En público o en privado

Escribo estas líneas en una cafetería de Cruces, a cinco minutos de Sestao y con un paisaje social y urbano no muy diferente. Fiel a mi vicio de portero de los de antes, llevo un rato poniendo la antena a las conversaciones de mi alrededor. Algunos parroquianos, con familiares ingresados en el hospital, hablan de catéteres, tacs, férulas o analíticas. Pero el asunto de charla que triunfa son unas palabras del alcalde de la localidad vecina, ya imaginan ustedes cuáles. Me apresuraré aquí a calificarlas —o si lo prefieren, a tacharlas, que suena más duro— como de todo punto inaceptables, reprobables, fuera de lugar y, faltaría más, absolutamente impropias de quien ejerce un cargo público. Debería presuponerse que uno piensa estas cosas, pero los protocolos al uso en materia de condenas marcan la obligatoriedad de llevarlas entre los dientes para que no se diga. De hecho, en esta y en otras cuestiones hemos llegado al punto en el que lo sustantivo es la longitud y energía de la repulsa verbal, mientras el meollo pasa a quinto plano. Qué necesidad habrá de remover ciertos fangos si podemos reducirlos a blablablá, ¿no?

Pues no sé qué decirles. Quizá eso funcione en determinados ámbitos. En la barra y en las mesas de este tasco parece que rigen otras costumbres. Por unanimidad casi total, los que me rodean vociferan que Josu Bergara tiene más razón que un santo.

Sonrío al ver en la tableta que mi compañero de Gara, Imanol Inziarte, tuitea que “uno de los problemas es que hay gente que en privado comparte la opinión del alcalde de Sestao, incluso gente de izquierdas y/o abertzales”. Doy fe de ello.

Dos demagogias

Pierdo la cuenta de las veces que recuerdo que el infierno está empedrado de magníficas intenciones. Son intachables, seguramente, las que han inspirado la creación de una suerte de brigadillas para combatir los rumores negativos sobre la inmigración. La edición digital de Deia del pasado martes [Enlace roto.]. Completísima, como siempre, la información que aportaba Olga Sáez, pero como viene ocurriendo desde que internet nos obliga a compartir la autoría de lo que firmamos con cualquier lector que tenga a bien (o a mal) apostillarla, la noticia cobraba una nueva dimensión en los comentarios. Hasta cincuenta llegué a leer antes de agotar mi cupo de sapos y culebras. Con alguna excepción que era abrasada a votos negativos, la inmensa mayoría destilaba vitriolo contra la iniciativa, sus impulsores, los agentes que participan en ella y, por descontado, la comunidad foránea.

Me evitaría problemas, incluso de conciencia, si achacara ese torrente de glosas sulfúricas a media docena de trols ociosos que gastan mala baba, disfrutan embarrando el campo y de ningún modo son representativos de la opinión general. Ocurre que no aceptar la existencia de un problema es contribuir a que siga creciendo y, muy posiblemente, a convertirlo en definitivamente irresoluble. Ya apunté que en esta cuestión vamos camino de eso. La demagogia criminalizadora de toda la inmigración sin matices se da la mano con la demagogia buenrollista de los que niegan a los demás la realidad que viven día a día. ¿Seremos capaces de abandonar el trazo grueso?

21 por ciento (2)

Con suerte, a la segunda conseguiré hacerme entender. Y si no, habrá una tercera, una cuarta y las que sean necesarias. Estamos ante una cuestión, la de las reacciones que suscita la inmigración, que considero crucial. A la altura, como poco, de otras que hacen correr ríos de tinta y saliva, con la diferencia de que esos debates tienen un reflejo infinitamente menor en la calle. Pongan la oreja por ahí y comprobarán que solo en círculos muy escogidos se habla de lo que, forzando el lenguaje, llamamos normalización o pacificación. Sin embargo, en cualquier esquina nos damos de bruces con conversaciones monotemáticas en un tono generalmente muy encendido y sin lugar a las medias tintas sobre la convivencia con las personas que han venido a nuestra tierra en busca de una vida mejor.

Llevo siguiendo el fenómeno desde hace mucho tiempo. Aunque la versión facilona sostiene que es una consecuencia directa de la crisis, les puedo asegurar -aunque probablemente ustedes están al corriente- que empezó a ser evidente durante la presunta prosperidad. Si cabe, se ha agudizado o ha encontrado una coartada con las vacas flacas. Ocurría entonces y me temo que también ahora, cuando el rechazo crece a ojos vista y sin marcha atrás, que no se ha encontrado un modo de hacer frente a tan espinoso asunto. Diría más: se ha abordado de la peor manera posible. En unos casos, mirando hacia otro lado y en otros, oponiendo a unos prejuicios otros prejuicios del mismo calibre.

Y voy directamente al grano. Atribuir sin más miramientos la condición de racistas, nazis, insolidarios, descerebrados y el adjetivo despectivo que se nos ocurra a ese 21 por ciento de vascos que abogan por la expulsión de los inmigrantes se me antoja un gran error de diagnóstico. Si persistimos en él, por más que se tranquilice nuestra conciencia, todo lo que conseguiremos es ver cómo aumenta la cifra y la intensidad del letal sentimiento.

Del buenismo al racismo

En ningún asunto hay un divorcio tan grande entre la opinión pública y la publicada como el que existe respecto a la inmigración. Lo que delante de un micrófono o una cámara son almibarados alegatos de la multiculturalidad con música de violín de fondo, en la sobremesa de una comida familiar, de cuadrilla, o de compañeros de trabajo, son pestes furibundas contra los que llegaron aquí más tarde que nosotros. Tengo comprobado que ni en una ni en otra realidad paralela es posible introducir el menor matiz de discrepancia. Si en la tertulia de natillas dices, con el mayor de los cuidados y bajando la voz, que no todo es maravilloso, te llueve del cielo un capirote virtual de miembro del Ku Klus Klan. Del mismo modo, si en la charleta informal y cada vez más encendida sueltas que la inmigración es no sólo beneficiosa sino indispensable, te cae la del pulpo. Y suerte si no te vuelcan el chupito encima.

Si alguna vez tuve la esperanza de que nos iluminara un rayo de razón y las posturas extremistas se encontraran a mitad de camino, que es por donde debería andar la verdad o lo más parecido a ella, la voy abandonando. Bandera blanco en alto, me limito a poner cara de póker ante los datos que, aún cargados de maquillaje, van mostrado ese estado de las cosas tan incómodo de aceptar. El último lo convirtieron ayer en titular unánime todos los medios: un 61,4 por ciento de los vascos cree que los inmigrantes afectan negativamente a la seguridad ciudadana. La fuente es el Observatorio Vasco de la Inmigración, de absoluta solvencia. Cabe como consuelo -o quizá como lo contrario- que en las comidas que citaba antes el porcentaje sería bastante mayor.

Ceguera voluntaria

Va siendo hora de admitir que tenemos un problema. Y no es, ni mucho menos, la inmigración en sí misma, que como ha quedado suficientemente probado, nos ha generado una década de bienestar y todavía en plena crisis sigue siendo vital para nuestra economía. El error ha estado en las anteojeras para evitar ver lo que pasaba en la calle, para negarlo incluso con herramientas muy próximas a esa censura de la que en otras cuestiones abominamos.

Me consta que detrás de esas formas de actuar están las mejores intenciones. Las sostienen personas que tienen acreditados años de lucha por el progreso y la justicia social. Pero ese buenismo voluntariamente ciego ha resultado peor que cualquier campaña de agit-prop racista. De hecho, los intolerantes de cuna han esperado hasta ahora para aparecer en escena y convertir el descontento en votos.