Sábado 17 de octubre de 2020
Ya no son Juancarlistas, ahora son Felipistas. El caso es mantener el statu
quo sin que cambien nada y sin reconocer absolutamente nada. Las dos Españas
que hemos visto hacer un spot diciendo unos y gritando otros, ¡Viva el Rey!. A
alguno le faltó decir levantando el brazo aquello de ¡Viva el Rey
Emérito! que en paz descanse en Abu Dabi rodeado de huríes y aburriéndose como
un oso en invierno.
Solo me ha chocado la presencia de uno en particular que quizás se ha visto
obligado a ello por su puesto, pero en los demás solo veo servidumbre, mayordomía
y una moral de embudo.
Hay gente que cree que dando comida de gato a un tigre éste se calmará. Lo
digo porque veía salir de la sede del gobierno vasco a los representantes
sindicales de la educación y pensaba en esto aun comprendiendo la buena
iniciativa del nuevo Consejero. Y es que hay cosas que no pueden ser y además
es imposible que lo sean.
Algunos cuando dicen ¡Viva el rey!, quieren
decir, VIVA EL REY, HAGA LO QUE HAGA… (tal y cómo podemos ver día a día en
las noticias), ¡allá ellos!, nos quieren transformar en súbditos…, y ¿cómo va
a ser esta monarquía española, la más moderna e incluso «semi
republicana», cuando no dan cuentas, no se puede elegir entre monarquía y
república, todo es opaco, son impunes y hacen política (esto es anticonstitucional,
que luego los que se autodenominan constitucionalistas, nada dicen…)?
Lo mismo ocurre con la libertad de expresión.
Le escuché al presidente Sánchez responder enfático a la pregunta de un
periodista en la sala de prensa de la Moncloa cuando éste le preguntó si sabía
dónde estaba el rey emérito. ”No, no lo sé y se quedó tan ancho”. A los
días se supo que estaba en Abu Dabi y entonces lo supimos todos, como en su
momento lo supo Sánchez. No se puede mover por el mundo un ex jefe del estado
en un avión particular, con ayudantes, maletas, muletas, máquina de contar billetes,
trajes, embajadores y policías sin que lo supiera el jefe del gobierno. Sánchez
nos trató como a niños de primaria.
Lo curioso fue que nadie se sintió ofendido por semejante cara de cemento
y también fue curioso que ningún periodista le replicara ni que otro le dijera
que estaba mintiendo. Se da por bueno que mentir, como ha hecho Trump con el
Covid 19 está permitido. Por lo menos en tiempos de pinocho a los mentirosos
les crecía la nariz y la gente sabía a qué atenerse. Aquí celebran que la
mentira sea asumida con normalidad.
Añoramos aquel viejo periodismo que sin sustentarse en tesis complejas,
respondía en cambio, al olfato de los reporteros que no se conformaban con el
material dado por la fuente informativa. Hoy el fuentismo (cuyas
manifestaciones son las ruedas de prensa, las redes, el fax y el boletín)
ha trastocado gran parte del contenido de los medios en mensajes estandarizados,
como si fueran una camisa talla única. El reportero que emerge de estas
prácticas es el portador de grabadora y micrófono, limitado a recoger las
mismas declaraciones que sus compañeros de oficio, sin indagar si lo dicho es
cierto o constituye una sarta de inexactitudes vertidas con el propósito de
obtener prebendas económicas o políticas o simplemente ocultar la realidad y
huir de la quema.
Esto es viejo. Le ha ocurrido a Trump y le ocurrió a Clinton confluyendo
una repugnante y peligrosa confluencia de cuestiones de carácter público y
privado.
El affaire de Clinton se trataba de algo más que de la vida
sexual del presidente manos largas. Es sobre una forma de gobernar que es tan
imprudente y tan despectiva con la verdad y con el ciudadano que hace
inevitable escándalos potencialmente paralizadores. Es sobre el engaño como
estilo de vida. La opinión pública puede no querer saber, pero tiene derecho a
saber. ¿Se acuerdan cuando Clinton miró directamente a los ojos del pueblo
norteamericano y declaró, con mucho énfasis: «No he tenido relaciones
sexuales con esa mujer, la señorita Lewisnky».
Las encuestas mostraron que la opinión pública, en su conjunto, no
le creyó como le había creído Hillary. Allí a su lado. Ni siquiera sus más
íntimos amigos le creyeron pero la economía iba bien. Así que se supuso que se
debía atravesar entre las ruinas del naufragio moral que fue y es
la Casa Blanca de Clinton y Trump y encontrar esos fragmentos de la
credibilidad presidencial que podrían haber sobrevivido para seguir tirando.
De ahí lo bueno de la libertad de expresión. Ojalá los monárquicos
españoles hubieran sido más críticos con su rey y le hubieran atado más en
corto ya que ese silencio cómplice más propio de la Sicilia medieval ha
propiciado que al creerse impune e inmune hiciera de su real capa un sayo
cochambroso .Y todo por falta de luz, esos rancios monárquicos y juancarlistas
de ocasión han hecho más por la llegada de la III República a España que todos
los republicanos con sus pancartas y su megáfono.
Sigo pensando que, en materia de libertad de expresión, siempre valdrá más
pecar por exceso que por cualquier tipo de dulcificación, encubrimiento o
incluso la censura. Y subrayo: siempre.
Pero también sigo pensando que los medios, cuando quieren volverse protagonistas
de la política —por las razones que sean—, deben hacerse cargo de las
responsabilidades que eso supone. De lo contrario, aunque se anuncien como demócratas,
no contribuyen realmente a la construcción de la democracia sino a ensanchar
los caminos de la deformación de unos hechos que prefieren moverse entre
los intereses inconfesables.
De ahí a sostener, mi respetada marquesa que La Causa
Monárquica -así, con mayúsculas- justifica todos los medios, hay un abismo,
que además tiene al fondo un lamentable pantano de lecturas equivocadas, conductas
de gentes que dan comida de gato a los tigres y piensan que José Manuel
Villarejo es todo un Comisario al servicio del sistema.
Menuda cloaca, majestad!!