El fallecimiento de Landaburu impidió una buena biografía de Agirre

Jueves 23 de abril de 2020

La figura de Francisco Xabier de Landaburu es una de las personalidades vascas fundamentales en el siglo XX. Diputado por Araba, exiliado, escritor, trabajador en la Unesco, fundador de la Democracia Cristiana Europea, federalista europeo, impulsor del europeismo con su gran obra “La Causa del Pueblo Vasco”, Vicepresidente del Gobierno Vasco  en el exilio al fallecimiento de Agirre, padre de familia numerosa, autor de decenas de artículos todos ellos muy  bien  y muy pedagógicos, hombre elegante y de suma. Desgraciadamente murió joven y cuando  podía haber dado mucho más.

Tuve la suerte de editar, desde el PNV, con prólogo  de Emilio Gevara padre y del Lehendakari Leizaola un libro, ”Escritos en Alderdi” con trabajos suyos publicados en la revista del EAJ-PNV y, como tenía relación con su viuda, Konstan Illarramendi, amiga de mi ama en Zarautz, logré este trabajo que apuntaba a una magnífica biografía del Lehendakari Agirre. Transcribo lo que me dio siendo una lástima que el trabajo quedara interrumpido. Hubiera sido toda una referencia como lo fue para la juventud en 1956, ”La Causa del Pueblo Vasco”.

Landaburu era una de las personas que mejor podía haber escrito una biografía del Lehendakari. Su prematura muerte, en 1963 nos privó del magnífico testimonio de un estrecho colaborador, porque además trabajaba en el empe­ño.

Entre sus papeles y, como he comentado, facilitados por  su viuda, Konstantiñe IIlarramendi apareció  una carpeta con un título: «Comienzo del libro, vida de José Antonio». Dentro de un sugestivo plan de trabajo.

A- El líder de la autonomía (1931-1936)

B- El combatiente de dos guerras (1936-1945)

C- El presidente expatriado (1945-1960)

Landaburu comenzó a dar forma a este ambicioso traba­jo; del intento quedan solo estas seis cuartillas. Se trata del borrador de esa introducción que Landaburu preparaba y que su muerte truncó. He aquí pues el testimonio esbozado sobre un presidente  que fue compañero del Lehendakari pero por sobre todo fue su amigo.

“El recuerdo de esta escena me persigue todavía como una obsesión: todos los días de labor, hacia la una de la tarde, al dejar su despacho de la Delegación de Euzkadi en París, Jo­sé Antonio pasaba frente al mío, pegaba con su alianza en la puerta encristalada, la abría y repetía una frase invariable: «Javier ¿Salimos? «Tras de él solían bajar Leizaola, Ma­nuel Irujo y Agustín Alberro, y los cinco formábamos grupo caminando hasta la esquina de la avenida Mozart, donde nos desperdigábamos. El Lendakari tomaba el autobús 22 cuando vivía en la avenida Kléber y, (en los últimos meses de su vida), cuando pasó a vivir en Emili Deschanel, tomaba el metro en la estación «La Muette». Desde el verano de 1951 en que fuimos expulsados de nuestra casa de la avenida Marceau, hasta el 19 de marzo de 1960, esa escena se repitió casi todos los días. En esa misma esquina de la avenida Mozart tuve ese día 19 de marzo de 1960 mi última conversación con el presidente Aguirre. Ya no lo volví a ver más que recién fallecido el 22 de marzo. El recuerdo de José Antonio cadá­ver no me viene tanto a la memoria como el de José Antonio en plena vida, en plena actividad en todos los momentos. Y como nos veíamos todos los días, en la Delegación, en actos oficiales, en ratos de intimidad y de descanso, y como juntos viajamos mucho por Europa, lo sigo viendo siempre vivo en escenarios muy distintos: en la Kurfuasterdam del Berlín de la posguerra, donde cada puerta, cada casa —de las que quedaban— tenía para él un recuerdo de los días que pasó «camuflado» en la capital alemana, en plena guerra mun­dial; en La Haya, en el Primer Congreso de Europa, a don­de fuimos llenos de esperanzas y de ilusiones; en el res­taurant sobre las torres y los tejados de Salzburgo, en un atardecer inolvidable, hablando, como siempre, del futuro de Euzkadi; en Roma, en el castillo Suizo de Gruyere, en Bruselas, en unos paseos por la ciudad y por el ducado de Luxemburgo, en Lyon, en recorrido por el Rhin, en Estrasburgo, en Lyon, en tantos rincones de París y, naturalmen­te, en días de trabajo y en ratos de esparcimiento en tantísimos sitios del País Vasco del norte del Bidasoa. Y lo veo en cada lugar tal como allí estaba, y recuerdo las conver­saciones y, al cabo de más de un año de haberlo visto muer­to y bien muerto, de haber ayudado a amortajarlo, de ha­berlo enterrado, todavía me parece imposible no volverlo a ver, no volver a acompañarlo, no volver a trabajar, a soñar, a proyectar y a realizar con él. No creo que haya habido hombre que haya influido más en mi razonar y en mis senti­mientos. Quien no sea vasco nacionalista, quien no lo fuera antes de 1936, no se dará cuenta de que Agirre era para muchos de nosotros la encarnación de un ideal, la represen­tación tangible de una aspiración, la nación hecha hombre, la patria soñada que resucita y se hace realidad.

Si siempre he creído poco, y la experiencia me hace cada vez más escéptico, en los hombres providenciales, si no ad­mito el mesianismo político, no dejo de reconocer y de ma­nifestar que en José Antonio Agirre había algo que escapaba a la naturaleza de los hombres ordinarios, había un atracti­vo, un fluido que si acaso no inspiraba a todos plena simpatía, llamaba, unía y, al fin, entregaba. En ese «algo» más que en otras condiciones también positivas estuvo el secreto de muchos éxitos de Agirre y el prestigio de que vivió rodeado, aun desde joven, por amigos y adversarios.

No trato en estas páginas de hacer una biografía del pre­sidente Agirre. El lector hallaría un resumen muy breve de su vida al final de este libro. La historia vendrá luego a aquilatar hechos y a juzgar actitudes. No quiero más que hablar de Agirre tal como lo vi en veinticinco años dirigien­do la política de un pueblo pequeño, lo que no le impidió ser protagonista muy destacado a veces de los dramas de nuestra época. La figura de Agirre tendrá sus biógrafos y sus historiadores y sus críticos, vascos y no vascos. Yo soy simplemente colaborador, el amigo que cuenta lo que tiene dentro porque lo ha visto, porque lo ha vivido con enorme intensidad. Agirre, por formación y por temperamento, más que un pensador fue un forjador de la nación vasca. Los que tuvimos el privilegio de asistir desde muy cerca a sus traba­jos, a sus luchas, a sus emociones, tenemos el deber de refe­rirlo simplemente para que conste, porque queremos hacer un pueblo —el pueblo vasco— y los pueblos se hacen con hombres. Y en este sí que están de acuerdo todos los que lo trataron, algunos lo han escrito ya; José Antonio de Agirre fue sobre todo un hombre. Hasta sus enemigos lo han salu­dado así porque en Agirre no pudieron morder nunca ni la caricatura fácil ni la calumnia. Se intentaron, naturalmente, pero no fraguaron nunca, no las creían ni los que las lanza­ban.

Vivió con honradez y con constante fe en los ideales, murió de repente, sin teatralidad, pero con gloria. En aquellos funerales imponentes, inolvidables, de San Juan de Luz, donde cada asistente arriesgaba algo y algunos mucho, se empezó a tejer su corona de gloria. Hoy ya es título de distinción entre vascos —y no todos nacionalistas— poder decir: «yo estuve en el entierro del Lendakari Agirre en Donibane». Cuántos, cuantísimos más hubiera habido, si…

Un día de octubre 1933 volvíamos un grupo de amigos de un viaje de recreo en París. En la estación de Donostia subió al tren mi paisano don Gregorio González de Suso quien nos confirmó la noticia, que ya habíamos tenido en la capital francesa, de la disolución por el presidente de la República del Congreso de los Diputados y la consecuente convocato­ria de elecciones legislativas. A mí personalmente me anun­ció que el Partido Nacionalista Vasco en Alaba había acor­dado presentarme candidato para aquellas elecciones. Poco más de un mes, el 19 de Noviembre, los alaveses me otorga­ban con sus votos el segundo de los dos puestos de diputado a Cortes. Aquellas elecciones fueron de propaganda intensa, pero de una gran sencillez. Los nacionalistas vascos obtuvi­mos doce puestos parlamentarios. En Alaba, por vez prime­ra; en cambio en Nabarra perdimos el puesto que teníamos y que Agirre había ocupado en la primera legislatura de la Re­pública. Unos días después de la elección, los diputados na­cionalistas nos reuníamos en el Secretariado del Partido en Gipuzkoa con el Euzkadi-Buru Batzar. El 8 de diciembre se inauguraba la legislatura y constituíamos la primera Minoría parlamentaria nacionalista vasca.

En varias ocasiones me he referido por escrito a lo que fue este grupo, verdadera familia política fundada en el ide­al común y en el mutuo afecto y nueva institución política activa y eficaz que el país aceptó con complacencia ponien­do en ella muchas esperanzas. La base fundamental de su programa estaba muy definida: la defensa del Estatuto Vas­co que acababa de ser aprobada por plebiscito celebrado el día 5 de Noviembre, quince días antes de las elecciones. Los antecedentes de los trabajos autonómicos desde 1931 y los hechos que en este aspecto se produjeron hasta fines de 1935 están referidos por Agirre en su libro «Entre la Libertad y la Revolución». No tengo para qué repetirlos. Agirre había lle­vado personalmente desde que inició la campaña autonómi­ca, primero como alcalde de Getxo y luego como diputado, el peso de tan ardua labor. Fue el verdadero líder de la autonomía vasca y ello le dio ocasión de manifestar su gran talento de organizador y su gran capacidad de trabajo. Con­sagró todos los momentos de aquella intensa etapa de su vi­da a la dirección de la campaña estatutista. Fue una época de dinamismo vertiginoso para todos los que de ello nos ocupábamos y mucho más para él. Hubo dificultades enor­mes, contrariedades amargas, obstrucciones burdas o suti­les. La República, así la veía Agirre, nos ofrecía una ocasión única de recorrer rápida y provechosamente una etapa deci­siva para la restauración, aunque fuese parcial, pero no era despreciable, de la personalidad nacional vasca. Era la pri­mera vez en la historia que la parte peninsular de Euzkadi podía tener expresión conjunta y ser reconocida legalmente. La República favorecía los destinos del país y el país estruc­turado consolidaría a la democracia peninsular todavía muy vacilante. Pero esto no lo entendían muchos republicanos a quienes nuestro catolicismo les daba motivos de sospecha. Tampoco lo entendían los católicos españoles, a quienes la consolidación de la democracia les hacía temer por la si­tuación religiosa, y más que por ella, porque se abría camino a avances sociales incompatibles con privilegios económicos inaguantables en un sistema político moderno. Agirre tuvo que luchar contra esos dos adversarios. Los hombres de fe republicana fueron más fáciles de convencer y vinieron, muchos de ellos con entusiasmo, al autonomismo, aunque no dejaban de manifestar sus reticencias porque, dado el es­tado de la opinión del país, temían también que el benefi­ciario del Estatuto fuese con mucho el nacionalismo vasco.

Las llamadas «derechas» que habían formado con los patriotas vascos la «Minoría Vasco-Nabarra» de la primera legislatura republicana y que durante un tiempo se agarra­ron a la solución autonómica como a un salvavidas, fueron alejándose de nuestro campo y llegaron a combatir sañuda­mente nuestras aspiraciones y torpedear arteramente nuestra labor. Los tradicionalistas y los que se decían sucesores del fuerismo no podían oponerse a las demandas autonómicas, pero su fuerismo o su carlismo encontraron pretexto para declarar incompatible el Estatuto con la «reintegración foral» y, por la misma razón que los republicanos, temiendo un auge nacionalista si la unidad del país se realizaba, opta­ron por la especiosa solución de oponer el Estatuto Vasco los estatutos «provinciales». Nabarra les ofrecía magnífico pretexto para ese torpedeamiento y consiguieron desgajar Nabarra. Todo ello no era, sin embargo, más que maniobras de diversión. Lo que realmente se proponía la derecha vas­ca, confundida con la derecha española, era acabar con la República al precio que fuera, aunque fuese al precio de una guerra civil que, a pesar de haber sido horrible, no parece, al cabo de veinticinco años, haber acabado con las furias béli­cas de los profesionales de los pronunciamientos. Desde la sublevación de Sanjurjo, en Agosto de 1932, que tuvo por una de sus causas la inminente aprobación del Estatuto de Cataluña, y sobre todo desde comienzos de 1934 —fecha del acta de Roma firmada por los Sres. general Emilio Barrera, Rafael Olazabal, Antonio Lizarza y Antonio Goicoechea, la decisión firme y la meta única era la de…”

Aquí se trunca el borrador del trabajo que preparaba Landaburu sobre Agirre. La gran biografía cortada por la muerte del propio Landaburu, su colaborador y amigo.

A este trabajo inédito le añadimos seguidamente el artículo que publicó Landaburu en la revista del PNV, «Alderdi», con motivo del fallecimiento de Agirre. Es otro tes­timonio escrito con el corazón, a poco de producirse la muerte de José Antonio. Decía así Landaburu:

Después de la muerte del Lendakari

F. Xabier de Landaburu

Cuando Agustín Alberro y yo, avisados con urgencia, llegamos a casa de Agirre hacía las seis de la tarde del 22 de Marzo, el Lendakari era ya cadáver. Su cuerpo estaba aún caliente, pero aquel corazón había dejado de latir. Un médi­co había comprobado la defunción. Rápidamente llegaron también Leizaola, Onaindia, Irujo. Los hombres que, como otros muchos, serenamente, sin jactancia y sin miedo, hubiéramos dado nuestras vidas por la suya, no podíamos ha­cer ya por José Antonio más que llorar y rezar.

La última vez que le vi en vida fue el sábado 19 de Mar­zo, San José. Como de costumbre, salimos en grupo hacia la una de la tarde, al terminar el trabajo en la Delegación. En la esquina de la avenida Mozart nos paramos un momento. Él me hizo varias indicaciones para la semana siguiente y, también como de costumbre, acompañado de Irujo y de Leizaola se fue al «metro» y quedamos en Passy Alberro y yo. Esa mañana, en su despacho, el Lendakari nos dijo que notaba algo como de gripe. La víspera, el viernes 18, estuvi­mos reunidos mañana y tarde por habernos llegado una in­dicación del Partido Nacionalista Vasco sobre los jóvenes presos en Bilbao, y estudiamos lo que convendría hacer por ellos. De allí, como algunas tardes, fuimos a tomar un vaso de cerveza en uno de los cafés del barrio. El lunes quedó en cama. El martes hizo avisar que trabajaría en su casa y vendría el miércoles al despacho. Un nuevo aviso telefónico en la misma mañana del martes nos hizo pensar en que la dolencia podría ser grave y nos inquietó, pero nadie podía adivinar lo que iba a ocurrir sólo a unas horas más tarde.

La primera reacción ante una tragedia de esta magnitud es que el hombre no sabe nada, no se explica nada, recorre la vida como una paja movida por el viento. Sentimental­mente, toda desgracia es una injusticia, y racionalmente, el adelanto científico que a veces nos parece gigantesco, no es todavía más que el paso vacilante del niño que empieza a an­dar. La ciencia llega a conocer la enfermedad, sus orígenes y sus consecuencias, pero la muerte sigue siendo mucho más que un resultado patológico. La muerte, sobre todo la muer­te prematura, no tiene justificación en el marco de la razón y mucho menos en la esfera afectiva. La muerte de un líder en pleno combate cívico es todavía más absurda. Sólo la fe re­siste a la prueba, y la fe, si no explica, consuela.

Los perseguidos, los expatriados, los que nos sentimos políticamente honestos y palpamos la honradez de nuestros compañeros de ruta, tenemos prisa porque antes de la deci­sión inapelable de la justicia inmanente, haya para nosotros y para nuestra causa cuando menos un atisbo de justicia en la tierra. La muerte de José Antonio nos ha robado mucho como amigos; la muerte del Lendakari es atrozmente ilógica y clama al Cielo que el hombre que nos guió en la paz, en la guerra y en el exilio no esté a nuestro frente el día de la liber­tad. Esa obra la concluiremos sus seguidores, la coronará el pueblo —ese pueblo que él amó con tanta pasión— pero de­biera presenciarla quien con estilo propio, la inició, la mode­ló y la perfeccionaba en toda hora de todos los días. No hacía otra cosa, no sabía ya hacer otra cosa; con todo su di­namismo no era más que el objeto tenaz y perpetuamente atraído por un potentísimo imán: Euzkadi.

No puedo relatar aquí todos los momentos que siguieron a la muerte del Lendakari. Unos son demasiado íntimos por contarlos, otros ya han sido referidos, y no quiero volver a recordar otros porque aún acongojan, aún desgarran. Era mucho lo que se nos iba a todos, particularmente a los que tantos años estuvimos tan directa y tan inmediatamente pen­dientes de él. Los días luctuosos de París, en la casa mor­tuoria, en la capilla ardiente de la Delegación, en las honras de su parroquia; el camino de París a Donibane, la capilla ardiente en casa de Monzón, los grandiosos funerales en la solemne iglesia laburdina… Jornadas que han marcado nuestras vidas sin duda para siempre. Jornadas de dolor, primero las del dolor físico, casi sin lágrimas, el dolor de la impotencia ante la tragedia y luego las de un otro dolor más hondo y más manifiesto, pero como suavizado por el bálsa­mo de sentirnos acompañados por todo un pueblo, por aquel pueblo digno y emocionado que pasó la frontera para decir su imponente «agur» al presidente idolatrado. Ese mis­mo pueblo de su amor apasionado, el pueblo vasco.

No eran todos de nuestro pueblo y lloraban muchos hombres. Lloraba aquel amigo mío, viejo libre-pensador es­pañol, al anunciarme que iría a los funerales «porque por es­te hombre yo volveré a entrar en una iglesia». Lloraba acon­gojado otro amigo, joven luchador socialista, apoyado en sus muletas, impedido por un accidente grave todavía re­ciente, pero que no le detuvo para venir a decir su adiós noble, como su tierra aragonesa, al presidente de los vascos. Como lloraba aquel grupo de muchachas euskeldunes rezando unos rosarios en la capilla ardiente. Como lloraba nuestra buena amiga irlandesa, la autora de «L’arbre de Gernika». Y aquella dama ancianita francesa apenas cono­cida, y aquel refugiado catalán, y aquel otro trabajador an­daluz que con su típico acento y sollozando nos decía: «lo pierden Vds. lo perdemos nosotros, lo pierde el mundo».

Quién puede olvidar las palabras rotas de François Mauriac, ni aquellas del venerable Francisque Gay: «Agirre ha sido el único político demócrata-cristiano europeo que nunca ha transigido con los principios». Ni las de Bidault, Bacon, Pezet, Maurice Schumann, ni las de Paul Boncour, Depreux, Henri Torres. Estos y muchos más de todas las fa­milias espirituales que forman el linaje de la aristocracia del pensamiento político vinieron personalmente a hacer su últi­ma visita a Agirre y a reiterarnos una amistad que ahora nos va a hacer mucha más falta. Y luego los cables y las cartas, cartas de antología de muchos franceses, españoles, vascos, y aún de otros de países cercanos y lejanos, que no podían llegar pero querían estar presentes.

Pertenezco a ese grupo de hombres que desde hace trein­ta años ha estado muy cerca de José Antonio de Agirre y que de su compañía y de su dirección hizo un honor, honor hoy de los más sagrados y de los más valiosos. En esta casa de la Delegación de París donde estoy escribiendo todo re­cuerda al Lendakari y revive esa etapa que es más de la mi­tad de mi vida. Tampoco nosotros, esos hombres, podremos ni sabremos hacer más que continuar su obra. Lo hicimos hasta ahora por devoción a la causa. Desde ahora, también por fidelidad, por lealtad, al hombre que la encarnó y que una tarde de Marzo pasado, cuando se iniciaba la primave­ra, la tuvo que dejar repentinamente en su último aliento, sin que Jaungoikoa le diese tiempo para encomendárnosla. No hacía falta. Esos hombres sabemos perfectamente cuál era su pensamiento, cuál hubiera sido su testamento: la li­bertad de Euzkadi. A trabajar por ella.

El último cuadro del Lehendakari Agirre

Miércoles 22 de abril de 2020

En setiembre de 2016 recibí un correo del vasco venezolano Jon Irazabal Zabala. Su ama era Bedite Zabala Otaola, prima carnal de la esposa de José Antonio Aguirre, la tía Mari, hija de D. Constantino Zabala que acababa de fallecer.

Zabala Arrigorriaga, hermano de su aitite D. Martin Zabala Arrigorriaga, entre los dos formaron la Naviera Amaya, que como se  sabe se utilizó al final de la guerra para ayudar al ejercito vasco, armando algunos buques mercantes.

El hermano de su madre D. Juan Martin Zabala Otaola (nombre de Gudari: TXILI), tuvo un papel muy importante en la dirección política de la guerra y termino en el penal de Santoña como muchos otros gudaris.

El otro hermano de su madre el sacerdote D. Silverio Zabala Otaola, fue el capellán de la colectividad vasca  y quien  vivió en Venezuela, como  ellos  y con su empuje personal puso  en marcha  la Cooperativa Los Castores así como varias entidades de tipo social.

El ama de Jon Irazabal  y su familia tuvieron que refugiarse en Saint Jean Pied du Port después de la guerra ayudados por León de Inchauspe (Banca Inchauspe), ya que ayudó a financiar la Naviera Amaya, después de que su tío Constantino se independizara de la Naviera Sota.

Visto estos antecedentes vamos al padre de Jon, autor del cuadro de Aguirre.

Su aita Peli Irazabal Aranzamendi (falleció en 1974) y su ama tuvo que irse luego a Mérida (Venezuela) donde realizó su vida profesional como médico, trasladándose luego a la Plaza Candelaria de Caracas y creando la Clínica Nuestra Señora de Begoña .

Peli era hijo del famoso médico de Galdakao Estanislao Irazabal que tiene una calle en la localidad a su nombre por su trabajo como médico en la Unión De Explosivos Rio Tinto de Galdakao (Zuazo ).

Los  cinco hermanos nacieron en Venezuela.

También sus aitas llevaron los restos del abuelo de Simón Bolívar, enterrado en Ziortza-Bolibar (Bizkaia) a Caracas y fueron recibidos por el Presidente.

Su ama murió con 92 años, amiga de Xabier Arzalluz y de Iñaki Zabala (fallecido).

Con toda esta información tan rica y tan típica de una familia jelkide exiliada en Venezuela  me decía que su aita además de medico era un pintor muy bueno y pintó un retrato a José Antonio Aguirre cuando  el Lehendakari realizó su último viaje a Caracas en el año 1959. Fue el último retrato que le hicieron ya que falleció en marzo del año siguiente, el 22 de marzo de 1960 en Paris.

El ama de Jon, antes de morir, le dijo que le gustaría que ese retrato estupendo de nuestro primer Lehendakari, estuviera  en una alguna oficina del EBB o en otro lugar público que se dispusiera, en Sabin Etxea o en la Fundación Sabino Arana..

Jon quería cumplir la voluntad de sus aitas y me mandó un correo con una fotografía del cuadro que efectivamente está muy bien pintado y capta en su rostro esa imagen de un Lehendakari preocupado por el futuro de su pueblo cuando todas las puertas se le cerraban.

No es muy habitual recibir letras de esta calidad y se lo hice saber al presidente del EBB, Andoni Ortuzar entonces en plena campaña electoral, quedando en recibirle después de las elecciones y esa reunión y entrega se produjo posteriormente en su despacho de Sabin Etxea.

Jon fue acompañado de su esposa y tras la entrega estuvimos departiendo  una hora con el presidente del EBB en su despacho y recordando sus viajes a Venezuela, las películas que se deberían hacer sobre Aguirre, lo hermoso de aquel Centro Vasco de Caracas y la situación que vive Venezuela.

Ortuzar agradeció con calor  el cuadro, y allí mismo descolgó uno que estaba en la pared y colgó  el del Lehendakari que ya forma parte de una Sabin Etxea a la que le faltaba la presencia de Aguirre en retrato. Ahora ya está en la pared del despacho del presidente del EBB.

Una muy buena acción de Jon Irazabal. Eskerrik asko.

Como vio Leizaola a su antecesor, Agirre

Martes 21 de abril de 2020

En la fotografía podemos ver al alcalde de Bilbao recibir a pie  la  escalera del ayuntamiento de Bilbao  al Lehendakari Leizaola que acababa de llegar de un exilio de  42 años en diciembre de 1979. El alcalde y toda la corporación, no solo querían honrar a un Lehendakari, diputado, fundador de la Universidad Vasca, la persona que hizo posible que Bilbao no fuera destruido en 1937 sino al alto funcionario del ayuntamiento que Leizaola había sido. Jefe de Hacienda  desde 1919 a 1925. Recuerdo como nos contaba lo que había supuesto para Bilbao el crack de la Unión Minera.

Jon Castañares, que había sido uno de los niños de la guerra en Inglaterra  estuvo muy cariñoso con Leizaola y quiso darle significado a la figura  Lehendakari entregándole en las escalinatas el bastón de mando del ayuntamiento, estando la guardia de gala, con maceros, así como la banda de txistularis que al llegar le entonaron el Agur Jaunak y al salir el Himno Nacional Vasco. En el despacho del alcalde firmó Leizaola en el libro de honor del ayuntamiento y Castañares le obsequió con unos gemelos y un alfiler de corbata en nombre de la Corporación. Estos obsequios llevaban estampado en oro el escudo de la capital bizkaina. Ante todo eso Leizaola pronunció unas emocionadas palabras de agradecimiento e hizo mucho hincapié lo que había significado Bilbao en su vida.

Bueno, pues nos toca traer a este homenaje al Lehendakari Agirre en el sesenta aniversario de su fallecimiento, el recuerdo que Leizaola hizo de su antecesor, ya que fue su jefe y su amigo, su compañero de fatigas y su guía. El juramento de Leizaola ante el féretro de José Antonio en el cementerio de Donibane bajo un paraguas resumía bien lo que estaba viviendo en aquel momento.

Leizaola, habló  y escribió mucho de Agirre. He aquí uno de sus testimonios. Un magnífico testimonio que describe en tres trazos, treinta años de lucha política con total entrega:

“Los treinta años de vida política de José Antonio de Agirre —1930 a 1960— se me presentan ahora, cuando aca­ba de morir tan inesperadamente y hallándose en plena acti­vidad, como formando la más armoniosa unidad que pueda ser imaginada.

Le veo de 1930 a 1931 en la Comisión política que al frente de la editorial de prensa «Euzko-Pizkundia» solicitó la voz de los nacionalistas vascos para que se decidiera sobre los rumbos que debían ser adoptados al salir de la dictadura de Primo de Rivera. Tenía entonces nuestro Lehendakari 26 años, y las actividades en que se había distinguido (los estu­dios, el deporte, las organizaciones juveniles católicas), así como su tradición familiar, le llamaban a puestos de con­fianza y dirección en los que no cesaría ya hasta su muerte. Fue aquella la primera consulta popular a la que está asociado su nombre. Con ella se fue a la instauración de las corrientes definitivas del nacionalismo vasco, tal como las vemos aún hoy, treinta años después.

El 12 de Abril de 1931 era elegido Concejal por el Muni­cipio de Getxo, y dos días más tarde Alcalde de ese complejo Ayuntamiento integrado por los diversos núcleos que se llaman Las Arenas, Neguri, Algorta y Getxo, éste último el más antiguo y más lejano de Bilbao. Un vecindario cuyos nombres de familia suenan en todo el mundo, por compren­der a hombres de negocios y a hombres de mar para quienes no había lugar de la tierra que dejara de ser interesante.

Ese día comenzaba su vida la II República Española, sa­liendo al exilio el Monarca que reinó en España desde el día mismo de su nacimiento en 1886, Alfonso XIII.

José Antonio de Agirre tomó entonces sobre sí una tarea gigantesca, la de lograr que Euzkadi, el País Vasco, viese re­conocida una autonomía política que había perdido en 1839 y de la que, sin embargo, quedaban aún restos visibles y no simples recuerdos.

La tarea que llevó adelante no fue la de redactar un texto de Estatuto, tarea que él, Alcalde —es decir Autoridad— dejó para grupos de personalidades de probada competencia y que funcionaron bajo la égida de la Sociedad de Estudios Vacos o de las Comisiones Gestoras de las Diputaciones Vascas, sino la de mover al pueblo para que tomase en sus manos los destinos del País, por el camino de ese Estatuto de Autonomía.

También en esto sería la clave un referéndum, como lo había sido en el otro plano. Pero aquí no se trataba de mo­ver a hombres convencidos que pedían orientación, sino a los no conformistas, a los escépticos y a los interesados en que nada se hiciera. Y éstos —sobre todo el segundo grupo— han sido siempre legión.

La obra de Agirre cerca de las Municipalidades, que su­man más de 500 en el País Vasco, cerca igualmente de las cuatro Comisiones Gestoras, de los diputados a Cortes del País no nacionalistas vascos, y finalmente del electorado mismo, hombres y mujeres, fue tal que no encuentro pa­labras para colocarla en el elevado lugar que merece.

Diputado en las Cortes de la II República Española du­rante toda la vida de ella, intervino en muchos debates parlamentarios, dando siempre verdadero ejemplo por la al­tura en la que se producía, por la tolerancia y el gran valor humano que demostraba, por lo medido y justo de la expre­sión y por el calor y la brillantez de sus discursos. Con todo, esta intervención parlamentaria (y aunque es seguro que, queriéndolo él, le hubiera llevado a grandes éxitos políticos de orden personal) la concibió siempre como enderezada a lograr el objetivo esencial de la autonomía política de los vascos obtenida mediante acuerdo de las demandas de éstos con las decisiones que el Parlamento español adoptara en su día.

¡Qué grandioso objetivo el de sus afanes! ¡Y qué esfuer­zo el realizado por él al servicio de tal causa!

Tarea cívica por esencia era la de lograr los votos de los Ayuntamientos y de las Gestoras vascas, los del electorado vasco en proporciones de quórum completamente excep­cionales. Y luego la de llegar a que el Parlamento español aceptase lo que le era demandado por los vascos.

Y él —no diré que sólo, pues otros hombres serán tam­bién recordados por nuestros compatriotas, pero sí que su acción fue la permanente y la decisiva hasta absorberle todo entero, haciéndole merecer que por ello se le llame Padre del Estatuto— no cejó hasta que lo sancionado primero por los electores de Alaba, Gipuzkoa y Bizkaia el 5 de noviembre de 1933 en el plebiscito previsto por la Constitución de la Re­pública Española de 8 de diciembre de 1931, y luego adopta­do como ley del Io de octubre de 1936 por el Parlamento es­pañol.

Fue la obra de un político de clase excepcional, y los hechos demuestran que por tales métodos deseaba él seguir adelante: la consulta popular, las elecciones, los debates en las Corporaciones, los acuerdos de Asambleas y Parlamen­tos.

Pero en Julio de 1936 la pura acción cívica se hizo impo­sible por la sublevación militar y la guerra civil española. Jo­sé Antonio de Agirre, sin embargo, no varió en su línea.

Antes de transcurridos tres meses, en virtud de aquel Estatuto por el que tanto había trabajado y que era, al fin, ley de Estado incorporada a su sistema constitucional, la con­fianza de los electores vascos, los concejales elegidos en 1931 por el sufragio popular, le elevaba a la condición de Presi­dente del Gobierno del País Vasco (Euzkadi) cargo que ha venido ejerciendo hasta su muerte.

Una segunda etapa de su vida, se desarrolló, pues, du­rante la guerra al asumir con la Presidencia las funciones del Departamento de Defensa en toda plenitud.

Viósele en ellas fiel a sí mismo, a su sentido de organiza­ción, a su inmensa capacidad de trabajo, realizando dos ob­jetivos verdaderamente arduos en aquellas circunstancias: el de hacer con las Milicias tan divergentes, un Ejército; el de hacerlas encuadrar y responder a un Estado Mayor de mili­tares de carrera y lograr que éste llevara un control verdade­ro de las tropas combatientes. Viósele también ajeno a toda veleidad de invadir el terreno de los otros Poderes, dejando que éstos llevaran los asuntos de su competencia (por ejemplo, los asuntos internacionales o los legislativos) según la entendieran y creyeran acertado, puesto que ellos eran los responsables.

José Antonio de Agirre no salió de territorio vasco mientras hubo guerra en Euzkadi: José Antonio de Agirre no salió prácticamente de su despacho sino para ir a los fren­tes. Gracias a eso pudo controlar la guerra en territorio vas­co como la controló. Porque comenzó por hacerse él mismo esclavo de la propia tarea.

Es obligado decir que durante el mes de Mayo de 1937, tras la destrucción de Gernika por la aviación al servicio de Franco en la tarde del 26 de Abril, ejerció también el mando militar en el cual cesó el 29 de Mayo. Y que ese período de operaciones registró una resistencia de las tropas vascas a la ofensiva enemiga (llevada bajo planes alemanes y con la par­ticipación en la ofensiva de tropas hitlerianas e italianas) que acepta la comparación con las más brillantes campañas de la misma clase.

Al término de la guerra, en Febrero de 1939, hizo frente, con el Gobierno, a las necesidades de los exiliados (campos de concentración, refugios, colonias) en países extranjeros y se vio ante el nuevo panorama de la guerra mundial en Sep­tiembre. Y en Mayo de 1940, con la invasión hitleriana de los países del Oeste de Europa, a través de Holanda y Bélgi­ca, se halló cortado de su pueblo y obligado a una clandesti­nidad dramática que terminó en la América del Sur en el ve­rano de 1941.

Reapareció, entonces, el hombre civil que era, al lado de los líderes de la democracia, dando forma a su pensamiento que no podía ser otro que el después extendido en el mundo bajo el nombre de democracia-cristiana, pues éste era el que auténticamente correspondía a las doctrinas del partido na­cionalista vasco del que Agirre procedía. Para la América de habla española, fue él desde 1942, el más autorizado porta­voz de esa ideología que tanto había de desarrollarse.

Después, acabada la guerra mundial, establecido en Europa, fue también uno de los más autorizados entre los sembradores y constructores de la idea europea democráti­ca. El y su pequeño equipo asistieron a los comienzos de la vida política de hombres de tanta historia posterior como De Gasperi y Adenauer y se contarán entre los que han prestado asistencia y calor con más asiduidad a los Congresos, Asambleas y Comisiones de los movimientos de opinión (demócratas-cristianos y federalistas, sobre todo) que en avanzada han ido señalando caminos para una auténtica construcción europea democrática.

Labor esta de los últimos quince años de la vida de José Antonio de Agirre que desembocaba en términos de la más perfecta unidad con la de sus comienzos en 1930.

Ahora, en 1960, seguía diciendo él que sólo de la volun­tad del pueblo, expresada por medio del sufragio libre, podían surgir los poderes públicos para los vascos y para los españoles —como para las distintas nacionalidades peninsulares— al sur del Pirineo, como también en Europa para las instituciones políticas que van siendo creadas.

Esto mismo seguía diciendo para el continente america­no y para el mundo entero. Su combate ideológico y político reclamaba la libertad auténtica para todos los hombres y to­dos los grupos o comunidades humanas, y dentro de ella nos asignaba a todos la misión de crear la sociedad que pueda «garantizar el trabajo al hombre honesto que quiere cubrir sus necesidades con su cooperación y el esfuerzo personal» y nos advertía «que no tendrá eficacia el esfuerzo social si éste no alcanza proporciones universales».

Este cometido social venía en él también de sus primeros días de vida pública e impregnaba el Estatuto Vasco por el que luchó desde la juventud. Así, el Mensaje de la vida pública del Primer Presidente de Euzkadi, el de José Anto­nio de Agirre y Lekube ha brillado, a lo largo de 30 años en la más armoniosa unidad concebible.