Otro día después

De 8 de marzo en 8 de marzo renuevo mi escepticismo, aunque voy dejando de preguntarme por qué en ciertos terrenos en lugar de avances, hay retrocesos. La respuesta, diría el inopinado premio Nobel, está soplando en el viento. Me refiero al viento por el que circulan las consignas que son casi letanías. Discursos por la igualdad en serie y régimen de semimonopolio, qué gran contradicción. Con su jerga cada vez más intrincada, con un número creciente de profesionales en nómina y/o con caché.

Campañas, lemas, pancartas. No, por supuesto que no sobran. Pero alguien debería pararse a pensar, o directamente a investigar cuánto, a quiénes y cómo llegan, no vaya a ser que volvamos a estar en el consumo interno o en la retroalimentación. Un grupo selecto produce eslóganes para sus integrantes, que se los repiten entre sí creando la (me temo) falsa sensación de ser partícipes de una idea universal. Sin embargo, a nada que se rasque, se comprueba que no es así. Fuera quedan las personas que en mi humilde opinión deberían ser las destinatarias de los mensajes. No hablo de machistas recalcitrantes e incurables, sino de hombres y mujeres —sí, ¡y mujeres!— que por razones que habrá que escudriñar, no se dan por aludidos y aludidas. O peor, se sienten definitivamente muy lejos de muchas de las proclamas en apariencia mayoritarias.

Por lo demás, y como he escrito un millón de veces aquí mismo, yo soy partidario de priorizar el hecho sobre el dicho. Urgentemente, además. Empezaría por la tolerancia cero, que en mi cabeza es cero absoluto. Sin excepciones, sin contemporizaciones, sin mirar hacia otro lado. Cero.

8 de marzo + 1

Hinco humildemente la rodilla para reconocer mi nuevo error. Vaya un columnero de las narices, clamando contra minucias como el silencio, el amparo y la justificación de centenares de agresiones sexuales por la progresía más fetén, cuando hay denuncias mil veces más urgentes. Verbigratia, acabar con el intolerable oprobio del cartel no inclusivo de las cortes españolas, que reza solamente “Congreso de los diputados”, como si dentro no sudaran también la gota gorda las diputadas.

Y miren que ni siquiera se me pedía que me pusiera reivindicativo, pues el espíritu de la jornada permitía también hacer la ola ante los inmensos logros cosechados por la causa de la igualdad. Alguno de alcance sideral, como los semáforos paritarios —¿O son paritorios?— de Valencia, donde el falocrático monigote habitual se alterna con la representación luminosa de una mujer. ¿Y cómo se sabe que es una mujer? Pues porque se ha vestido al icono con una falda. Comentaría que manda muchas pelotas la identificación de lo femenino con tal prenda, pero me voy a ahorrar las collejas de los —¡y las!— bienpensantes, que ya llevo unas cuantas estos días.

Así que, nada, celebro el triunfo y lo sitúo a la altura de la camiseta verde y rosa —juraría que otro topicazo, pero mis labios están sellados— con que el Betis homenajeó el domingo a las mujeres. Como quizá sepan, en la primera plantilla del club están Rubén Castro, presunto maltratador múltiple al que jalea parte de la hinchada, y Rafael Van der Vaart, que golpeó en público a su ex mujer hace tres años. Insignificancias; lo importante es, como siempre, el gesto para el selfie.

‘Sexichou’ en vivo

Ya saben lo del Efecto Streisand: algo que estaba destinado a tener una difusión limitada acaba conociéndose a troche y moche por el intermedio de quien se siente ofendido y se lía a darle tres cuartos al pregonero. Pues ha vuelto a pasar, en esta ocasión, en Berango, donde un garito montó lo que en mis tiempos los paisanos de ojos desorbitados llamaban sexichou en vivo. El profundo argumento del artefacto alegrabajos iba, al parecer, de un maromo neumático a base de esteroides que dominaba a cinco mujeres. Por lo menos, así se da a entender en el patético cartel anunciador, que presenta al gachó recauchutado rodeado por las (sigamos con la terminología viejuna) gachises, en actitud sumisa, si bien no dan la impresión de estar pasándolo muy mal. El detalle de las estrellitas toscamente pintarrajeadas allá donde se supone que van los pezones redondea una pieza que mueve más a la risa o la compasión que al recalentamiento inguinal.

Esto, claro, siempre y cuando no se disponga de esos ojos robocopianos de curilla preconciliar o dama del Ejército de Salvación que encuentran pecado allá donde se posen. Entonces sí, la menor chorrada se convierte en escandaloso e intolerable acto para la lapidación. Incluso, cuando hay consentimiento expreso de adultos o, como es el caso, se podría dar (y de hecho, se da) a la inversa, o sea, con una dominatrix atizando candela a cuatro mancebos. Una actriz que participa voluntariamente en estos espectáculos me decía que está harta de ser tratada como menor de edad por las mismas personas que denuncian que a las mujeres se les impide tener voluntad propia. Piénsenlo.

Protestar en bolas

La protesta es el qué, pero también el cómo. En no pocas ocasiones, las formas secuestran al fondo y las causas justas se van a la quinta fila. Un ejemplo muy claro, Femen, cuyo activismo folclórico y, sobre todo, muy visual, rellena minutos de telediario que acaban siendo tan intrascendentes como los que se dedican al heroico rescate de un gatito que se había subido a un sauce llorón. En la mente del espectador —y sí, también de la espectadora— lo que quedan son las tetas al aire. Los mensajes que pretendieran comunicar hacen mutis, si no provocan el sonrojo incluso de los más partidarios. ¿Qué inmensa chorrada es esa de que el aborto es sagrado? ¿Sagrado? Mira que hay palabras en el diccionario y tienen que elegir justamente esa. Buena parte de lo que nos pasa tiene su base en la puñetera manía de sacralizar a troche y moche, que es una especialidad, por cierto, de quienes han creado y sostienen el orden que dicen combatir las reivindicadoras sin camiseta. Como tantas veces, el sistema se come con patatas a los antisistema, que ni aun en el tracto digestivo de la bestia se dan cuenta de que se los han zampado.

No, Femen no le hace ni cosquillas al estabilishment, que se las toma a chunga, igual cuando las encarcela en sus geografías de origen que cuando las convierte en anécdota divertida o moda en los estados de más acá del antiguo muro a los que han extendido sus ingenuas performances. Quien dice ingenuas, dice antiguas. Según se cuenta, lo de montar el cirio en pelota picada ya lo inventó Lady Godiva allá por el siglo XI. Mucho después, pero en una época que se diría el pleistoceno, llegó el streaking, con efectos tan letales como una infame película al respecto dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y protagonizada por Alfredo Landa. Todavía hoy, ucranianas aparte, se sigue usando la anatomía descubierta como reclamo. Luego nos quejamos de la cosificación del cuerpo, claro.