9-N, ya veremos

Aunque para muchos ha caído en desuso, uno de los principios básicos del periodismo es la comprensión de los hechos sobre los que se va a informar o, si es el caso, opinar. Antes de ponernos frente a los lectores, oyentes o espectadores, es imprescindible tener una idea cabal sobre la cuestión que pretendemos comunicar. Lógica aplastante, ¿verdad? Je, pues aquí me tienen, en el trance vergonzoso de confesarles que me dispongo a escribir de un asunto sobre el no sé ni por dónde me da el aire.

Y no será porque no he puesto empeño, ojo. Les doy mi palabra de que ayer me tragué las casi dos horas de comparecencia de Artur Mas. Tomé notas, repasé la grabación, espié lo que titulaban los colegas, rumié las columnas de urgencia, eché una oreja a las tertulias, puse los cinco sentidos en las reacciones del resto de los portavoces… y sigo en la casilla de salida. No, ni siquiera ahí. Hasta las certezas iniciales se me han ido a hacer puñetas, porque yo albergaba la creencia de que se había convocado una consulta y que se habían previsto vías de salida para el caso altamente probable de que no pudiera realizarse. Daba por hecho que había unos planes B, C, y hasta Z que contaban con el respaldo de las formaciones que se habían embarcado en la empresa.

Pues, por lo visto y oído, no. Lo único que tengo claro (o medio claro, no exageremos) es que la unidad se ha ido a hacer gárgaras. Lo demás es una nebulosa que, para colmo, me da mala espina. Que me corrija alguien con mayor capacidad de discernimiento que la mía, pero juraría que lo que Mas vino a decir ayer es que ya veremos y que todo se andará. O así.

Temperatura social

La soberanía vasca, ¿sola o con sifón? O sea, ¿por las malas o con pacto? Ya quisiera tener la respuesta, pero les confieso que no me alcanza la clarividencia para tanto. Por un lado, se me hace cuesta arriba la idea de acordar lo que sea con quien, aparte de haber demostrado ser mal cumplidor, no quiere ni oír hablar del peluquín. Por otro, mi posibilismo me dice que lo del portazo y el ahí te quedas está muy bien como bravata, pero tiene muy pocos visos de realización práctica.

Menudo dilema, ¿no? Siento decir que, en realidad, no lo es. Ojalá llegue a serlo, porque eso significará que hemos llegado al punto en el que hay que tomar tal decisión. Ahora mismo solo es un debate de fogueo, una pura discusión teórica con el riesgo añadido de dividir (más) a quienes afirman compartir una causa común. Tanto dará que hayan ganado quienes abogan por el divorcio civilizado o los que prefieren cortar por lo sano, si en el momento del envite resulta que no hay el suficiente número de personas para respaldar una u otra vía.

Estará bien que los que nos decimos soberanistas vayamos pensando cómo afrontar la salida de España, y mejor todavía, que tengamos diseñado un país por el que haya merecido la pena el viaje. Sin embargo, no podemos poner el carro delante de los bueyes, salvo que nos estemos haciendo trampas en el solitario y todo esto sea una cínica manera de no conseguir nunca lo que aseguramos que queremos. A día de hoy, lo que nos hace falta es la temperatura social necesaria para echar a andar. Mientras los esfuerzos no se centren ahí, solo estaremos comprando boletos para una nueva frustración.

Sánchez propone

Caramba con Pedro Sánchez. Lo mismo se planta en un programa de marujeo para retener el voto de su encocorado presentador que firma en El País una tribuna de veintipico párrafos con la solución a todos los problemas, o sea, al problema por antonomasia, que es el catalán. ¿Firmar es sinónimo de escribir? Permítanme que lo dude. Ese arranque con cita de Azaña traída por los pelos se me antoja muy lejos del alcance de alguien cuya única virtud probada hasta la fecha es la fotogenia. Por mucho que estemos en la sociedad de la imagen y se haya rebajado el nivel de exigencia del personal que vota, la política todavía va de algo más que salir mono en los selfies.

Tanto da, en cualquier caso, que la autoría sea propia o de la camarilla que le provee de discursos precocinados. Quedémonos, siguiendo el símil culinario, con la miga, que es más bien ninguna. Todo lo que se viene a decir en el texto es que, puesto que esa panda de soberanistas irresponsables y egoístas la han liado parda, en evitación de males mayores, el Estado debe cotraatacar sacándose de la chistera un conejo que los despiste y/o les engañe el hambre. Cambien conejo por pacto constitucional y tendrán la cuestión planteada en su literalidad.

Ciertamente, es una opción menos bruta que la de entrullar políticos o enviar los tanques, pero no deja de ser una añagaza como la copa de un pino. Ni por un instante se contempla que haya unas razones para el clamoroso hartazgo de cada vez más catalanes. Al contrario, se da por hecho que se quejan de vicio y la solución que se propone es cerrarles la boca con cuatro migajas. Me da que no va a colar.

José Bono o la inmundicia

Un antiguo compañero de José Bono en el PSP de Tierno Galván me lo describió como el peor hijo de puta que había conocido en su vida. No llegaré tan lejos, sobre todo, por respeto a su difunta madre. Lo dejo, sabiendo que me quedo corto, en canalla, rastrero y miserable.

¿Qué por qué me ocupo hoy y en este tono despendolado de un forúnculo fosilizado que ya no pinta nada salvo para las cuatro tertulias —ora fachas, ora progres— que le ríen las gracias de tarde en tarde? Me alegrará que no lo imaginen, porque es señal de que el pasado domingo tuvieron mejores cosas que hacer que leer la huevonada galáctica que publicó en El País. Siento sacarles de su bendita ignorancia y les prometo que he calibrado si no sería mejor dejarlo correr para no regalarle al individuo una gota de la trascendencia que no consiguió. En este caso he concluido que la rufianada no podía pasar sin una mínima apostilla.

La pieza se titula “Menos corrupción y más solidaridad es lo que necesita Cataluña”, que ya hay que tener pelendengues para encabezar así, estando de porquería hasta el cuello. La pretensión es doble: menear la cloaca antisoberanista y promocionar su próximo libro de memorias. Curiosa palabra, esa última, teniendo en cuenta que la víctima propiciatoria del escrito es Pasqual Maragall, a quien el Alzheimer le está robando sus recuerdos. Aprovechando tal desigualdad y sabiéndose a salvo de réplica, el cobarde ventajista Bono recrea una supuesta conversación de hace nueve años en la que Maragall queda como el bribón inepto que abrió la puerta al secesionismo ahora imparable. Juzguen si se puede caer más bajo.

Frente Nacional (Reloaded)

Como perdí hace rato la costumbre de chuparme el dedo, tengo bastante claro que la propuesta de Mariano De Cospedal (o María Dolores Rajoy, me lío) para formar una santa alianza contra el pérfido soberanismo catalán es una de esas invitaciones que se hace sabiendo que va a ser rechazada. Aparte de los titulares de aluvión que se cosechan, tras recibir las calabazas de los interpelados, puede uno hacerse el digno y echar en cara a los refractarios su falta de coraje o, en el caso que nos ocupa, su españolidad de chicha y nabo. Si se da la remota circunstancia de que el guante sea aceptado, se queda como padre de la idea, con los derechos de pernada que eso implica.

La cuestión es que no va a ser. Solo la excrecencia magenta, que cotiza en mínimos históricos en el mercadillo de populismo cañí, ve con buenos ojos la traslación electoral (o, por qué no, la literal) de los ejércitos borbónicos de hace tres siglos. Los demás conminados se llaman andanas, con argumentaciones tan pero tan creíbles como las de Patxi López, que dice que a su partido nunca le han molado las trincheras… después de haber sido lehendakari gracias a un pacto de sangre contra el pecaminoso nacionalismo, previa ilegalización de la formación que hacía que no salieran las cuentas. La desmemoria se confunde con el rostro pétreo, vaya huevos.

Más allá del desahogo mostrado por el que no se iba a ir a Madrid pero se ha ido, quizá les sorprenda si les confieso mi pena ante el fracaso antes de nacer del Frente Nacional cospedaliano. Sería, al fin y al cabo, otra forma, tal vez esquinada, de ejercer el derecho a decidir, ¿no creen?

¿Matan las ideas?

El otro día, en el homenaje a Isaías Carrasco, asesinado por ETA hace seis años, Patxi López volvió a tirar de brocha gorda. O de repertorio, tanto da. Llamó a sus compañeros y compañeras “a ganar la batalla a las ideas que hicieron que jóvenes vascos se convirtieran en terroristas”. Es decir, que si no llega a haber sido por las tales ideas, los jóvenes en cuestión habrían acabado siendo probos ciudadanos. Peculiar relación causa-efecto que llevada a sus últimas consecuencias libraría de responsabilidad casi a cualquier criminal. Rousseau de chicha y nabo: el hombre es bueno por naturaleza pero hay unos entes perversos que se dedican a llenar las cabezas de pájaros y luego pasa lo que pasa. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Pues no, ni siquiera ha empezado. Esa simpleza sonrojante no explica por qué hay miles y miles de personas que, teniendo convicciones no muy distantes a esas a las que López atribuye la condición de semilla de mal, jamás han tocado un pelo a nadie. No solo eso: la inmensa mayoría de los contaminados están —o sea, estamos— en primera fila de la denuncia de los que abogan por el uso de la violencia.

Teniendo en cuenta que según el auditorio, el momento y sus aspiraciones, el secretario general del PSE cambia de discurso como de corbata, no es fácil establecer cuáles son exactamente sus ideas. Sean cuales fueren, las doy por absolutamente legítimas y respetables. Incluso teniendo la constancia de que ha habido quien las ha utilizado como excusa para dar matarile al prójimo. Ni en broma se me ocurriría sugerir que él, por pensar como piensa, puede ser un asesino.

Paralelismos

Se han cambiado los papeles. En los años —nada lejanos— del Plan Ibarretxe, los catalanes que apostaban por el soberanismo miraban a Euskadi con una mezcla de envidia y expectación. En privado comentaban que el paso adelante de su espejo del Cantábrico, para el que no veían maduro a su pueblo, podría servir de ejemplo y banderín de enganche. Siempre que saliera bien, claro, cosa que no ocurrió. Tras aquel histórico portazo en el Congreso de Madrid, no pasó absolutamente nada. Se elaboró el duelo correspondiente —negación, enfado, dolor, resignación— y las aspiraciones de ir por libre quedaron aparcadas para mejor momento. La existencia de ETA, que todavía mataba, extorsionaba y arruinaba magníficas oportunidades para hacerse a un lado, operó como justificación o quién sabe si como excusa. Luego llegaron la crisis, el pacto PSE-PP, diez o doce enredos más… y hasta hoy, cuando son los vascos partidarios de marcharse los que miran —de acuerdo, miramos— con hondo interés lo que está sucediendo en Catalunya.

Esta vez nos toca ir a rebufo, que a lo mejor no es una posición heroica, pero si me perdonan el cinismo, sí más cómoda. Podemos contemplar admirados cómo crece la ola y aguardar el instante de subirnos a ella o dejarla pasar, si es que al final se concluye que todavía no es la buena. En el ínterin deberemos hacer un ejercicio de realismo y sinceridad. ¿Todos los que dicen que quieren irse están hablando de lo mismo? Complicada pregunta, pero las hay aún más peliagudas: ¿Quién sería el sujeto de la hipotética secesión? ¿Solo la Comunidad Autónoma? ¿Qué ocurriría con Navarra y, más difícil todavía, los territorios de la Vasconia continental? Transcurre el tiempo y tenemos sin resolver esas cuestiones.

Por lo demás, mucho ojo con los paralelismos de carril. Habrá media docena de coincidencias entre el caso vasco y el catalán. Pero sospecho que también una cantidad mayor de diferencias.