Terminar con el chantaje

Es gracioso que los autotitulados liberales de los diferentes linajes (neo, con, neocon, ultra) sigan dando la brasa sobre la intolerable intervención de los gobiernos y/o estados en la economía. Nos daríamos con un canto en la piñata si sólo fuera medio cierto que las administraciones tienen algún pito que tocar en el brutal casino de las finanzas mundiales. Para nuestra desgracia, y como estamos viendo en esos titulares de los que el común de los mortales únicamente captamos su carácter catastrófico sin entender ni jota, el adagio es exactamente al revés: son los mercados los que tienen intervenidos los poderes teóricamente emanados de la voluntad popular. Si alguna vez hubo democracia, ha sido abolida hace tiempo.

De nada sirven las reuniones, cumbres, encuentros o conciliábulos de ministros. Por salvajes que sean los ajustes y recortes que decreten, por gigantescas que sean las inyecciones de pasta que determinen, nunca acabarán de calmar la voracidad de los tiburones de la especulación. Muy al contrario, con cada una de esas medidas están abriendo la puerta a futuros y más despiados chantajes. Satisfechas sus demandas inmediatas, el monstruo va a ir reclamando raciones mayores bajo la amenaza de convertir en erial el país que se le antoje.

¿Hasta cuándo van a estar los gobernantes arrojando paletadas de dinero y cuotas de bienestar a lo que ellos saben perfectamente que es un saco sin fondo? ¿No ha llegado ya el momento de plantarse y hacer frente a los insaciables tahúres, que tienen perfectamente identificados, amén de ubicados geoestacionalmente los despachos desde los que lanzan sus ataques? ¿Por qué esa legislación internacional que permite invadir países etiquetados como gamberros o, si se tercia, dar matarile in situ a enemigos públicos del globo, no es de aplicación para quienes, con apretar una simple tecla pueden condenar a la miseria a poblaciones enteras?

Lagarde, la de los 380.000

Christine Lagarde, flamante baranda del Fondo Monetario Internacional, ese oscuro club de sabios -mayormente, listillos- que no jipiaron la crisis cuando la tenían enfrente de las narices, se embolsará 380.000 euros al año. Cantidad neta, ojo, que en la élite de los galácticos de las finanzas, el fútbol, el cine o la música no parece manejarse el concepto “bruto”, que hace que el común de los mortales descubramos cada año que en realidad cobramos menos de la mitad de lo que dicen los papeles. Nótese, para mayor ensanchamiento del escándalo, que la susodicha no gastará de su bolsillo un puñetero clavel. Cada café que se tome, cada lujosa suite de hotel en la que se aloje, cada Mercedes que la traslade de sarao en sarao le saldrán gratis total.

Y el dato definitivo que invita a llorar dos océanos: la mareante cifra será revisada anualmente… ¡en función del IPC! No hay pelendengues, claro, a basar la subida en la dichosa productividad que en su propia doctrina es mano de santo para los currelas de a pie. En resumen, que se la refanfinflará si Grecia se va definitivamente al guano y, detrás, Portugal, Irlanda, España o quien sea. Su millonada y su correspondiente incremento anual están a salvo de esas pequeñeces. ¿Es ser muy mal pensado sospechar que no se va a dejar la piel en algo que, a fin de cuentas, no le va a afectar personalmente en absoluto?

Con todo, sentirá la necesidad de justificar el pastizal o, más probablemente, de trabajarse un futuro en el Eliseo para cuando lo deje Sarkozy, y cada equis la veremos ofreciendo sus recetas infalibles para salir del agujero. No hay que tener tres másters para adivinar en qué consistirán: guadaña y más guadaña. Con un par nos dirá -y los respectivos gobiernos actuarán en consecuencia- que en la situación actual los estados no se pueden permitir ciertos lujos. Ella, sin embargo, se los podrá permitir todos. 380.000 euros dan para mucho.

Chillida-Leku tiene futuro

Cada titular periodístico encierra una mentira en potencia y muchas veces, dos. No vean retorcidas intenciones u oscuras consignas, que haberlas, haylas; en la mayoría de las ocasiones es la necesidad de atrapar al tiempo la realidad y la atención de los lectores en media docena de palabras lo que nos convierte en involuntarios Pinochos. “La crisis cierra Chillida-Leku”, coincidían ayer, variante arriba, variante abajo, casi todos los periódicos, tanto los que se editan a tiro de piedra de Hernani como los que tienen plaza a quinientos kilómetros. Subrayemos el par de trolas posibles. O mejor, pongámoslas entre interrogantes, por aquello del beneficio de la duda. ¿La crisis? ¿Cierra? Vayamos por partes.

La crisis, ¿eh? Claro, quién va a ser, sino ese ectoplasma malvado sin domicilio conocido y, por tanto, ideal para cargarle cada mochuelo caído del peral. Qué más da si los planteamientos de negocio o las gestiones son manifiestamente mejorables. Si, dentro de la faena que es bajar la persiana, se tiene la suerte de hacerlo en tiempos de zozobra económica, siempre cabrá salvar la honrilla aferrándose al comodín del público. Incorpórea por naturaleza, la tal crisis no podrá nunca levantar el dedo y negar su culpa. Para qué, si la tiene de todo, incluído el fracaso de las utopías, según estamos viendo.

¿Definitivo?

Segundo posible embuste inconsciente: cierra. ¿Seguro? ¿Es una decisión firme e irrevocable, como desgraciadamente suele ser cada anuncio que afecta, pongamos, a cualquier empresa de doscientos currelas de Encartaciones o la misma Donostialdea? Llámenme suspicaz, pero me da que estamos ante la versión inversa de la profecía autocumplida, es decir, la que se lanza justamente para evitar el apocalipsis que se vaticina. Hay varias instituciones concernidas, de signo político diverso, además. Aunque sólo sea por el qué dirán, ya verán cómo se pelean por pagar la ronda y aparecer en la foto final como los valedores del sueño del escultor. Mejor que no sepan que estos gestos no dan los votos que imaginan.

Conclusión: Chillida-Leku saldrá de ésta. Veremos -eso parece impepinable- cómo echa el candado en enero y el ERE, la parte más dolorosa de todo esto, va a misa. Luego, allá por la primavera, a las puertas de la temporada alta y de las elecciones, resurgirá de sus cenizas. Si en el interín se hacen las cosas medio bien, los nietos de nuestros nietos lo conocerán en pie y los titulares resultones de ayer dormirán en las hemerotecas el plácido sueño de las verdades incompletas.

Rescates

He probado leyendo, y nada. He probado preguntando, y tampoco. He probado imaginando, y ha sido divertido, aunque igualmente inútil. Arrojo, pues, la toalla y confieso enormemente avergonzado que no tengo ni la menor idea de cómo se rescata la economía de un Estado. Sí, claro, ya se que es cuestión de pasta -se “inyecta”, dicen- y hasta sospecho de dónde sale todo ese parné, que en realidad no son billetes, sino números con muchos ceros a la derecha. Donde me pierdo es en lo que pasa una vez que alguien toca el botón que da salida a todo ese chorro de dinero. ¿Llega a un número de cuenta? ¿Se reparte entre varios? ¿Y de ahí, a dónde va? Más importante: ¿Con eso se pasa el peligro? ¿Por cuánto tiempo?

Podría estar poniendo interrogantes hasta la columna del segundo martes del mes que viene, pero sospecho que sería un esfuerzo inútil. Cada gurú de la economía -eso ya lo he visto- tiene respuestas diferentes y contradictorias. El mismo sabio o la misma sabia, dependiendo de la hora del día y lo que marquen el Dow Jones, el Nikkei o el castizo Ibex, expedirán un diagnóstico o el contrario, argumentados ambos con idéntica convicción y siempre adornados con esa palabrería que al común de los mortales nos deja caras de vacas mirando al tren. Y ese es el drama, que el tren es el de la última película (o similar) de Tony Scott. Circula a toda mecha sin maquinista cargándose lo que encuentra a su paso. No se va a detener porque aquellos a los que votamos para que lo hicieran, no saben cómo frenarlo, aunque jamás lo confesarán. Por mal que vengan dadas, a ellos no les faltará la Visa Oro ni el chárter para ir a hacer footing a Seúl.

El capitalismo es historia

Desde el flanco izquierdo y en primera línea de peligro de ser arrollados, se le puede echar la culpa al malvado capitalismo. Tal vez sirva como pataleo para desfogarse, pero poco más. Ojalá el monstruo que nos devora el bolsillo se atuviera a las injustas pero comprensibles leyes de la plusvalía. Qué tiempos, aquellos en los que era tan fácil identificar al enemigo de clase.

Aquellos ricachos con sombrero de copa y frac lo eran porque comerciaban -o traficaban- con materias tangibles, contantes y sonantes. Y si invertían en bolsa, las acciones subían o bajaban siguiendo el ritmo real de negocios también reales. Hoy se compran y se venden números, puro humo. Ni siquiera sabemos quién pone el precio, pero sí que de tanto en tanto todo un Estado puede quedarse sin blanca para seguir jugando al Mononopoly. Y entonces, hay que rescatarlo, sea eso lo que sea

¿Es esto una crisis?

Por enésimo día, cola para entrar a la ciudad hostil donde trabajo. Uno, dos, tres, cuatro carriles convertidos en procesión metálica que hace dudar del significado del verbo avanzar. En el horizonte, semáforos que cambian -rojo, verde, naranja, otra vez rojo- en un brindis al sol, inexistente, por cierto, en esta tarde de otoño. Nadie ni nada se mueve. Para conjurar el hastío, me entretengo haciendo un censo a ojo de los cautivos. Dos o tres furgonetas de reparto, un buen puñado de Audis, bastantes BMW, varios Mercedes. Y toda la gama de berlinas y cuatro por cuatros del resto de marcas. Dejo de fijarme en lo que parece la norma y busco las excepciones. Veo un fordfi y un 205 blasonado con una L blanca sobre fondo verde. Minoría absoluta. Curioso parque móvil para una crisis devastadora.

Algo no me cuadra. Es decir, sigue sin cuadrarme desde que hace ya tres años empezaron a decirnos que fuéramos arrepintiéndonos porque este mundo de la opulencia se acababa y caminábamos sin remisión al abismo de la miseria. Yo mismo he difundido esas profecías apocalípticas, acompañadas de datos dolorosamente reales que daban la impresión de confirmarlas. EREs sin cuento, brutales recortes de plantillas, congelaciones de salarios como mal menor, alarmantes aumentos de usuarios de comedores sociales, los sobradamente conocidos tajos de derechos y conquistas aplicados por los gobiernos… Pero luego, buscas una mesa en una terraza para tomarte un gintonic de seis euros y te encuentras con que no eres, ni mucho menos, el único al que todavía le llega para darse un capricho. Y a más de tres, hasta con una ración de ibéricos.

Realidades paralelas

¿Es esto una crisis? Cualquiera se atreve a rebatir a los que aseguran categóricamente que es la peor de todas las inventariadas desde la de 1929. Seguro que sí, que para muchísima gente lo es, y ahí están esas cifras que no son producto de ninguna calenturienta imaginación. Tiene toda la pinta de que la escoba social ha sabido barrer a todas esas víctimas y ocultarlas bajo la alfombra. Las sacamos, sí, de vez en cuando para ilustrar reportajes y poner rostro a esa debacle económica que decimos estar padeciendo.

Y mientras, en la realidad paralela, es imposible reservar en un restaurante de sesenta euros el cubierto, las pantallas de plasma vuelan de las estanterías, hay lista de espera de semanas para adquirir un Iphone y los coches más viejos que pisan el asfalto tienen un par de años. Vuelvo a preguntar: ¿Es esto, de verdad, una crisis? ¿Para quiénes?