El martes 26 me llamó el propio Aznar para hacerme una consulta parlamentaria. Estaba preocupado de que la apertura de las Cortes Generales se hiciera en un acto conjunto Congreso-Senado en presencia de los Reyes y con un gobierno socialista en funciones en el banco azul. Aquello le parecía esperpéntico y aunque existía el precedente de 1982, cuando así se hizo, la diferencia estribaba en que el PSOE entonces tenía mayoría absoluta.

Aznar me comentó que había hablado con Felipe González y que éste le había dicho que estaba de acuerdo con esa reflexión. Y que también se lo había comentado a Federico Trillo, con lo que deduje que Trillo era el candidato a la presidencia del Congreso. Me pidió que se lo comentara a nuestro candidato para la Mesa en representación del PNV, con lo que volví a deducir que aceptaban nuestra candidatura. Terminó diciéndome que habían pedido un dictamen. Yo le dije que, ante los rumores, se lo había comentado al periodista de Europa Press Julián la Calle, diciéndole que tres años antes primero había sido la Investidura y luego la apertura. Le pregunté si mantenía la fecha del 25 de abril. No sabía de dónde había salido aquel día porque él quería la Investidura mucho antes pero que eso dependía del acuerdo con nosotros y que aunque no entrásemos en el gobierno en ese momento lo podíamos hacer en el transcurso de la legislatura. Aquello del menos al más.

A pesar de su laconismo me dijo que le habían gustado mucho unas declaraciones que yo había hecho y que se encontraba bien y contento. “El Rey comenzará a llamar a los partidos del grupo mixto esta semana y la que viene al resto. Ojalá entréis en el gobierno”, me dijo al despedirse.

Mientras esto ocurría, Coalición Canaria se movía. Me llamó José Carlos Mauricio. Quería hablar con Arzalluz. Quedamos en que viniese él con Victoriano Ríos, el amigo de los primeros tiempos. Le comenté al presidente del EBB la conversación con Aznar. No creía que tuviéramos que ir al gobierno como PNV, aunque podía ser interesante que alguien de los aledaños del PNV estuvie­ra ante la buena disposición de aquel PP.

Como he comentado, el miércoles 27 estábamos los cinco diputados del PNV en el hemiciclo. Margarita Uria iba escayolada. Hacía tiempo que no teníamos una mujer en el grupo y allí estaba ella verdaderamente feliz entre tanta gente nueva que se saludaba como en el primer día del colegio. Jon Zabalia venía de la legislatura anterior, lo mismo que Emilio Olabarría y José Juan González de Txabarri. Éste había ido de víspera para hablar con Loyola de Palacio, que era la portavoz adjunta del PP. Estaba ya todo cerrado. El nuevo portavoz del PP iba a ser Luis de Grandes. Luis Ramallo quedaba aparcado y Enrique Fernández Miranda, que suspiraba por el Ministerio de Sanidad, iba a la Mesa del Congreso.

Saludamos a Aznar y al diputado de Unió Josep Sánchez Llibre. Volví a hablar con Aznar sobre la apertura de las Cortes. Y se produjo la votación para la Mesa. Por nuestra parte fue elegido José Juan González de Txabarri. EA se abstuvo. Tuve oportunidad de hablar con Felipe González. Me dijo que le transmitiese a Juan María Atutxa, que era a la sazón el consejero del Interior del gobierno vasco, su felicitación por la captura de Valentín Lasarte. Me dijo que tenía ganas de hablar con Arzalluz y conmigo.

Mientras se producía la votación y las promesas -Begoña Lasagabaster lo hizo en euskera- hablamos con mucha gente. Los del PP se pasaban papeles, los del Bloque me pedían el libro que había hecho sobre Castelao ya que lo habían perdido; los de Unió Valenciana preguntaban cómo iban las cosas, Mauricio insistía en querer viajar a Bilbao, Celia Villalobos comentaba lo buen ministro de Trabajo que podía ser Emilio Olabarría, mientras otro del PP decía muy enfático que el PNV tenía que hacer como UPN en Navarra. Había cien nuevos diputados y sobre todo mucha animación.

Ese día, por la tarde, tuvimos sesión negociadora con el PP. Previamente con Ibarretxe, Ollora y Egibar comimos en el restaurant Teatrix de Madrid estudiando la sesión que nos esperaba. Y a las cinco nos presentamos en el despacho de Rato. Allí estaba él con Betina Salmones, Luis de Grandes, Montero, Mayor Oreja y Rajoy. Éste, para no variar, con un inmenso puro.

Era el despacho de la asesoría jurídica del PP y allí estuvimos cuatro horas viendo que aquello no lo habían preparado bien. No quisieron ni entrar en lo diferencial del estatuto, ni querían que se abordara el asunto del GAL. “Eso, al final de la legislatura”, nos dijeron. Tanto Ibarretxe como Ollora estuvieron muy bien en su argumentación, pero de allí salimos como habíamos entrado.

Al día siguiente, jueves 28, hablé con Almunia. Le reproché que no hubieran votado a Txabarri como secretario cuarto de la Mesa. Trillo había sido elegido con el voto contrario del PSOE y de IU.

Me dijo Almunia que nos echarían una mano en el Senado para formar grupo. Lo hicieron. Rodríguez de la Borbolla fue, por segundos, miembro del PNV. Sin embargo no querían a Olabarría en el Consejo General del Poder Judicial.

Llamó Rato. Estaba encantado con Ibarretxe. Me comentó que sería un magnífico ministro. “¿Por qué no nos lo prestáis?” Le dije que la reunión que habían tenido el miércoles había sido un fiasco.

Y llamó Francisco Luzón, presidente del Banco Central. Deseaba hablar con Xabier Arzalluz.

Con objeto de ir avanzando en los aspectos técnicos relativos al Concierto Económico, Juan Costa, el hombre técnico de Rato, se reunió con Juan Miguel Bilbao, viceconsejero del gobierno vasco. Por lo menos en aquel aspecto concreto parecía que la cosa avanzaba.

1996: CÓMO NEGOCIAMOS LA PRIMERA INVESTIDURA DE AZNAR HACE 20 AÑOS (2).

Jueves 4 de febrero de 2016

EL PP NOS DA UN DOCUMENTO QUE NO DECIA NADA.

Rajoy fuma un puroEl lunes 12, Aznar llamó a Xabier Arzalluz. Le dijo que quería verle. Arzalluz le contestó que sí pero que sería mejor que previamente personas de ambos partidos prepararan el terreno. Acordaron promover una primera reunión negociadora.

Ese día llamé a Josep López de Lerma, diputado de Convergencia. Quería saber lo que se cocinaba en Cataluña. Me comentó que estaban molestos con Joan Rigol ya que se había lanzado a proponerse como candidato a la presidencia del Senado y que, en una reunión que habían tenido en Convergencia, de 44 intervenciones que se habían producido sólo siete estaban a favor de pactar con el PP. Como mucho propiciaban la abstención ya que la reciente historia pesaba mucho. “Nada de media zanahoria. O la zanahoria completa o nada -me dijo con gracia-. Estamos hartos de ser la «Puta y la Ramoneta». Además los había llamado un antiguo miembro del PP y les había dicho que no se fiaran de Aznar. Arzalluz por su parte había hablado con Emilio Ibarra. El BBV quería un gobierno fuerte y le invitaba a pactar con Aznar. El martes 12 hablé con Rato para confirmar una comida en Madrid entre el PNV y el PP. La conversación Aznar-Arzalluz había dado su primer resultado.

Ese día por la noche me fui con Arzalluz a Burgos para cenar en el restaurante Landa con Duran y Sánchez Llibre de Unió Democrática de Catalunya. Iban camino de Oviedo. Tenían interés en que estuviéramos en el Pacto y nos decían que no querían estar solos en aquella aventura. Les dimos la idea, obvia por otra parte, de que negociaran con papeles y por áreas. Ellos querían completar su estatuto, arreglar la financiación, poner coto al Ministerio de Cultura y renegociar leyes orgánicas que habían ido laminando el Estatuto de Sau. Al parecer, Rajoy se había puesto en contacto con Cullell y esto había molestado a Molins, mientras Miquel Roca hablaba del partido transversal. Ese día ganaba el equipo Taugrés y, como Duran había dicho que se reunía en Burgos con el PNV, la nube de periodistas fue espectacular aunque no se llevaran nada al colmillo, ya que sólo había sido un encuentro sin más. Pero era tal la expectación ante la formación de gobierno y ante los rumores de que el PSOE podía también formar su mayoría que cualquier cosa que se hiciera contaba con una expectación inusitada. Aquella rueda de prensa en el patio del Landa, con importantes periodistas llegados de Madrid y rodeados de los carromatos de la exposición del hostal, fue bastante surrealista, pero el interés informativo mandaba.

Así las cosas, llegó el jueves 14, día en el que fuimos a Madrid, Ansótegi, Ollora, Ibarretxe, que era el vicelehendakari del gobierno de Ardanza, y Egibar. Paramos en la autopista en un sitio que se llamaba Milagros. Nos sacamos una foto comentando que igual se producía el milagro, aunque lo veíamos difícil.

Nos habíamos citado en el restaurante de un donostiarra cerca de Génova, 13. El Lur Maitea. Curiosamente ese día había una comida de periodistas económicos e incluso estaba allí con su familia Iñaki Gabilondo, que lógicamente nos vio, y a quien saludamos antes de pasar al reservado.

Al poco llegaron Rato, Montoro, Rajoy y Mayor Oreja. Era la primera reunión formal del PNV con el PP. Tras las bromas vimos que venían con las manos en los bolsillos. Sin ningún papel. Rajoy, con un inmenso puro. Oreja, en actitud simpática y conciliadora. Montoro, en clave técnica. Rato, socarrón.

Hablamos de todo sin concretar nada. Aquello parecía una tertulia más que un primer escarceo negociador. Nos preguntábamos si era porque el PP quería, antes de nada, cerrar el acuerdo con CiU y CC sin comprometerse previamente con el PNV o era que su inexperiencia en la acción de gobierno los tenía sin datos y sin saber exactamente de qué se estaba hablando.

Rato habló del Pacto de Toledo, estabilidad, convergencia europea, presupuestos y déficit público. Tenía como objetivo que el gasto no creciera y apostaba por las privatizaciones y la modificación tributaria. El portavoz del PP tenía las ideas claras en relación con la actualización de balances, la inversión pública a realizar, la adecuación de la Formación Profesional, el trato con los sindicatos, la bajada de los tipos de interés, la necesidad de asentar la recuperación económica y la apuesta por las PYMES. No entró en detalles aunque su disertación fue la voz cantante. Parecía más la descripción de un programa electoral que la de un acuerdo de gobierno. Rajoy, por su parte, nos habló de temas sectoriales y competencias autonómicas. Comentó su teoría de la Administración Única y la posibilidad de la transferencia de Puertos y Aeropuertos. Le preguntamos por su criterio sobre la transferencia del transporte mecánico por carretera. Confesó que no tenía ni idea de lo que le hablábamos.

A Juan M. Ollora le interesó poner sobre la mesa el asunto de la pacificación declarándose él previamente soberanista, cuestión ésta que a Mayor Oreja casi le provoca un ataque de hipo; pero Ollora no logró que entrara a discutir este asunto.

Por su parte, Cristóbal Montoro entró a esbozar asuntos relacionados con el paro, la necesidad de una reforma de la Seguridad Social, y la apuesta por una economía productiva. Rato, como jefe del grupo, terció para responderle a Ollora sobre la Formación Ocupacional, las infraestructuras y las políticas de empleo. Y como yo le había dicho que del NO podíamos ir a la abstención nos preguntó qué había que hacer para pasar de la abstención al SI. Nosotros a esa pregunta no le dimos respuesta ya que veíamos que iban sin papeles y que aquello era un simple escarceo. Por eso le preguntamos qué modelo de negociación querían, dónde deseaban focalizar la negociación y si estaban dispuestos a comenzar a intercambiar documentos y papeles.

Como era de esperar, los periodistas se habían pasado la voz y a la salida teníamos a decenas de ellos. Nos vimos en la necesidad de informarles. Sólo pudimos decirles que estábamos en el punto cero de la negociación, y esa noche nos quedamos en Madrid para hablar en nuestro despacho con los dirigentes de Unión Valenciana, que deseaban seguir de cerca la negociación del PNV con el PP. Ellos electoralmente habían aguantado el tirón a pesar de todos los inconvenientes y asedios que habían sufrido por parte del PP. Asimismo me llamó Joaquim Molins, portavoz de CiU, que deseaba conocer cómo iban aquellas reuniones. “Joaquim, de momento cero patatero”, le contesté. “Como nosotros”, comentó. Otra llamada fue la de María Antonia Iglesias, jefa de informativos de TVE. Su equipo estaba en una incómoda situación pues sabían que el Partido Popular tenía como uno de sus principales objetivos entrar en aquella casa a la manera de Atila, como al poco sucedió. Acabé la noche hablando con Xabier Arzalluz. Éste deseaba conocer si el tema de la violencia había sido el eje principal de la conversación. Le dije que no, pero no por culpa nuestra, sino por responsabilidad del PP, que no quiso entrar en este asunto.

Y seguimos con nuestros contactos. Al día siguiente, viernes 15, lo hicimos con Xose Manuel Beiras y dos diputados del BNG. Le regalé el libro Castelao y los Vascos que en su día había editado y dimos una rueda de prensa. Comenzaban a querer mantener una mayor relación con el PNV y no tanto y en exclusiva con EA. Y como la clave de aquella negociación con un partido como el PP era que los responsables del PNV, en todos sus niveles, estuvieran muy informados de todo lo que hacíamos, llegamos a Bilbao por la tarde para acudir a una Asamblea Regional en Bizkaia donde dimos cuenta de aquellos primeros pasos. No hubo una sola pregunta. La gente entendía lo que hacíamos. Y no era fácil.

Aquel domingo, contra todo pronóstico, Pujol se entrevistaba con Aznar por espacio de cuatro horas y eso que previamente habían dicho que no se iban ni a ver. El honorable le entregó a Aznar un documento con sus pretensiones mientras Felipe González en Linares decía que volvería en dos años. “Vamos a ver un gobierno que no gobierna y que nos va a devolver la mayoría”. Ese día Borrell anunciaba que estaría vigilante ante el pacto con los nacionalistas. “El Estado no puede ser lo que queda -dijo Borrell- después de haber atendido las peticiones de todos, en función de la fuerza relativa que puedan tener en un momento coyuntural los nacionalistas que ven al Estado de forma muy particular”. Pero todo eso no fue lo más llamativo, sino unas declaraciones de Jaime Mayor Oreja alabando nuestro seny. ¡Quién te ha visto y quién te ve!

Aquel lunes 18 de marzo de 1996 trabajamos en el documento que íbamos a presentar en el Euzkadi Buru Batzar para ser discutido y aprobado. Había expectación por aquel documento. Ese lunes, Aznar daba cuenta en rueda de prensa de su entrevista de la víspera con Jordi Pujol y del documento que éste le había entregado. Sorprendentemente piropeó a Arzalluz por la entrevista que éste había concedido el domingo anterior al Diario Vasco.

Por la tarde, en la reunión de la ejecutiva del PNV, el secretario Ansotegui había llamado al vicelehendakari Ibarretxe para que acudiera a la reunión. Hubo un buen ambiente. Se puso el texto sobre la mesa y se introdujeron algunas nuevas iniciativas, se aprobaron otras y se abrió como una especie de buzón de sugerencias. Los tres diputados generales de Bizkaia, Araba y Gipuzkoa, Bergara, Ormazabal y Sudupe respectivamente, habían enviado sus observaciones así como los bacaladeros, la industria ferroviaria, los saharauis, y un número muy variado de colectivos. Estando en ello, Aznar llamó a Arzalluz. Lo había hecho también por la mañana pero Arzalluz no se había puesto. Quería tener las cosas más claras.

Arzalluz me pidió que le acompañara a su despacho. Puso el altavoz, diciéndoselo. Aznar le comentó que quería enviarle el do­cumento que el PP había entregado a Pujol. Arzalluz le contestó que mejor era hablar directamente y que hubiera menos papeles. A Aznar le pareció bien la idea y quedaron para el jueves siguiente. Los dos quedaron en que la reunión fuera discreta. Aznar le dijo que le había piropeado en la rueda de prensa por la entrevista que había concedido al Diario Vasco y le comentó que se iba a Valencia a ver las Fallas.

Ese lunes, Rodrigo Rato se había entrevistado con Pilar Rahola de ERC y con el Bloque Nacionalista Galego. Los dos dijeron que votarían en contra. En aquellos momentos el PP guardaba las formas y llamaba para hablar a todo el mundo. A mayor abundamiento, Aznar, en la citada rueda de prensa, había dicho que el pacto con los nacionalistas no supondría ningún problema para la cohesión nacional y social, y el colmo de la virguería fue la de Mayor Oreja, que dijo una de esas frases redondas que hoy ya la habrá borrado definitivamente de las hemerotecas: “el pacto con los nacionalistas centrará definitivamente al PP”. Es decir, estábamos legitimándolos.

Mientras, los socialistas, con un gobierno en funciones, esta­ban nerviosos. Me llamó Alfredo Pérez Rubalcaba. Quería saber qué pasaba y si la negociación avanzaba. Le noté tenso. Era ministro de la presidencia y portavoz del gobierno. Como he narrado, los socialistas habían hecho declaraciones aquel fin de semana. González, agradeciendo en Linares a la militancia socialista el trabajo realizado. Borrell, Bono y Rodríguez Ibarra, avisando que había que vigilar el acuerdo con los nacionalistas. Justo lo mismo que hacía tres años había dicho el PP refiriéndose al PSOE. Alfredo Pérez Rubalcaba me decía que en cuanto asomaban las orejas se las cortaban. Estaban bajo la ola. Le dije que la negociación iba de la misma manera que con ellos. Es decir, mal.

Almunia, que no me había llamado en ocho días, lo hizo aquel lunes. Quería saber asimismo qué pasaba. Querían empezar a sacar la cabeza de debajo del agua y comenzaban a estar inquietos ante la posibilidad de un acuerdo del PNV con el PP. “El PP quiere La Moncloa, la relación con Kohl, el PER y TVE”, comentaba gráficamente. Para completar, aquel lunes tan cargado, al final de la tarde nos llegó el tocho del PP anunciado por Aznar con sus propuestas, por cierto muy genéricas y tibias. Se podían haber ahorrado el esfuerzo. Aquel documento defraudó. Y, para colmo, ETA hizo acto de presencia con un bochornoso comunicado reivindicando los asesinatos de Tomás y Valiente y Fernando Múgica mientras culpaban al PNV de casi todo. Nada nuevo.

El día de San José fue fiesta en Madrid, pero no en Barcelona ni en Bilbao por lo que Arzalluz llamó a Jordi Pujol. Al ir a la oficina me encontré con un antiguo senador del PNV, Iñaki Aguirre. Me dijo que en la negociación había que poner en el frontispicio lo que le habían dicho a Clinton: “Es la economía, imbécil”. Ese día me hizo gracia que el secretario del EBB me dijera que su hija había escuchado la víspera el programa nocturno “La Linterna” y en aquella tertulia habían hablado bien de nosotros por primera vez en la vida. O ellos o nosotros debíamos estar equivocados.

A pesar de ser festivo me llamó Rodrigo Rato. Quería saber el texto de nuestra propuesta y le dije que al día siguiente se la entregaría en su despacho, como así fue. Rato me dijo que tenían reunión de la ejecutiva y necesitaba tener un texto para empezar a trabajar. Le recordé la necesidad de hablar de nuestra presencia en el Consejo General del Poder Judicial. Queríamos que fuera Emilio Olabarría pero le veían un perfil demasiado político. “Claro -le dije-, es que todos los que presentáis el PSOE y vosotros son espíritus puros, asexuados y habitantes del limbo”.

1996: CÓMO NEGOCIAMOS LA PRIMERA INVESTIDURA DE AZNAR HACE 20 AÑOS (1).

Miércoles 3 de febrero de 2016

Aznar y ArzalluzEl domingo 3 de marzo de 1996 fue el de la sonrisa congelada. Todo estaba preparado en el edificio de la calle Génova 13 de Madrid. Un amplio balcón hecho de mecanotubo iba a servir de plataforma para que saludara el nuevo presidente Aznar a sus fieles, que comenzaban a llenar la calle a partir de las siete de la tarde. El Partido Socialista, según las encuestas, iba a sufrir, tras catorce años de gobierno, una sonora derrota. Los escándalos del GAL, Mariano Rubio, Roldán, Filesa, Ibercorp, Perote, Garzón, Cesid y fondos reservados iban a dar una histórica victoria a la derecha española, que había hecho una campaña a tumba abierta. En la calle comenzaba a sonar aquel infame pareado de “Pujol enano, aprende castellano”. Banderas preconstitucionales empezaban a dejarse ver y el entusiasmo crecía hasta que los primeros resultados indicaban que no se iba a producir ninguna mayoría absoluta. El PSOE resistía y si el PP deseaba gobernar tenía que pactar con los partidos nacionalistas. El sonsonete contra Pujol fue acallado, las banderas fueron arriadas mientras Aznar tragaba saliva y aparecía confuso. Sus fieles escuderos, Álvarez Cascos, Rato, Trillo, Rajoy, Arenas, y su esposa, Ana Botella, ponían cara de circunstancia. Trillo contaba posteriormente que yendo en coche con Rato escucharon una primera valoración de Arzalluz que decía: “parece que el PP ha ganado las elecciones. No tiene mayoría pero a Aznar le toca formar gobierno”. Se miraron y comentaron que aquella verdad de perogrullo dicha por el presidente de un partido nacionalista tenía mucha enjundia y se lo comentaron a Aznar cuando llegaron a la sede del partido. Tras esto salieron al balconzuelo. Álvarez Cascos, por entonces secretario general del PP, saludaba con entusiasmo junto a José María Aznar. Hacía tiempo que había esperado ese momento y como hombre de poder sabía que había que moverse de forma rápida.

Al final de la noche, el Partido Popular con 9.224.696 votos y el 37,19 por ciento del censo electoral obtenía 156 escaños. Le faltaban veinte para la mayoría absoluta. El PSOE de González, que veía en aquellos resultados una “dulce derrota”, había obtenido 7.894.535 votos, el 31,83 por ciento del censo y 122 escaños. La Izquierda Unida de Julio Anguita con 2 342 789 votos había salvado los muebles y obtenido nada menos que 19 escaños. El Partit dels Socialistes de Catalunya que sumaba sus votos al PSOE saldaba su resultado con 19 escaños. Convergencia i Unió, otros 16. El PAR y UPN, que habían ido con el PP, sumaban para Aznar 8 escaños. En el PNV seguíamos en los cinco tras nuestra división aunque con tendencia al alza y habiendo obtenido el escaño de senador por Gipuzkoa para Xabier Albistur. Iniciativa per Catalunya sumaba sus dos escaños a IU. Coalición Canaria irrumpía con cuatro. El Bloque Nacionalista Gallego, con dos. Herri Batasuna obtenía otros dos, aunque nunca acudió al Congreso. Esquerra Republicana volvía a sacar cabeza con uno. La Unión del Pueblo Navarro sumaba otros dos al PP. Eusko Alkartasuna elegía a Begoña Lasagabaster y Unión Valenciana volvía a lograr que José María Chiquillo fuera su diputado.

La suma de todos estos escaños daban los 350 del Congreso y la suma de todos los votos socialistas los hacían perder tan sólo por trescientos mil votos ante el PP. Era una derrota por puntos a pesar del pésimo escenario que había supuesto aquella corta legislatura de tres años. Para mortificación del PP, el PSOE había ganado en Andalucía.

REUNIÓN CON RATO

El PP tuvo que metabolizar sus resultados. No le fue fácil. En 1993 creyó haber ganado y no lo había logrado. En 1996 soñó con la mayoría absoluta y aquel resultado les indicaba que tenían que pactar con los odiosos nacionalistas a los que habían zaherido duramente en la campaña. Empezamos a ser no tan desestabilizadores, cutres e insolidarios. Comenzamos de la noche a la mañana a “enriquecer la pluralidad”.

Al día siguiente, lunes, teníamos ya el primer contacto. Aznar llamaba a Arzalluz y el portavoz del PP, Rodrigo Rato, me llamaba a mí. Aquello parecía moverse. Y como consecuencia de aquel primer contacto, el jueves 7, tuve que ir a Madrid al edificio de “Cortes, nueve” donde tanto el PP, como el PSOE, IU y el PNV teníamos la sede de nuestros grupos parlamentarios.

Había una gran expectación. Bajé de mi despacho del segundo piso al primero, donde Rato tenía el suyo. Me recibió con una sonrisa de oreja a oreja como hacía tiempo no se la veía. Al darme la mano le pregunté si en la misma tenía sólo alpiste o alguna pepita de oro. “¡Es que antes no tenía nada que ofrecerte y ahora sí!”, me contestó. Tras las ironías previas le dije que le entregaba nuestro programa electoral ya que ése era nuestro compromiso con los electores y que todo partido desea lograr cumplir lo más que se pueda de dicho contrato. También le recordé la campaña y la precampaña así como el intento de satanización que habían hecho de los nacionalistas y la continua superficialidad con la que habían abordado el conflicto vasco. “Rodrigo, a pesar de que no andamos con el cuchillo entre los dientes, te tenemos que decir que no somos amnésicos”, le dije. Rato había comido y cenado los días previos con los representantes de CiU y de Coalición Canaria ya que en aquel momento lograr un acuerdo con ellos era su máxima prioridad. “Es decir que con CiU y CC comes y cenas y a nosotros ni nos das un vaso de agua. ¿Tú crees que puedes lograr algo de los vascos en estas condiciones?”, le espeté con el mismo humor socarrón con que él trata a la gente. Se rió y me dijo que era urgente que Arzalluz se entrevistara con Aznar. En esa reunión logramos un primer acuerdo que tenía su importancia y que era que todos los grupos de la Cámara estuviéramos representados en la Mesa del Congreso y en la del Senado. Aquello no era poco.

Me dijo que teníamos que mirar al futuro, no revolver el pasado, y buscar acuerdos. Me insinuó la entrada del PNV en el primer gobierno Aznar. Y como por aquellos días se hablaba mucho de López Arriortua le dije que si a este profesional lo designaban ministro de Industria iba a poner a la industria española a valer. Tras un primer sí, comentó: “¿Y si de verdad lo pone todo patas arriba? Mejor un político, que sabe que el arte de lo posible es lo que se impone, y no las genialidades”.

“Nuestro NO a la investidura de Aznar lo tienes seguro. Trabájate la abstención”, le dije en la despedida que auguraba una negociación larga, complicada y a varias bandas.

Ese día comí con representantes de Coalición Canaria. Estaban Victoriano Ríos, José Carlos Mauricio y Adán Martín. Yo fui con el ex diputado Ricardo Ansotegi, que en aquel entonces era el secretario de la ejecutiva del PNV.

Coalición Canaria estaba eufórica por los cuatro diputados que había obtenido ya que rompía la inercia de tener siempre un solo diputado y que ese diputado fuera el clásico Luis Mardones. No querían que se les metiera el PP en su feudo isleño. A cambio les darían su concurso en Madrid. Y nos pedían apoyo para lograr formar un grupo parlamentario propio ya que les faltaba un diputado.

Dentro del PP comenzaban a cambiar el chip. El senador popular López Henares llamó expresamente al senador del PNV Imanol Bolinaga diciéndole que en su grupo estaban deseando que el PNV entrara en una fórmula de apoyo al Partido Popular. Sin embargo, mientras esto ocurría, el PSOE comenzaba a darse cuenta de que lo de la “dulce derrota” si se quitaba lo de dulce, se quedaba en derrota. De ahí que el viernes 9 me llamara Joaquín Almunia, que era el portavoz socialista. Quería saber lo que había dado de sí la primera reunión con Rato. Ellos, lógicamente, tenían el criterio de no apoyar a Aznar pero deseaban saber qué íbamos a hacer nosotros. Le dije que estábamos muy al principio de un largo y complicado camino pero que entendiera que nosotros queríamos completar un Estatuto al que ellos no habían movido ni en una coma.

El sábado 10 de marzo hubo una manifestación contra ETA en San Sebastián. Con los ojos de hoy resulta increíble que fuéramos hablando toda la manifestación con Enrique Múgica, que no hizo más que darnos jabón en todo el trayecto, así como con un Mayor Oreja que me dijo que Rato le había comentado que el primer contacto con nosotros había ido bien.