Casado es un panchito. Sánchez no pedirá los dos votos de Bildu

Lunes 15 de octubre de 2018

Una de esas noticias infladas y sin importancia de estos días de relativas pocas noticias, habida cuenta del puente del 12 de octubre, que hemos tenido que soportar ha sido la visita que José Luis Rodríguez Zapatero le hico a Otegi en su santuario de Txillarre (Elgoibar). En Gipuzkoa, además de Loiola y Arantzazu tenemos ahora un nuevo local de culto que debe ser Txillarre donde Otegi y Egiguren, al parecer, planificaron la desaparición de ETA y marcaron las vías y líneas maestras por donde transcurrirá nuestro futuro.

Pero, como dicen los chavales, menos lobos. Y menos cuento.

Zapatero es una figura menor en la política española, un peso pluma que gesticula para que alguien crea que pinta algo. No es desde luego Felipe González que algo tiene que decir en relación con Europa y con América donde ha conocido a todos los presidentes, dictadores y poderes fácticos de aquel continente. La entrevista que le hizo El País el domingo apuntaba lo que digo y aunque no se esté de acuerdo con él, ni menos con su trayectoria, el hombre tiene peso, guste o no.

No así el caso de Zapatero que es un chisgarabís o como lo definió Rajoy, como un “tonto solemne”, y que envidioso de su antiguo jefe está haciendo uno de los papelones más indignos que pueda hacer nadie en relación con la dictadura venezolana. Hablar de Zapatero en Venezuela, en la Venezuela sojuzgada, es hablar de un patoso metido a componedor y a poner el caldo morado. Una nulidad bien pagada que le sirve al régimen de Maduro para blanquearse. Un culpable que algún día tendrá que dar cuenta de su responsabilidad en semejante desastre.

Pero lo inflado de la noticia y la bisoñez de Casado y Rivera, al creérselo y pedir la comparecencia de Sánchez, es pensar que Sánchez pueda utilizar a Zapatero para conseguir los dos votos que tiene Bildu en el Congreso para sus presupuestos cuando estos votos no sirvieron de nada en la Moción de Censura, en la investidura de Sánchez y en la vida cotidiana de aquella casa porque sería darle gratis a la caverna el gran argumento para invalidar todo lo que hace y toca el presidente del gobierno e indisponerle aún más con Susana Díaz y demostrar que, como dice ese sector español no reciclado, ETA les apoya. Informal, amigo del boato e irresponsable si lo es, pero no tonto.

¿Hacía falta que Zapatero se desplazara a Txillarre a conocer a Otegi?.

¡Que poco se hace valer el de León!.

”Si tú me dices ven, lo dejo todo”, con el peligro de que tarde o temprano saldrá publicado en algún medio esta conversación insustancial que se volverá contra este errático político que como no tiene palo en el que ahorcarse lo mismo te va al Corral de la Pacheca que a comerse un asado con Maduro que a Txillarre, para que todo el mundo al poco conozca que ha estado por estos lares con un Otegi necesitado de demostrar normalidad y capacidad de relación.

Noticias infladas, insustanciales, y poco serias que las comento a mi pesar solo para denunciar tanta manipulación. De hecho Isabel Celaá, la portavoz, ya ha desmentido que Sánchez supiera nada. Sin embargo, ese periodismo de tres al cuarto ha inflado la noticia como si esto fuera trascendental para alguien.

En resumen. Casado se la pasa haciendo tres ruedas de prensa al día. Lo que no hacía Rajoy en un año, éste lo hace en una semana. Pero esa sobreexposición le va a quemar porque dice el refrán castellano que quien mucho habla, mucho yerra. Y Casado con esto de los dos votos de Bildu no solo yerra sino que ensalza a un Zapatero que mejor haría con sentar cabeza. Tiene ya edad para ello.

El Valle de los caídos y el escultor Beobide

Domingo 14 de octubre de 2018

La consigna de que fuese panteón igualitario la quebrantó el propio Franco

Se han sacado coplas a la urna de Lenin en la Plaza Roja y fabricado democráticos pisapapeles con escom­bros del «muro de la vergüenza». El santuario de Cuelgamuros también ofende. Los ingleses y yankis que acuden a visitarlo y a quienes se asegura que «allí también yacen voluntarios de Brigadas Internaciona­les» pueden preguntarse, una vez desengañados, con qué autoridad moral persigue a Pinochet un Estado que perpetúa el homenaje a un Movimiento genocida que jamás se depuró.

Invisible, aunque presente, ¡pre­sente!, Franco está ahí, acarto­nado, taxidérmico. Con lastre de medallas, cintajos, puñetas de pan de oro, toisón y sable. Es el único jerifalte fascista y nazi de Europa con mausoleo público cuya realidad y esencia las informadoras turísticas dis­torsionan sin pudor. Disfruta de losa blanca y azucenas frescas a diario. El conjunto desprende, con sólo avistarlo, un aura ine­ludible de mal gusto advenedi­zo, de atrezzo para superpro­ducción de Bronston.

En estos pedregales se aco­metieron, un 17 de julio de fue­go, en 1936, dos juventudes. En 1940 llegan los batallones de castigo a las lomas circundan­tes y mil hoyos de unos veinte centímetros, tierra de urgencia para cadáveres despanzurrados entre sí, expelen osamentas ro­jas, azules y caquis. Ya tallaban la piedra viva los galeotes. Se encomienda a Pedro de Muguruza y Otaño, arquitecto, el grandilocuente diseño. Un inge­niero de Manchester, jubilado, viaja en uno de los autopullmans.

«Esto tiene, er… un cierto ai­re, ¿no cree?, un tanto mussoliniano». Con cautela. En el bus les han contado patrañas de transición fraterna, de fosas comunes compartidas. Sobre todo, mentiras a medias.

Muguruza y Otaño falleció en 1952. Le pasó el muerto a Diego Méndez González. La cruz hueca, transitable, es de hormigón armado y granito. Sirve de mirador, 150 metros de alto y 42 de ancho. El funicular que hasta ella trepa desgarra la naturaleza, la transforma en kermes. Hace una mañana de perros en el Risco de la Nava. Hay ganado bravo en la ruta que conduce de la verja a la ca­fetería. La Guardia Civil, que no guardas jurados, custodia la taquilla y dependencias de la entrada. Elocuente.

«Mordieron el polvo»

En agosto de 1953, el del Con­cordato con Pío XII, los forzados iban perforando ya una cripta que costaría vidas, mutilaciones y, en una España de ridícula autarquía, librecambio de pacotilla, recursos de estraperlo y hambre negra, unos veinte millardos de pesetas de 1959.

La consigna de que fuese panteón igualitario para combatientes de ambos bandos la quebrantó el propio Franco, sépalo el turista, en acalorado discurso inaugural. Ante 2.000 alféreces provisionales y altos mandos de los tres ejércitos, sin más presencia del adversario que los despojos anónimos que a este engendro sirven de ci­mientos, el Caudillo enalteció «nuestra Victoria», y «nuestros caídos». Incurrió en sonrojante léxico de tebeo al denostar a «ese enemigo obligado a mor­der el polvo de la derrota».

La propaganda del Régimen se encargaría -hasta hoy- de encauzar la torpeza del general propugnando un Cuelgamuros en simbología de la falsa con­cordia que, a los cuatro años, torturaba y fusilaba a Grimau, propinaba garrote vil a muchos anarquistas y mantenía en las mazmorras de Carabanchel -ahí sí se podría organizar un museo de los horrores- a un sinfín de sindicalistas, gudaris, marxistas y judeomasones variados. Bajo esta bóveda, de los llamados ro­jos no quedan ni los tuétanos.

La tumba de José Antonio, frente al Cristo, deja frío; y la del general, helado. La urna con los restos del «Ausente» no está bajo la lápida, enclavada sobre un sumidero, sino tres me­tros más allá.

Franco queda de espaldas, simbolismos del azar, al Cristo de Beobide, obra excelsa y tan ajena al popurrí de pastiches, tecnico­lor, oropel y tenebrismo marcial de la nave, que sorprende como única pieza digna de admirarse. ¿Qué hace allí? Testimonios absolutamente fiables y contrastados resolvieron la incógnita a «euskadi información».

Un Cristo cautivo

El taller de Zuloaga era visitado con asiduidad por Franco, que se encaprichó de la obra sacra de Beobide allí instalada. Solicitó un Cristo para él. Zuloaga, franquis­ta, u oportunista, amigo de un Beobide abertzale acérrimo que se negaba en redondo a «ir a saludar a Franco, ese criminal de gue­rra», optó por decirle al artista zumaiarra que el encargo era de unos suramericanos. Él, Zuloaga, se ocuparía de la policromía. Acabaría confesando quién era el destinatario. Estaba el Cristo casi culminado. Beobide, que «esculpía los Cristos rezando» y que hacía de su trabajo mística, pensa­ba por convencimiento íntimo que cuanto peor era un sujeto, más ne­cesitaba la oración.

El Cristo pasaría a la capilla de El Pardo, en 1941. La factura fue de 20.000 pesetas, tramitada por Zuloaga. Años después, sin con­sultar, un Caudillo no pregunta, Franco decide erguir el crucifijo de Beobide en pleno ábside, en el altar de la Basílica del Valle de los Caídos. Allí sigue. En el conjunto bisutero, tremendista, tiene mucho, por contraste, de cautivo. Impresiona su impavidez. Carece de rictus, de sangre seca. Beobide se negó a visitar Cuelgamuros «mientras no enterrasen allí tam­bién a todos los gudaris». No en­tró, consecuentemente, jamás.

«Por Dios y por España

En la Capilla del Vía Crucis la es­posa del ingeniero de Manchester, jipi residual, poetiza la lluvia: «Hoy el cielo llora por todos los muertos de la guerra». Un dedo prudente le traduce el gran rótulo sobre las puertas que acceden a las sacristías benedictinas: «Caídos por Dios y por España». «Ese es el eslogan del bando vencedor». La mujer se desconcierta. «¿Conoce USA? Bien, esto no es Arlington, aquí se exalta a los vencedores, y sólo a ellos, de una guerra civil.

Comunistas, socialistas, nacio­nalistas vascos, republicanos y masones eran la anti-España y los sin-Dios. Este no fue jamás su lu­gar, aquí no constan y es lógico que sus familias se resistiesen a sepultarlos junto al verdugo, de no mediar engaño o el chantaje con la vida o la libertad de un fa­miliar o varios». La inglesa llama a su marido. «Es que él tiene ami­gos que lucharon en las Brigadas Internacionales». Repite, el inge­niero, que todo el conjunto le sue­na «francamente mussoliniano». Se le ratifica. «A saber qué came­los les cuentan durante el viaje. Puede que entre los 50.000 esque­letos de las capillas laterales se halle el de algún brigadista.

Iñaki Durañona: Radio Euzkadi de Mouguerre, una voz en el exilio

Sábado 13 de octubre de 2018

Iñaki Durañona es un hombre «fronteri­zo». Nacido en Bilbao, apasionado con su Athletic, pero incrustado en la «muga» del Bidasoa desde su adolescencia. Tuvo que exiliarse junto a su familia a raíz de la gue­rra civil y, poco después, cuando apenas ha­bía cumplido veinte años, participaba acti­vamente en las actividades del Partido Na­cionalista Vasco en Laburdi. Bien en Euzko Gaztedi, bien colaborando con la exis­tencia de la mano de Joseba Rezola. Como explicaba Primi Abad, Durañona fue uno de los hombres fundamentales en la puesta en marcha y funcionamiento de Radio Euzkadi de Muguerre.

Radio Euzkadi ha sido, junto a las emi­soras comunistas, la única que ha enviado sus mensajes desde el exilio. «La Voz de los Vascos», como también es conocida, tuvo dos etapas bien marcadas: la primera, entre 1946 y 1952, fecha en la que el entonces ministro del Interior francés, François Mitterrand, ordenó su clausura. La segunda etapa, ya en Venezuela, se inicia ya en la década de los 60.

La importancia de Radio Euzkadi es múl­tiple. Por un lado, va a servir como anima­dora política en Hegoalde, proporcionando informaciones y consignas vedadas por la represión franquista. Por otro lado, va a ser portavoz del Gobierno vasco en el exilio. En este sentido, la emisora jugó un papel destacado en las huelgas generales de 1947 y 1951.

-DEIA: ¿Cuándo se crea Radio Euz­kadi?

-IÑAKI DURAÑONA: En 1946, tras el re­greso a Europa del Gobierno vasco. Es en­tonces cuando, por valija diplomática, se tra­jo el aparato emisor.

-D.: ¿Cuál era el funcionamiento?

-I. D.: Esto funcionó de la siguiente for­ma. El responsable de la misma fue Joseba de Rezola. Él fue quien se encargó de la ins­talación, buscó un lugar discreto y lo en­contró en el presbiterio de Mouguerra, don­de el abbe Jean Pierre Boucayer cedió su casa. Entonces se buscaron dos comentaris­tas: Duñabeitia y Mendiola. El programa se confecionaba en Donibane, en Villa Briseys, sede del Gobierno.

El principal colaborador de Rezola en Ra­dio Euzkadi fue Ander Arzelus, miembro del Gipuzko Buru Batzar, que acababa de lle­gar exiliado a causa de sus actividades en la Resistencia. Al mismo tiempo, Arzelus era el responsable de la programación en euskera. En la redacción, como mecanógrafo, trabajaba Leonardo Salazar.

-D.: ¿Cómo era la programación de Ra­dio Euzkadi?

-I. D.: La programación habitual se com­ponía de dos editoriales. Uno en castellano y otro en euskera. También se incluían las noticias que nos proporcionaba OPE. Asi­mismo, se incluían comentarios de diversas personalidades del exilio y del interior. En­tre éstos, Javier de Landaburu, José María de Lasarte, José Ignacio Lizaso, Irujo o Luis Ibarra, «Itarko», que fue presidente del Con­sejo Delegado en el interior.

-D.: ¿Cómo se recibían las noticias del interior?

-I. D.: Bueno. Esto era muy discreto. Los Servicios del Gobierno no tenían una línea que se efectuaba por aquí, por la ría del Bidasoa, que no tuvo ningún percance en to­das sus actuaciones. El mérito de esta línea correspondió a un hombre que falleció hace unos años en el Hospital de Baiona, Garayalde. No sólo pasaron correspondencia, tra­jeron a multitud de personas, como Sán­chez Guerra, por orden del Gobierno. Aho­ra bien, José Antonio Garayalde pertenecía a Servicios. Los Servicios del Gobierno fue­ron fantásticos. En este sentido hay que des tacar, una vez más, a Pepe Mitxelena. Un hombre totalmente entregado a la causa.

Un incidente con los franceses

-D.: ¿Era Radio Euzkadi una emisora legal?

-I. D.: No, ¡qué va! Simplemente estaba tolerada por el Gobierno francés. Incluso hubo un incidente con el Servicio de Con­traespionaje, la DST cuando éstos descu­brieron una emisora que funcionaba en Anglet en casa de un oficial francés. Le detu­vieron y declaró que pertenecía a los Servi­cios del Gobierno vasco. Nos tuvieron allí toda la noche. Nos preguntaron dónde es­taba la emisora. Al final nos dijeron que aquel interrogatorio -puesto que la Policía francesa sabía perfectamente donde estaba el emisor de Radio Euzkadi— respondía a una requisitoria de sus colegas españoles. El incidente no tuvo mayor trascendencia.

-D.: O sea que, a los franquistas, les preocupaba la emisora…

-I. D.: España interfería todo lo que po­día las emisoras. Hacían unos ruidos que hacían casi imposible escucharlas. El simple hecho de captar la nuestra era difícil, ya que nuestro transmisor era de poca potencia. No llegábamos a muchos sitios y, como decía, el menor ruido hacía que no se pudiese captar.

De Mouguerre a Ziburu

-D.: En un momento determinado la emisora tiene que ser trasladada, ¿no?

-I. D.: Sí. Pasó de Mouguerre a Ziburu, muy cerca de la casa de Rezola.

-D.: ¿Cuánto tiempo estuvo usted en Radio Euzkadi?

-I. D.: Estuve, aproximadamente hasta el año 50. Lo dejé por causa de mi segunda detención por la DST. Pero, ésta era debi­do a cosas diferentes. Por el contacto que teníamos con los ingleses. Nos vigilaban. Yo ni me había dado cuenta, y cuando iba a tra­bajar una tarde a las oficinas del PNV, me detuvo un inspector. El comisario, que era el mismo que nos había interrogado cuan­do lo de la emisora, me interrogó sobre nuestros contactos con los británicos. Me dijo que era muy grave lo que estábamos ha­ciendo. Que informar a un país extranjero estaba penado por la ley.

Por: Koldo San Sebastián

DEIA (5 de Mayo 1991)