Dos hermanas nos hablan del Lehendakari

Miércoles 29 de abril de 2020

Le conocí junto a su esposa Mercedes Iribarren en su casa de Caracas. Nos recomendó fuéramos al funeral de alguien, cuya esquela había visto en la prensa y que parecía vasco y al final nos presentáramos como miembros de la colectividad  y le diéramos el pésame porque eso les reconfortaría y les uniría más a lo vasco. El y su mujer habían dirigido el refugio de niños vascos en la Citadelle (Donibane Garazi) en sus tiempos de refugiado y había tenido que vivir las vicisitudes de un exilio que le castigó pero le permitió dejar una obra de creación y traducción muy notable. Nos comentaba risueñamente que el trámite civil de la boda de Agirre en Algorta le había tocado a él y que el Lehendakari no se lo perdonaba. Fallecido en Caracas en 1969 les acompañé junto a la colectividad al entierro en el Panteón Vasco del Cementerio general del Sur en Caracas. Recuerdo perfectamente la sensación  de pérdida que vivimos.

D. Vicente Amezaga, intelectual vasco tiene un busto frente al Abra en Algorta colocado en tiempos del alcalde del PNV Javier Sarria y desde allí vigila la salida y entrada de los barcos por ese mar infinito que le llevó a en viaje increíble en el  Quanza y Alsina a Argentina, Uruguay y Venezuela. La foto es de la cubierta del Alsina.

Vicente y Mercedes tuvieron 5 hijos. La mayor Mirentxu (Marie Clark) nació en Paris y vive en Washington donde fue presidenta del Centro Vasco y está casada con el historiador y escritor Bob Clark. Tienen tres hijos, Ane Miren, Kathleen y Robert. Begoña, también nacida en Paris y casada con José M. Martin y con cinco hijos, Pedro, Begoña, Ignacio, Amaia y Javier viven en Donosti. Arantza, la escritora y bibliotecónoma que nació en Buenos Aires y se casó con Pello Irujotuvo cuatro hijos en Caracas, Xabier, Pello, Mikel, Enekoitz y vive en Alzuza (Navarra) desde 1972, Bingen, nacido en Montevideo, médico, casado con Zuriñe Zubillaga tiene tres hijos Zuriñe, Bingen  y Maite viven en Errenteria, aunque toda su vida la han hecho en Venezuela y, Xabier, nacido en Montevideo  y casado con Marisa Larunbe dos hijos, Xabier Eneko y Gorka. En la actualidad vive en Caracas y está casado con Izaskun Landa.

Cuento esto porque es el reflejo de la típica familia vasca aventada por la guerra y con unos padres comprometidos con una causa hasta el final y viviendo toda su existencia pensando en Euzkadi. Escritor y traductor de lengua vasca Vicente Amezaga,el patriarca familiar que no ha conido a sus nietos,nació en Algorta (Getxo) en julio de 1901. Falleció en Caracas (Venezuela) el 4 febrero de 1969.

Realizó los estudios de Técnica Mercantil en Bilbao para encargarse de los negocios económicos de la familia pero la afición que sentía por las humanidades lo empujó a estudiar Derecho en la Universidad de Valladolid en 1924. En 1931 fue elegido concejal en el Ayuntamiento de Getxo, siendo alcalde José Antonio Aguirre.

Vicente  Amezaga cultiva entre 1920 y 1936 los ejes por el que va a transcurrir su vida intelectual. El euskera lo aprendió por aquellos años llegando a dominarlo de forma notable. En 1936 fue nombrado director de Primera Enseñanza por el Consejero de Justicia y Cultura  Jesús María de Leizaola en el Gobierno Vasco. La primera responsabilidad de ese cargo fue defender a los niños escolarizados del peligro de los bombardeos.

Nada más ser nombrado director, el 4 de diciembre, Amezaga mandó abrir la primera ikastola bajo la tutela del Estatuto de 1936; en concreto mando abrir la ikastola de Plentzia. Esta primera Ikastola oficial quedó bajo la protección y cuidado del Departamento de Justicia y Cultura del Gobierno vasco. Así empezó la creación de un sistema vasco de Educación, el primer paso para el resurgir del euskera y de la cultura vasca. Pero la guerra civil española del 36 truncó todos los esfuerzos del Gobierno vasco y se vieron obligados a cerrar la ikastola San José de Plentzia. Cuando llegó la guerra y Bilbao estaba a punto de caer en manos del bando franquista, Amezaga tomó bajo su cargo la evacuación de los niños vascos. El mismo Amezaga tuvo que exiliarse junto a su mujer Mercedes Iribarren y se refugió en Iparralde, Inglaterra, Argentina, Uruguay y Caracas. Vivió en la capital de Venezuela hasta que falleció en 1969. Fue Secretario del Centro Vasco de Caracas.

Desde que llegó a América se adentró en el ambiente de los vascos y se entregó a la cultura vasca,sin dejar de trabajar por una causa en la que creía como fueron los Servicios de Información del Gobierno Vasco en el exilio. En Buenos Aires fue miembro del Instituto Americano de Estudios Vascos y profesor en las universidades de Caracas y Montevideo. De octubre a diciembre de 1943 escribió  artículos en las revistas Euzko Deya y Tierra Vasca. También publicó numerosos artículos en la revista La Prensa de Buenos Aires y en El Plata de Uruguay. En julio de 1957 la  Academia de la Lengua Vasca le nombró miembro correspondiente por la labor realizada a favor del euskera y la cultura vasca.

Colaborador de Euskal Esnalea, en Euzko Gogoa y en Egan con sus temas preferidos como el cuento, la narración, el ensayo y la poesía. Pero donde más se ha destacado ha sido en la traducción de autores de renombre universal como Oscar Wilde; Reading Baitegikoleloa (1954); William Shakespeare,  Hamlet. Danemark’eko Erregegaya (1952); Johann Wolfgang von Goethe, Lur-Miña (1960); Plinio, Plini gaztearen idazkiak (1951); Esquilo, Prometeu burdinetan (1959); Cicerón, Adiskidetasuna (1952); Juan Ramón Jiménez, Platero ta biok (1953).

También ha traducido a Pío Baroja, Bolívar y Boccacio. En castellano publicó en colaboración con Edgar Pardo Stolk, Jesús Muñoz Tébar (Caracas, 1959), Hombres célebres de la Compañía Guipuzcoana (Caracas, 1966) y El Hombre Vasco (Buenos Aires, 1968).

Con motivo del 400 aniversario de Caracas en 1966 publicó dos obras: Vicente Antonio de Icuza, comandante de corsarios y El Elemento Vasco en el siglo XVIII venezolano. Las dos obras fueros publicadas por la Comisión del Cuatricentenario de Caracas.

Su hija Arantza, casada con el sobrino de D. Manuel de Irujo Pello, y el hijo de ambos, Xabier el historiador son personas muy conocidas y reconocidas pero no voy a hablar de ellos, aunque lo merezcan y mucho, junto con los demás miembros de una familia  tan representativa de una época  viviendo hoy en dos continentes.

Se trata de Mari Clark, conocida en familia como  Mirentxu. Vive en Washington y fue muy activa en la comunidad vasca  siendo presidenta de su Centro Vasco  en aquella complicada ciudad donde no son muchos y las distancias largas. Hizo una meritoria labor y siempre ha estado alentando y ayudando a su esposo, el profesor Robert Clark, que ha escrito varios libros sobre los vascos,  sobre ETA así como  artículos en medios varios, convirtiéndose en los Estados Unidos en toda una referencia.

Mirentxu ha tenido la amabilidad de seguir esta serie de escritos sobre el primer Lehendakari que voy publicando  y nos escribió la semana pasada una muy interesante  vivencia, para mi desconocida, que creo merece ser destacada porque aporta no solo un dato sino la huella que  la guerra dejó en una niña hasta el punto de  querer volver a ver y reconocer aquello que había vivido y posteriormente leído.

Dice así:

Mis aitas junto a numerosos exiliados vascos, entre ellos María Teresa Aguirre de Madariaga, hermana de José Antonio Aguirre, llegaron al puerto de Hamilton, Bermuda a bordo del barco portugués Quanza un 10 de noviembre de 1941.

Esta isla jugó un papel importante en las operaciones de información de los servicios secretos de los poderes aliados. Había 1200 expertos británicos científicos y lingüistas trabajando bajo difíciles condiciones en el sótano del Hotel Princess interceptando y analizando correo y mensajes entre Las Américas y Europa antes de ser enviado a sus destinatarios. Mis aitas y la hermana del Lehendakari  no sabían nada del paradero de José Antonio porque llevaban mucho tiempo de viaje. El control británico les detuvo por dos días, e invitaron a María Teresa, mis aitas y unos pocos vascos más al Hotel Princess donde fueron interrogados por el servicio de Inteligencia británico, llevando a cabo este interrogatorio en privado por orden del Gobierno inglés, y es allí donde le dijeron a María Teresa que su hermano estaba a salvo y que pronto sabría de él.

Con  mi esposo, nuestra hija Anne Miren y su esposo Joel, en nuestro último viaje a Euskadi en marzo de 2016, hicimos escala en Hamilton, Bermuda. Nuestra meta era visitar al Hotel Princess. El hotel está a poca distancia del puerto y fuimos caminando.

En el hotel nos presentamos y expliqué lo que queríamos y muy amables nos concedieron una gira del salón donde todo esto se había llevado a cabo y el cual se conocía como «Salón 99».Toda una experiencia que os cuento.

El segundo testimonio es el de la hija de D. Vicente, Arantza, prolífica escritora, autora de la organización de la Biblioteca del Parlamento Vasco, casada con Pello Irujo y que no solamente ha escritos esa colección de estupendos libros que nos ha puesto a disposición en internet, sino de cientos de artículos de reflexión y divulgación. Ahondando en el exilio del lehendakari nos hizo llegar este testimonio.

“Conocí al lehendakari Aguirre antes de nacer, en su primera visita a la Argentina. En la foto que guardo como tesoro, un grupo del Laurak Bat de Buenos Aires rodea al diplomático panameño Dr. Guardia Jaén y a su esposa, junto al lehendakari Aguirre, al que flanquean mis aitas. Los hombres resguardados con pesados abrigos y las mujeres adornadas con pamelas floridas y tapados cortos de lana, miran sonrientes a la cámara en aquel octubre austral.

Después le recibimos con flores en el aeródromo de Carrasco, Uruguay, con txistus en el aeropuerto de Maiquetía, Venezuela, momentos de los que también guardo fotos. Lo recuerdo siempre tocado con su sombrero y cubierto con su sobretodo, clavando su mirada franca en cada uno y en todos nosotros, y despachando sus convincentes discursos que nos trasladaban su optimista esperanza de retorno. Sus visitas a las Eusko Etxeas de América tenían como propósito primordial revigorizarnos el espíritu porque aseguraba que no habíamos perdido una guerra, sino una batalla, y asegurar el mantenimiento del Gobierno vasco del exilio, representante de nuestra protesta en los escenarios europeos y americanos. La tarea recayó primero en los vascos argentinos, luego pasó a manos de los vascos venezolanos.

Cuando murió, el mundo vasco sintió una conmoción semejante a un terremoto. Una especie de orfandad. ¿Qué vamos a hacer sin el lehendakari? preguntaron todos, tal como lo habían hecho cuando hubo de abandonar Bilbao en 1937, cuando cruzó la frontera de Catalunya en 1939, cuando en mayo de 1940 desapareció en Dunkerque.

Nadie hablaba del lehendakari por temor a cometer una indiscreción aún en nuestra ignorancia de su paradero, repetía mi madre, pasajera del Alsina y del Quanza, rumbo a América, junto a mi padre, Vicente/Bingen Amezaga, Tellagorri, Telesforo Monzón, Francisco Basterretxea, Luis Bilbao, Lucio Aretxabaleta y sus familias, y la hermana del lehendakari, María Teresa. Rezaban por su salvación en las cubiertas de los barcos de su expatriación, mientras Manuel Irujo desde Londres, para confortar el ánimo de la dispersa comunidad vasca, organizó un Consejo Nacional Vasco, a la espera de su reaparición. Porque no se permitieron la duda de su muerte.

José Antonio Agirre, el músico y el historiador

Martes 28 de abril de 2020

Para los que piensan que Agirre solo hablaba de política, del estatuto, de la guerra, del exilio es bueno destacar que era una persona equilibrada a la que  le gustaba también hacer otras cosas. Obvio. Desde jugar al fútbol en el Athletic a tocar el fiscorno (en la foto en el Colegio de Orduña)  o cantar en el Elai Alai. Cuando cayó Bilbao no mandó una división militar que no tenía sino al coro Eresoinka,  grupo Elai Alai y a la selección de Euzkadi para que explicaran al mundo que aquí había un pueblo pequeño amante de la paz que estaba siendo sometido a los rigores de una guerra de exterminio. Lo hizo con música y deporte.

De eso nos habló su compañero de fatigas Manuel de Irujo que lo ilustraba de esta manera:

“La figura del primer presidente del Gobierno Vasco, el aniver­sario de cuya desaparición conmemoramos, es bien conocida y merece atención, cariño y respeto. Para vivir aquella existencia era preciso ser un hombre extraordinario, fuera de serie, como en efecto lo fue el lehendakari Aguirre.

Los libros de José Antonio son trasunto de su vida política y describen la historia del período de la vida del pueblo vasco a que hacen referencia. Nadie podía realizar esa labor con más autoridad que él.

A mí, no obstante, me llama más a la mente y al corazón el recuerdo del hombre, la condición humana de su ser, sus reacciones personales, desprovistas de luz y taquígrafos. Y no me refiero al futbolista, a quien no conocí, sino al hombre maduro con el que discutí e intimé.

Mucho más que cualquier otro arte, amaba José Antonio la música. Le gustaba oírla, tararearla o cantarla. Muchas veces pensé, escuchándole, que su vocación más definida fuera la de músico  y que tal  vez su segunda afición fue la histórica. José Antonio se estaba haciendo historiador. Dedicó muchas horas de su existencia a leer historia e investigar sobre sus motivos. En los postreros años de su existencia, vividos en París, partía el día en dos: la mañana la dedicaba a la Delegación, y la tarde a la investigación histórica.

Cuando José Antonio murió, su viuda hizo examinar aquellos trabajos históricos a Ildefonso Gurruchaga, que publicó un cuaderno dedicado a Sancho VII, «El fuerte», rey de Navarra”, aquel hombre de estatura colosal que estuvo a punto de anticipar en tres centurias el término de la lucha de la reconquista peninsular, dándole fin a principios del siglo XIII. ¿Por qué no se estudian mejor aquellas notas históricas de Aguirre?

Era extraordinario su  valer en José Antonio, su simpatía personal, su calor humano, su «charme». Yo he visto y he oído a los vascos que venían a visitarle. Salían de su despacho encantados. Y no es que les prometiera mercedes, cargos, ventajas u honores. Nada de eso. ¿Qué podía darles un exilado? Les transmitía, pura y simplemente, los afanes patrióticos de su corazón de vasco enamorado de Euzkadi y demócrata ofrecido a la causa de todas las libertades.

Porque, además de humanista, era José Antonio un ser humano de primera condición. Estrechaba la mano de sus amigos como él sólo sabía hacerlo. Y no es que montara la comedia. Era la más auténtica expresión de su propio ser la que transmitía.

Mauriac, Premio Nobel de Literatura, comentaba un día en que cenamos juntos en París, en casa de Mme. Malaterre, que iba a tratar de dar vida a alguno de sus personajes tomando modelo del modo de ser y de traducirse de José Antonio. El propio Mauriac, que sobrevivió a Aguirre, semanas antes de sufrir  la caída que precipitó el fin de sus días, me lo re­cordaba.

Lo mejor de José Antonio era el hondo sentido humano que llenaba su ser, su cordialidad abierta y gene­rosa, su capacidad de sentir, de querer y de amar.

Tal vez hizo añorar su específica condición de líder el hecho de ser el hermano mayor de numerosa familia, de la que tomó el timón de gobierno muy joven, a la muerte de su padre. La responsabilidad inherente a esa condición de director de los negocios de la casa y jefe de la familia, creó el marco adecuado para que su valer personal y su propio carácter encontraran medio idóneo donde proyectarse en el ámbito social que le vio nacer.

Muerto en el destierro, constituye un símbolo representativo del pueblo vasco y de sus afanes de libertad”.

Agirre estaba hecho para una labor de concordia y unión

Lunes 27 de abril de 2020

Don Alberto era un hombre extraordinario. Tuve el honor de conocerle y visitarle en su casa de Donibane en la calle Etchegaray. Había pasado la frontera, tras su laborioso exilio, y lo primero que hizo fue ir al cementerio a poner unas flores en la tumba de su hermano Celestino, sacerdote como él, y fusilado por los militares. En la foto le vemos en la Delegación  del Gobierno Vasco en Londres con Irujo, Lizaso, Agirre y unos diplomáticos.

El canónigo de Valladolid, D. Alberto de Onaindia, conocido también como James Masterton y Doctor Olaso fue un notable eclesiástico  nacido en Markina el 30 de noviembre de 1902. Efectúa sus primeros estudios en los Jesuitas de Durango y los eclesiásticos en el Seminario de Vitoria. Se doctora y ordena en Roma donde cultiva el trato de diversas personalidades de la Curia vaticana. Durante tres años ejerce la enseñanza en el Seminario de Saturrarán obteniendo en 1929 una canongía en Valladolid. Es destinado por su obispado a Las Arenas (Getxo) donde se dedica a las actividades de doctrinamiento social y a la creación de centros como las escuelas nocturnas de Romo.

Su amistad con José Antonio Aguirre y otros futuros prohombres del nacionalismo  data de este período, y también su participación en la fundación de AVASC (Asociación Vasca de Acción Social Cristiana) y en el impulso decisivo del sindicalismo de ELA en los años 30. Llega a ser, junto con Aitzol y Policarpo Larrañaga, el ideólogo mayor de esta organización y uno de sus «sacerdotes propagandistas» más puestos al día.

 Al constituirse el Gobierno Vasco fue adscrito al servicio de Presidencia y desde esa posición fue el encargado de defender la postura prorrepublicana del PNV ante el Vaticano.

Su actividad, que ocasionó la reacción opuesta de los obispos de Vitoria y Pamplona, se concretó en un Informe a la Santa Sede del 23 de octubre de 1936, preparado con los datos que le proporcionaron Ajuriaguerra, Aguirre, J. Jauregui, D. Ciáurriz y Robles Aránguiz.

Meses más tarde fue testigo presencial de la destrucción de Gernika (26 de abril de 1937) encargándosele la difusión de la noticia desde los foros internacionales. También corrió a su cargo la negociación de canjes de prisioneros lo cual sirvió para que fuera considerado por los insurrectos el hombre indicado para contactos y posibles negociaciones.

Los últimos años de la guerra reside en París, que abandona, ante el avance alemán, la noche del 10 de junio de 1940 pasando a Inglaterra. Allí iniciará sus alocuciones radiofónicas en la BBC como J. Masterton, alocuciones que proseguirá al acabar la contienda en Radio París bajo el que será popular pseudónimo de Padre Olaso. Publica una revista denominada «Anaiak» donde reproduce documentación de interés concerniente a la causa nacionalista. Es el artífice de la célebre carta-retractación “Imperativos de mi conciencia “redactada por el exiliado obispo Múgica en 1946, carta que produciría un gran impacto en la opinión pública consagrando la nefasta fama que le dedica la prensa y la propaganda franquista.

Como cabeza de fila de lo que se ha venido en denominar «clero vasco», en 1954 acompañó a Francisco Xabier de Landaburu en su gira por Sudamérica. En la universidad de Montevideo pronunció una conferencia sobre «La Universidad y el Pueblo», siendo presentado por el senador Dardo Regules, fundador del Partido Demócrata Cristiano en el Uruguay. Ambos viajeros visitaron al presidente de la República Julio Battle Berres. Tanto en Argentina como en Venezuela pronunció varias conferencias. Retirado en San Juan de Luz, que no abandonó pese al restablecimiento del régimen parlamentario en España y de un Gobierno Vasco de mayoría nacionalista en Euzkadi continental, muere en esta villa laburdina el 18 de julio de 1988.

Recuerdo el impacto que nos causó su libro  “Hombre de Paz en la Guerra” y “Jóvenes del Mañana”. Era un intelectual, un hombre de acción, un erudito y el posible Cardenal vasco que no fue por ser abertzale.

La muerte de Agirre le impactó, habida cuenta de su amistad con el Lehendakari y cuando le pidieron en Radio Paris una semblanza del presidente   no dudó en hacerla  de forma breve y sentida. Fue ésta:

“Con gentileza, que agradezco vivamente, la Radiodifusión Francesa me ha invitado a hablar hoy ante su micrófono para rendir un homenaje a la memoria de José Antonio de Aguirre y Lekube, antiguo presidente del Gobierno Autónomo Vasco en exilio, que falleció a consecuencia de una crisis cardiaca en París el pasado martes, día 22 de marzo. 

El gran diario parisino Le Monde le dedicaba ayer un amplio suelto informativo con sentidas frases de respeto y elogio. Los periódicos de Bilbao comunicaban también a sus lectores la triste noticia con serena objetividad.

José Antonio de Aguirre fue para mí, desde hace ya treinta años, el amigo entrañable, leal e íntimo, en los días de alegría y en los momentos de prueba. Casi me consideraba como un allegado suyo.

Nunca olvidaré los ratos vividos en su compañía en las innumerables ocasiones de fechas, recuerdos y acontecimientos familiares. Mi última cena con él y los suyos fue el pasado sábado, festividad de San José, por haberme invitado a conmemorar con ellos el aniversario de mi ordenación sacerdotal. 

Así, comprenderán mis oyentes la emoción que me embarga en estos momentos y mi temor de no ser capaz de ordenar mis ideas, ni expresar debidamente ante este micrófono mis sentimientos. 

Naturalmente, no voy a hablar de Aguirre como político, como hombre de estado o como escritor. Mis relaciones con él se situaban en otro plano más enjundioso, más profundo, más humano. Quiero rendir mi modesto homenaje al hombre, al caballero honrado, al ejemplar cristiano, pues todo eso fue José Antonio.

Ha fallecido cuando menos lo esperábamos. Presentaba un aspecto de salud y de energía que evocaba al joven futbolista del Athletic de Bilbao. Cuando me llamaron urgentemente en el momento del síncope y le di la absolución sacramental, no podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Dos días antes había estado en misa recibiendo, como de costumbre, la sagrada Comunión. Pero los secretos designios de Dios nos arrebataban al hombre bueno, querido y admirado de los suyos y respetado hasta de sus adversarios. 

José Antonio de Aguirre no tuvo jamás enemigos. Era cordial, sencillo, inclinado siempre a ver el lado de luz, las buenas cualidades del prójimo. Estaba hecho para una labor de concordia y de unión. Su simpatía personal era contagiosa, y quizá ello contribuyó a despertar en las gentes una adhesión de profundo sentimiento y viva amistad, y hasta incluso a crear un mito alrededor de su persona. 

No tuvo muchos éxitos en su vida pública. Así me lo decía él en más de una ocasión. Siendo un espíritu de paz, se vio envuelto en una guerra atroz. Y a pesar de sus fracasos y derrotas, estaba convencido de que su pueblo le rodeaba de afecto y cariño. «Para que el pueblo respete y quiera a un jefe –me decía él– es indispensable que este sea honrado, leal y desinteresado».

Aguirre vivió, desde su juventud, entregado totalmente a un ideal, casi obsesionado por él. Nunca le observé la menor preocupación de ganancias, ventajas materiales o riquezas. Mucho podría hablar yo de su generosidad en este terreno. A veces nos daba la impresión de un despreocupado, hasta de los suyos, en materia de dinero.

Espiritualmente era un auténtico ignaciano. Formado en toda su carrera por los padres jesuitas, estudioso constante del pensamiento de San Ignacio, su vida íntima llevaba el sello inconfundible de los ejercicios espirituales del fundador de la Compañía de Jesús. No fue un hombre de beaterías sensibleras, sino de fe sincera y robusta, de sólida práctica religiosa. Su devocionario, quizá único, era el misal. 

Y con ser tan profundamente creyente, fue un alma inquieta ante la justicia y la libertad, característica esta que no siempre suele ser la señal distintiva de muchos católicos. 

Su vocación más íntima fue la del hombre consagrado al bien del pueblo. Encarnaba al gobernante según Santo Tomás, que ejerce la alta misión de la política en defensa de objetivos noblemente sentidos y en beneficio de la comunidad. Se sentía al servicio de los demás. 

José Antonio poseía una cualidad que quizá caracterizaba su personalidad: su calma y serenidad espiritual y su optimismo contagioso. Pero era un optimismo que a veces disimulaba serias preocupaciones interiores, que solo las confiaba en la intimidad al amigo. Era difícil percibir sus congojas, que las tuvo en más de una ocasión, porque estimaba que no se deben sembrar la inquietud y el desasosiego entre gentes buenas y sencillas que viven la lucha diaria de la vida. 

Por eso le vimos siempre rodeado de respeto, de admiración y afecto de parte de personalidades nacionales y extranjeras que llegaron a tratarle y a conocerle. Buena prueba son los innumerables telegramas y mensajes de condolencia que llegan estos días a sus familiares, sobre todo de los países de América Latina. 

Hombres de estado y altas personalidades eclesiásticas le distinguían con su amistad. Todavía viven dos o tres obispos por quienes él sentía una cierta debilidad. «La sombra de esos hombres –decía él – hace más bien que muchos actos de aparato y ostentación «. 

Tenía una gran veneración por su santidad el papa Juan XXIII, a quien conoció y trató en Paris. Y ahora seguía con el mayor interés las múltiples manifestaciones del romano pontífice.

Le atraía todo lo que fuera grandeza de alma, amplitud de miras, en los nuevos movimientos del catolicismo social y de la unión de las iglesias. 

¿Y no tenía faltas? Naturalmente que las tenía. Pero prefiero llamarles limitaciones. 

José Antonio de Aguirre fue en verdad todo un hombre, en el más amplio sentido de esta palabra. Por eso le comprendían hasta los que no participaban de sus ideas políticas o religiosas. Su sinceridad, su lealtad, su honradez pública, las proclaman cuantos le conocieron, hasta sus adversarios.

Reciba nuestras condolencias más sentidas su atribulada familia, su querida esposa y sus hijos. Y siéntanse ellos y todos sus familiares orgullosos del recuerdo que deja tras de sí el hombre que acaba de irse a Dios. 

Una oración por su alma. 

Que el Señor le tenga en su gloria. 

Sea ese el recuerdo que le dediquen los hombres de buena voluntad”