La muerte del Lehendakari

Viernes 8 de mayo de 2020

Personalmente no conocí al Lehendakari Agirre pero me acuerdo perfectamente el día en  el que murió en Paris. Vivía con mis aitonas en Donosti y la casa se estremeció. ”¿Qué va a ser de nosotros?” era la expresión más repetida. Aquel “nosotros” era la causa vasca, el pueblo vasco aherrojado. Entendí que había pasado algo terrible, pero no supe más. Mi aitona había sido represaliado y obligado a pagar una multa que lo inhabilitó. Era director del Banco Guipuzcoano en Zarautz, obedeció las instrucciones del Consejero de Hacienda Eliodoro de la Torre en 1936 para repatriar los fondos a Bilbao dejando a la familia en Zarautz. A mi amona le recluyeron en el convento de Santa Clara con otras  nacionalistas, a mi ama le cortaron el pelo al cero y al poco les expulsaron habiéndoles quitado todo. Acabaron en Iruña y de allí por monte a Iparralde. Para ellos José Antonio de Agirre era su referente, el hombre que desde el exilio les insuflaba ánimos y esperanza y ese día había fallecido con 56 años.

Es muy difícil describir la sensación de orfandad en la que quedó aquella generación y aquellos perdedores sometidos a una dictadura sin alma. Pero aquello ocurrió. Y para contarnos como fue, nada mejor que el relato de su amigo D. Manuel de Irujo quien con sentidas palabras nos escribió aquel mal recuerdo.

“Alderdi me pidió un artículo dedicado a José Antonio. Se lo envié. Pero después me pide que relacione sus últimos momentos. Esta demanda me intimida, tanto como me emociona. Yo no os he descrito jamás —y he descrito muchas cosas— los últimos momentos de la vida de otro hombre. He de iniciarme con mi mejor amigo. Porque, con todos los respetos debidos al cargo que encarnaba con tanta propiedad como eficiencia, a la hora de la verdad, en los momentos solemnes en que el hombre deja la vida, la condi­ción que prima en su ser es la de hombre, y por ser esto así, la calidad que más íntimamente se siente es la del amigo. To­dos los vascos hemos perdido a nuestro Presidente. Yo he perdido, además, al amigo, amigo con el cual había llegado a esa situación, máxima prueba de la amistad, en la cual pueden mantenerse posiciones coincidentes o discrepantes, conformarse o discutir, y discutir acaloradamente, sin dejar de ser amigo.

La última disputa que yo he tenido con José Antonio fue con cargo a la operación anglo-francesa sobre el canal de Suez. El la condenaba con fuerza. Yo sentía que no se hu­biera ultimado, con la ocupación material de todo el canal, ocupación que hubiera conducido a su internacionalización. «Hace mucho tiempo que no habíamos levantado la voz dis­cutiendo», me dijo José Antonio. «Es el único tema que nos separa de los muchos que están sobre el tapete. Dejémoslo, ya que, de nosotros no depende su solución». Leizaola y Landaburu, que presenciaron la disputa, me hicieron la mis­ma reflexión.

José Antonio era hombre fuerte, sano, sin lacras de nin­guna especie. Su padecimiento crónico, permanente, se reducía a una bronquitis, en la que, después de dejar de fu­mar, había mejorado. Recuerdo que, hace dos años, cuando fumaba —y fumaba mucho, aunque él se defendía de esta inculpación que le hacíamos constantemente sus amigos— reunidos en Pentágono —porque también nosotros teníamos nuestro Pentágono— él con Leizaola, Landaburu, Urcola y yo, había momentos en que debíamos esperar a que tosiera a su gusto para seguir deliberando. Desde hace dos años se encontraba bien, completamente bien, sano y fuerte, templado en su vida física como en su alma, con aplomo y equilibrio plenos. Aquellos ataques de bronquítico habían desaparecido, o se habían amenguado, aunque fueran en él de mayor intensidad que en cualquiera de los cuatro restantes, entre los cuales había dos, Urcola y Leizaola, que no tosían ni por equivocación.

El viernes 18 de Marzo, trabajando en su despacho de la Delegación con Aspiazu, confesó a este que se sentía con cierto malestar, algo griposo, por lo cual pensaba quedarse en casa unos días a sudar el catarro. Podía afirmar este pro­pósito con muchas garantías de acierto, porque las reac­ciones de sudor eran en él fáciles y copiosas. Pero el sábado 19 volvió a la Delegación y tuvo que oírnos, en coro, a Alberro, Landaburu y a mí mismo, que le llamáramos al or­den, recomendándole que no hiciera tonterías y que no deja­ra la casa en unos días para evitar un ataque gripal mayor. El, que estaba muy seguro de sí, nos contestó que se en­contraba mejor, añadiendo que, aquella noche tendría lugar la cena semanal acostumbrada, que en su casa solíamos ce­lebrar todos los sábados del año Don Alberto Onaindia, él y yo, pasando revista en la intimidad del hogar, a todos los su­cesos de importancia —de dentro como de fuera de casa— que la vida diaria nos ofrecía.

En efecto, la cena se prolongó con toda la secuela de obligados comentarios, rodeando la mesa de su despacho privado, hasta que, allá sobre las 11,30 yo, invocando los derechos del más viejo y alegando que el último autobús era a las doce, hice que se levantara la sesión. José Antonio no sentía esta necesidad. Se encontraba pleno de facultades en todos los sentidos de la palabra.

El domingo 20 oyó misa y comulgó en su parroquia de Saint Pierre du Gros Caillou. José Antonio era devoto de la parroquia, a la que reconocía todo el sentido religioso y cor­dial que le otorga la Iglesia.

Pasó el día bien, aunque acostado. Dejó la cama para oír misa a las seis de la tarde.

Durante la noche del domingo tosió bastante, por lo cual, decidió no salir de casa, rindiéndose a nuestras insis­tentes recomendaciones. Cuando el lunes 21 Mari, su mujer, llamó a la Delegación para anunciar que su marido se quedaba en casa, Aspiazu, que recibió el aviso, indicó a la Sra. Agirre la conveniencia de que lo viera el médico. De acuerdo con esta sugestión, Aspiazu llamó al Dr. Lasa y le dijo que, aunque el Presidente no tenía cosa mayor, sin du­da que, tanto la familia como la Delegación quedarían más tranquilos si le visitaba.

El médico encontró a José Antonio con los bronquios muy cargados y le recomendó guardara reposo durante un par de días. El propio José Antonio, que recibió a Aspiazu en la cama, dijo a este que prefería reposar un par de días.

El martes 22 entre 10 y 10:30 de la mañana, la Sra. Agirre llamaba a la Delegación. Su marido, dijo, había sufrido un malestar, perdiendo el color, con deseos de de­volver y con un fuerte dolor en el pecho que irradiaba a los brazos, de manera concreta al brazo izquierdo. Había pensado en levantarse para ir a la Delegación, pero se volvió a acostar. Escucharon su relación, en dos conferencias telefó­nicas sucesivas, Azpiazu y Alberro. Se llamó inmediatamen­te al médico y Azpiazu se trasladó sin pérdida de tiempo a su casa.

Lasa vigilaba muy de cerca a Agirre. Le veía con fre­cuencia. Conocía bien su fisonomía fisiológica. Azpiazu en­contró a José Antonio nervioso, inquieto, sin hallar postu­ra, con el brazo izquierdo dolorido, se quejaba de sentir una especie de biotzerre en la región cardíaca, pero tenía el pulso normal. Una hora después —en espera del médico— el en­fermo sudaba copiosamente, «a chorro», el dolor se había calmado algo, pero el pulso acusaba una clara arritmia.

A las 12:15 llegó el médico, que reconoció al enfermo, escuchando de él la explicación del ardor sentido en el pecho, especie de biotzerre, o algo de reuma. Lasa le siguió el aire, pero se diagnosticó la angina de pecho, como po­sible, dados los caracteres apreciados, aunque la arritmia no correspondía a dicha enfermedad, recetándole un antico­agulante con orden de quietud absoluta y prohibición de conversaciones y visitas, todo ello en previsión de que estu­viera formándose un infarto de miocardio, pensando en ha­cer un electrocardiograma en cuanto transcurrieran las 48 horas precisas para que ello tuviera lugar, en su caso. La opinión del médico fue la de que el acceso no se repetiría y que, en el caso de que se repitiera, no sería mortal. Algo pa­recido dijo a Azpiazu primero y a Alberro después, silen­ciándolo al enfermo y a su mujer.

El propio José Antonio, que tras la visita del médico se encontraba mejor, comentó con Azpiazu —no sin un cierto humor— lo que Lasa le había dicho y el régimen de absoluto reposo que le había ordenado, encargándole que, con la me­dicina recetada, le llevase los periódicos.

A la una y media estaba el anticoagulante en casa de José Antonio. Azpiazu, que la había llevado, comunicó sus te­mores a Landaburu en la Delegación. Entre tanto. Leizaola buscaba a los hermanos de José Antonio para hacerles partícipes de los mismos. A las 4,30 de la tarde, José Anto­nio se encontraba bien, su mujer había salido a hacer algún recado y Azpiazu cruzó unas palabras con el enfermo encontrándolo sereno, tranquilo y con su moral recuperada.

A las cinco de la tarde del 22, Mary preguntó a su marido si le apetecía algo y José Antonio le contestó que tomaría un té con pastas, encargándole que le trajera el periódico. A las 5,30, la señora de Agirre recogió el servicio y dio a su mari­do «Le Monde» y las gafas para que pudiera leerlo. Pocos minutos después de dejar la habitación, oyó unos extraños estertores. Volvió encontrándose a José Antonio desencaja­do, agonizante.

En la casa se hallaba con ella su cuñada Tere Amezaga. Mary telefoneó a sus hijos y hermanos, a la Delegación y a un médico que vive en las cercanías de casa. Para cuando lle­garon los primeros, José Antonio había dejado de existir. La Doctora que fué la primera en acudir a la llamada sola­mente pudo acreditar su defunción. Esto sucedía alrededor de las seis de la tarde.

Con distancia de minutos fuimos llegando sucesivamente Alberro y Landaburu, el Dr. Lasa, Don Alberto que le dio la absolución, el coadjutor de turno de Saint Pierre du Gros Caillou que le administró la Extrema Unción, Leizaola, Aintzane, Iñaki de Agirre y su mujer, Angel de Agirre y yo. Mary cerró sus ojos. Don Alberto, Leizaola y Landaburu lo vistieron. La vida de José Antonio se había extinguido para que comenzara la de su recuerdo como símbolo, enseña, mi­to. José Antonio entraba en la historia.”

Bono, Azkuna, tres libros y Agur!!!

Jueves 7 de mayo de 2020

Bueno, esto toca a su fin. Podría seguir y seguir pero entiendo que la reiteración puede cansar. He pretendido que el sesenta aniversario del fallecimiento del primer Lehendakari no pasara desapercibido en parte por las circunstancias y la suspensión del acto organizado y en parte porque podía considerarse una fecha más. Me hubiera gustado que Gogora hubiera destacado el hecho telemáticamente. Las nuevas generaciones carecen de las mismas referencias que las de nuestra generación y, antorcha que no se pasa, se apaga.

Mañana publicaré el doloroso trabajo de D. Manuel de Irujo tras el fallecimiento de Agirre y pasado el comunicado del Euzkadi Buru Batzar ante su muerte. Y se acabó.

Siempre me ha interesado  la biografía y la vida política de un hombre al que le tocó pasar por tragos muy amargos y sin embargo liderar desde un esquema de acción positivo la vida de un pueblo derrotado, incomprendido, sin horizonte y por eso fui un día donde el presidente del Congreso José Bono para que en la colección de parlamentarios del Congreso estuviera el diputado Agirre. Y aceptó de buen grado editando un libro en el que publicamos sus intervenciones parlamentarias y sobre todo su trabajo en la Comisión y ponencia que alumbró el primer estatuto vasco en 1936. Estaba dictaminado en Comisión y ahí están las actas con intervenciones de Calvo Sotelo e Indalecio Prieto y les pedí a los que habían sido portavoces parlamentarios del EAJ-PNV en el Congreso y sucesores de Agirre que me contaran algo sobre él. De esta manera este libro, que está prologado por Bono tiene presentaciones de Xabier Arzalluz, Marcos Vizcaya, Josu Erkoreka y quien esto escribe, jelkides  que hemos tenido el honor de ocupar esa tribuna que tan brillantemente utilizó nuestro primer Lehendakari. La colección Biografías Parlamentarias se enriqueció con este trabajo  de 2010.

El otro libro es el que editó el Ayuntamiento de Bilbao. El alcalde Iñaki Azkuna, hijo de un gudari del batallón Kirikiño, era persona muy sensible a la divulgación de hechos históricos de referencia y no solo acogió bien la idea de la estatua sino la edición de una publicación que es un lujazo gracias a que el diseño y la confección la dirigió Javier Riaño que en ese momento era responsable de Bilbao Arte, un artista exquisito con el que trabajamos muy bien y la obra editada es magnífica. Mejor no se podía haber hecho en recuerdo del primer presidente vasco que además era bilbaíno.

Y el tercero es del inicio de una democracia en momentos en los que la juventud no tenía muchos referentes y aunque no se crea, con total desconocimiento de quien era José Antonio  de la mayoría de la gente, salvo los protagonistas de tiempos de la República que tuvieron la suerte de conocerlo. Con Saratxaga habíamos editado “Entre la Libertad y la Revolución” en 1976, un libro clave para conocer la discusión que hubo alrededor del primer estatuto, tocándome  a mi hacer el nomenclator y en Venezuela habíamos ido editando sus discursos de Gabón. Y que quede claro que si alguien quiere editar estos trabajos, tiene total libertad para hacerlo para que la cadena no se rompa. Aquí no hay más derechos de autor que la obra de Agirre que es propiedad del pueblo vasco. También Erkoreka tiene un buen trabajo sobre como le trató la prensa franquista a Agirre que ojalá se edite algún día aunque soy muy pesimista ante esto. No se lee, no se edita, las liberrías se cierran e impera lo efímero. De esta manera nuestra propia historia la contaran otros y muy mal.

En estos trabajos he tratado de buscar fotografías inéditas y me dejo varias de ellas en el tintero, como me dejo de reseñar el Premio  José Antonio Agirre que ojalá se volviera a reactivar o la edición de los trabajos que organizó el ayuntamiento de Getxo, junto al busto del artista Lucarini que queda para quien considere que Agirre deba ser recordado.

Espero les hayan  interesado estos trabajos. Eskerrik asko!!!

Santiago Carrillo y el Lehendakari Agirre

Miércoles 6 de mayo de 2020

La foto que publico es inédita. La he encontrado en el álbum de fotos de mi aita. Es de la inauguración, hace setenta años del Centro Vasco de Caracas y de la misa en el frontón que daba inicio a las ceremonias en las que se plantaría un retoño del Árbol de Gernika y donde podemos ver al Delegado del Gobierno Vasco, D. Luis Bilbao, al dirigente Joseba Rezola y a gentes representativas de aquella comunidad.

Y no está mal iniciar esta reseña con una misa cuando viene ahora la reseña de un dirigente comunista como Santiago Carrillo, porque la figura de Agirre es poliédrica. Vale conocer no solo la foto sino lo que opinaba Carrillo del Lehendakari Agirre.

Conocí personalmente a Dolores Ibarruri “La Pasionaria” en una reunión en la sede del EAJ-PNV en la calle Marqués del Puerto, en octubre de 1979, poco antes de ir todos al Pabellón de La Casilla al mitin de apoyo al SI en el referéndum estatutario. Verles a D. Manuel de Irujo, a Manu Robles Arangiz, a Dña Contxa Azaola y a La Pasionaria, hablando de cuarenta años de penalidades y conocidos, como si estuvieran en una merienda. Es uno de  esos momentos únicos en la vida y un encuentro con la historia sin parangón.

Y es que no hay que olvidar que Agirre tuvo en su gobierno a un Consejero comunista que fue Juan de Astigarrabia, al que el PC convirtió en su chivo expiatorio en 1937 al caer Bilbao y cuando quisieron volver en 1946, tras la guerra mundial, llegó aquella guerra fría que impedía el trato con un partido comunista que no paró en tocar la puerta para volver al ejecutivo vasco en el exilio.

Carrillo fue un actor principal en Madrid en tiempo de guerra y, tras esta, fue un líder republicano que se pasó aquel exilio organizando reuniones de todo tipo. Tuve la suerte de conocerle en Madrid y asistir con él, con Fraga, con Alzaga y con López de Lerma a un programa en televisión donde Fraga le sacó al líder comunista su actuación en la guerra culpabilizándole de los asesinatos de dirigentes de la derecha en Paracuellos del Jarama. Casi acabamos a tortas.

Pero vayamos al trabajo de Carrillo, tratando de saber quien fue el dirigente asturiano.

Nació en Gijón en 1915. En 1960 fue elegido Secretario General del Partido Comunista de España, anteriormente había sido ministro del gobierno republicano en el exilio y una persona conocida e influyente. Lógicamente, conoció a José Antonio de Aguirre como cronista parlamentario cuando escribía para «EL SOCIALISTA», antes de ser elegido secretario general de la federación de las juventudes socialistas.

En su libro «La Segunda República. Recuerdos y Reflexiones» realiza una semblanza de Aguirre que reproducimos seguidamente.

La llamaban «la caverna», era la minoría vasco-navarra o «vasco-romana», como ironizábamos a menudo de las Cortes Constituyentes de la II República. Figuraban como presidente el señor Beunza, y como secretario don José Antonio de Aguirre y la componían, entre otros, el canónigo Pildain, Picabea, Oriol y Leizaola. Fuera de Euzkadi, en ese momento, el más conocido de todos ellos era seguramente Aguirre, no como político, sino como interior derecha del Athletic de Bilbao. Pocos años antes, entre mis cromos de la colección de futbolistas, guardaba yo el del diputado elegido a la vez en la candidatura de dere­chas de Navarra y en la de Vizcaya.

Curiosamente, de la actividad de la minoría vasco-navarra en las Cortes, conservo más recuerdos relacionados con Beunza, Pildain y Leizaola que con José Antonio Aguirre. Las intervenciones de éste apenas han dejado huella en mi memoria, quizá porque los tronantes sermones, la contundente oratoria sagrada que caracterizaba las inter­venciones más corrientes de esta minoría integrista, diferían del tono de aquel joven simpático, un tanto fuera de lugar en aquel grupo al que yo, si cerraba los ojos, podía imaginar portando en las manos el tra­buco del cura Merino.

Cualquiera que hubiese prestado más atención que yo al discurso pro­nunciado por Aguirre en un debate sobre el Estatuto de Estella, habría percibido ideas menos tradicionales.

«Si es que derecha es ser opuesto a los avances legítimos de la democracia en contra de los poderes absolutos, si esto es ser de derecha, nosotros somos izquierda. Si por derecha se entiende la consubstancialidad de la religión con un régimen cualquiera y no independencia absoluta de ¡os poderes eclesiástico y civil en sus materias respectivas, entonces también somos izquierda. Y si por derecha se entiende en el orden social, oposición a los avances legí­timos del proletariado, llegando incluso a la transformación abso­luta del régimen presente, incluso hasta donde no vais vosotros en el terreno económico, si por eso se entiende derecha, también somos izquierda”.

En estas palabras de Aguirre había ya un acento que no era el característico de “la caverna”, y más tarde su trayectoria personal demostró que no las había pronunciado a humo de pajas.

El personaje venia de una familia de la burguesía media: había hecho la carrera de abogado en Deusto. Sumamente popular en Vizcaya, particularmente entre la juventud, por sus actividades deportivas y también por su desbordante simpatía, se trataba de un líder nato. Aún muy joven, estaba considerado como un buen propagandista de la juventud de Acción Católica.

Manuel de Irujo cuenta de Aguirre, que «… como presidente de las Juventudes Católicas de Vizcaya, tuvo por jefe a don Ángel Herrera (…) Herrera era frío y reservado. Aguirre, efusivo y cordial. Pese a no ser temperamentos hechos para trabajar en común, nunca chocaron…»

Cabe suponer que Herrera, promotor de la rápida carrera de otro polí­tico joven, Gil-Robles, no fuera ajeno al comienzo de la de Aguirre, aunque luego éste tomara derroteros distintos de los que Herrera hubiera preferido.

La vocación nacionalista de Aguirre resulta patente desde muy pronto y, ya en las elecciones municipales del 12 de abril de 1931, encabeza la candidatura por Getxo, siendo elegido alcalde. Dos días más tarde, en su alcaldía proclama la «República Vasca», vinculada en Federación con la República Española, según relata Irujo, que añade:

«…Y se acordó invitar a otros ayuntamientos para que, con idéntica proclamación, lograran la unión de todos en un programa conjunto de libertad, pero siguiendo el espíritu vasco, en aplicación al cual se pidió la derogación de la ley de 1839 y el retorno de nuestros viejos organismos soberanos.»

La figura de Aguirre atrae grandes simpatías. Cuando es elegido Lehendakari sólo ha cumplido treinta y dos años. Es un hombre joven, de fácil acceso, cordial, simpático; se expresa bien y se hace com­prender con facilidad por las masas que le siguen. Es optimista, levan­ta el ánimo y respira confianza y seguridad. Incluso, probablemente por su edad, posee una cierta dosis de inocencia política y esponta­neidad que cooperan a su popularidad.

Yo vi por primera vez a Aguirre tras la Segunda Guerra Mundial. Precisamente el día en que se firmaba la paz entre vencedores y ven­cidos, almorzábamos juntos en un restaurante parisiense él, Dolores Ibarruri y yo. También se hallaban presentes, si la memoria no me traiciona, Tarradellas e Irujo. Hablamos de la necesidad de restablecer las instituciones republicanas para ver cómo lograr que la victoria antifascista tuviera sus lógicas consecuencias en España. Entonces todos pensábamos que habiendo sido España el teatro de la primera batalla en esa gran contienda mundial, los aliados intervendrían de alguna manera para desplazar la dictadura de Franco, que había sido clara aliada del Eje. Teníamos la ilusión de que, desaparecidos Hitler y Mussolini, no se mantendría la nefasta política de no intervención.

En ese almuerzo tuvimos ocasión de escuchar ampliamente las opiniones de José Antonio Aguirre, siempre optimista y enormemente simpático. Nos pareció que en esos años su pensamiento político había madurado y se había inclinado hacia la izquierda. Desarrolló toda una concepción según la cual era necesaria en el mundo una revolución social compatible con la libertad y la democracia; era la suya una posi­ción democratacristiana muy avanzada.

También pensaba que gracias a posiciones como las que había mantenido Estados Unidos bajo la presidencia de Roosevelt, las políticas de los aliados en la guerra seguirían el rumbo de la inteligencia y la colaboración.

Criticaba severamente al catolicismo norteamericano por su proclivi­dad demostrada hacia las «dictaduras cristianas» y le dolía la actitud mantenida por la Iglesia de Roma durante la guerra civil española, hos­til a la República y a los nacionalistas vascos, pese a la fidelidad de éstos a ella.

Entonces el porvenir se nos aparecía de color de rosa. No pensábamos en la guerra fría que vino después y que obstaculizó gravemente las relaciones entre los partidos que habíamos luchado contra Franco.

Incluso durante la guerra fría mantuvimos siempre, hasta su muerte, un contacto personal amistoso con José Antonio Aguirre, el primer lehendakari, el hombre que quizá había hecho más por diferenciar al nacionalismo del tradicionalismo carlista, por afirmar su independen­cia política de la jerarquía eclesiástica y por la cooperación con la izquierda española.