Sábado 21 de enero de 2017
Casado con una eslovena y nieto de un alemán y habla de Estados Unidos como si fuera suyo. Y no quiere emigrantes. Pero ese populismo de derechas que esgrimió en su toma de posesión tenía bemoles cuando dijo:
«Hoy no se pasa el poder entre presidentes nada más, sino que hoy estamos pasando el poder de las instituciones a ustedes, la gente. El poder ha estado demasiado tiempo en manos de las instituciones, mientras que la gente no compartía la riqueza».
Todo ésto lo decía en las escalinatas del Capitolio, sede de la representación popular e institucional estadounidense cuya Constitución empieza diciendo «Nosotros somos el pueblo…».
Este demagogo, aparte de histrión, es un manipulador de conceptos, porque las instituciones se crean para regular la vida de los ciudadanos y para representarles, como por ejemplo, la presidencia de los Estados Unidos.
Trump pertenece económicamente a ese stablishment que tanto aborrece, pero es parte de su núcleo duro. Lo malo es que las palabras ya no describen lo que nombran.
Y no es verdad que va a pasar el poder a la gente. No es verdad. El será el ejecutivo más celoso de sus poderes y la prueba está en que parte de la gente estaba en las calles de Washington manifestándose contra él.
Lo de no compartir la riqueza, lo tiene fácil. Que reparta la suya, pero es que ni eso quiere hacer con su familia en un alarde más de populismo barato que resume toda su intervención en que lo primero es América.
Partamos de la base que América va desde Alaska a la Tierra de Fuego. ¿Habla Trump de toda América o de sus Estados Unidos?. Primera corrección que le deberían hacer los bolivianos, los mexicanos, los canadienses. No hable usted en mi nombre que soy tan americano como usted y usted no me representa en nada.
No dudo que en Washington se han creado roscas de poder que impiden que el aire fresco llegue a los despachos de los senadores y representantes, pero es que si éstos no se ponen las pilas pierden su escaño a la primera de cambio. El sistema con muchos contrapesos no es lo que describe Trump, porque de haber sido asi, él no hubiera llegado nunca a ser presidente.
Y finalmente solo una observación para compararlo con casa.
Todos los presidentes juran el cargo ante la Biblia de Lincoln. Trump llevó además la de su madre. Pero es que hablaron además un obispo católico, otro protestante y un judío. La religión que forma parte del discurso institucional se hizo presente es parte de la vida de los ciudadanos de ese país. Aquí tenemos un himno sin letra porque aparece la palabra Jaungoikoa y cada Lehendakari acomoda su juramento o promesa arrinconando el poso de la historia que es el juramento de Aguirre.
Por lo menos en eso ellos no tienen complejos. Nosotros sí.
En definitiva, que habrá que seguir lo que hace este caballero, fundamentalmente porque va a influir en nuestras vidas.

