COMPLICIDAD SIN AMISTAD

Domingo 10 de mayo de 2026

No sé si fue Séneca, Voltaire o Nietzsche quien dijo que la política es “complicidad sin amistad” pero parece que Andueza la ha hecho suya. El hecho de no repetir la fórmula de Idoia Mendia de ser secretaria general del PSE y Vicelehendakari con Urkullu nos anunciaba sus manos libres para marcar el terreno, más allá de la acción de su Consejeros. Lo hizo Antonio Basagoiti con  el gobierno de López que acabó cuando el inconsistente líder del PP “vascongado” le comparó al entonces Lehendakari con Homer Simpson. Cosas que pasan cuando no se tienen las ideas claras, respeto a una situación, desconocimiento de cómo y a quien hay que disparar y un cierto espíritu acomplejado y  gamberro más dado a la pirotecnia verbal que a la construcción de iniciativas armónicas y equilibradas. Este hombre, no va a ser leal a un proyecto de convivencia discrepando civilizadamente. No hay posible correspondencia  ejercitando un  juego limpio con alguien que juega sucio.

He de decir que en éste absurdo chispazo lo que más me ha llamado la atención ha sido la pérdida de papeles de Mikel Torres, la declaración de Andueza diciendo que “a la amenaza de la derecha y de la ultraderecha se suma una amenaza  más, una amenaza a los derechos de los trabajadores por parte del PNV y de EH Bildu, que quieren imponer a través de estas proposiciones  de ley de Empleo Público una mayor exigencia de euskera en la administración pública”. Terrible. García Damborenea no lo hubiera dicho mejor.

HACE TREINTA  AÑOS

Se cumplen estos días tres décadas de un hecho singular. Algo que parecía imposible, un pacto PNV-PP en 1996 que se logró fraguar  gracias al deterioro de un PSOE en el fin del mandato de Felipe González. Escándalos como los del Gal, BOE, Mariano Rubio, Roldán, financiación ilegal,…amargaron una campaña en la que ganó Aznar con 156 diputados, a veinte de la mayoría suficiente para su Investidura. A esto se le sumó el desistimiento que tenía González para seguir en la Moncloa tras 14 años de gobierno. Podía haber repetido con apoyo de IU, CiU y PNV, como pretendían Guerra, Benegas y el núcleo duro del guerrismo. ”Desde el gobierno se enfrenta uno con mayor comodidad a los juicos que nos vienen” nos dijeron en el Andra Mari de Galdakao. Pero Aznar con Rato, la noche electoral, yendo a Génova 13 al  balcón de mecanotubo de la sede del PP, habían oído a Arzalluz su comentario  desde Sabin Etxea, ”tiene que intentar formar gobierno quien ha ganado las elecciones”. Sorprendidos, se miraron en el coche y del grito guerrero de “Pujol, enano, habla castellano” pasaron a loar la visión de estado de CiU y PNV.

No era fácil negociar con aquel PP que venía de una campaña electoral durísima, Doberman incluido, pero a  Xabier Arzalluz, lo que le preocupaba era  que ETA finalizara de una vez. La experiencia con el PSOE había sido frustrante, incluyendo el Gal, y conversaciones fallidas.” A ver qué podemos hacer con el PP a pesar que Ansón diga que se puede vivir con una úlcera. Sangra, pero no te mata”. Cinismo e hipocresía.

Pujol y Roca no querían hacer nada sin el concurso de un PNV que le cubriera su flanco nacionalista y aunque Pujol no quería por nada del mundo un ministro catalán en el gobierno de Aznar, sí le interesaba ser el rey del mambo de la legislatura. Y tras pactar con CiU y sus 16 diputados así como los 4 de Coalición Canaria, tocaron nuestra puerta que la abrimos con curiosidad poniendo por delante el desarrollo íntegro del Estatuto. Pero no pudo ser. Los secretarios generales de UGT y CCOO, Cándido Méndez y Fidalgo lo impidieron. Le  dijeron amenazantes: ”si acuerdas el traspaso de la Seguridad Social, te desayunas con una huelga general. No admitimos la ruptura de la Caja única”. Los tics de la España eterna.

Y de ahí pasamos a negociar, solo el SI a la Investidura, no a un pacto de legislatura, tras obtener el permiso de la Asamblea del EAJ-PNV que no fue fácil. Pero ahí están los hechos. Se logró la modificación del Concierto para que las Haciendas Vascas tuvieran competencia normativa plena para regular  el IRPF, así como la recaudación de los impuestos especiales de hidrocarburos, tabaco y alcohol, más cambios en el Impuesto de Sociedades y la transferencia del Transporte por Carreteras y la Formación continua. Logramos asimismo la cesión de los Puertos y abordar la devolución del Patrimonio incautado con motivo de la guerra. Consolidamos el Concierto que fue toda una pica en Flandes.

UN ACUERDO INSÓLITO

Tras el acuerdo, entre Mayor Oreja e Ibarretxe que era el Vicelehendakari, me llamó Mayor Oreja. Estaba feliz. Quería que viniera todo el PP a Bilbao como habían hecho con los catalanes en Barcelona. Le dije que preferíamos ir nosotros a Madrid. «¿En qué hotel?», me preguntó. «No. En vuestra sede». No se lo terminaba de creer porque toda la obsesión de CiU había consistido en que el PP fuera a Barcelona, poco menos que a inclinar la cerviz, en el  hotel Majestic.

El martes 30 de abril  de 1996 salíamos Arzalluz y yo hacia Madrid rumbo a la sede del PP. La expectación era inusitada. Subimos al despacho de Aznar. Allí estaba con Rato, Rajoy y Mayor Oreja. Hablamos del acuerdo y de sus partes. Había una cláusula secreta a petición de Aznar. Hablamos llegado al acuerdo sobre el segundo operador de telefonía, Euskaltel, ya que el PP no deseaba  que esto se supiera porque CiU les iba a pedir a ellos lo mismo.

Arzalluz quería que Aznar firmara el documento. Este le preguntó si no se fiaba de él. «Sí, pero me fío más si firmas», le contestó Arzalluz». «Pero bueno, ¿vosotros no habláis siempre de la palabra de vasco?», y diciendo esto puso su mano sobre la carpetilla verde. Con ese gesto daba por firmado el documento. Y, sorpresivamente, nos dijo que siendo su padre de Bilbao, su máxima ilusión sería que el “Guernica” se exhibiera en el Guggenheim para poder sacarse una fotografía ante él, ”y poder pasar de una vez la página de la guerra civil”. Nunca cumplió.

Y con las mismas fuimos a la planta baja, a una rueda de prensa que estaba de bote en bote, con las gaviotas del PP detrás. Un periodista le preguntó a Arzalluz si sabía dónde estaba. «Por supuesto. Esto de aquí detrás son las gaviotas del PP y este edificio la sede del PP en la calle de Génova, 13. ¿No es así?. ¿Usted cree que yo no sé con quién estoy pactando?». Trece cámaras de televisión y una rueda de prensa de una hora. Arzalluz utilizó su contrastada capacidad didáctica para explicar el acuerdo. Dijo que había tenido especial interés en que se hiciera público. Al final el PP accedió. «No hay nada mejor que la transparencia, que la gente lo sepa por si alguien lo incumple». Al no haber firma, la prensa actuaría como BOE. Contestó asimismo en euskera. Seguramente sería aquella la primera vez y quizá la última que en aquella sala resonara el euskera. La imagen era increíble y, hoy, impensable. Los dos en la sede del PP. Arzalluz hablando en euskera de acuerdos con Aznar en su propia casa. Impactante e insólito. Aunque no imposible. Puede ocurrir sin Vox. El Lehendakari Pradales se pasó tres horas hablando con Feijóo en  el palco de la final entre la Real Sociedad y el Atlético de Madrid.

Subimos de nuevo al despacho de Aznar. Firmaba cartas. Nos enseñó la sede. Es todo un edificio, aunque es mucho mejor Sabin Etxea. «Seguro que cuando veas Sabin Etxea, te gustará más el nuestro, le dijo Arzalluz a Aznar, y comenzarás a entender un poco mejor al PNV». Aznar me pidió que le acompañara en su coche al restaurante Jockey. Comprobé el peso de las puertas de un coche blindado. ETA casi lo mata en abril de 1995 y en  uno de los comedores privados comenzamos con una merienda que se convirtió en cena. Aznar, Rato y Mayor Oreja por un lado y Arzalluz y, quien esto firma, por el otro. Arzalluz, cuando quería ser encantador, lo era y mucho. Y aquella noche estuvo especialmente agradable y simpático. Les contó su viaje a Praga hacia veinticinco años con su mujer, les narró las excelencias del txakoli que cultivaba, les habló de la negociación y de gentes varias del PP. El vino que tomamos fue Pesquera. Como concesión, un hombre tan parco como Aznar nos dijo que aquel lunes había dormido muy bien. No se lograba todos los días un acuerdo entre el PP y el PNV. Brindamos. Me fijé en Rato. Lo hizo con una copa vacía. Arzalluz le dijo que eso no debería ser ningún presagio. Y a las once, a casa.

Sí a la investidura

Los días 3 y 4 de mayo de aquel año 1996, hace ahora treinta años, se celebró en el Congreso el debate de investidura. En los escaños, González de Txabarri, Emilio Olabarria, Margarita Uría y Jon Zabalía. Fue muy llamativo el eco del acuerdo que encontramos en la calle. Telegramas, enhorabuenas y palmadas. La gente veía bien el pacto. Quizá también habría mucha gente que rechazara el acuerdo, pero en general fue muy bien recibido. Había que reconocer que Mayor Oreja y Aznar quisieron el acuerdo y al final lo lograron. También es preciso constatar la intolerable presión sindical que, de no haber existido, nos habría permitido un mejor resultado, pero tanto los sindicatos como los socialistas seguían tercamente aferrados a dogmas propios del nacionalismo español más rancio.

Los del PSOE andaban en el hemiciclo con la cara larga. Sin embargo, mantenían el acuerdo de gobierno en Euzkadi con  el Lehendakari Ardanza en el ejecutivo vasco. Cuando Arzalluz y yo fuimos a Génova 13, como habíamos llegado con tiempo, nos dedicamos a pasear hasta ​la Puerta del Sol. Entramos en una librería. La gente en la calle felicitaba a Arzalluz. La típica mezcla amor-odio funcionaba en aquel momento en clave de amor. En la librería le pidieron autógrafos y le solicitaron que firmara libros. Insólito.

​Aznar, en su investidura, hizo un discurso de centro reformista tipo UCD. Lo más alejado de la derecha que podía esperarse. Anunció la eliminación de los gobernadores civiles y del servicio militar obligatorio, cosa imposible con los socialistas. Modificaría la Ley de Costas y la de Puertos. Devolvería el patrimonio incautado con motivo de la guerra. Actualizaría el concierto económico. Plantearía el diálogo como método de trabajo y desarrollaría y completaría el Estatuto de Gernika. Nos restregamos los ojos. Aquello parecía que iba en serio. Votamos que sí, pero solo a la Investidura.

​La apertura por parte de los reyes fue el 8 de mayo. Tras los discursos, el almuerzo oficial. Previamente, la recepción. Aznar se nos acercó a González de Txabarri y a mí. Estuvo especialmente simpático y agradecido. Nos ensalzó a Arzalluz y nos dijo que se encontraba muy cómodo con él por su sabiduría política, su llaneza en el trato y su forma de abordar las cosas. Iba a poner por su parte todo lo que estuviera en sus manos para que aquella apuesta no fracasara y nos dijo que confiaba en nosotros de manera total. Ese mismo mes recibió a Ardanza en su despacho, y a Arzalluz, el 31 de mayo.

​Pero todo aquello no llegó a durar dos años. El PNV había demostrado que era capaz de pactar con el PP y que su apuesta era política. Se pasó de la “Complicidad con amistad” a la “Complicidad sin Amistad” y al enfrentamiento bronco con toda clase de epítetos. Fueron otros los que traicionaron aquel espíritu. ¿Alguien puede hoy extrañarse de que se presentara en 2004 el llamado  Plan Ibarretxe?

VOLVIÓ EL GERNIKA PEREGRINO.

Sábado 9 de mayo de 2026

Estuvimos en la conferencia que ofreció el ex presidente del Parlamento Europeo, Enrique Barón en la Bilbaina. Venía a hablar de su libro “Paz y Guerra” con apuntes sobre su visión europea. Es una persona muy experimentada que ha conocido muchos de los líderes actuales, habida cuenta su representación.

En la charla  no podía faltar una mención a su esposa, Sofia Gandarias, fallecida y el cuadro que pintó tras una conversación que tuvo con el entonces alcalde de Gernika y buen amigo, Eduardo Vallejo. Posteriormente el cuadro ha paseado errante por varios países, estando expuesto en las Naciones Unidas de Nueva York y ha vuelto a Gernika para quedarse. Enrique Barón mencionó al alcalde Vallejo y eso nos gustó.

El regreso ya se produjo el mes pasado. En 2026, el imponente tríptico Gernika de Sofía Gandarias volvió  al Museo de la Paz de Gernika para quedarse de forma definitiva en su exposición permanente. Una obra monumental, cargada de memoria y simbolismo, que durante años recorrió el mundo como “El Gernika Peregrino” y que hoy vuelve al lugar del que nunca debió salir: la ciudad que la inspiró.

La pintora gernikesa presentó el cuadro en 1998 y lo donó posteriormente al museo tras su presentación oficial en el Parlamento Europeo el 24 de marzo de 1999.  Entre 1999 y 2002 pudo verse en Gernika, pero la remodelación del museo obligó a retirarlo de la exposición. Desde entonces, el tríptico y los cinco bocetos preparatorios viajaron por distintos países -España, Italia, Suiza- manteniendo viva la memoria del bombardeo del 26 de abril de 1937.

Ahora, tras una adecuación específica de las salas, la obra regresa con carácter permanente. Y no es un regreso menor: es un acontecimiento cultural y simbólico.

Un grito pictórico contra la barbarie

El  tríptico no es solo una representación histórica del bombardeo perpetrado por la Legión Cóndor. Es una interpretación profundamente personal. Gandarias, nacida en 1951 en una Gernika reconstruida por el régimen franquista, hablaba de aquella ciudad  “regalada por los vencedores”, de una memoria contenida, de un pueblo al que “le dejaron su árbol”, pero al que también le impusieron un relato.

En la primera parte del tríptico, las bombas matan la esperanza, representada en una madre embarazada. Una procesión de fetos dibuja una danza macabra. La Iglesia de San Juan aparece destruida. El reloj marca la hora exacta del bombardeo. Y sobre todo, una imagen impactante: del cielo llueve sangre. La ciudad es un horno rojo, una herida abierta.

George Steer, la memoria y la dimensión universal

Gandarias quiso tener muy presente al periodista británico George Steer, cuya crónica internacional dio a conocer al mundo la tragedia de Gernika. Su cuadro no es solo memoria local; es denuncia universal. Es la constatación de que los vencedores escriben la historia, pero el arte puede reescribir la conciencia.

La pintora evocaba también versos de León Felipe para describir aquella ciudad sola, crucificada, herida por la lanza cainita. Su Gernika no compite con el de Picasso: dialoga con él desde otra generación, desde la memoria heredada y desde la vivencia íntima.

Un regreso que reabre la conversación

El retorno definitivo del Gernika de Sofía Gandarias al Museo de la Paz no  fue  ni es solo una noticia cultural. Es una invitación a volver a mirar. A preguntarse qué significa hoy Gernika. A entender que la memoria no es un ejercicio del pasado, sino una responsabilidad del presente.

En un momento en el que Europa vuelve a escuchar ecos de guerra, el tríptico de Gandarias recupera una vigencia incómoda y necesaria. No es un cuadro para observar de lejos. Es una obra que interpela, que duele, que obliga a detenerse.

MADRID NO ES CARACAS. MARÍA CORINA DESCARRILÓ

Viernes 8 de mayo de 2026

Melvin Peña

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Atardecer madrileño a mitad de abril. En la Puerta del Sol, Carlos Baute, cantante venezolano-español, acababa de actuar ante miles de compatriotas reunidos para recibir a María Corina Machado. La Premio Nobel de la Paz 2025 estaba a punto de aparecer en el balcón de la Real Casa de Correos junto a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid. La emoción era palpable. Y entonces Baute, micrófono en mano, secundó desde la tarima un cántico que la multitud había empezado a corear: «¡Fuera la mona!» —en referencia a Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro por las fuerzas estadounidenses.

En menos de cuatro segundos, la jornada simbólica más importante del año para la oposición venezolana se convirtió en titular incómodo. Una líder con Premio Nobel de la Paz, recibiendo la Medalla de Oro de Madrid, forzada a distanciarse de cánticos racistas dirigidos a una mujer mestiza. La Embajada de Venezuela en España fue la primera en pedir disculpas —al pueblo español, no al venezolano—. La paradoja estaba completa: el régimen autoritario al que MCM combate salió, ese fin de semana, mejor parado que ella en términos de estrategia y de comunicación.

Esa escena condensa todo lo que cabe analizar de la visita: una brecha sostenida e instructiva entre un capital simbólico inmenso y una eficacia estratégica menor.

LO QUE SE JUGABA EN EUROPA

Madrid no era una escala más. Tras Oslo y tras meses de gira europea -Macron en París, Jetten en La Haya, instituciones comunitarias en Bruselas-, España era el eslabón más delicado de la cadena.

Por tres razones. La primera, la diáspora: España alberga la mayor concentración de exiliados venezolanos de Europa, especialmente en Madrid. Es la audiencia más emocionalmente cargada y políticamente activa que MCM iba a encontrar fuera de Caracas. La segunda, las gratitudes pendientes: Edmundo González —reconocido por la oposición como presidente electo en 2024— vive exiliado en Madrid tras ser sacado del país en un avión militar español. Decenas de miles de venezolanos han recibido nacionalidad o regularización gracias a la política humanitaria del gobierno español. La tercera, la asimetría política con Estados Unidos: la Casa Blanca de Donald Trump ya estaba flexibilizando sanciones contra el gobierno interino de Delcy Rodríguez, mientras Sánchez mantenía una posición más cautelosa.

España, en otras palabras, podía haber sido el contrapeso europeo. La salvaguarda institucional. La póliza de seguro frente a un eventual viraje impredecible en Washington. En lugar de eso, Madrid se convirtió en el escenario donde más cosas se rompieron al mismo tiempo.

EL CATÁLOGO DE ERRORES

El primero, y probablemente el más grave: el rechazo a reunirse con el presidente del Gobierno. Si el episodio del cántico fue falla de gestión y previsión -errores reparables en cualquier organización joven-, este fue otra cosa: error de juicio político. Decisión personal, deliberada, defendida con razones cambiantes y con un tono de autoridad personal. Y el juicio político es exactamente lo que se examina cuando una líder transita de ser figura de la resistencia a aspirar a estadista. Pedro Sánchez ofreció la cita pública y reiteradamente. MCM la declinó alegando primero que «no era oportuna»; cuando esa razón quedó corta, adujo que la cumbre de líderes progresistas celebrada simultáneamente en Barcelona -con Lula, Sheinbaum, Petro- «demostraba por qué no convenía» la reunión. Dos justificaciones sucesivas y desconectadas para una misma decisión. Y cuando fue interpelada en entrevista con El Español, lo zanjó así: «con quién me reúno y con quién no me reúno, lo decido yo». En boca de cualquier líder, es un derecho; en boca de una jefa opositora que aspira a presidir una transición ordenada, es un error de juicio político y diplomático, defendido con razones inestables. Lo apuntó Marc López Plana, director de Agenda Pública: para MCM, puentear a Sánchez no fue solo perder una fotografía —fue cerrarse las puertas de la Zarzuela, porque en el protocolo español esos accesos transitan por el Ejecutivo, y convertir su causa en munición de la política doméstica española. Sánchez podría haber sido la mejor póliza de seguro de MCM frente a un Trump impredecible.

El segundo error: la injerencia. En el Foro Nueva Economía, MCM dijo desear que España celebrase pronto «elecciones impecables». El recado, dirigido implícitamente al gobierno actual, fue captado al instante. José Manuel Albares, ministro de Asuntos Exteriores, la acusó de «falta de respeto» a las instituciones españolas y de actuar como «líder de una facción ideológica». Para una visita que aspiraba a sumar respaldos europeos, regalar al ministro de Exteriores del país anfitrión un argumento de injerencia es un autogol difícil de explicar.

El tercero: las sanciones. Machado calificó de «gran error» el respaldo del gobierno español al levantamiento de las sanciones internacionales contra el régimen de Delcy Rodríguez. Coherente con su discurso histórico de presión máxima. Pero estratégicamente incoherente —y la palabra pesa especialmente en su caso, porque la coherencia ha sido el activo central de la «Dama de Hierro» durante dos décadas—, porque Trump —el hombre que ordenó la captura de Maduro— es precisamente quien más activamente está flexibilizando esas sanciones. En Truth Social escribió textualmente que Delcy Rodríguez está haciendo «un gran trabajo» y trabajando «muy bien» con los representantes estadounidenses. MCM atacó a Sánchez por la misma política que su «socio» en Washington está liderando, y elogiando con entusiasmo. Es la asimetría que más debilita su argumento: se muestra intransigente con Madrid y silenciosa con Mar-a-Lago sobre el mismo asunto.

ANATOMÍA DE UN EPISODIO INCÓMODO

Pocos episodios condensan mejor las carencias estratégicas de la visita que los cánticos de la Puerta del Sol.

Si el entorno de Machado hubiese entendido que Madrid no es Caracas, habría anticipado que un cántico de ese tipo, jaleado por un artista popular como Baute, sería detonante mediático. Boris Izaguirre —escritor y presentador venezolano afincado en España desde los noventa, conocedor tanto de la diáspora como del público español— ofreció la mejor pista de todas: él, dijo a Europa Press, decidió no asistir al acto del sábado precisamente porque «era muy posible que entre la emoción se te escapara algo que no necesariamente era una buena idea». Quien conoce el código emocional de la base, lo previó. La organización de MCM, no.

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La respuesta del entorno, cuando el incendio ya ardía, fue dispersa. MCM se distanció en entrevista con EFE: «Jamás se escuchará en mi boca una palabra o una expresión que juzgue o descalifique a una persona por su religión, por su

género o por su raza». Carlos Baute publicó un mea culpa que en sí mismo era un ejercicio de equilibrismo: pidió disculpas «por las formas» pero aclaró que no lo hacía «por sus valores ni por lo que representa», y mucho menos —añadió— «por lo que pienso». O sea, lo siento pero no lo siento, en un mismo gesto.

La Embajada de Venezuela, en cambio, emitió un comunicado muy bien calculado: la propia diplomacia chavista pidiendo perdón al pueblo español por los hechos —no al venezolano, no a Delcy Rodríguez—, calificándolos de «crímenes de odio» y leyendo con precisión un código cultural que MCM y su entorno parecen no haber registrado: la sensibilidad europea ante las cuestiones raciales, donde el bullying racial no se tolera como chiste —como ocurre con frecuencia en Latinoamérica— sino que erosiona reputaciones de inmediato. Una jugada de lectura cultural precisa, ejecutada en menos de 48 horas. Y los hermanos Rodríguez sellaron la operación con una respuesta coordinada y retóricamente sofisticada. Jorge —presidente de la Asamblea Nacional— encabezó una peregrinación nacional en la que desactivó el insulto con humor antropológico («todos somos monos, somos Homo sapiens, una especie de primates»), lo devolvió como invitación a la diáspora («¿Nos llamaste monos? Vente para Venezuela, aquí vas a estar mejor») y remató con la línea más demoledora: que si Vox llegara al poder en España, expulsaría primero a los mismos venezolanos que coreaban con él. Delcy, en paralelo, publicaba en sus redes un video de campaña apareciendo en los Médanos de Coro con una camiseta que decía «Llegaron los monos». Convirtieron el insulto en bandera. En 72 horas, el régimen había transformado un improperio racista en una victoria narrativa.

Cuando un adversario autoritario gana el pulso comunicacional en un episodio que tú propiciaste, la responsabilidad no es del adversario.

EL ERROR ESTRUCTURAL DE AUDIENCIAS

Aquí está el corazón del problema. MCM habló todo el fin de semana para su base, no para Europa.

La diáspora venezolana en Madrid quería catarsis. Quería gritar, abrazarse, llorar, pedir libertad y prometer regreso. Y MCM les dio exactamente eso: la frase movilizadora «a levantar la voz y a hacer las maletas porque vamos de vuelta», la imagen del balcón, la fotografía con Ayuso en lo que la presidenta madrileña llamó «la capital del mundo libre». Un éxito emotivo indiscutible. Pequeño síntoma revelador en la cobertura del día siguiente: ABC presentó esa frase movilizadora traducida al vosotros peninsular —»Levantad la voz y haced las maletas; volvemos a Venezuela»—, como si la causa venezolana, ya en Madrid, hubiera dejado de enunciarse en venezolano.

El problema es que cualquier gira internacional tiene siempre, como mínimo, dos audiencias principales: la base y los interlocutores. Lo que electriza a la primera puede destruir a la segunda. Y MCM, sistemáticamente, optó por la primera. La fotografía con Abascal, las declaraciones contra Sánchez, los desaires a la Moncloa: todo medible en aplausos en los cafés de Salamanca, todo costoso en las cancillerías europeas. Andrea Ropero lo demostró bien en su entrevista a Leopoldo López en El Intermedio (La Sexta): no se conformó con la respuesta de manual y volvió varias veces sobre el mismo tema. Cuando le preguntó quién había hecho más por Venezuela, si Ayuso y Feijóo o el gobierno español actual, López intentó escapar por varias vías —el rodeo histórico, la equivalencia falsa, el «depende»— pero Ropero no soltó la pregunta. Tras varios reintentos, López terminó admitiendo que el gobierno español había regularizado a decenas de miles de venezolanos, le había dado a él la nacionalidad, había sacado a Edmundo González en un avión del Ejército. El video se viralizó como recordatorio incómodo.

LA CONFUSIÓN IDEOLÓGICA: DOS SOCIALISMOS

Subyace a estos errores una confusión categorial extendida en buena parte de la diáspora venezolana, y vale la pena desactivarla con calma —no con polémica, sino con historia—. El reflejo opositor venezolano tiende a tratar al socialismo democrático europeo como si fuera la misma cosa que el socialismo autoritario chavista o castrista. La confusión es comprensible: veintisiete años escuchando a un régimen autodefinirse como socialista enseñan a desconfiar de la palabra. Pero analíticamente es errónea, y políticamente sale cara.

El mecanismo tiene incluso nombre en la teoría política: la generalización del marco traumático. Quien sufrió bajo un símbolo extiende el rechazo de ese símbolo a todo lo que lo comparte, independientemente del contenido real. La emoción es legítima; el problema es elevarla a categoría analítica.

DimensiónSocialismo democrático europeo (PSOE, SPD)Socialismo autoritario (chavismo, castrismo)
Origen del poderElecciones libres y competitivasToma o retención del poder, control del aparato electoral
PluralismoCoexistencia con oposición y prensa librePersecución sistemática de la disidencia
AlternanciaAceptada como normaInexistente o simulada
Estado de derechoTribunales independientes, separación de poderesJusticia subordinada al Ejecutivo
Modelo económicoEconomía mixta, mercado regulado, estado de bienestarEstatismo discrecional, captura de rentas
Posición frente a CaracasCrítica del régimen, apoyo humanitario a la diásporaSolidaridad ideológica caso por caso

Las dos tradiciones se separaron formalmente hace mucho —y, de hecho, lo hicieron dos veces—. La Internacional Socialista, recién refundada tras la Segunda Guerra Mundial, adoptó en Frankfurt en julio de 1951 la Declaración de Objetivos y Tareas del Socialismo Democrático, un documento explícitamente concebido como deslinde frente al modelo soviético: afirmaba que el socialismo sin libertad no es socialismo, sino tiranía. Ocho años después, en noviembre de 1959, el SPD alemán ratificó ese giro en su congreso de Bad Godesberg: abandonó la lucha de clases, aceptó la economía social de mercado, identificó el socialismo con la democracia y abrazó el  pluralismo competitivo. Ambas rupturas influyeron en todos los partidos socialistas del continente —el PSOE español, los socialistas franceses, los laboristas británicos, los socialdemócratas nórdicos— y produjeron, en las décadas siguientes, a figuras como Willy Brandt, Olof Palme y, en lo que toca directamente a esta visita, a Felipe González: el mismo expresidente del gobierno español que se sentó al lado de María Corina Machado en el Foro Nueva Economía y al que ella misma trata como referente democrático.

El «socialismo del siglo XXI» venezolano y el modelo cubano comparten esa palabra, sí, pero su práctica pertenece a otra familia: captura del aparato electoral, persecución sistemática de la disidencia, control discrecional de la economía, eliminación de los contrapesos institucionales. Académicamente se les clasifica más cerca del populismo autoritario o del autoritarismo competitivo (en la terminología de Levitsky y Way) que del socialismo en cualquier acepción europea contemporánea. La etiqueta es la misma; el contenido, no.

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Que esta diferencia importa en la práctica lo demuestra el comportamiento de la socialdemocracia europea frente al chavismo: Felipe González ha sido durante dos décadas uno de sus críticos más duros, llamando a Maduro «dictador» en términos inequívocos; los socialdemócratas alemanes, portugueses, holandeses y nórdicos votaron a favor de las sanciones europeas; el grupo socialista en el Parlamento Europeo respaldó las resoluciones de condena. La socialdemocracia europea no es aliada de Caracas; es, en gran medida, su crítica desde dentro de la propia familia ideológica que el régimen invoca. Confundir las dos cosas convierte a aliados naturales en enemigos imaginarios.

Hay además un cálculo aritmético sencillo que conviene tener presente. En el Parlamento Europeo de la legislatura 2024-2029, las fuerzas progresistas y de centro —que el reflejo opositor venezolano tiende a tratar como ideológicamente sospechosas por proximidad léxica con el chavismo— controlan más de un tercio de los escaños y son socio indispensable de cualquier mayoría que sostenga sanciones o resoluciones contra el régimen. Lo mismo ocurre fuera de Europa: el expresidente chileno Gabriel Boric, socialista democrático sin ambigüedades, ha sido uno de los críticos latinoamericanos más inequívocos del chavismo. Una estrategia que aliene a esa familia política no es coherencia: es renunciar a la mitad del tablero.

Sánchez no es Maduro. El PSOE no es el PSUV. Tratarlos como equivalentes —aunque sea para movilizar emoción interna— es un error analítico que paga caro en Bruselas, donde quienes deben sostener la presión sobre Caracas son, en buena parte, socialdemócratas. Es también un error táctico, porque el voto de España en la Unión Europea pesa, y Sánchez lo controla.

Vale el matiz, en justicia: MCM no fabricó las sospechas. El PSOE ha cultivado durante años una relación ambigua con el chavismo —desde el papel opaco de Zapatero como mediador sin mandato oficial hasta su voto contra el reconocimiento de Edmundo González en el Congreso— que da pie a desconfianza legítima. Pero distinguir entre el partido y los gestos personales de un expresidente, por un lado, y el gobierno, por otro, es parte del oficio que aquí faltó. Una cosa es desconfiar; otra es desairar públicamente. La diplomacia no exige amar a tu interlocutor; exige reconocer que existe.

CAUSA GRANDE, ESTRATEGIA PEQUEÑA

Visto en conjunto, lo que el episodio madrileño revela es una propensión recurrente: confundir la fuerza moral con la estrategia y la táctica, la pureza ideológica con la eficacia política, la base entusiasta con la mayoría posible. La pregunta que la visita deja abierta es la que la define mejor: ¿puede una líder con causa legítima, coraje personal indiscutible y capital simbólico máximo destruir su eficacia estratégica por no entender que las audiencias importan tanto como los principios?

La respuesta de Madrid parece ser que sí. Y no es un problema de carácter, sino de oficio. María Corina Machado tiene la grandeza de haber sostenido una causa imposible durante dos décadas. Tiene el aura de un Premio Nobel ganado con riesgo personal real. Tiene el respaldo emocional de millones de venezolanos dentro y fuera del país. Lo que no tiene —todavía— es el reflejo del estadista: la capacidad de tratar a interlocutores incómodos como activos, no como impurezas; de leer cada audiencia en su lenguaje sin traicionar el mensaje central; de entender que la transición venezolana se decidirá en Caracas y en Washington, sí, pero que el camino para llegar hasta allí puede ser impulsado por capitales como Madrid, Berlín o Bruselas, y que cada error diplomático es un escalón que se pierde.

Madrid no era Caracas. La intransigencia que la mantuvo viva ante un régimen autoritario puede ser una desventaja en los pasillos diplomáticos, y el capital simbólico, sin gestión estratégica, se gasta más rápido de lo que se acumula. Si MCM aprende esa lección —y aún tiene tiempo de hacerlo—, podrá reescribir el capítulo de Madrid como un tropiezo de aprendizaje en su tránsito de líder de la resistencia a estadista. Si no, quedará como el caso de estudio que ya es.