El simple mal menor

Vaya con los franceses. Otros más que no saben votar, según andan proclamando los repartidores oficiales de certificados de aptitud democrática. Enfurruñados como los malcriados infantes políticos que son, llevan día y pico dando la murga con que Le Pen y Macron son la misma bazofia. Eso, en la versión más llana. La alternativa, con un toque mayor de elaboración, pretende que los dos que van a jugarse la presidencia de la República se retroalimentan en un bucle infinito de causas y efectos. “El liberalismo provoca populismo xenófobo”, recita el ejército de orgullosos papagayos, incapaces de asumir la derrota de su propuesta, si es que tenían alguna que fuera más allá de oponerse a lo que fuera.

En su cerrilidad de inquebrantables seres superiormente morales, ni siquiera caen en la cuenta de que tratar de imbéciles a las personas que echan la papeleta en la urna no es el mejor modo de granjearse su simpatía. Con medio gramo menos de soberbia y uno más de perspicacia, quizá hasta podrían llegar a comprender por qué en la mayoría de las últimas consultas electorales ha venido saliendo exactamente lo contrario de lo que propugnaban desde las atalayas con vistas a su propio ombligo.

Por lo demás, en el caso concreto de Francia, hasta el mismo domingo a las 8 de la tarde, lo que supuestamente mantenía apretados los esfínteres era lo que se atisbaba como nada improbable victoria holgada de Le Pen. Por poco que nos guste el ganador de la primera vuelta, parece de justicia reconocerle que es el mejor colocado para evitar el desastre anunciado. ¿O a estas alturas hay que descubrir la teoría del mal menor?

¿Qué se puede decir y qué no?

Se pierde uno en el proceloso mar de la libertad de expresión. Y no será porque de un tiempo a esta parte no llevemos acumulados episodios que abundan en el asunto. Pero según el rato que toque, el chusquero de guardia o, sobre todo, la materia en que se hinque el teclado o se vierta la saliva, estamos ante un sanísimo ejercicio de la democracia o frente a la más abyecta e intolerable de las actitudes.

Tenemos así que desorinarse de risa sobre el asesinato de Miguel Ángel Blanco o el secuestro de Ortega Lara sea un comportamiento libre de cualquier reproche, incluso digno de aplauso, mientras que un autobús naranja con pitos y rajas fletado por unos fachas es una incitación al odio del recopón que debe ser prohibida de raíz. O viceversa, vuelvo a repetir, porque la martingala funciona exactamente al revés: los que reclaman el derecho a hacer chistes homófobos, xenófobos o vomitivamente misóginos luego reclaman pelotón de ejecución para unos tipos que sueltan cuatro mendrugadas sobre los españoles en un programa de ETB.

Les confieso que ni siquiera sé cuál es la vara buena. Me limito a rogar que nos quedemos con una que sirva para todo. Si hay barra libre, que lo sea igual para las mofas de las víctimas del terrorismo que para cualquiera otra de las demasías que he citado. Y si lo que procede es impedir que se difundan mensajes gratuitamente dañinos para este o aquel colectivo, digo lo mismo: trato idéntico para la chanza que pueda ofender a lo tirios y para la que vaya a escocer a los troyanos. Basta ya de la ley del embudo de los campeones mundiales de la superioridad moral. No parece tan difícil.

La Democracia no mola

Apenas hemos cumplido una semana del Trumpazo, y ya podemos certificar que ha dado lugar a una especie de género literario propio. Con honrosas excepciones, la mayoría de las piezas consiste en un encadenado infinito de sapos y culebras, con el aderezo de barateros y contradictorios teoremas sobre las causas de la tragedia. En no pocos casos, las melonadas son de antología. Así, cierta individua echaba pestes del machismo estadounidense que imposibilitaba poner en la presidencia a una mujer dos tuits antes de afirmar que Bernie Sanders, que tiene pito, habría sido mejor candidato que Hillary Clinton.

En una línea similar de coherencia a la remanguillé, los plañidos en zig zag de no pocos conspicuos progresís. Abren la cháchara afirmando que la izquierda tiene que rescatar a sus votantes de las garras de la ultraderecha populista, y en el siguiente párrafo se lían a ciscarse en las muelas de la masa ignorante, insolidaria y fascistoide. “Analfabetos políticos que han incurrido en un acto de criminal irresponsabilidad”, los motejó el cid de la intelectualidad fetén, John Carlin.

Lo divertido o, según se mire, tremebundo es que buena parte de estas evacuaciones de superioridad moral no se paran ahí. Con la carrerilla cogida, pisan la línea de fondo imaginaria y dejan caer que la Democracia —nunca sé si poner la palabra en mayúscula o en minúscula— quizá no debería estar al alcance de todo el mundo. De momento, no lo dicen así, pero sí van sugiriendo con creciente desparpajo la necesidad de buscar el modo para que sobre los asuntos trascendentes —los que dicen ellos, claro— decidan solo los que saben.

‘Nuestra’ culpa

Desconozco los plazos de expedición al paraíso musulmán, pero si la efectividad es pareja a la de los métodos de los santurrones para el matarile, a esta hora es probable que los hermanos asesinos (seguro que en progresí hay un término menos rudo) de Bruselas anden retozando con las huríes a todo trapo. Entre polvo y polvo, Khalid puede guiñar un ojo a Ibrahim, y viceversa, con la satisfacción del sangriento deber cumplido y, de propina, el despendole de comprobar que su matanza es justificada —uy, perdón; contextualizada quería decir— con denuedo por lo más granando del pensamiento avanzado europeo.

Algún día alguien subvencionará una investigación sobre la paradoja que supone que los más comecuras y requetelaicos a este lado del Volga sean también los más encendidos defensores de una teocracia reaccionaria y criminal. Y ya para nota con doble tirabuzón, que además sean los campeones mundiales de la culpa judeocristiana y acaben echándose a la chepa la responsabilidad única de cualquier injusticia. Me corrijo: si bien usan frenéticamente la primera persona del plural, también han conseguido el prodigio gramatical de librarse de la parte chunga de ese Nosotros. Así, cuando braman que la masacre de la capital belga es el justiprecio de “las guerras que hemos provocado en su territorio”, la respuesta al “modo inhumano en que tratamos a los refugiados” o, por no extenderme, la contrapartida por “el trato cruel que damos al pueblo palestino”, se refieren a todos menos ellos y ellas. Claro que es todavía peor que de verdad piensen que merecemos ser eliminados uno a uno. Salvo sus mendas, faltaría más.

Bruselas y las que vendrán

Quitar la bandera europea en señal de protesta de tal cosa. Ponerla tres cuartos de hora después a media asta como expresión de dolor por tal otra. Qué preciso retrato de los niños grandes que somos. Creemos —y además a pies juntillas, sin posibilidad de réplica— que nuestros deseos son órdenes para la realidad, que basta cerrar los ojos y desearlo muy fuerte para que los males se desvanezcan y alupé, alupé, sentadita me quedé.

Más de 30 muertos, doscientos y muchos heridos, la capital de la (malhadada) Unión Europea en estado de sitio, y las almas puras se echan a Twitter a pedir “a pray for Belgium”. Hay que joderse, una oración como respuesta a la enésima carnicería cometida por tipos que rezan y rezan hasta tener agujetas en las neuronas. Esa es otra, porque la inmediata providencia de los cabestros de la superioridad moral es conminarnos a no caer en la islamofobia, mandato que delata, depende de los casos, ceguera voluntaria o conciencia del agua que lleva el río que suena.

De absolutamente nada sirve tratar de explicar que esta masacre es un profundo y despreciable acto de intolerancia religiosa contra quienes profesan otras creencias o —los más odiados— aquellos que no tienen ninguna. En el mismo viaje, es una manifestación de un racismo inconmensurable. Ocurre que como las procedencias y los colores de piel están invertidos respecto al canon, los cándidos silban a la vía sus aleluyas de buen rollo o sus regañinas destempladas a los que se atreven a insinuar, como aquí el arribafirmante, que el rey va desnudo. Lo más triste es que estas líneas servirán para la próxima. Porque la habrá.

No ser como ‘ellos’

Empiezo exactamente donde lo dejé ayer. Si has fundamentado el famoso asalto a los cielos en marcar las diferencias con quienes encarnan y sostienen el sistema decrépito, en cuanto te pintan los primeros bastos, no puedes utilizar su comportamiento como término para la comparación, y menos, la justificación. Unilateralidad es una palabra no solo jodida de escribir o pronunciar, sino de llevar a cabo. ¿Que es que ellos son muy malos y una y otra vez hacen cosas peores que las tuyas y, aun así, se van de rositas? Pues claro, por eso hay que derribar los andamiajes que aguantan y alimentan tales actitudes, pero sin perder la coherencia en el mensaje.

Para mi desazón, aunque no para mi sorpresa, el asunto este de la arqueología de los tuits de los electos del nuevo gobierno capitalino madrileño está sirviendo para retratar a muchos espolvoreadores de verdad, dignidad y justicia a granel. En lo humano, se entiende que se trate de defender al compañero ante un ataque feroz y, desde luego, no basado en principios sino en hacer sangre. Pero esa defensa se convierte en ofensa a la inteligencia, amén de autorretrato, si su argumento es que los otros han acreditado mayores niveles de vileza. Se diría que más que a erradicar las canalladas, se aspira a repartirlas equitativamente.

Eso, en el mejor de los casos. No pocos de los que han entrado a esta gresca están reivindicando, supongo que en función de su probada supremacía moral, la patente de corso para hacer gracietas brutalmente machistas o xenófobas. Y si alguien se molesta, es un puñetero plasta de lo políticamente correcto. Y un fascista, claro.

Por qué gana Maroto

De entre el millón de cosas comentables tras otras urnas que le han dado un buen meneo al mapa político y a ciertas verdades supuestamente inmutables, empiezo por lo único que, para mi disgusto, acerté casi al milímetro. Dejé escrito hace más de medio año, cuando había algún tiempo para la enmienda, que a Maroto se lo estaban poniendo a huevo. En el sesteo tonto de la misma tarde electoral, ya con la suerte echada y deseando equivocarme con todo mi ser, me atreví a pronosticar (aunque no a apostar) que el cabeza de lista del PP en Vitoria-Gasteiz obtendría 30.000 votos y le sacaría tres concejales al segundo, “o quizá segunda”, maticé. En lo último, atiné de pleno. En el número de sufragios, sin embargo, me quedé corto: a falta del conteo requetedefinitivo, fueron 35.484. Marca histórica para los de la gaviota rampante en la capital alavesa.

Aunque cuatro años pasan en un suspiro, como pueden atestiguar muchos de los que el domingo fueron enviados al banquillo tras haber sido reyes del mambo en 2011, andamos tarde para evitar lo que ya se ha producido. Cabría una alianza sanitaria de las fuerzas de oposición, pero habiendo abogado por ello en su día, se me antoja que con esta diferencia de respaldo, a la larga bien podría ser la base de una mayoría absoluta como alguna que tengo muy cerca de mi domicilio. Se decida sumar o no, quizá procedería como preliminar medio gramo de autocrítica y uno de humildad por parte de los partidos que han resultado —esa es la palabra— perdedores. Claro que también pueden enfadarse, no respirar, y rezongar que su ciudad está a reventar de racistas e insolidarios.