Fútbol es fútbol

Esta noche, otra vez gran velada. La tercera de esta temporada, si no llevo mal la cuenta de lo que los topiqueros pertinaces siguen llamando partido del siglo o, en la nueva versión tanto o más estomagante, el clásico. Agradezco a los cielos y a mi horario laboral que el momento de autos me vaya a pillar pendiente de otros balones, mayormente, esos envenenados con los que hacen el eterno rondo los políticos, con el árbitro siempre pitando a favor de obra. Así jugaran como en los dibujos animados japoneses, no podría soportar otros noventa minutos echando las muelas por algo que cuando tengo las neuronas refrigeradas sé que ni me va ni me viene.

¿Qué prodigio explica que, siendo culé en una cantidad infinitesimal, la semana pasada me agarrase un berrinche talla XXL ante la fiesta merengona que se montó -cohetes, barra libre de güisquis, bravatas cuarteleras a pleno grito- en el pueblo zamorano donde me tocó ver el partido?¿Por qué me quedé tan asqueado que, cuando el sábado jugaron dos equipos que supuestamente sí me removían algo por dentro, preferí leer un libro ramplón y apenas enarqué las cejas al saber el resultado? Llevo preguntándomelo todos estos días y empiezo a plantearme seriamente que estoy en el punto de no retorno del poema número veinte de Neruda: tal vez el del miércoles fue el último dolor que el fútbol me haya causado.

Lo que no puedo asegurar, como hizo el chileno, es que estos vayan a ser los últimos versos que le escriba. Ni siquiera los penúltimos. Como conté en este mismo confesionario, a medida que me iba desenganchando de la morfina balompédica como deporte y/o espectáculo, ha ido creciendo mi fascinación por lo que tiene de fenómeno social. Y ahí es donde tengo que sacar la bandera blanca, echar la rodilla a tierra y capitular, porque no hay raciocinio capaz de explicar ni por aproximación su poder para hacer que cualquier otra cosa palidezca a su lado.

Huelga de balones caídos

Como ya he perdido todos los puntos de mi carné de progre y no sé dónde se dan las clases de resocialización, me atreveré a pronunciarme sobre la huelga (o similar) de futbolistas convocada para el próximo domingo. No estoy a favor ni en contra. Simplemente me da risa. De la floja e incontenible, además. Y como sentimiento anejo, me provoca también una divertida curiosidad. Ni me va ni me viene si acaban jugándose los partidos, porque hace como unos diez años que fui capaz de expulsar al forofo que se hospedaba en mi anatomía, pero sí me da una gotita de morbo saber en qué queda la mascarada. Que tenga que decidirlo la Audiencia Nacional, esa que yo creía que sólo estaba para las afrentas más gordas al presunto estado de derecho -con minúscula lo escribo, sí-, hace que la cosa resulte aun más entretenida.

Leo una y otra vez sin salir de mi asombro que la protesta de los gladiadores modernos se basa en la tremenda tropelía que supone hacerlos trabajar sin dejar que se recuperen de los excesos del cambio de año. En realidad, creo que apelan a lo entrañable y familiar de las fechas, y hasta blanden un convenio colectivo que recoge la demanda negro sobre blanco. Me pregunto si tendrán reconocidos también días moscosos para ir a los concesionarios a husmear haigas o para rodar los cargantes spots que suelen protagonizar.

Jornaleros de la gloria

Ya, lo de siempre, estoy cayendo en la demagogia barata al pintar a los obreros de la patada cual si todos fueran Cristiano Ronaldo. De sobra sé que no, pero ni de guasa me va a colar que me canten las mañanas diciendo que también hay mileuristas en las dos categorías profesionales, porque contestaré entonces con uno de sus latiguillos preferidos: el fútbol es así. Si esos a los que José María García llamaba jornaleros de la gloria tienen que rebelarse, será frente a los figurines que les centuplican la soldada. Tal vez no se han dado cuenta de que sin ellos como actores secundarios, las primadonnas balompédicas no tendrían forma de lucirse. Que les reclamen su trozo de la tarta.

El pintoresco director de deportes del Gobierno vasco, Patxi Mutiloa, le decía el otro día a Unai Larrea en estas páginas que la próxima burbuja que estallará será la del deporte profesional. Argumentaba, pienso que con tino, que no tenía ninguna lógica que un deportista de nivel medio bajo cobrase más de 120.000 euros al año. Nivel medio bajo, recalco. Ahí es donde la pelota -qué mejor símil- se detiene en el tejado de los aficionados que sostenemos y fomentamos esa realidad.