Sube el paro, qué bien

Otra vez Twitter y las chachitertulias de a cien pavos el cuarto de hora fueron una fiesta. Había motivos para la desenfrenada algarabía progresí: el paro volvió a crecer en agosto. ¿No es maravilloso? Qué zozobra, oyes, durante los últimos seis meses de descensos, que aunque fueran a base de empleos de mierda y burdo maquillaje de los números, amenazaban con hacer creíble la idea de que empieza a escampar y al personal le va llegando, quizá no para un gintonic reglamentario con ensalada incorporada, pero sí para un marianito y unas gildas el domingo a mediodía. ¿Qué sería de los profetas del apocalipsis si la cosa vuelve a ir regulín? Solo planteárselo provoca escalofríos rampantes en el espinazo. Iría contra el orden natural que establece que tiene que haber unos desgraciados, cuantos más y en peor situación, mejor, para que la izquierda de caviar lo sea también de Dom Pèrignon.

Abomino de la falsaria euforia gubernamental y de sus datos hinchados con indecencia creciente según se va acercando el momento de votar de nuevo, pero guardo similar desprecio hacia los que, agarrados a un currazo, celebran sin disimulo que otros lo pierdan. ¿Otra vez la proverbial equidistancia del columnista cascarrabias? Será eso, y también la impotencia de contemplar una paradójica alianza —simbiosis, nos dijeron en el cole que se llamaba— entre quienes nos conducen al desastre y los que, para seguir teniendo munición, necesitan que se cumpla la autoprofecía fatalista. Siempre, claro, con efecto único en la carne ajena de los que, como nacieron para martillo, del cielo les llueven los clavos, quieran o no.

Signos de recuperación

Signos de recuperación, podría hacer una tesis doctoral al respecto, pero solo tengo una columna. Sí, claro que los veo, no soy tan miope ni estoy censado en el pelotón del cuanto peor mejor. Están ahí, en esos números que los responsables políticos, según hagan o no honor a la palabra que he escogido para mencionarlos, nos cuentan con despliegue de fanfarria, ansiedad contenida o un chorrito de realismo frío. Fuera de las hojas de cálculo y las estadísticas mentireiras, los (leves) indicios de que la cosa empieza a pintar unos grados por debajo del negro absoluto están también en la calle. Tardo cinco minutos más que hace dos años en llegar al curro, vuelve a haber colas ante las cajas, en el bar de la esquina la vitrina de pintxos está casi vacía a las nueve y diez, cuando paso mi último control de avituallamiento. Algo ha cambiado, sin duda. Mi pregunta es no ya para cuántos, sino para quiénes en concreto.

Guardo memoria —es mi desgracia; maldito exceso de fósforo— de la última crisis, de la anterior y de la anterior a la anterior. Por eso sé que cuando nos digan oficialmente que la actual se ha acabado, no lo habrá hecho para todo el mundo ni del mismo modo. Como ha ocurrido en cada presunta remontada, habrá, y no serán pocos, quienes se queden en la cuneta, sin siquiera el consuelo de la desgracia compartida. Sus compañeros de culo apretado y maldición al modelo-que-nos-ha-traído-hasta-aquí estarán de fin de semana en la segunda residencia terminando de decidirse por el cuatro por cuatro, el monovolumen o el híbrido, que son dos mil pavos y media docena de cuotas más, será por dinero.

Desigualdad horizontal

No dejan de aparecer estudios que revelan lo que siempre ha sido una sospecha generalizada: los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres. Estos trabajos, que todos difundimos echándonos las manos a la cabeza, inciden en el brutal ensanchamiento de la brecha entre los que nadan en la abundancia y los que andan a la cuarta pregunta. Para probarlo, aportan datos tan escandalosos como que las 85 personas económicamente más poderosas del mundo acumulan tantos recursos como los tres mi millones más desgraciados del planeta. O en lo que nos toca más cerca, que en Hispanistán y territorios asimilados hay veinte tipos que ingresan tanto como el 20 por ciento de la población más desfavorecida y que, para más recochineo, han seguido forrándose a lo bruto mientras la crisis mandaba a la exclusión a miles de sus (presuntos) conciudadanos. Amancio Ortega, por ejemplo, se echó al coleto 3.000 millones de euros más en el mismo 2013 en que los salarios medios recibieron otro gran bocado y volvió a crecer el número de hogares sin ningún ingreso.

Indudablemente, una situación obscena, vergonzosa, injusta y todos los calificativos biliosos que se nos ocurran. Sin embargo, y más allá de que algunos de esos datos parecen haber sido estimados a ojo y que las conclusiones no serían muy distintas hace cien, quinientos o dos mil años, me pregunto si al fijarnos solo en las diferencias de arriba a abajo estamos poniendo el foco donde debemos. Quiero decir que a mi, personalmente, bastante más que la desigualdad vertical me preocupa la horizontal, es decir, la que se da en los entornos donde se mueve cada individuo. Lo jodido no es que Ortega nos saque cada año equis mil millones de ventaja, sino que no se pueda pagar el recibo de la comunidad, ir a la cena de la cuadrilla o comprar el Rotring para las clases de dibujo de los hijos. El desequilibrio más doloroso es respecto a los iguales.

Adiós, bienestar

Manda narices que tenga que ser un rey quien anuncie, a modo de arcángel del apocalipsis, que se acabó lo que se daba con el estado de bienestar. El de Holanda, para más señas, que atiende por el culebronesco nombre de Guillermo Alejandro y pertenece a la misma generación que el hijo de Juan Carlos, como les gusta subrayar a los lametobillos borbónicos. Emparentado por vía inguinal con la jerarquía que mató a saco durante la dictadura militar argentina. Después de haber hecho carrera en el papel cuché y los programas del colorín, el tipo recién coronado debutaba con picadores ante el parlamento de su país, el de los diques, los tulipanes, los bucólicos molinos de viento y los coffee shops. Y lo primero que suelta, a palo seco y sin anestesia, es que sus (¿malacostumbrados?) súbditos se van a tener que ir haciendo a la idea de que a las arcas públicas ya no les llega para pagarles educación, sanidad, pensiones y el resto de los vicios. Que se siente en el alma, pero que en lo sucesivo cada cual deberá ocuparse de su propio culo, como corresponde a “una sociedad participativa del siglo XXI”, que es como bautizó el gachó a la nueva era de tinieblas en que ha entrado la otrora próspera Europa. Eso sí, él y los de su sangre seguirán viviendo a todo tren porque las penurias no van con los residuos del pasado.

Me dirán que gasto en sulfuro y vitriolo inútilmente, que a fin de cuentas, este baldragas con cetro no pinta nada en el concierto europeo y que lo que diga no va a ninguna parte. La cosa es que de momento, su discurso sí ha ido a unos cuantos titulares más allá de su condominio. Por lo demás, el tal Guillermo Alejandro no ha dicho nada que no supiéramos o, mejor enunciado, que no temiéramos desde hace tiempo: la llamada crisis era la tarjeta de visita del modelo que se nos viene encima irremediablemente. El estado del bienestar quedará muy pronto para los libros de historia. QEPD.

Crímenes del FMI

Cada segundo que pasa, Voltaire tiene más razón. La civilización no suprime la barbarie; la perfecciona. ¡Y a qué niveles de sofisticación llega! ¿Hornos crematorios, gulags, gas sarín, minas antipersona, drones, armas de destrucción masiva? Esa línea de producción de muerte a granel permanecerá abierta y sujeta a mejora durante mucho tiempo porque jamás dejará de generar beneficios. La pega es que a veces el matarile se va de madre, canta un huevo, los tocanarices de los derechos humanos se ponen muy pesados y por el qué dirán es preciso mandar algún chivo expiatorio a que se siente en el Tribunal Penal Internacional. Gracias a Belcebú, el ingenio criminal es infinito y ya hace un buen rato que se han hallado métodos de masacrar desgraciados que no solo burlan los radares anti-injusticia al uso, sino que además lo hacen pasando por respetables recomendaciones inspiradas en las más nobles intenciones. Aparte de cuatro rojos trasnochados y fácilmente neutralizables, ¿quién le va a encontrar peros a unas recetas que tienen como objetivo que vuelvan las vacas a gordas?

Por ahí nos las da todas el Fondo Monetario Internacional. Con un simple dossier encapsulado en un pendrive consigue causar estragos que a cualquiera de los grandes genocidas de la Historia le hubiera llevado meses o años. Un puñado de páginas llenas de econometría parda bastan para condenar a la miseria a millones de personas en el punto del planeta que les salga de la entrepierna. Cuando lo hacían en Asia, en el África sudsahariana o en Latinoamérica, apenas levantábamos una ceja. Ahora, como en la famosa frase de Martin Niemöller erróneamente atribuida a Bertolt Brecht, vienen a por nosotros, los pobladores de las pústulas purulentas de Europa. Ayer mismo nos soltaron la enésima de sus indetectables bombas de racimo: despido (todavía) más barato y salarios (todavía) más bajos. Nadie les juzgará por ello. Nunca.

Vascos felices

El 85 por ciento de los vascos asegura ser feliz. No lo he leído en una de esas encuestas de chicha y nabo que nos cuelan como presunta información y chuchería para las tertulias las marcas de condones, cerveza o lo que toque. El dato aparece en el último Sociómetro, junto a las consabidas valoraciones de los políticos (bien pobres, por cierto), las opciones de pacto preferidas y la lista de quebraderos de cabeza, liderados, faltaría más, por las penurias económicas. De hecho, como el estudio se centra particularmente en cómo está llevando el personal las estrecheces, nos ofrece una profusión de pelos y señales sobre la agonía de llegar a fin de mes, las mil y una cosas a las que hemos tenido que renunciar porque el bolsillo no da más de sí o lo negro tirando a negrísimo que vemos el futuro. La conclusión de todos esos detalles es que hemos vivido tiempos mejores. Y sin embargo, una abrumadora mayoría, en idéntica proporción de los que confiesan ser incapaces de ahorrar un ochavo, se declara feliz. ¿Cómo es posible?

Con perdón de los demóscopos, mi primera hipótesis es el error metodólogico implícito en la misma intención de preguntar por una cuestión de semejante delicadeza. No nos veo yo a los vascos, tan inclinados a acarrear la procesión por dentro sin dar cuartos al pregonero, reconociéndole nuestras carencias anímicas a un desconocido, por muy encuestador que sea. Podemos admitir que estamos bajos de cuartos, pero no de moral.

Otra opción es atribuir tanta felicidad proclamada a la autocomplacencia o, como poco, el buen conformar que nos adorna. Somos un pueblo jodido pero contento, especialmente si nos ponen en la tesitura de compararnos con los demás, que siempre lo llevan un poco peor por la simple razón de que ellos y ellas no son nosotros.

Claro que tampoco habría que descartar que las cuentas estén bien hechas y que, efectivamente, seamos tan felices como decimos. ¿Por qué no?

Un gran éxito

La huelga general del pasado jueves fue un gran éxito… mayormente para las organizaciones patronales y para los gobiernos. Esta vez no tuvieron que hacer malabares con los datos ni esconder las fotos. Es probable que ni en sus cálculos más optimistas contaran con una respuesta tan escasa o si lo prefieren, tan desigual, según el eufemismo acuñado por un medio proclive a la causa. Mentira no era, desde luego: entre lo viejo de Donostia cerrado casi a cal y canto y la normalidad rayando lo insultante del centro de Bilbao cabe un mundo de interpretaciones. Allá cada quien con las trampas que decida hacerse en el solitario.

Comprendo que ni humana ni estratégicamente es esperable que las centrales que convocaron este paro a todas luces fallido salgan a la palestra y reconozcan que quizá hicieron un pan con unas hostias. Sería un regalo muy grande para los que esperan desde enfrente la debacle definitiva del sindicalismo y un castigo al amor propio nada conveniente cuando la moral está como está. Sin embargo, de puertas adentro y con la cabeza fría, parece razonable que se debería plantear de una vez la espinosa cuestión de la eficacia de la huelgas generales. O mejor, de cada huelga general. No en el vacío, no en el pasado, no en el futuro lejano, sino aquí y ahora, que son el lugar y el momento donde la acción cobra sentido.

Reflexión, algo tan viejo, si bien poco usado, como la propia lucha, de eso se trata. Sin enrocarse, sin encabronarse, sin ceder a la tentación de ver enemigos en cada sombra, en cada frente que no asienta con fruición. Bastante dividida viene de serie la otrora clase obrera como para seguir cortándola en rodajas. En este punto hago notar que muchos de los que el otro día se quedaron al margen no lo hicieron por el miedo inducido que suele citarse como factor desmovilizador, sino como fruto de una decisión consciente y meditada. Eso, digo yo, debería dar qué pensar.