Agirre. Su sentido cristiano de autoridad

Domingo 26 de abril de 2020

Siempre he tenido curiosidad por saber cómo era de verdad José Antonio de Agirre más allá del tópico o  de ese cliché a veces amilbarado que tenemos. De ahí la importancia en recabar testimonios de gente que le conoció personalmente. Es el caso del P. Iñaki Azpiazu, un sacerdote de Azpeitia que llegó a estar en el juicio de Eichman en Israel y ser el capellán de las prisiones argentinas. Escribía muy bien, era muy valiente y daba gusto leer sus denuncias y escritos.

Y es que era hombre de gran experiencia. Siendo de Azpeitia escribió un libro muy esclarecedor “Siete Meses y Siete días en la España de Franco”. En su día contacté con Eusebio Larrañaga, del Gobierno Vasco que reeditó el libro.

Salido al exilio estuvo en campos de concentración y fue capellán de la Brigada Vasca. Secretario del Obispo Auxilar de Buenos Aires, se movía como pez en el agua en todos los ámbitos.

Y nos dejó esta buena semblanza del Lehendakari:

Conocí personalmente a D. José Antonio de Agirre, en una visita que le hice en Bilbao, en su oficina, a primeros de Julio de 1933. Me acompañaba un ondarrés, a quien se le conocía con el pseudónimo de Artibai. Era un activista, mi­litante del PNV, muy conocido dentro del abertzalismo por su participación en la movida historia de las acciones del Partido, que tuvo por escenario a Bergara.

La acogida de Agirre fue muy cordial. Tenía la voz bas­tante apagada, la garganta irritada, pero fumaba sin cesar. A los dos nos preocupaba el futuro de la juventud obrera y habíamos cruzado ya alguna correspondencia a este respec­to.

El orientador sacerdotal de este tema, que empezábamos a proyectar en el campo de las realizaciones, era mi amigo D. Martín Lekuona, a la sazón párroco de Musitu, Alava.

En la Semana Santa de ese año de 1933, yo había acom­pañado a Lekuona en el desarrollo de las ceremonias reli­giosas, como predicador y confesor en el culto de Musitu. Ambos empezábamos a dar a nuestro ministerio una línea de acción obrera y en él había germinado ya la idea de crear en la diócesis un movimiento jocista. Durante los días de convivencia en Musitu, en torno a ese tema giraron nuestras conversaciones y formamos algunos proyectos concretos.

Uno de éstos consistía en tomar contacto con algunos laicos de vocación social conocida y ver de formar un equipo de trabajo. De regreso al Seminario el Domingo de Re­surrección, pasé nuestras inquietudes en Vitoria al joven y brillante escritor D. Javier Landaburu, quien se prestó a in­teresar en el asunto a D. José Antonio Agirre.

Continuación de estas relaciones fue la entrevista con Agirre en Bilbao, mi primera toma de contacto personal con el Lendakari.

A Agirre le entusiasmaba la idea. Hombre de acción y dado a crear rápidamente cuadros de organización, me expresó la conveniencia de situar la JOC(Junta de Obreros Católicos) en un ambiente ne­tamente vasco, pero no dependiente del PNV, en una rela­ción de escuela proveedora de vocaciones adultas bien pre­paradas para entrar luego en Solidaridad, pero cuidando la independencia frente a esta organización sindical.

La entrevista fue seguida de otras, principalmente de una que tuvo lugar en Deva. De ésta y por caminos insospecha­dos, abiertos por la Providencia, partieron en direcciones geográficamente distanciadoras las vidas de Lekuona y mía. La de él fue dirigida a Rentería y la mía a Salinas de Anana, una de las zonas obreras más interesantes de Álava. Por la parte de los laicos, fueron creciendo los equipos y prestó a la idea jocista apoyo eficaz la prensa abertzale desde Bilbao y de Solidaridad desde San Sebastián. Mis relaciones con Agirre fueron haciéndose cada vez más frecuentes, durante mi permanencia en Salinas de Añana, a partir del verano de 1933

Era hondamente vitalista su vocación social, propensa a la acción, diáfana en los procedimientos, sobre todo muy respetuosa de la distinción de los campos espiritual y tempo­ral en las cuestiones, que estudiábamos y en los trabajos que realizábamos. Esto afianzaba nuestra amistad, pues tam­bién nosotros en el Seminario de Vitoria, dijeran lo que dije­ran sus detractores, éramos partidarios de usar las fuerzas internas del Evangelio en el apostolado y no atar el destino de la Iglesia a la suerte ziz-zagueante de los caros políticos. En Salinas de Añana me fue fácil hacer los primeros ensa­yos, con la colaboración de quienes nos aportaban su serio sentido cristiano de la acción social y su importante expe­riencia en la conducción de los movimientos.

Tras estos prólogos de mi relación con el Lendakari Agirre, vino la guerra. Durante ella, no estuve cerca de él, hasta que el 26 de abril de 1937, justamente en el día del bombardeo de Gernika, seguido de cerca por los «cruzados» pude trasponer el Bidasoa e iniciar mi larga vi­da de exilio.

Me encontré con él en Villa Endara de Anglet, en una mesa común con el imponderable Doroteo Ciaurriz, el mi­lagroso Eliodoro de la Torre, que con su método de «Urtantea» mantuvo fértil y fecundo el exilio más difícil de la his­toria. Era el tiempo del «alto» en Santoña, donde se esta­ban jugando el forro los Ajuriaguerra, los Azkue, los Markiegi, los burukides de heroica responsabilidad. Agirre ocu­paba el centro, apenas comió, fumó mucho y habló más. Su gran preocupación era organizar cuanto antes el destierro de los millares de vascos, ante los que se abrían las más duras perspectivas. De su corazón saltaban a su imaginación y a su palabra los proyectos más audaces. Tomando notas, le es­cuchaba Eliodoro de la Torre, dispuesto a traducir en hechos los propósitos del Lendakari.

De Endara, centro de acción del PNV salieron así las ide­as motrices de la organización del exilio, que alcanzaron a crear colonias de niños, reagrupamientos de familias, asis­tencia social y promoción laboral para los concentrados en los campos cerrados de Francia, el mundo de relaciones diplomáticas adecuadas a las necesidades políticas, que la guerra mundial hizo más urgentes y complicadas.

Dentro de ese mundo, inquieto y turbulento, vi moverse a Agirre con inagotable sensibilidad para percibir el dolor ajeno, siempre optimista, nunca soñador ingenuo, muy consciente de «ser» el Lendakari, no para beneficiarse con la autoridad, sino para jugarse con ella al servicio del pueblo.

Recoger en anécdotas tan vasta actividad, sería sin duda útil y edificante; pero también difícil y también imposible dar exhaustivo cumplimiento a tal deseo.

Por lo que a mí hace, quiero principalmente adentrarme en la intimidad de Agirre y describir sus reacciones ante de­terminados problemas propios de la autoridad civil con sen­tido cristiano de su ejercicio.

Agirre tenía profundas convicciones cristianas. No le de­bió ser fácil mantenerlas, mostrarlas, defenderlas, transmi­tirlas en las extraordinarias circunstancias, que le tocó vivir.

Tengo delante una larga carta, que me escribió con fecha 6 de mayo de 1940. Se aproximaba el estadillo de la ofensiva alemana. Agirre me escribió a Bayona, desde donde extendía mi apostolado hacia los lugares de trabajo, que pa­ra nuestros obreros habíamos logrado encontrar y organi­zar. Era éste quizás el sector del exilio, que más preocupaba al Lendakari.

«He de hablar a Vd. —me decía— con la convicción de quien siente íntimamente el futuro espiritual de nuestro pueblo y está seguro de encontrar en su espíritu un eco basa­do en idénticas preocupaciones y desvelos».

En Agirre era vieja esta inquietud por el porvenir espiri­tual de su pueblo; lo había expresado en multitud de oca­siones, en las concentraciones populares, en los discursos pronunciados en el Congreso; pero cuando ocupó el primer puesto de la autoridad civil de Euzkadi dedicó mucho tiem­po a buscar soluciones en un análisis profundo de esa in­quietud.

«Tengo sabido y ello no me extraña, que la formación espiritual de nuestros trabajadores —y hoy lo son todos nuestros emigrados— deja bastante que desear. Como le di­go, no me extraña el hecho, aún cuando en mi conciencia y espíritu cristianos me duele extraordinariamente. Ha sufrido mucho nuestro pueblo. La contradicción de ideas funda­mentales con actos y conductas reñidos en absoluto con lo predicado; el exilio; el trato con personas, de fé religiosa no tan firme y en muchísimos casos sin ninguna preocupación de índole religiosa; la dureza misma de la vida; la situación de los familiares en desgracia, cuando no la pérdida de algu­nos de ellos, etc. etc. son motivos que humanamente hacen comprender que la fe de nuestras juventudes ha tenido que sufrir rudo golpe».

Pero no era Agirre hombre que cediera al pesimismo, ni dejaba de ver su obligación de rodear de posibilidades de re­cuperación cristiana a la población sometida al riesgo de perder su fe.

«Ustedes como sacerdotes y yo como gobernante católi­co tenemos el deber de reaccionar contra todo esto, dotando a nuestra juventud de todos aquellos elementos que, levan­tándoles la vista del dolor y del desengaño, les haga caminar de nuevo por la ruta de la fe, no solamente porque es tradi­cional en nuestro pueblo, que éste es argumento de circuns­tancias, sino porque debe ser la guía y la norma de los actos públicos y privados de cada uno de los vascos».

El Lendakari veía en esta situación anímica de nuestra juventud algo «circunstancial y pasajero», porque «a mi juicio puede más la educación de tantos siglos, que no la irri­tación que alcanzará a nuestra juventud en esta época corta al lado de aquella. Es fenómeno éste que se repite en todas las latitudes y en todos los pueblos que han sufrido por ser precisamente cristianos y conducirse como cristianos y que se ven condenados y atacados por aquellos, que han invo­lucrado el nombre de Cristo en la más odiosa e inhumana de las agresiones».

Para esta obra de reconstrucción espiritual, Agirre sabía cual era el medio eficiente y legítimo.

«Si sabemos nosotros conservar la fe en la juventud, el cristianismo en sus costumbres, predicándolo por supuesto nosotros, los de arriba, con el ejemplo, y sublimando al mismo tiempo el sacrificio de nuestro pueblo con miras a cosas más altas, yo estoy seguro que del destierro llevaremos a la Patria un plantel de hombres, desde los universitarios hasta el más humilde trabajador, con una formación recia, capaz de modelar todo un pueblo».

En el momento de escribirme esta carta el Lendakari se hallaba en circunstancias harto inquietantes, en días inme­diatamente anteriores a la invasión  alemana en Francia, se­parado de su familia refugiada en Bélgica, es decir, en mo­mentos en que surgían dentro de él y en su rededor graves problemas. Sin embargo, en la jerarquización moral de sus deberes, Agirre no vacilaba en decir lo siguiente:

«Quiero descargar en esta carta mi preocupación de jefe de un pueblo cristiano, puesto en circunstancias difíciles y por lo tanto de extraordinaria y terrible responsabilidad pa­ra el futuro».

Descendiendo al campo de los consejos eficientes, Agirre no vacilaba en despertar vocaciones sacerdotales, para que trabajaran allá donde hubiera trabajadores vascos desterra­dos, en Burdeos, Toulouse, Tarbes, Lannemezan.

«No se puede permitir de ninguna manera que haya en estos momentos sacerdotes vascos si no inactivos, por lo me­nos ausentes de la necesidad espiritual urgentísima de sus compatriotas. No vayamos a predicar la fe a los franceses, dejando de hacerlo con nuestros propios compatriotas. Y terminaba Agirre su carta con esta frase, que sintetiza la armonía que debe presidir la conducta de la autoridad civil ante los problemas espirituales de su pueblo:

«Esta carta tiene todo el clamor de urgencia y de ruego en el orden espiritual y si en el patriótico pudiera algo, en un terreno en el que el espíritu debe predominar, cada una de sus letras contendría un mandato imperioso».

Estaba yo en New York, cuando Agirre me escribió, que, al pasar hacia Roma, me detuviera en París: «Erroma’ra juan baño lenago, ona izango zaigu Paris’en alkarrekin itz egitea. Laixter arte, bada, emen alkar ikusi arte». Llegué a París al día siguiente de su muerte. Desde allí vine a solas con su cadáver hasta San Juan de Luz. En el largo y doloroso camino agradecí a Dios haber conocido tan de cerca a quien supo armonizar sus deberes de Lendakari cristiano, en el ejercicio difícil de su autoridad.

Agirre sigue en Trucios

Sábado 25 de abril de 2020

 La última vez fue con el Lehendakari Urkullu en 2017, 80 aniversario del manifiesto de Trucíos. Era una fecha redonda. Habían transcurrido ocho décadas,  ojalá  todos los años, y como seña de identidad, Trucios  recuerde  lo que sucedió aquel mes de junio, cuando un Ejército vencido, un Gobierno de concentración perseguido y un Presidente símbolo derrotado, redactó y firmó uno de los más bellos manifiestos que han podido escribirse en un momento de soledad, riesgo de muerte y futuro incierto.

De hecho la Diputación Foral de Bizkaia comenzó a recordar esta fecha y en su sesenta Aniversario. María Esther Solabarrieta Aznar, nieta del Consejero Santiago Aznar, le sugirió al Diputado General Josu Bergara, encargar al hijo del escultor Leonardo Lucarini (La Sardinera, El Tigre…), un busto del Lehendakari. Lo hizo y allí está expuesto en la pequeña plaza del ayuntamiento con una lograda base y, al lado, el texto del manifiesto, un poco perdido en una pared contigua y donde baila por lo pequeño aquel grandioso texto deteriorado por el tiempo. Sobre todo la parte euskerica. No estaría nada mal que o bien el Ayuntamiento o Gogora pudieran encargar a un cantero escribirlo en piedra porque es de esos textos que hay que transmitir de generación en generación. De hecho el gobierno vasco este año ha puesto en una de las curvas del pueblo un panel con fotografías y  una reproducción del texto manuscrito.

El actual gobierno vasco se reunió  en  aniversario  en el Palacio de La Puente y me dijo Erkoreka que la atención de sus dueños fue exquisita. Es una casona señorial, muy cerca del lugar y donde despachó Aguirre en tan dramáticos momentos.

El manifiesto de Trucios es un canto a la lucha democrática y a resistir los embates, a decir que el alma vasca no le pertenece al invasor sino al perseguido y  todo esto envuelto en valores tan sagrados como la Paz, la democracia, el respeto a los derechos humanos  y la continuidad en la historia de un pueblo que no se doblega.Ojalá cada año se recuerde esta gran efeméride y con mucha gente alrededor.

En el 70 Aniversario del Manifiesto de Trucios, el Lehendakari Ibarretxe y su gobierno tomaron la iniciativa y se reunieron en Trucíos, celebrando su  habitual reunión de Consejo de Gobierno en la localidad bizkaina de Trucíos. La reunión, tuvo lugar  en la Casa-Palacio «La Puente», lugar donde se firmó el Acta de la última reunión presidida por el Lehendakari José Antonio Agirre antes de partir al exilio hace 83 años.

Al trasladarse a Trucíos y celebrar allí su reunión, el Gobierno del Lehendakari Ibarretxe  quiso  mostrar su “rechazo” al franquismo y recordar a las víctimas de 40 años de dictadura. En su intervención ante los miembros del Gobierno y la Presidenta de las Juntas Generales de Bizkaia, Ana Madariaga, el Lehendakari destacó la defensa de la libertad y los derechos humanos que realizaron los miembros de aquel Gobierno vasco pese a vivir momentos «muy duros» y recordó que Aguirre dijo antes de salir de Euzkadi que el Gobierno vasco seguiría en su puesto.

Ibarretxe subrayó su voluntad de «recuperar los Derechos Históricos como elemento de futuro. “Los Derechos Históricos son la verdadera constitución del pueblo vasco y su actualización será siempre el instrumento que posibilitará pactar con España y con otros lugares».

El Lehendakari y los Consejeros  fueron  recibidos en la plaza del Ayuntamiento, donde se encuentra el busto del Lehendakari Aguirre y la placa conmemorativa del Manifiesto de Turtzioz por el alcalde, Juan José Llano y la corporación municipal.

Tras la reunión, el Gobierno se trasladó a la Casa de Juntas de Avellaneda (Sopuerta), donde el Lehendakari entregó  una reproducción del Manifiesto de Trucíos, a la Presidenta de las Juntas Generales de Bizkaia, Ana Madariaga que permanece en la Casa de Juntas de Avellaneda.

Intervención del Lehendakari Ibarretxe

Trucíos, 26 de junio de 2007

Egun hunkigarria izan da gaur, izan da azken ekitaldia gogoratzeko eta gogorarazteko Francok egindako Estatu Kolpea eta batez ere, frankismoaren biktimei elkartasuna adierazteko Gobernuaren izenean. Beharbada, beranduegi, baina etorri gara. Pasatu dira 70 urte. Isilpean sufritu dute askok eta askok baina gogoratzen ari gara gertatutakoa.

Estamos culminando un acto que a lo largo de toda la mañana está siendo ciertamente emocionante. Han pasado 70 años desde que el Gobierno vasco saliera al exilio encabezado por su Lehendakari, José Antonio Aguirre y de que escribiera un legado que a mi me parece maravilloso cada vez que lo leo. Por lo tanto, hemos querido que este cierre del 70 aniversario, en que con retraso, hemos tardado 70 años en decir lo siento a mucha gente, en reconocer a los gudaris, a todas las ideologías políticas, a los representantes de todas las ideologías políticas, hombres y mujeres que lucharon contra el franquismo.

Hemos tardado mucho en transmitirles nuestra solidaridad. Ellos, sus familias, ellas y sus familias, han sufrido durante tanto y tanto tiempo en silencio los horrores de aquella guerra y la injusticia. Han pasado 70 años, tarde, pero estamos aquí para trasladar como Gobierno nuestra solidaridad a aquellos hombres y mujeres que lucharon por la libertad. Y lo hemos querido hacer, en Enkarterri. No es casualidad. Este es un lugar histórico para nuestro pueblo. Aquí, íbamos hacer el acto, si hubiera hecho bueno, a la sombra del roble que hoy es de Gernika, aunque que en su momento no lo era. Aquí se reunían nuestros antepasados, sobre todo los vuestros, alcaldes, aquí se reunían a la sombra de aquel roble.

Cuánto ha llovido desde entonces, en 1394, el primer fuero viejo de Encartaciones es de 1394, 58 años antes del fuero antiguo de Bizkaia, 58 años antes ya existía. Y aquí, a la sombra del roble, aprobaron aquel fuero viejo de Enkarterriak. Aquí se reunieron por última vez hace 200 o 201 años las Juntas en Avellaneda. A partir de 1806 se incorporan ya a Gernika.

Por tanto, no estamos en cualquier sitio. El que no sabe de dónde viene no sabe a donde va. Y es importante saber dónde estamos y qué estamos haciendo. Estamos recuperando una parte de nuestra memoria. Las personas sin memoria nos convertimos en fantasmas. Y es bueno que recordemos como último evento, hemos estado en Gernika, en Elgeta, en Intxorta, en Matxitako, en Saturrarán, en Sestao. Hemos estado a lo largo de toda la geografía vasca recuperando la memoria y trasladando nuestro abrazo emocionado a aquellas personas que lucharon por las libertades.

El último acto es precisamente en recuerdo de aquel Consejo de Gobierno que se reunía en estos días hace 70 años, aunque el manifiesto lleve fecha de 30 de junio. Hace 70 años se reunió el Consejo de Gobierno vasco, presidido por el Lehendakari José Antonio Aguirre y se aprobó este Manifiesto de Trucíos, que es un manifiesto maravilloso, precioso. Yo diría que fundamentalmente tiene cuatro cosas que a mi me gustaría destacar a la hora de depositarlo aquí, en la Casa que tú presides y que es también la casa de todos los vizcaínos y vizcaínas. Y por lo tanto, también de una parte esencial del corazón de los vascos.

La primera: fue una denuncia al mundo. En tiempos en los que no existía  Internet, esto fue una denuncia al mundo. Desde Euskadi, se decía. El decía “desde Euskadi quiero hacer una denuncia ante el mundo”. Decía el Lehendakari Agirre “por el despojo que en pleno siglo XX tenemos los vascos por habernos arrebatado nuestra patria”. Y aseguraba algo enormemente importante, “el territorio habrá sido conquistado pero el alma del pueblo vasco, no. No lo será jamás”. Nik uste dut oso garrantzitsua dela hori, herriaren askatasuna defendatzea orain dela 70 urte, orain dela 200, 300, 400 urte eta orain ere gauza bera. Defender por tanto, la libertad del pueblo vasco, el alma del pueblo vasco fue la tarea que fundamentalmente se impuso aquel Gobierno y por eso la denuncia al mundo.

Bigarren ideia: giza eskubideak defendatzea, nahiz eta gerra garaian egon. Zein ikasketa polita gaur egun!. Orain dela aste batzuk, ETA-k apurtu zuen su etena. Zein ikasketa beraientzat ere!. Bakea, giza eskubideak.

Defender los derechos humanos, aun en épocas complicadas y difíciles. ¡Qué enseñanza para ETA que acaba de dar por roto el alto el fuego! ¡Qué enseñanza de respeto a los derechos humanos en una época tan complicada como era aquella! Y decía el Lehendakari Agirre en su escrito: “Hemos obrado noblemente. Hemos dado la libertad a los presos con generosidad que ha sido pagada, dice por el enemigo con persecuciones y fusilamientos”. Aún en las épocas más duras, más difíciles, comportamientos de una nobleza ejemplar. Respeto a los derechos humanos de todas las personas, de todas.

Hirugarren ideia: Eskubide historikoak. Eskubide historikoak errekuperatzea. Hori izan zen beraientzat azken helburua. Zergatik? Eskubide historikoak izan direlako gure Konstituzioa. Euskaldunen konstituzioa eskubide historikoak direlako. Argi eta garbi, benetako konstituzioa.

Por tanto, la tercera idea que traslada es la idea y la proyección de la recuperación de los derechos históricos del pueblo vasco como elemento de futuro. Los derechos históricos son la constitución del Pueblo vasco, la verdadera constitución del pueblo vasco y su actualización será siempre el instrumento que posibilitará construir el futuro, con los demás, pactando, con España, con otros lugares, pero la actualización de los derechos históricos, en definitiva, contemplados como auténtica constitución. Y dice: “Miramos el futuro del pueblo vasco con ilusión”. Estaban a punto de salir al exilio: “Miramos al futuro del pueblo vasco con ilusión. Volveremos. Volveremos para recuperar la tierra de nuestros padres. Volveremos para restaurar el idioma escarnecido, la ley ultrajada, la libertad arrebatada”.  Tercera enseñanza para los tiempos que corren en nuestros días.

Eta laugarrena: berak esaten du bere lekuan zegoela gobernua. Eta guk ere, batez ere sailburuentzat. Gu ere gure lekuan egon behar gara. 

Bi urte daramagu, aste honetan bertan bete egin ditugu bi urte, eta falta ditugu oraindik beste bi urte. Orain arte lideratu egin dugu herri hau eta lideratuko dugu herri hau datozen bi urteotan. Eta hori ez ezik Gobernua, hirukoa azken batean, iraganeko gauza ez ezik etorkizunari begira ere oso garrantzitsua da. Eta lideratuko dugu herri hau 2009 urterako eta etorkizunean ere.

Por lo tanto, la última reflexión que se hace en este manifiesto es cuando se hace por parte del Consejo de Gobierno y el Lehendakari Agirre dice: “El Gobierno Vasco está en su puesto, en Euskadi y fuera de Euskadi pero está en su puesto, él es el legítimo gobierno de los vascos”.

Yo os traslado hoy, muy especialmente a los miembros del Gobierno, que este Gobierno que cumple esta semana dos años, ha liderado durante los últimos 6 años este país y vamos a seguir liderando este país los dos años que restan hasta terminar la legislatura, pero sobre todo quiero trasladaros mi convicción. Y lo quiero hacer a las tres formaciones políticas que están dentro del propio Gobierno, PNV, EA y EB.

Este Gobierno no solamente va a liderar este país durante los próximos 2 años, yo estoy convencido de que lo va a liderar también después del año 2009. Es la apuesta más centrada que se ha hecho en los últimos tiempos. Somos la columna vertebral de este país y lo somos porque frente a las posiciones de las orillas suponemos el cauce central, la columna vertebral.

Por una parte, porque ni el Partido Popular ni el Partido Socialista acaban de aceptar que las decisiones en torno a este país se toman en Euskadi y no en Madrid. Y porque tampoco desde la otra parte, Batasuna, acaba de aceptar que los derechos humanos son indivisibles. Que está bien que reclamen los derechos humanos de todas las personas, entre ellos los de los presos, pero que siempre será incompleta su reflexión si no la hacen en torno a la vulneración de los derechos humanos que supone la extorsión y la violencia de ETA, de la Kale Borroka y de cualquier actuación violenta.

Por lo tanto, estoy convencido de que somos la columna vertebral de este país y si me permitís, no tenéis sino que mirar hasta qué punto valoran el proyecto que nosotros representamos de este gobierno de tres formaciones políticas, no tenéis sino que mirar las ofertas millonarias que unos y otros están haciendo a miembros de este gobierno para que abandonemos el barco.

A mí me parece una gran contradicción que se hable mal a la baja de un proyecto y al mismo tiempo se ofrezcan contratos millonarios para que abandonen el proyecto. Eso es una enorme contradicción.

Yo sigo pensando por lo tanto, y traslado tanto al Partido Nacionalista Vasco, como a Eusko Alkartasuna y a Ezker Batua, que yo sigo confiando en este proyecto.

Creo que este es un proyecto que tiene que liderar este país hasta el año 2009 y después del año 2009, que hemos hecho cosas mal sin duda y que tendremos que reparar, pero que somos la columna vertebral de este país.

La carta que José Antonio de Agirre escribió desde Berlín

Viernes 24 de abril de 2020

Esta foto está sacada en la delegación del Gobierno Vasco en Nueva York que se encontraba en la V Avenida. Manu Sota es quien está de pie a la derecha. El resto son Consejeros del Gobierno y el Secretario General de la Presidencia, Antón Irala en 1946.

Manu Sota (1897-1979), hijo de Sir Ramón de la Sota, nació y murió en Getxo tras pasarse media vida en el exilio. Sota es uno de las grandísimas personalidades de la cultura vasca y por sobre todo un gran amigo del Lehendakari Agirre.

Estudió derecho en Salamanca y en Cambridge donde impartió la docencia varios años. Políticamente estuvo adscrito al Jagi Jagi y fue presidente del Athletic de Bilbao en tiempos en los que trató de llevar el estadio de San Mamés a Torre Madariaga en Deusto. Lo tenía oido. Era apuesto, bizkaino y presidente del Athletic tras dar clases en Cambridge.

Promotor del teatro  vasco, tras la caída de Bilbao fue el manager principal del grupo Eresoinka, Elai Alai y del Equipo de Fútbol Euzkadi. En Nueva York, con su hermano Ramón, y una percha y labia impresionante, acudían a todos  los saraos de la alta sociedad y de las estancias católicas  tratando de desmentir la especie de que los vascos eran peligrosos comunistas y que además eran católicos, con el fin de poder ir abriendo puertas.

En Nueva York, además de ser el Delegado Vasco fue el asistente principal del lehendakari junto a Antón Irala y posteriormente con Jesús de Galindez y Jon Bilbao.

En el trabajo de hoy quiero destacar la glosa que hace de las cartas que el Lehendakari escribió desde Berlín cuando estuvo escondido con falsa personalidad. Decían que el libro “De Guernica a Nueva York pasando por Berlín lo había escrito él con las notas que le había suministrado el Lehendakari”. Pudo ser pues estaban muy compenetrados políticamente. Vamos a ello:

“2 de Abril. Hoy he tenido una satisfacción grandísima. Mis amigos de América han recibido la carta que les envié por medio del Canciller de los Estados Unidos, y me dicen que seguirán mis instrucciones. ¡Qué susto el de mis amigos, que ignoraban mi paradero, al abrir mi carta y leer: «Aun­que les extrañe estoy en Berlín, desde donde les escribo»!

He aquí la carta a la que alude el Presidente en el párrafo anterior, tomado de su reciente libro «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín».

Era el invierno de 1941. Yo solía ir a pasar todos los fines de semana con Manuel de Intxausti y su familia, que tenían una casita en White Plains, a unas millas de New York. Des­pués de una agitada semana en esta inmensa metrópoli, reci­biendo constantemente malas noticias, y con el horizonte económico anunciando franca borrasca, aquellas dos noches que pasaba en la paz del campo eran para mí una verdadera cura espiritual.

Después de oír misa de nueve en la capilla cercana a la casa, Intxausti y yo solíamos pasear por los senderos neva­dos, bordeando riachuelos que estaban completamente hela­dos. La conversación giraba siempre en torno de nuestras constantes preocupaciones: nuestro pueblo, sus hijos, en las cárceles y en el exilio, y nuestro Presidente desaparecido. ¡Cuántas veces volvimos a casa sin saber por dónde habíamos andado!

Nada sabíamos de José Antonio desde que le sorprendió en Bélgica la invasión alemana. Había toda clase de rumores sobre su muerte: unos le suponían escondido en una Emba­jada americana de Berlín, otros le creían preso en un cas­tillo, del Rhin, y los más pesimistas le daban por muerto. Nos sentíamos impotentes para actuar, y esto era lo que más nos desesperaba. Teníamos amigos que hubiesen podido in­dagar en Alemania y en la Bélgica ocupada acerca del para­dero de José Antonio, pero ¿no resultaría esto contraprodu­cente en el caso probable de que estuviese oculto?

El 11 de marzo por la noche, Intxausti recibió una llama­da telefónica desde Washington. El Ministro de una Lega­ción sudamericana le anunciaba que acababan de entregarle una carta importante dirigida a él. No podía decirle de quién era y únicamente le dio a entender que había llegado a su po­der por conducto de valija diplomática o cosa parecida. Al día siguiente, Intxausti recibió la anunciada misiva. Su asombro —y el mío cuando la leí— no tuvo límites cuando nuestros ojos se fijaron en el encabezamiento:

«Berlín, a 3 de febrero de 1941.

Mi querido e inolvidable amigo: Le saldrá a usted una exclamación de susto al recibir una carta mía desde Berlín. Pues bien, estoy en Berlín…».

Con esta naturalidad nos anunciaba José Antonio la inverosímil noticia. Excuso decir la serie de ideas alarmantes que nos pasaron por la imaginación, por el peligro que corría su vida bajo la constante y directa amenaza de la Ges­tapo. No podíamos concebir que solo y sin recursos pudiese burlar la perfectísima organización hitleriana. Era un ene­migo demasiado grande.

No es mi intento dar a conocer todo el contenido de la carta, en la que, después de relatar su odisea, desde que fue copado por los alemanes en Bélgica nos revelaba su nueva personalidad de doctor panameño y nos daba instrucciones minuciosas para que le ayudásemos a salir de Alemania y ve­nir a los Estados Unidos vía Rusia-Japón. Tendría que hacer públicos nombres que no conviene mencionar en las actuales circunstancias, pero que algún día serán conocidos para agradecimiento de todos los vascos.

Lo que me interesa en estos momentos es dar a conocer el estado de ánimo de José Antonio y su posición espiritual en aquel trance tan decisivo para él, viviendo a todas horas del día y de la noche bajo la amenaza de la muerte. Hágase por unos instantes el lector la idea de que es Presidente de Euzkadi, que ha dirigido una guerra encarnizada contra Franco en estrecha alianza con Hitler y Mussolini, que es buscado por los agentes falangistas y la Gestapo para fusi­larlo, que no tiene más defensa que un nombre supuesto, un bigote y unas gafas de concha, de que además está en Berlín, y que se pone a escribir una carta a sus amigos de los Esta­dos Unidos, en la que les descubre todos sus secretos y les reitera su posición antitotalitaria… y díganme después cuál sería su estado de ánimo en dichas circunstancias.

Las dieciséis páginas de la carta de José Antonio están escritas de su puño y letra, y en todo momento revela una absoluta tranquilidad y una seguridad inquebrantable de que todas las tribulaciones tendrán un buen fin.

«Pero, en fin, estoy decidido y seguro de que el buen Dios, que hasta aquí ha velado por mí hasta los más mínimos e imperceptibles detalles, lo hará también en lo su­cesivo».

«Hemos sufrido indeciblemente, pero Dios nos ha ayu­dado y esperamos que siga haciéndolo».

«Yo espero llegar a tiempo, no sé si por optimismo in­corregible o porque tengo un presentimiento íntimo de que así será».

Este adueñarse del futuro cuando todo en nuestro derredor parece conspirar contra nosotros llama José Antonio «optimismo incorregible». Otros más pobres de espíritu lo suelen calificar de «inconsciencia». A mi juicio, existe una palabra para denominarlo que, a pesar de no tener más que dos letras, posee un profundísimo significado: esta palabra es FE. La fe a que me refiero no es solamente religiosa, sino también humana, y quienes tienen el privilegio de poseerla triunfan en esta vida, porque no solamente confían en sus fuerzas internas y en la omnipotencia de Dios, sino que tam­bién competen a sus semejantes a actuar en forma altruista y valerosa al contagiarlos con su fe salvadora.

De ahí que José Antonio encontrase en su trágica aven­tura «seres providenciales» que surgían inesperadamente en los momentos más difíciles, a los cuales debe en gran parte su liberación. Eran hombres a quienes José Antonio inyec­taba su propia fe, la cual les impulsaba a obrar aun a riesgo de su bienestar.

A personas que se extrañaban por la espontaneidad con que se confiaba a individuos a quienes encontraba por pri­mera vez, José Antonio les ha solido explicar: «Es que en este mundo son muchos más los buenos que los malos». Es­ta confianza en la humanidad, porque al fin y al cabo el hombre es obra de Dios, es otra de las características del hombre de fe. Quien no recela de su semejante, sino que, por el contrario, le abre el corazón para adueñarse de él, po­ne en movimiento hacia el bien a individuos que ante el rece­loso reaccionarían de manera negativa. Porque el hombre de fe lleva como lema el «piensa bien y acertarás» y demuestra que quienes desconfían de todos terminan fracasando en las adversidades.

Cuando la vida está en peligro y se siente uno acechado por todas partes, el ánimo desfallece y en muchos casos llega a la dejación o, por lo menos, a la ocultación de las convic­ciones ideológicas que son causa de la persecución. Son con­tados los individuos que poseen temple de mártires o de hé­roes, y los que no poseen este don, que tiene mucho de sobrenatural, al verse acorralados por la muerte, a menudo transigen, cuando no claudican. A mi no me gusta criticar a quienes así proceden, porque solamente en los momentos de prueba llegamos a conocer toda la fortaleza de nuestro espíritu, y uno no sabe lo que haría en aquellas circunstan­cias. En la calma de nuestro despacho todos forjamos pro­yectos heroicos; lo difícil es realizarlos cuando se presente la silueta de los fusiles.

La carta que estoy comentando nos muestra cuál era a este respecto la posición de José Antonio en Berlín:

«Yo soy quien fui, y seguiré siendo el mismo, pase lo que pase. Las ideas no pueden cambiar como el viento o al so­caire de las situaciones de cada momento».

La adversidad, en vez de inyectar pesimismo en su alma, le refuerza en los ideales por los que ha luchado. Por los sen­deros de dolor que ha recorrido, ha ido cosechando una va­liosa experiencia que le afirma más en el triunfo de una Causa que no por haber sido vencida, fue aniquilada.

«Sólo los que sufren como nosotros, son capaces de comprender a los demás. ¡Cuánto podría hablar de esto y de los dolores que he visto en esos caminos de Dios! La expe­riencia vivida y las cosas, lugares y personas vistas me han servido de mucho, afianzando cada día más nuestro eterno ideal».

A pesar de su «optimismo incorregible», se da perfecta cuenta de que los alemanes pudieron apoderarse de su per­sona para actuar en provecho propio o fusilarlo en momen­tos en que más necesita de su libre albedrío para seguir luchando por su pueblo. Por eso le es imprescindible su li­bertad y la de su mujer y sus hijos, pues aun consiguiendo huir él a tierras de libertad, si aquellos quedasen en cautive­rio, podrían ser usados para coaccionar su actuación. Pero aunque sucediese lo más doloroso, él siempre se inclinará ante el deber.

«Mi caso es diferente. Yo no puedo perder mi indepen­dencia ni ser objeto de transacción —para luego ser fusilado— en el momento en que, para contentar caprichos, estos alemanes, con toda corrección, pudieran entregarme. Y conmigo mi mujer e hijos, que, aunque no sufrirían mi suerte, sin embargo amargarían mi vida y hasta frenarían mi libertad en muchos momentos en los que tengo necesidad de ella. Esto no merece la pena de ser escrito. Son los deseos y sentimientos íntimos que llegan muy hondo, pero, sobre to­do, el deber, y ante él me inclinaré siempre y Dios hará lo de­más».

Desde Berlín José Antonio examina cuidadosamente las incidencias políticas de la guerra, estudia las informaciones que obtiene de las personas influyentes con quienes trata —Don Juan Andrés Álvarez Lastra frecuenta varios salones diplomáticos— y llega a prever acontecimientos en los que nosotros apenas pensábamos en 1941, pero que ahora son motivo de preocupación general. Los expone con su habi­tual franqueza y no le amedrenta el hecho de estar dentro de Alemania, perseguido por la Gestapo, para hacer hincapié en sus convicciones antitotalitarias.

«Puede ser que el mes que viene haya acontecimientos en España. ¿Qué hará Franco? He aquí la incógnita. Y si se echa en brazos de Inglaterra, ¿olvidarán los ingleses a quienes defendieron su patria y vieron Gernika arrasada? He aquí un tema muy importante que nuestras Delegaciones tienen el deber de desarrollar. ¿Olvidarán los millares de presos que han sufrido por defender la libertad contra la dic­tadura llena de sangre y de víctimas? Yo predico el perdón y lo predicaré, pero no quisiera jamás ser cómplice de una confusión de ideas que cambian según el provecho de cada momento. Con los ingleses o contra los ingleses, el régimen de Franco, por ser una imitación servil y ser violencia, no puede ser solución. Nada que no respete nuestra libertad de hombres y de pueblo será admitido por nosotros, y yo espe­ro que no lo sea por el mundo que dice luchar por esos mis­mos ideales. No puedo concebir —hablo de una hipótesis quizás aparentemente absurda, pero posible que llegue un día en que Franco, ayudado por los ingleses frente a una in­vasión alemana, sean los ingleses quienes primero olviden el postulado de libertad de los hombres y pueblos que les atrae la simpatía del mundo que sufre. Porque las ideas trascen­dentales que son más aplicables a todos en el espacio no pueden cambiar de color según la esquina en que se apli­quen. He aquí un tema de mi preocupación más profunda que quiero que ustedes lo trabajen haciendo ver la incompa­tibilidad arriba apuntada y la facilidad con que pueden per­derse las simpatías cuando la conducta no va al ritmo de los principios, y cuando los hasta ayer adversarios se afanan en reconocer errores y en proponer soluciones. No hablo de memoria. Puede suceder lo contrario. Entonces nuestro de­recho coincidiría con los hechos. ¿Seguiremos en este absurdo y criminal utilitarismo?

José Antonio no se conforma con darnos consejos a los vascos de este lado del Atlántico antes de salir para Berlín, y en la modesta habitación de su casa de huéspedes de Amberes, tal vez temiendo que la Gestapo pudiera soprenderle en cualquier momento, escribió un documento dirigido a todos los vascos del mundo para que fuese leído públicamente. Y, aunque parezca mentira, el documento salió de la Bélgica ocupada burlando la vigilancia hitleriana, atravesó los Piri­neos y llegó a Euzkadi, donde fue repartido profusamente.

«Con motivo del Gabón he enviado un Manifiesto al pueblo vasco. Son ideas fundamentales, la generosidad y el perdón para que acabe una época de odio y rencor, la unión de los vascos entre sí con firmeza y resolución como hasta ahora, el cultivo intensivo de nuestro idioma y de cuantas características nacionales nos distinguen, y la participación en espacios peninsulares amplios, siempre que nuestra liber­tad sea garantizada. El Manifiesto va firmado en Londres el día 22 de diciembre, el mismo día en que firmaban las auto­ridades alemanas el permiso para que pudiera venir a Ale­mania. Son cosas del destino que Dios permite. Conviene mantener la idea de que estoy en Londres».

José Antonio sigue en su puesto a pesar de todo. Todas las tribulaciones que han caído sobre él no le arredran en su empeño. Un ideal y un deber marcan un rumbo, y, como los recios capitanes de nuestra tierra, se preocupa de la embar­cación que le ha sido encomendada aun a riesgo de perecer. Como Presidente de los Vascos que es, se olvida del peligro actual para inquietarse por la suerte que ha podido correr lo que hay de organización patriótica en el mundo. La catástrofe ha sido inmensa, pero el hombre de fe no se desco­razona contemplando los escombros de su propia casa, sino que los emplea para construirla de nuevo y mejorarla.

«No sé nada de nuestras Delegaciones. Yo supongo que habrán salido de su zozobra primera. Si no es así, dígales que esa es mi voluntad. ¿Qué es de «Euzko Deya»? ¿Sigue publicándose? Sería para mi un gran dolor saber que desa­pareció. Yo espero que la desgracia habrá agigantado los es­fuerzos de los compatriotas, pues es en estos momentos en los que se conoce a los hombres».

«No se olviden de las publicaciones. Mejores o peores, son siempre necesarias para demostrar vitalidad, fe y pre­sencia».

Desde su sufrimiento recuerda muy principalmente a los vascos que sufren, y desde su cautiverio a los compatriotas cautivos.

«Ayuden mucho a los que sufren y a aquellos que han perdido sus familiares. Que los que tienen den para sus nece­sidades y las de la Patria y su organización».

Hagan cuanto puedan por nuestros presos y por cuantos estén aún en los campos de concentración. Merecen mucho porque han sido siempre dignos. Yo siempre los recuerdo con respeto y veneración. Ellos nos pedirán cuentas un día de nuestra libertad, bien o mal aprovechada».

Pero su preocupación primordial es la solidaridad de la gran familia vasca en el dolor, pues sabe que un pueblo roto, en el exilio, carece de fuerzas para alcanzar la victoria. No existen enemigos más enconados que los compatriotas que en la adversidad se aborrecen, pues colocan las miserias que separan por encima de la patria que une. Por eso se indigna contra quienes pretenden fomentar la desunión, añadiendo la pena de la discordia a la amargura del destierro.

«Que la magnífica y ejemplar fraternidad de nuestro exi­lio continúe y que sepan todos que lo único que me contra­riará, y por lo que no pasaré, será la mezquindad de espíritu que sea capaz de romper o sólo entorpecer la unidad y her­mandad de nuestro pueblo, sobre todo cuando está en la desgracia».

«Exciten a la unión de todos, al sacrificio de todos».

«Unión estrecha de todos los vascos y unión generosa de todos sus sacrificios es lo que nos predica José Antonio machaconamente para llegar a la consecución de nuestros ideales. Y luego, la perdurabilidad de nuestro empeño, que es virtud de las razas que, como la nuestra, no tuvo principio en la historia. Para nuestro pueblo, que ha contemplado co­mo una esfinge inmutable la gloria y el ocaso de diferentes razas, el calendario no cuenta. Lo que cuenta es la perseverancia, el entusiasmo de cada día y la fe de siempre, que conducen a la aceptación de los dolores que abonan y hacen re­toñar frondosamente el árbol de la libertad.

«Repito también, mi idea fundamental: unión, unión y unión. Además sacrificio. Lo que no se hace en un día se ha­ce en dos; si no, en cien. Que nadie de un paso atrás. Hay que mirar el porvenir con optimismo. Lo que pareció fuerte en nuestros adversarios ayer, hoy parece frágil. Cada día lo será más, porque no se puede contra la voluntad popular, que al fin se impone siempre. Recuerden que trabajamos una causa de libertad que es causa de dolores y de penas; que no dan su fruto, aunque éste es seguro, cuando nosotros queremos, sino cuando Dios lo dispone, y si no es posible que nosotros veamos el resultado, lo verán nuestros hijos».

«Yo estoy seguro de que nuestro trabajo tiene cercana una recompensa que nosotros mismos hemos de recoger. Así lo dice el clamor unánime de nuestro pueblo, pues hasta la desesperación del adversario, que prometió pan y recoge hambre, que habló de independencia y cae en la servidumbre, que habló de paz y sembró odio, es argumento y re­fuerzo de aquella unanimidad que exige el cambio de un es­tado de cosas absolutamente intolerable».

«De esta prueba hemos de sacar nuestros espíritus forta­lecidos y a nuestro pueblo invencible. Muchas veces, antes de la guerra, dije a nuestras autoridades que nos faltaba el exilio para triunfar, y ha llegado acompañado de un dram-tismo que no podríamos ni suponer. Así de proporcionado será el triunfo».

No es ninguna verdad nueva el decir que a los hombres —y en especial si éstos son dirigentes de pueblos— solamen­te se les conoce en su plenitud espiritual cuando la adversi­dad les acucia por todas partes y ven destrozadas y en ruinas la causa a la que entregaron su vida. En ese yunque se prueba su temple. Hay quienes —y éstos son los más—, in­capaces de sobrellevar el desastre, se consideran vencidos para siempre. Pero los que aceptan la prueba como un desafío más y sacan fuerzas de la derrota para seguir labo­rando por la causa, éstos demuestran poseer la fibra que es necesaria para dirigir a los pueblos.

La vecindad de la muerte es la mejor comprobación de la valentía y de la veracidad de lo que un hombre escribe. Quién se atreve a transmitir al papel ciertos conceptos a dos dedos de ser fusilado, conceptos que agravan la crítica si­tuación en que se halla, demuestra que los siente en lo más hondo de su alma y que los considera más preciosos que su propia vida. Estos conceptos son los más dignos de ser leídos.

Conozco muchas cartas de nuestro Presidente, pero una sola que la haya escrito en un constante peligro de muerte. Es esta de Berlín. Por eso he querido dar a conocer a los vas­cos los párrafos de ella que más pudieran interesarles. Cono­ciendo el temple de su Presidente en el peligro, podrán dedu­cir de lo que es capaz cuando la paz le devuelve al gobierno de su pueblo.

New York, 1943