Hastío catalán

Tengan la bondad de despertarme cuando ocurra algo en Catalunya. Algo digno de mención, quiero decir. Y ahí no entran los amagos infinitos que siempre terminan en no dar. Ni las bravatas de pitiminí, ni las amenazas de repertorio, ni el enésimo ultimátum por boca de ganso que impepinablemente desemboca en la promulgación de uno nuevo que tampoco se cumplirá.

Quizá me digan que no es poca cosa unas elecciones plebiscitarias y una declaración que recoge la intención de desconectarse —término literal— de España. No lo negaré, pero sí matizaré que el resultado de la cita con las urnas fue, cuando menos, interpretable y, por mucho que se quiera vestir el muñeco, bien lejano a los pronósticos de la lechera. Respecto a la proclama rupturista, aparte de señalar que el papel lo aguanta todo, que el mismo Parlament que la aprobó la dulcificó, y que al unionismo español le está viniendo de cine, les diré que de poco vale alcanzar tal histórico acuerdo, si después no hay manera de llevarlo a la práctica porque las fuerzas que lo han apoyado se enredan en una cuestión que no va más allá del personalismo de aluvión.

Lo pistonudo, además, es que tanta razón o tanta falta de ella tienen los unos como los otros. Es igual de comprensible querer a Mas fuera del proceso a toda costa, que defender con uñas y dientes su derecho a liderarlo. Sin embargo, lo verdaderamente insensato es que una de las dos partes no haya sido capaz de ceder hasta la fecha, amén de que el asunto se ventile impúdicamente a la vista pública para enorme regocijo de quienes, aunque suban el tono de voz, intuyen que no hay de qué preocuparse.

Mas siempre se salva

He perdido la cuenta de las veces que he leído o escuchado el obituario anticipado de Artur Mas. No había echado los dientes de leche el llamado procés tras la Diada de 2012, y ya se pronosticaba sin lugar a dudas su caída e inmediato arrollamiento por las masas exaltadas. Con bastante fundamento, casi nadie daba un duro por su pellejo político. ¿En qué cabeza cabía que podría guiar el viaje a la independencia de Catalunya un tipo que había acreditado una pila de quinquenios como tibio y nada incómodo pactista con los mandarines —da igual del PSOE o del PP— de la España que ens roba? ¿Cómo era posible que un movimiento que eclosionó, además de por lo identitario, a modo de clamor contra los recortes y la corrupción, fuera a confiarse a alguien que manejaba con destreza la tijera y cuyo partido aparecía —y sigue apareciendo— cada dos por tres en la crónica marrón?

Pues ya ven. Pasó esa pantalla sin mayores contratiempos. Y las que vinieron después, que tampoco fue moco de pavo darse una señora bofetada en unas elecciones, las de aquel mismo 2012, que había adelantado pensando que arrasaría. De nuevo fue declarado cadáver, igual que cuando unas semanas después tuvo que venir Esquerra a su rescate, previa firma de una hoja de ruta de imposible cumplimiento. ¿Y qué pasó al vencer el plazo del 9-N sin que ni remotamente hubiera ocurrido nada de lo anunciado? Pues que los augures renovaron su vaticinio: Mas está acabado. De momento, ha durado, mal que bien, los diez meses que median entre aquella consulta fallida y las elecciones del domingo. Se vuelve a decir que de esta no sale. Yo no apostaría.

Catalunya, otra prórroga

Más que en cualquier otra parte, de un tiempo acá, en Catalunya las citas con la Historia suelen desembocar en prórroga. Prepara uno los tiros largos de las ocasiones irrepetibles y acaba celebrando con ellos una victoria electoral quizá muy encomiable, pero ni de lejos parecida a la anunciada. En el primer momento, es humanamente comprensible que la inercia y la borrachera de euforia anticipada conduzcan a no reconocer los hechos que se tienen ante las narices.

Es ahí donde se proclama a voz en grito —y lo peor, creyéndoselo a pies juntillas— que por el mar corren las liebres, por el monte las sardinas y que se ha obtenido en las urnas una mayoría apabullante, cuando incluso una lectura benévola, precio de amigo, escupe una realidad bastante más pedestre: la suma de Convergencia y ERC es netamente inferior a la de 2012, y no digamos a la de 2010. ¿Que lo arregla el sorpasso de la CUP? Sí, sin acercar la cifra total a la soñada en voz alta, y poniendo unas condiciones leoninas a las formaciones que, aun palmando, le han quintuplicado en representación.

Sobre quién ha ganado en votos, no hay mucho que decir. A la hora de escribir estas líneas, todavía sin computar los del exterior, eran 15.000 sufragios más para el conglomerado del antes roja que rota, ese en que se dan picos de tornillo Rajoy, Rivera, Sánchez y, oh sí, Pablo Iglesias. No es, desde luego, para proclamar el indiscutible triunfo españolista, como están haciendo las trempantes huestes cavernarias. Pero, a medio gramo de honradez con que se pretenda juzgar, tampoco para atribuírselo sin más ni más, siendo los números los que son.

Sencillo ciudadano Felipe

Epístola de San Pablo a los corintios, o sea, de Felipe González Márquez —llámenle equis— a los catalanes. Difundida a todo trapo, y no por casualidad, en el diario global en español, que ni quita ni pone rey, pero ya ustedes saben, ¿verdad? Resulta graciosa esta circunstancia porque como primera providencia, el gachó representa el numerito de quien ha recuperado “la sencilla condición de ciudadano” y dice opinar en calidad de tal. Vamos, que lo normal es que a un mindundi de a pie se le concedan honores de portada en uno de los periódicos (todavía) de mayor difusión en Hispanistán. No cuela.

Y también es para descuajeringarse un rato largo que el principal recado que lanza a la ciudadanía de Catalunya sea que “no se deje arrastrar a una aventura ilegal”. Viniendo de quien viene, nunca juzgado master y commander en ilegalidades, ilicitudes y hasta tropelías del quince, manda bastantes pelotas. En cuanto al resto, casi nada entre dos platos: la consabida retahíla de lo maravilloso que es estar juntos y lo fantástica que es la diversidad… siempre y cuando quede claro quién es Tarzán y quién es Chita. Como corolario, el igualmente sobado inventario de las mil y una calamidades que sobrevendrían a la ruptura con la madrastrona patria para convertirse —tal cual lo suelta el muy tunante, hay que joderse— en “la Albania del siglo XXI”.

He asistido al cabreo de más de media docena de soberanistas por la filípica del en otro tiempo conocido como Isidoro. Sinceramente, creo que procede lo contrario, alegrarse y animarle a que se descuelgue con una parida diaria similar hasta el 27 de septiembre.

¿Qué pasó el domingo?

Todo es según el ángulo de la fotografía y el entusiasmo en la narrativa. El mismo acto puede ser un fracaso descomunal o un éxito sin precedentes en función del titular y la imagen que lo acompaña. Entre las impías calvas de las gradas y una panorámica abigarrada de cabezas y telas al viento debe de estar lo más parecido a la verdad. Otra cosa es que interese contarla. O, qué caray, que se sea capaz de verla, porque al final, los ojos son un apéndice del corazón, que cada vez tolera peor las frustraciones. Créanme que en muchos de los grandes engaños no hay intención de darla con queso sino incompetencia para percibir la realidad. Llámenlo ceguera del alma y quizá lo disculpen.

Y ya, apeándome del lirismo, ¿con qué lectura sobre lo que ocurrió el domingo en cinco capitales de Euskal Herria hemos de quedarnos? Tienen para escoger la versión de la épica multitudinaria que avanza un mañana inminente plagado de urnas en las que decidir lo que seremos o la interpretación pinchaglobos que reduce la movilización al clásico de los cuatro y el tambor. Claro que si prefieren salirse de lo maniqueo, lo binario y lo trillado, pueden huir de la disyuntiva entre el triunfo y el fiasco, y plantearse si las mareas de color salmón han cubierto su objetivo.

Ahí, de nuevo, les cabe la opción de hacerse trampas o no. Piensen si se trataba de abrir un camino imparable para cambiar el estado actual de las cosas o si, siguiendo la estela de lo que ya se vivió el año pasado, el fin era fijar en el calendario una nueva tradición festivo-reivindicativa para soltar adrenalina patriótica y que siga sin pasar nada de nada.

La resolución ene

Ocurrió en jueves y víspera de fin de semana largo, así que no se sientan culpables por no haberse enterado. En otro tiempo quizá habría sido un notición del carajo de esos que nutren portadas, editoriales, columnas y tribunas. O incluso, animan charlas de barra. Pero esta vez no pasó de cierta sensación de día de la marmota para parte de los que lo vivieron en directo y, desde luego, para aquellos a los que por oficio nos tocó contarlo. Y miren que intentamos hacerlo, con una migaja de trampa y dos de cartón, currándonos un enunciado efectista tal que así: “El Parlamento de Gasteiz asegura que el pueblo vasco constituye un sujeto político con derecho y capacidad para decidir sobre su futuro [pausa dramática] en una consulta cuyo resultado [otro silencio valorativo] debe ser respetado”.

Se supone que más de un proceso histórico arranca o cobra impulso con una declaración como esa. Pero el nuestro (o medio nuestro, o lo que sea) no. Entre otros motivos, porque no es la primera ocasión en que la cámara aprueba una resolución similar sin que haya pasado gran cosa. Pero, en este caso en particular, por el modo en que se dieron los hechos. Resulta que las dos formaciones que apoyaron la proposición, ya imaginan ustedes cuáles, fueron las que se atizaron con más brío en la tribuna de oradores y en los escaños. Los representantes de los otros tres partidos —PP, PSE y la excrecencia magenta— se limitaron a disfrutar del espectáculo, dándose el capricho de tanto en tanto de soltar alguna de las cargas de profundidad de costumbre. Por ellos, como si se aprueban noventa resoluciones más. Total, ¿para qué?

Monedero habla claro

Sin el menor atisbo de ironía, me quito el cráneo ante la claridad del número tres de Podemos, Juan Carlos Monedero,  respecto a la independencia de Catalunya. Allá donde algunos de sus conmilitones silban a la vía y componen figurillas dialécticas que valen igual para arre que para so, el de las antiparras redondas ha calificado la secesión primero como “sueño irreal” y luego, por si quedaba alguna duda, como “disparate”. Y en otro aparte, en el mejor estilo de María Dolores de Cospedal, Esperanza Aguirre o cualquiera de los mil y un jacobinos del PSOE, ha colocado la almibarada monserga de los “cinco siglos de aventura en común”. A veces las bromas se convierten en realidad: apenas el día anterior, la reencarnación tuitera de Sabino Arana le atribuía a Monedero la creación de la República Plurinacional Indivisible de España.

Insisto, en todo caso, en que se trata de una honestidad muy de agradecer. Máxime, si tenemos en cuenta que tales perlas no se soltaron en un mitin en Alcobendas, sino frente a las cámaras de TV3, previsiblemente ante unos cuantos miles de los cándidos soberanistas que han amamantado a sus pechos a los principales líderes de la formación emergente y organizaciones aledañas (léase Guanyem o como se llame ahora). ¿Habrán tomado nota o todavía seguirán fantaseando con la llegada de Pablo Iglesias a Moncloa como pasaporte al referéndum e inmediatamente después a la ruptura amistosa? Vale idéntica pregunta para quienes, en esta Euskal Herria de nuestros pecados, no dejan de poner ojitos sandungueros a los de los círculos por si se apuntan a la vía vasca o lo que se vaya terciando.