Grecia, respeto

Los grandes cantamañanas de la democracia se delatan en las derrotas. Cuando las urnas, incluso las que están a miles de kilómetros, se les ponen de culo, los ciudadanos que las llenan dejan de ser el pueblo sabio y soberano para convertirse en un hatajo de ignorantes que se echan en brazos del populismo. Es lo que estamos leyendo y escuchando sobre los griegos en las últimas horas… y —cuidado con las contradicciones— lo que muchos de los que ahora brindan a salud de Tsipras dirán ante la que parece inevitable próxima victoria del Frente Nacional en Francia.

Con lo que en ocasiones nos cuesta entender lo que pasa a un palmo de nuestras narices, resulta sorprendente que haya un conocimiento tan profundo de lo que acontece en lugares que ni se han pisado. Debo confesar que, aun documentándome y preguntando mucho, me he sentido diminuto ante la erudición sobre sociologia y demoscopia helenas que he contemplado a mi alrededor. ¡Con qué desparpajo se hablaba de las distintas tendencias del KKE, las costumbres de los electores de las periferias del Peloponeso o el perfil ideológico difuso de To Potami!

A mi me llega justito, y más por intuición que por dominio de la materia, para simpatizar con la amplia victoria de Syriza. No me vendré arriba con lo del miedo cambiando de bando ni anunciando un demoledor e imparable efecto dominó que sacudirá Europa. Me parece, sin más y sin menos, un fenómeno interesantísimo del que ser contemporáneo, y por encima de todo, la decisión cien por ciento respetable de unos ciudadanos dispuestos a asumir las consecuencias —ojalá sean para bien— de lo que han votado.

Euroescépticos

Vaya usted a saber lo que es el euroescepticismo. Le cuelgan el sambenito igual a formaciones frikis, acratoides, o directamente xenófobas sin matices que a grupos que por mil y un motivos razonados y de una evidencia clamorosa no comulgan con la Unión Europea que es, ha sido y se pretende que siga siendo. Es de un rostro marmóreo que la panda de demagogos al mando del chiringo vayan sermoneando al personal sobre el peligro de que los populismos —así, todos metidos en el mismo saco— aumenten significativamente su representación tras las elecciones que se celebrarán en los diferentes estados entre el 22 y el 25 de mayo.

La primera y triste precisión es que, salvo monumental y maravillosa sorpresa, el probable incremento de votos a los outsiders de toda condición seguirá sin amenazar ni lejanamente el duopolio de los conservadores y (presuntos) socialistas, cuyos mastodónticos grupos votan lo mismo en siete de cada diez asuntos y se reparten a pachas la Comisión, el órgano que maneja el hacha. Esa gran coalición de la que tanto se ha hablado estos días respecto a España por la parraplada de Felipe González es un matrimonio de hecho y fantásticamente avenido en Europa. Y así continuará, parece, por los siglos de los siglos porque, ojo al dato, hay muchos millones de ciudadanos que lo respaldarán con una papeleta.

He ahí un motivo más para declararse euroescéptico, a riesgo de ser equiparado con extravagantes o hasta fachas del quince. Euroescéptico, en mi caso, no solo respecto a mandarines, partidos o instituciones, sino especialmente a esa mayoría de mis semejantes que bendicen el invento.

Valenciano, oh, oh

Tiembla, Europa de los mercaderes y los recortadores: allá por mayo florido y hermoso, las urnas subpirenaicas se llenarán de votos cual pétalos de alhelí conteniendo el nombre de quien te ha de doblegar de una vez por todas. ¡Loor y gloria a María Elena Valenciano y Martínez-Orozco, Bolívar de los Madriles, Cheguevara de Ferraz, Pasionaria de Cibeles, que en un gesto de abnegación sin precedentes abandona su condición de musgo que dormita en el árbol moribundo —léase Pérez Rubalnada— para liderar la rebelión contra los fenicios desde lo más alto de la lista del PSOE! Tremendos lagrimones nos brotaron al oír de sus heroicos labios el anuncio de su partida a la lid: “Esta vez va en serio. Esta vez se trata de cambiar la mayoría en la Unión Europea. Y por eso el Partido Socialista ha decidido poner a su cabeza a su segunda en la dirección a nivel nacional. Es un gesto que quiere mostrar la importancia que le damos a estas elecciones”.

Aquí es donde se me acaba el sarcasmo. O sea, que esos comicios son tan transcendentales, que se afrontan empaquetando a Bruselas, Estrasburgo y Luxemburgo a una de las mayores nulidades políticas que han conocido los tiempos, y miren que es difícil establecer ese ranking. ¿Alguien es capaz de citar tan solo medio logro, que no sea puertas adentro, de esta escaladora de organigramas de oceánica incultura general? ¿Con quién ha empatado en casi treinta años de zascandileo por el aparato y colocaciones cojonudamente remuneradas, incluyendo casi un decenio pasando desapercibida en el mismo europarlamento que ahora dice que va a revolucionar? Un respeto a los votantes.

Sector naval

Pertenezco a la generación y al entorno que asistieron a la primera muerte inducida del sector naval. También hubo por medio alguien que se decía socialista, pero no fue en la Europa que aún era plegaría, suspiro y anhelo donde se dictó sentencia, sino en Madrid. Por sus pelendengues, un gobierno que reunía una ralea de futuros imputados de tropelías económicas y matariles varios decidió soltar lastre industrial sin mirar lo que era viable o lo que dejaba de serlo. O mirándolo y actuando a sabiendas, que así las gastaban en aquellos días de plan ZEN y tentetieso.

Si alguien ha documentado la verdad, permanece sepultada por la parte épica de la historia, la única que nos han contado medio bien. Los microbuses azules en llamas, los currelas cubriéndose el rostro con un pañuelo y disparando la más variada metralla contra unos policías que respondían en proporción de cuarenta por uno, las manchas de sangre que tardarían años en desaparecer del asfalto… De la intifada a escala en el puente de Deusto quedan abundantes registros gráficos y de tanto en tanto nos los sacan en esos programas donde la rabia se domestica en nostalgia. Poco se explica, sin embargo, sobre por qué, vistiendo el mismo buzo, unos trabajadores se prejubilaron a millón y otros rasparon un puto paro que hoy es una pensión miserable para ellos o sus viudas.

Nos birlaron datos y sospecho que treinta años después, en el nuevo tantarantán a los astilleros, ahora sí despachado en la bruja piruja Europa, siguen ocultándonos información. Lo siento, pero no me trago que por 2.000 millones se vaya a ir a la mierda un sector que asegura que tendría la cartera de pedidos a reventar. Aunque tengo la peor de las opiniones sobre Almunia, no me cuadra que sea el único malo. Y no les digo lo que me escama que en la carambola solidaria estemos defendiendo a los especuladores, que son los que tienen que devolver las ayudas, ay, ilegales.

Crímenes del FMI

Cada segundo que pasa, Voltaire tiene más razón. La civilización no suprime la barbarie; la perfecciona. ¡Y a qué niveles de sofisticación llega! ¿Hornos crematorios, gulags, gas sarín, minas antipersona, drones, armas de destrucción masiva? Esa línea de producción de muerte a granel permanecerá abierta y sujeta a mejora durante mucho tiempo porque jamás dejará de generar beneficios. La pega es que a veces el matarile se va de madre, canta un huevo, los tocanarices de los derechos humanos se ponen muy pesados y por el qué dirán es preciso mandar algún chivo expiatorio a que se siente en el Tribunal Penal Internacional. Gracias a Belcebú, el ingenio criminal es infinito y ya hace un buen rato que se han hallado métodos de masacrar desgraciados que no solo burlan los radares anti-injusticia al uso, sino que además lo hacen pasando por respetables recomendaciones inspiradas en las más nobles intenciones. Aparte de cuatro rojos trasnochados y fácilmente neutralizables, ¿quién le va a encontrar peros a unas recetas que tienen como objetivo que vuelvan las vacas a gordas?

Por ahí nos las da todas el Fondo Monetario Internacional. Con un simple dossier encapsulado en un pendrive consigue causar estragos que a cualquiera de los grandes genocidas de la Historia le hubiera llevado meses o años. Un puñado de páginas llenas de econometría parda bastan para condenar a la miseria a millones de personas en el punto del planeta que les salga de la entrepierna. Cuando lo hacían en Asia, en el África sudsahariana o en Latinoamérica, apenas levantábamos una ceja. Ahora, como en la famosa frase de Martin Niemöller erróneamente atribuida a Bertolt Brecht, vienen a por nosotros, los pobladores de las pústulas purulentas de Europa. Ayer mismo nos soltaron la enésima de sus indetectables bombas de racimo: despido (todavía) más barato y salarios (todavía) más bajos. Nadie les juzgará por ello. Nunca.

España soberana

Veo la apuesta de Iñigo Urkullu y la subo. Decía ayer el presidente del EBB que parece que el Gobierno español no tiene soberanía. Sobra el primer verbo. No es que parezca, es que no la tiene. En la piel de toro —incluyo Portugal y los territorios insulares anejos— lo único soberano que debe de quedar a estas alturas es el brandy rascapechos que se publicitaba apelando a la testosterona. Todo lo demás son cervices inclinadas y ronzales de los que tira una correa que llega a Bruselas, que no es la capital de Bélgica que nos enseñaban en la escuela, sino el nombre dulcificado de Berlín. Es al pie de la puerta de Brandenburgo, símbolo de libertad u opresión según la cambiante historia de esa entelequia llamada Europa, donde se hace restallar el látigo. Y todos los demás, a joderse y a bailar al ritmo de los fustazos, que más cornadas dan los mercados.

Es cómico y trágico al cincuenta por ciento que los que se envuelven en la rojigualda y se proclaman quintaesencia del patriotismo hayan capitulado ante el invasor sin oponer la menor resistencia. Claro que tampoco es tan raro. En la Francia ocupada, los colaboracionistas presumían de ser los primeros adalides de la grandeur. Los nazis, que como la mayor parte de los criminales, no tenían un pelo de tontos, les dejaron seguir creyéndose los hijos de Napoleón y les regalaron alcaldías, prefecturas y hasta el mismo gobierno para que hicieran por ellos el trabajo sucio.

Salvando alguna que otra distancia, hoy al sur de los Pirineos estamos en las mismas. Nominalmente, hay un Gobierno en Moncloa. A su frente están un registrador de la propiedad de Pontevedra, una joven ambiciosa que todavía no ha empatado un partido, un charlatán que vendía peines y subprimes y un contable gris que parece sacado de una película de José María Forqué. Su función es firmar, vestir el muñeco y callar. Háblenles a estos de soberanía, a ver qué cara se les queda.

Démonos por…

Les sigo haciendo la lista de mis desconfianzas. La de ayer, esa España económica que igual que la política no ha completado la transición desde el franquismo, era de manual. Tal vez les resulte más sorprendente la que me ocupará en las próximas líneas. Más que nada, porque, necesitados de creer en Dios o, aunque sea, el ratoncito Pérez, hay muchos que pronuncian el nombre de Europa como si fuera un conjuro que nos librará del descalabro cuando estemos a un milímetro del precipicio. Sin embargo, si atendiéramos a los hechos y no a la desesperación, tendríamos la certeza de que lo que llevan en la mano los presuntos salvadores es una puntilla.

Europa —o para ser más exactos, la Unión Europea— es una de esas fantásticas teorías que se estrellan en cuanto emprenden el camino del dicho al hecho. No niego que a los padres fundadores les guiaran las más nobles intenciones. Ni siquiera que con viento a favor y fondos de pasta fresquita para repartir, la cosa haya sido capaz de tirar mal que bien. Pero en cuanto han empezado a pintar bastos, ha quedado claro que no es nada fácil marcarse un mecano con 27 piezas que son cada una de su padre y de su madre. Lo que alguien soñó como un sublime ejercicio de natación sincronizada se ha convertido en un naufragio apelotonado donde impera el sálvese quien pueda. Tarde han caído algunos en la cuenta de que tal vez no se debió invitar al ejercicio a quien no sabía nadar.

Cabría un atisbo de esperanza si los que llevan el silbato y los galones no fueran una panda de maulas que han ganado su cargo en una subasta de intereses cruzados. Tal vez ustedes no tengan ese vicio, pero como a mi no me queda más remedio, dedico buena parte de mi jornada laboral a leer y escuchar lo que dicen Durao Barroso, Van Rompuy, Olie Rehn o Mario Draghi. Un día es arre, otro es so y media hora más tarde, una mezcla de lo uno y de lo otro. Démonos por… ya saben.