Un examen difícil (Bis)

Al final, el famoso examen de Matématicas de Selectividad de la Universidad del País Vasco era difícil, pero no tanto. Es verdad que pencaron —nótese al viejuno que escribe— algo más de la mitad de los que se presentaron, pero también lo será, en virtud de lo anterior, que cerca del 50% de los aspirantes aprobaron. Al margen de si resulta excesiva o no la cosecha de calabazas, el hecho nos apunta algo que va a misa: trabajando la materia indicada en el programa de la asignatura era posible aprobar.

A partir de ahí, y aunque su desazón y hasta su enfado son humanamente comprensibles en grado sumo, queda en entredicho el argumentario de los alumnos que se encontraron una prueba ajustada al currículum pero no a la costumbre. Insistir en la queja con una pancarta que serviría para suspender de rebote euskera, como apunta Juan Ignacio Pérez Iglesias, no habla muy bien de la madurez que, más allá de lo puramente académico, es lo que debería evaluarse a las puertas de la enseñanza superior. Y peor se antoja el papel de los docentes que al protestar se delatan: en lugar de enseñar la materia, entrenan para conseguir el aprobado.

Claro que tampoco es culpa suya, sino de lo que para mi sorpresa ha quedado fuera de este episodio. Lo que no es de recibo no es tal o cual examen concreto, sino la Selectividad en su conjunto. Se tome por donde se tome, carece de sentido. Si es una monumental injusticia jugarse varios años de estudios a una carta, igualmente lo es que acabe superándola el 98% de los que se presentan… y no digamos ya el hecho de que a la mayoría aprobarla no les sirva para prácticamente nada.

Un examen difícil

Me hago cargo de la inmensa faena que supone catear un examen en Selectividad. De hecho, ya me ocurrió en su día. Una jodida moneda que ni siquiera lanzaron ante mi vista determinó que me cayera Griego en lugar de Latín. De haber sido al revés, gracias a los métodos antediluvianos pero brutalmente eficaces del legendario catedrático González —Pepe o Caligula para sus sufrientes discípulos—, mi nota habría superado el 9. Con la lengua de Sófocles y Esquilo no tenía opciones, sencillamente porque el profesor que tuvimos en COU a duras penas conocía el alfabeto helénico.

No era culpa suya. En el instituto, dirigido entonces por una estupenda docente y más tarde destacada política del PSE, habían decidido que para media docena —literalmente; éramos 6— de frikis que elegíamos letras puras, no merecía la pena buscar a alguien que dominara la materia y nos asignaron a Melchor, un gran tipo que nos enseñó muchas cosas útiles… pero ni una palabra de griego. Resultado práctico: rasqué un 3,5 milagroso para las circunstancias, y aunque no casqué el global por las notas decentes en las demás asignaturas, mi media fue un ramplón 6,36.

Lástima que esto fuera hace una porrada de años, cuando no había rastro de internet. Hoy podría haber abierto una petición con su correspondiente pataleo en Change.org como la que a la hora de escribir estas líneas lleva más de 13.000 firmas. La han impulsado un puñado de aspirantes a universitarios que al ir a hacer el correspondiente examen de Matemáticas se encontraron —¡Oh, tremebunda injusticia!— que era más difícil de lo que venía siendo en los años anteriores. Se lo juro.

Hijos en común… o no

A veces queda ante nuestros ojos el mecanismo del sonajero. Otra cosa es que queramos verlo y sacar las conclusiones oportunas. Como que nos pasamos el día enfangándonos en broncas de saldo en las que, por supuesto, tomamos partido más con el estómago que con la materia gris. Allá películas con el fondo de la cuestión, si es que la hubiere, que lo normal es que ni eso. Se apunta uno a la barricada de los afines, y a fostiarse a modo hasta que nos caiga del cielo otro hueso de plástico por el que pelear.

El penúltimo episodio de este ritual de la vaciedad es el que ha seguido a las palabras de la dirigente de la CUP, Anna Gabriel, mostrándose partidaria de tener hijos “en común y colectivo” para que “los eduque tribu”. Anoten que son apenas dos entrecomillados ínfimos extraídos de un fragmento de poco más de un minuto de una entrevista que emitirá mañana Catalunya Radio. Es decir, que ni por mínima precaución aguardamos a conocer el contexto completo.

Con eso basta y sobra para montar el consabido pifostio pirotécnico donde tirios y troyanos representan su papel sin salirse un ápice de lo previsible. Los carpetovetónicos, echando espumarajos por el hocico, cargan contra Gabriel con toda su munición machirula, anticatalana y preconciliar. Enfrente, los jinetes del apocalipsis progresí, convertidos de un segundo para otro en prosélitos de la mancomunización de los churumbeles, se lanzan a degüello contra la caduca, trasnochada, heteronormativa y, en resumen, opresora familia nuclear, culpable de todos los males que nos asolan. Cualquiera les dice a unos y otros que son una caricatura de sí mismos.

Destruir lo público

Una nueva heroicidad al coleto. Tentativa de incendio del vicerrectorado de la Universidad del País Vasco en Gasteiz. De madrugada y mediante el lanzamiento de neumáticos ardiendo, caray con los guerrilleros urbanos. Con los gamberros de tres al cuarto, quiero decir, porque no pasan de ahí. Ni estos ni —si no son los mismos, que está por ver— la panda de niñatos malcriados que en lo que va de curso llevan acreditados un buen puñado de ataques gratuitos a dependencias educativas públicas. Supuestamente, en nombre de la educación y de lo público, hay que joderse mucho con los camisitas pardas de nuevo cuño.

¿Solo con ellos? No, miren, también con quienes en el presente punto de estas líneas están arrugando el morro. Es ahí, en realidad, donde está el problema. Hay un número de individuos —quisiera pensar que no muy amplio, aunque no lo tengo claro— que ven sin asomo de duda como muy digna de aplauso la actitud devastadora de los chiquilicuatres. Un escalón más abajo están, y estos sí son realmente abundantes, los reyes de la adversativa. Empiezan diciendo a media voz que la conducta de los cachorros quizá no sea la más idónea para, inmediatamente después, ametrallarnos con peros no ya exculpatorios, sino justificadores sin matices. Lo más habitual es culpar a la presencia policial, incluso cuando los destrozos han sido previos a la llegada de los uniformados. Y como argumento definitivo, la comparación por elevación o reducción al absurdo. La difusa violencia del sistema siempre es peor, y su sola existencia sirve como disculpa o coartada para no dejar, en este caso, un pupitre en pie. Así nos va.

Hasta nunca, Wert

Miren, pues por una vez, les diré que no estuvo tan mal Rajoy al anunciar con nocturnidad y alevosía el cese del siniestro José Ignacio Wert y su sustitución por el gachó que tenía más a mano. Por supuesto que es una desconsideración del quince, amén de la enésima muestra de prepotencia mariana y la medida bastante exacta de la mierda que le importan al tipo los ciudadanos de los que sigue siendo presidente nominal. Pero como eso ya está descontado a fuerza de desparpajuda insistencia —recuerden el nuevo plasmazo para dar cuenta de los cuatro retoques en el PP—, me parece que el triste tuit a deshoras y la nota de prensa monda y lironda son un modo muy adecuado de comunicar la tocata y fuga del peor ministro de Educación, Cultura y Deporte (no sé si me dejo algo) que se recuerda en decenios en territorio hispanistaní. Y miren que los ha habido malos.

Incluso añadiría que hubo pompa de más. A la inmensa mayoría de sus administrados, es decir, de sus damnificados, les habría bastado un ya era hora, un anda y que te den o un ahí te pudras con peineta y butifarra adosadas. Solo como desfogue, claro, porque no queda ni el consuelo de pensar que se lo cepillan por su acreditada ineptitud entreverada de chulería. El individuo se las pira un cuarto de hora antes de que acabe la legislatura, y lo hace por su propio pie para engancharse a otro momio y, de paso, contentar los bajos. Deja, entre otras herencias ponzoñosas, esa cagarruta cósmica llamada LOMCE, también conocida para ensanchamiento de su narcisismo onanista como Ley Wert. Sería una bonita revancha que jamás de los jamases llegara a aplicarse.

Víctimas en las aulas

El testimonio de las víctimas de abusos policiales llegará también a las aulas vascas. La noticia es que sea noticia. O, en todo caso, el retraso. Si algo debería parecernos extraordinario, es que hasta la fecha se haya obviado esa parte del relato con absoluta naturalidad. Es como si en clase de matemáticas enseñaran a dividir pero no a multiplicar, un sinsentido que solo se comprende en un país que hemos pretendido construir únicamente con los ladrillos de conveniencia. Pero como también somos previsibles hasta el aburrimiento, un titular así provoca crujidos de dientes y rasgados rituales de vestiduras. ¡Equiparación, equiparación!, claman fuera de sí los que se niegan a admitir cualquier sufrimiento que no sea el canónico. Al hacerlo, se retratan —nuevamente— como ciegos voluntarios, amén de como inhumanos monopolistas del dolor que intentan eliminar la competencia. Ni se les ocurre pensar que los padecimientos no solo no se anulan entre sí, sino que son complementarios.

En cualquier caso, no sé qué ando gastando tinta, papel, energías y su paciencia describiendo por enésima vez una evidencia de la que (casi) todos, incluidos los que obran así, estamos al corriente. En el espacio que me queda intentaré ser propositivo, que no sé muy bien lo que quiere decir, pero que está muy de moda. Me limitaré a dar la bienvenida a la iniciativa y, en la medida que me lo permite mi escepticismo, a desear que resulte de provecho. Debo confesar que albergo mis dudas sobre el efecto que puedan tener las experiencias de víctimas de cualquier violencia en chavalas y chavales de entre 12 y 16 años. Digo yo que mal no les harán las narraciones, pero igualmente me temo que asistan a ellas con el mismo entusiasmo con que atienden una lección sobre las partes de la célula o las características del ser parmenideo. Quizá baste, es verdad, con que a uno o dos les llegue el mensaje. No estamos para pedir mucho más.