En Berlín con el Doctor Álvarez

Martes 14 de abril de 2020

Hace años, cuando el PNV, fundador de la DC en 1947, tuvo un congreso en Varsovia, fuimos a ella  una delegación presidida por Arzalluz. Eran tiempos en los que Javier Rupérez, un personaje antipático que quería que de su mano el PP entrara en aquel club, se hizo invitar y Arzalluz tuvo un rifi rafe con él. Nosotros éramos fundadores de una progresista y social DC federal europea  y Aznar, que se había declarado liberal, quería una percha de prestigio en  Europa y Rupérez se la estaba trabajando. Aquello acabó como acabó. En Chile, un minuto antes de que nos echaran, nos fuimos. Teníamos medallas de fundadores pero la  realpolitik de la CDU alemana  y las sucias maniobras de Aznar y Rupérez hizo que les interesara más el número español de eurodiputados que la historia vasca. Y cuento esto porque después de Varsovia Arzalluz nos invitó a ir con él a  Berlín a los lugares en los que él había estado como jesuita.

Fue toda una lección práctica de política europea la que nos dio no solo sobre Berlín, el Berlín Oriental, sus museos y monumentos, sino de la comida y las cervezas. Y cuento esto porque el trabajo de hoy va del diputado Javier Landaburu y el Lehendakari Aguirre. Tras una reunión de este tipo se fueron a Berlín a visitar los lugares donde el Lehendakari había estado escondido en 1941. El trabajo es pues muy interesante, como extraordinariamente  interesante tuvo que ser aquel paseo por Berlín con el Lehendakari. En la fotografía le vemos a Landaburu, Leizaola, un líder democristiano europeo y José Antonio Aguirre.

Landaburu tituló de esta manera, ”En Berlín con el doctor Álvarez”, su trabajo en Alderdi en 1956 pues José Antonio de Aguirre utilizó este nombre falso para esconderse de sus perseguidores. Es la historia que conté cuando hablamos del cónsul panameño Guardia Jaén.

Escribió así Landaburu.

“El avión que nos trae de París aterriza en Tempelhof cuando ya se ha hecho de noche. Un taxi nos lleva del aeropuerto al hotel Kempinski a través de avenidas espaciosas en las que alternan grandes edificios habitados y enormes espacios vacíos en completa obscuridad. Al cabo de diez minutos el taxi toma una curva bordeando las ruinas imponentes de la iglesia conmemorativa del empe­rador Guillermo y desemboca en otra avenida donde el panorama cambia radicalmente: luces de neón en todos los escaparates, en el marco de cada ventana, en el remate de las fachadas y mucho automóvil, mucha gente, mucha animación. Es la famosa Kurfurstendamm, centro del actual Berlín-Oeste, repleta de comercios de lujo, de cines, de restaurants, de cabarets, pletórica de publicidad luminosa. En una esquina una gran edificación moderna, el hotel donde nos alojan los amigos demócrata-cristianos alemanes a cuyo cargo corre la reunión que nos ha lleva­ndo a la ex-capital de las Alemanias anteriores. Kurfurstendamm conserva algunos inmuebles de antes de la guerra, ninguno indemne del todo, y los demás están reconstruidos aunque muchas de sus casas no pasan del primer piso ,ello da a esta brillante avenida, con sus luces y sus letreros de colorines, el aspecto que deben tener allá en el Oeste americano las calles principales de sus ciudades crecientes.

El doctor Álvarez Lastra, mi compañero de viaje, estaba impaciente por recordar « su » Berlín. No había vuelto desde aquellos días dramáticos de 1941 en que la ciudad era el centro de la guerra y pretendía orgullosamente convertirse en la capital del mundo. Álvarez  tenía prisa por recordar Berlín y, apenas cenamos, iniciamos el primer paseo de reconocimiento. No fué fácil. Entre que el doctor Álvarez debía de orientarse en cualquier ciudad tan medianamente como el presidente Aguirre y que el Berlín de hoy no es el del año citado, tan amplio fué el destrozo de los bombardeos, Aguirre hacía esfuerzo por recurrir a la memoria de Álvarez, ya muy lejana, y fundidos los dos en la persona de Álvarez-Aguirre, apenas pudieron encontrar aquella noche ni en los días sucesivos más testigos aun en pie de sus andanzas que una casa donde estaba la Pensión Victoria en la que el presidente Aguirre cuando fué doctor Álvarez pasó cuatro meses. Todo lo demás quedó en: «aquí debía estar… » y «me parece que era por aquí… » Otras personas que tampoco han vuelto a Berlín desde la guerra se desorien­tan igualmente. Tal es la proporción de los destrozos, Ia enormidad de la catástrofe que se cernió sobre la cuna de la iniciativa de los bombardeos aéreos de poblaciones. ¡Gernika!… Es verdad, el recuerdo viene irremediablemente, pero las víctimas y las ruinas de los bombardeos sobre Alemania ni justifican ni pagan los bombardeos anteriores. ¿Fueron obra de un loco? Obra de un loco, de millares de cómplices y de millones de egoístas que querían imponer al mundo, por tales procedimientos, una vida mejor y no impusieron más que la desolación y la vida eterna. Y todavía tienen seguidores, y todavía tie­nen estímulos poderosos…

En Berlín vimos muchas cosas curiosas. A nosotros, exilados, nos interesó extraordinariamente el caso de los que por centenas se evaden diariamente de tierras de dic­tadura para venir al campo de la democracia. La visita que hicimos a los refugios de Marienfelde y de Spandau nos enseñó el mecanismo de la recepción y de la criba de esos pobres tránsfugas, semejante en muchos aspectos a los muchos que cruzaban y cruzan el Pirineo hacia Fran­cia con sed de libertad. Asistimos a algún interrogatorio de evadidos. ¿En qué habrá quedado aquella mujer joven que venía desde Turingia y refería una historia policíaca demasiado bien preparada para ser verídica? ¿Espía? ¿Agitadora? ¿Una simple perseguida que se excedió vis­tiendo su calvario? De cualquier manera, no habrá sido detenida ni rechazada al otro lado del telón de acero que había cruzado hacía unos días. La República Federal admite a todos los ciudadanos alemanes, proporciona trabajo a los que quieren y a los que no quieren trabajo les da alojamiento y comida hasta que se cansan de no tra­bajar o se reintegran voluntariamente a sus pueblos de origen. Con todas estas garantías, es bien triste la vida del desterrado aun dentro del mismo país.

En el propio Spandau, a no mucha distancia del campo de refugiados, está la famosa prisión donde los dirigentes nazis supervivientes cumplen sus condenas. Seguramente que estos huéspedes forzosos de los cuatro grandes gobiernos aliados tienen celdas más confortables que los dormitorios del asilo de evadidos y mejor rancho y hasta mejores perspectivas de existencia el día en que vayan siendo puestos en libertad. Y, sin embargo, fueron ellos la causa de tantas calamidades subsistentes todavía.

De Berlín Oeste se pasa al Este sin dificultad, a pié o por cualquier medio de transporte. No hay señal de frontera. En algunos sitios esta es una plaza cortada en su centro o un trozo de calle en que cada acera pertenece a zona distinta. Sólo se ven unos letreros que, de un lado y de otro, tienen más de reclamo político que de indicación geográfica y que dicen, poco más o menos: «A X metros termina la zona de la libertad», «Aquí comienza la verdadera democracia». Juego de vocablos demasiado gastados en una y otra parte. Hay otras cosas que marcan más elocuentemente la diferencia de vida entre las dos zonas. Del lado occidental, a medida que se llega al orien­tal, disminuyen rápidamente la animación, los comercios y la publicidad. Del lado oriental, el comercio es también escaso, la publicidad es abundante pero exclusivamente política y la animación no se vuelve a encontrar, y menos en los kilómetros de profundidad que nosotros recorrimos. A la Kurfurstendamm brillante y ruidosa que hemos citado, corresponde en la zona soviética la Unter den Linden, tan señorialmente prusiana, tan renombrada en otras épocas. Esta avenida, corazón de la vida de todos los Reich, estaba limitada por un lado por la puerta de Brandenburgo y, por el otro, por el palacio imperial. La puerta está en ruinas coronada por una bandera rusa y de la residencia de los Kaiser no queda más que la tierra donde se levantó, que es ahora la plaza de Marx-Engels, lugar de concentraciones y desfiles, en el que la única instalación es una colosal tribuna de madera donde los notables del régimen se instalan cuando embridan al pueblo, con o sin armas, para pasarlo en revista. Los des­files deben de ser ordenados y, desde luego, muy nutri­dos, pero una película nos había mostrado el día ante­rior, a ese pueblo revuelto contra esos notables y sus agentes en la famosa jornada del 17 de junio de 1953.

La parte oriental de Berlín, en plena, tarde, nos im­presionó por lo desierto de sus calles. Aparte de un poco de concurrencia en la estación de la Friedrichstrasse, a la hora de cesar el trabajo y tomar el tren para volver a casa, aparte una cola de treinta personas a la entrada de un cine y aparte de algún otro grupo en la Alexanderplatz junto a los bazares del Estado, creo que en tres horas no vimos aglomeración mayor de tres personas. Todas las demás personas van por las calles solitarias y de prisa. Las calles y los andenes del «metro» al esperar los trenes nos recordaban París ocupado, un París sucio y ruinoso, y para mejor recordar aquel ambiente abruma­dor, los policías uniformados del gobierno de Pankovv usan prendas iguales a las que el ejército de Hitler paseó por Europa. No se ven con exceso tales policías, ni vimos más soldados rusos que los que dan guardia en zona occidental a un monumento militar ruso, cuyas inscrip­ciones atribuyen exclusivamente a la U.R.S.S. todos los méritos y todos los beneficios de la victoria aliada. Pero si no se ven policías, tampoco se ven ciudadanos ya que no cruzamos más de veinte personas en toda Ia Unter den Linden, ni más de diez automóviles, alemanes o rusos, en trayectos de centenares de metros. En cuanto a tranvías y autobuses, fueron idénticos a los del otro Berlín y hoy son viejas máquinas y depósitos de porquería.

Los escaparates de los comercios apenas tienen nada que exponer, son pobres y sin adorno. La ornamenta­ción conjugaría difícilmente con la exhibición forzosa de alegorías políticas, todas iguales. Sobre las fachadas de las casas, sobre las calles, multitud de letreros en rojo y blanco, con frases de Marx, de Lenin, de Taelmann, y muchas banderas, por todas partes banderas soviéticas con o sin banderas alemanas. Fuera de algún cafetín cuyo exterior invitaba a no detenerse, no encontramos en nues­tro largo paseo por las calles más céntricas más que dos cafés iluminados, el famoso «Bucarest» y otro frente a él, dedicados, según se nos dijo, a refrigerio de turistas extranjeros con obligación de pagar sus consumiciones en marcos occidentales por cantidad igual de marcos orientales cuando aquellos valen cuatro veces más.

Esos dos cafés están instalados en la Statinallee, vía triunfal de un nuevo imperio, todavía nuevecita, amplia, solemne, de varios kilómetros de longitud. Es lo único reconstruido pero se discute el gusto arquitectónico de sus edificios cuya similitud impone. Dicen que están re­servados exclusivamente a habitaciones de funcionarios y de miembros del partido. De cualquier manera, era la hora de encenderse las luces en las casas y podemos ase­gurar que lo que se ve desde fuera, mobiliario, síntomas de hogar confortable, sin que sea mísero, es demasiado modesto para decorado tan suntuoso. En las traseras de esa decoración de edificios arrogantes, otra vez ruinas, barracas, privaciones, miseria, tristeza, angustia, recelo. ¿Por qué las gentes van tan de prisa por las calles del Berlín soviético? ¿Por qué no miran de frente? ¿Por qué no hablan entre ellas? ¿Por qué no sonríen? Tampo­co eso es una vida mejor. Una visita de tres horas basta para convencerse, y eso que los berlineses orientales, todavía racionados, muy limitados en muchas cosas, pero con la posibilidad de pasar a Berlín-Oeste aunque no sea más que a recrearse la vista, a recordar y a esperar, no son los más desfavorecidos de todos los ciudadanos del Este. ¿Es qué tampoco se sonríe en Praga, ni en Varsovia, ni en Moscú, ni en Pekín? ¿Es que medio mundo se ha vuelto triste? Si esto es cierto, no hay ideología ni revolución, por sublimes que sean sus objetivos finales que puedan justificarlo. El hombre pierde la sonrisa cuando tiene el alma enferma y aunque el alma fuese solo un lujo burgués, no hay derecho a tratarla así, aun estando seguro de que esa tristeza actual sea la base for­zosa, ineludible, de una alegría popular futura, de una alegría universal e idílica cuando todos los hombres sean buenos y todos felices, cuando la humanidad entera solo tenga motivos para volver a sonreír. No sé si tanto materialismo histórico puede explicar fenómenos tan poco humanos.

El Premio Nobel Mauriac, Picasso y el Lehendakari Aguirre

Lunes 13 de abril de 2020

Ya hemos hablado del comedor de las hermanas Anglada en Paris. Esta foto es de una de esas comidas donde de izquierda a derecha se les ve al diputado Javier Landaburu, al senador francés Ernest Pezet, al Premio Nobel Francois Mauriac, a la Sra .Mallaterre y al Lehendakari Aguirre, porque este comentario va de un premio Nobel y de un artista como Picasso.

Francois Mauriac fue un periodista, crítico y escritor francés. Ganador del Premio Nobel de Literatura en 1952, es conocido por ser uno de los más grandes escritores del siglo XX. Nació en Burdeos en 1885 y falleció en 1970 en Paris, diez años después que el lehendakari Aguirre. Y lo traigo hoy por la bella y emotiva semblanza que hizo cuando, después de visitar la capilla ardiente del Lehendakari, escribió esto en su  «Bloc-Notes» de «L’Express»:

«Ya está en su féretro, pero puede usted verle…» El ataúd tiene una mirilla de cristal a la altura del rostro. ¡Qué visión! Hay distancia del cuerpo todavía tibio, extendido sobre el lecho en el que acaba de adormecerse, a esto que sorprendemos, en un ataúd, del misterio terrible que suele escapar a la mirada humana.

«En este rostro, como roído ya por dentro, no reconoz­co la cara noble y franca de Don José Antonio de Aguirre, presidente del gobierno de Euzkadi, —el País Vasco. ¿Quién más que él, podría haber sido víctima de un injusto destino: «Nosotros no queríamos la guerra, nos lanzaron a ella!» Recuerdo este grito de Aguirre en la radio, en 1936, que resu­me su drama.

«El único crimen de mis amigos los vascos fue el haberse negado a unirse a los generales rebeldes. Un pueblo cristiano se vio tratado como criminal y abandonado por sus jefes es­pirituales por haberse negado a sublevarse. ¿Estaba Gabriel Marcel a nuestro lado cuadro Maritain y yo mismo protesta­mos contra el asesinato de religiosos y curas vascos? El día en que los aviones de una Alemania que no estaba todavía dividida destruyeron salvajemente Guernica, ¿Fue a buscar consuelo en Nietzsche?

«Con la liberación, José Antonio de Aguirre apuró verda­deramente el cáliz hasta las heces, cuando comprendió que Franco sería respetado y que la victoria aparente de las de­mocracias encubría, disimulaba, en el corazón mismo del Occidente, otra victoria muy oculta: la de los ejércitos profesionales y de los policías”.

Aguirre, Gernika y Picasso

En «Le Peuple» su colaborador Caliban citó lo que hace tiempo contó su correligionario. Arthur Wauters, que ha sido periodista, ministro y embaja­dor. Y escribe:

«Con motivo de la muerte del católico vasco José Anto­nio de Aguirre, que había contribuido con su valeroso pueblo a la resistencia de los republicanos españoles contra la agre­sión de fascismo internacional asociado a Franco, Wauters nos ha dado a conocer un hecho que le contó Agirre y que confirmó el pintor Picasso. Reproduzco su carta por estar seguro de que interesará a nuestros lectores:

» He aquí un recuerdo que me viene a la mente a causa del fallecimiento de  José Antonio de  Aguirre, este admirable católico y «demócrata vasco de quien fui amigo fiel y eficaz desde que marchó al exilio», y hasta «su nueva partida de ahora «has­ta los límites de la noche».

“Ya sabe usted que Picasso había pintado «Guernica» después de que la aviación hitleriana destruyera dicha Villa durante la guerra civil como entrenamiento para futuras destrucciones: Rotterdam, Belgrado, etc.

«Picasso, durante la ocupación, se moría de frío en su taller de París en el que se encontraba el famoso cuadro. El demonio de Otto Abetz, amigo de Henri de Man y «embaja­dor de Alemania», visitó al famoso pintor esperando sedu­cirle con la promesa de algunos sacos de carbón.

«Recorriendo el taller llegaron frente al «Guernica»,

 —¿Es usted quien ha hecho esto?, «le preguntó Abetz.

 —No fueron ustedes quienes lo hicieron— contestó Picasso.

«Esta anécdota admirable merece consignarse en una biografía del gran Pintor español cuyo genio creador no cesa de asombrarnos y en recuerdo del Presidente vasco fallecido.”.

El corresponsal de The Times lo vio así

Domingo 12 de abril de 2020

En esta fotografía podemos ver al Párroco de Gernika en abril de 1937, D. José Arronategi, al historiador Bonifacio Etxegaray, al Alcalde Gernika Labauria y al corresponsal de Thimes George Steer, de quien trata esta entrega el día en el que denunciaron por la radio el bombardeo de Gernika.

George L. Steer fue el corresponsal del diario británico The Times durante la guerra. Gracias a él se dio a conocer el bombardeo de Gernika, aunque antes hubo otros como los ocurridos en Otxandio, Durango, Amorebieta y Eibar, así como en Bilbao, pero gracias a su maestría, su olfato por la noticia y el hecho de que era la primera vez que se bombardeaba una población abierta, aquello dio la vuelta al mundo.

Su relación con los vascos de mutua amistad y muy fructífera ya que se volcó con la causa de aquel gobierno y del hombre que la presidía que se refleja en el capítulo que le dedicó al Lehendakari Agirre, en estos trazos periodísticos que lo definieron muy bien. Y no era un periodista cualquiera de un periódico de barrio sino de uno de los periódicos más influyentes del mundo, siendo además sus crónicas reproducidas en el New York Times.

Sepamos algo de su interesante vida.

Georges Lowter Steer nació en Sudáfrica donde su padre era propietario del diario «Daily Dispatch». Ya en la es­cuela el pequeño Georges editaba su periódico «The Wykehamist». Al terminar sus estudios en Oxford, ingresó en el «Argus» de El Cabo. En 1933 volvió a Inglaterra para entrar en el «Yorkshire Post» de Londres.

El verano de ese mismo año «The Times» lo envió a Abisinia. Allí su voz se alzó para denunciar la invasión de Italia contra Etiopía, to­talmente indefensa. En mayo de 1936 al entrar victoriosos en Addis Abeba, los italianos lo expulsaron de Etiopía. Me­ses después llegaba a Bilbao como corresponsal especial del «The Times». Steer fue un testigo directo de la guerra en el Norte. Pero en sus crónicas no se limitó a exaltar las virtudes que él consideraba dotado al vasco, sino que puso al desnu­do a veces con gran crudeza, sus defectos y errores. Al caer Bilbao, Steer regresó a Inglaterra donde en 1938 publicó «The Tree of Gernika».

En 1939 se hallaba de nuevo en África enviado esta vez por el «Daily Telegraph» a fin de es­tudiar las reclamaciones italianas sobre Túnez y las de Ale­mania sobre sus antiguas colonias. De allí pasó a Finlandia cuando éste país recibió el ultimátum ruso.  El estallido  del conflicto mundial le obligó a reintegrarse a Inglaterra, don­de se alistó en el ejército. En 1940 George Steer acompañó al emperador Haile Selassie (el Negus) al Sudán y se constituyó en el cerebro rector de la campaña de propaganda que contribuyó a la liberación de Abisinia y a la expulsión de los italianos.

Seguidamente bajo las órdenes de Lord Wavel que co­mandaba las fuerzas británicas que peleaban contra los ja­poneses, se trasladó a la frontera de Birmania donde halló la muerte en un absurdo accidente de automóvil. Para enton­ces los alemanes empleaban en gran escala contra las ciuda­des inglesas su técnica de la «mystique» del aire que Steer había contemplado en Bilbao. Coventry —como Gernika tres años antes— se hallaba convertida en un montón de ce­nizas humeantes. George Steer recogió en cinco libros sus impresiones de un mundo desgarrado por la guerra. Viudo de Margarita Herrero, Steer, se casó con Esme Barton, de la cual tuvo dos hijos. Eterno defensor de causas desesperadas su integridad y su coraje marcan un hito en el periodismo mundial.

Afortunadamente en Gernika hay un busto en su memoria inaugurado por su hijo.

En su libro «The Tree of Gernika» George L. Steer, retrata a José Antonio de Agirre de la siguiente manera:

«El límite de mi estancia en Bilbao fue de 6 días. A las pocas horas, a causa de una llamada que recibí, tuve que marcharme en un dragaminas vasco, que con las luces apa­gadas para burlar el bloqueo, navegó en zig-zag rumbo a Francia, vía Castro Urdiales llegando al puerto de Bayona después de 13 horas de balancearse sobre el golfo. Me basta­ron seis días para ver una gran parte de la administración ci­vil vasca.

Al día siguiente de mi llegada visité el Hotel Carlton, donde se había instalado la Presidencia desde que cayó una bomba junto a la Sociedad Bilbaína. La primera sorpresa del recién llegado era el contemplar la entrada vigilada por dos guardias ya de edad con uniforme azul y boina roja. Había que volver a leer de nuevo la historia vasca para saber que la boina roja —que es vistosa y marcial— no representa en realidad al carlismo nabarro sino que es una tradicional prenda utilizada por los vascos en la guerra, fiestas y bailes locales. Los que así iban vestidos eran los Miqueletes o guar­dias de la Diputación Provincial de Gipuzkoa. Llevaban guantes blancos y fusil al hombro y hacían la ronda pasean­do de arriba a abajo a la entrada de la presidencia con cierto desenfado entibiado solamente por el reumatismo.

Se llegaba a la presidencia cruzando el puente que separa el Casco Viejo de Bilbao con sus estrechas y tortuosas calles, iglesias macizas, y casas altas, de la nueva ciudad en la orilla izquierda del Nervión. Aquí girando sobre el eje que es la Gran Vía, el Bilbao comercial se extendía tras sus clásicas pi­lastras con sus amplias vías de granito y prósperos bajorre­lieves de cornucopias que representaban racimos de uvas y navíos, robustos querubines y ninfas tendidas de principios de siglo, cuando Bilbao conoció su gran renacimiento gra­cias al comercio con Gran Bretaña y Francia. Ahora no había sino embudos abiertos por las bombas y ventanas cerradas no precisamente para comerciar.

En la Presidencia a la que conducía esa avenida de esta­bilidad y dinero antiguo, esperaba una segunda sorpresa. Cuando presentaban al jefe del Departamento de Relaciones Exteriores se hallaba con que su titular, don Bruno Mendiguren, el Míster Edén vasco, era más joven que uno. Por averiguaciones posteriores supe que tenía 25 años.

El joven Mendiguren, que más tarde duplicó su trabajo al hacerse cargo de la oficina de prensa vasca, era como un enviado de Dios para un periodista. Ardiente defensor de su causa, con un torrente de francés político, en el cual encabe­zaba sus referencias a la dignidad vasca, que citaba en una frase de cada tres. Mendiguren concebía la oficina de prensa como un medio para permitir a los periodistas extranjeros ver y oír todo lo que quisieran, y no para indicarles lo que tenían que decir en su crónica diaria y expulsarlos después por lo que habían añadido por su cuenta.

En la vida civil, Bruno fue ingeniero-constructor y era socio de su cuñado Gamboa en una empresa que se hallaba en condiciones de preparar los ensanches de ciudades de la noche a la mañana con la construcción masiva de edificios de cemento. Había estudiado la carrera en Bruselas de don­de se ufanaba. Había sito coetáneo, aunque de un curso in­ferior, de Degrelle. Allí aprendió francés.

Era un joven más bien bajo de estatura, siempre traje­ado de azul marino y boina, como muchos vascos. Se dife­renciaba de otros en que su fuerza física no parecía estar al nivel del entusiasmo que mostraban sus ojos, lengua y bra­zos. Era bien parecido: tenía la cabeza estrecha y nariz en punta un poco caída, y cuando hablaba de su país sus ojos brillantes parecían salírsele de sus órbitas de pura excita­ción. Para dar énfasis a la entereza y determinación de su lucha tenía un movimiento peculiar del antebrazo, del hombro hacia abajo, que se detenía nada más para no rom­perse violentamente contra la mesa del despacho. Hasta que conocí a Bruno Mendiguren yo siempre había pensado que el nacionalismo vasco era una chifladura; algo así como el movimiento de la Isla de Man para sus habitantes. Más, en­seguida, pude darme cuenta lo mortalmente serio que era para ellos. Bruno con sus enérgicos ojos y brazos era la pun­ta de lanza de la persuasión. Me disipó todas las dudas.

Era un tipo fascinante. «¿Qué quieren ver?» —me pre­guntó al terminar su introducción, cuando su delicado físico se estaba todavía recuperando de su sugestivo esfuerzo. En momentos como este Bruno Mendiguren cerraba la boca y esperaba democráticamente a que uno dijera lo que tenía que decir. Era todo oídos democráticos. Empecé a conge­niar con Bilbao.

Cuando volvió la cabeza hacia la ventana, por un hueco de la camisa abierta, descubrí que bajo el nudo de la corbata llevaba una cruz. Estaba colgada del cuello con un cordón.

Tomando aliento le dije: «Quiero ver sus escuelas, hos­pitales, sus instituciones sociales» —cosas inofensivas y amables. Y levantando la voz un poco más añadí: «Y tam­bién sus prisiones, sus cuarteles y el frente». Entonces tras una última pugna entre la lengua, las amígdalas y la saliva, con el sentimiento que, al fin y al cabo, acababa de decirme que ellos eran tan libres y demócratas, decidí también plan­teárselo: «… sus defensas, sus aeródromos, sus aviones, sus ingenios motorizados y sus industrias de guerra». El aliento me falló. ¡Acababa de hacer una cosa terrible!. Así pues mi último grito frente al paredón sería: «¡Usted mismo me invi­tó a hacerle preguntas, decía que todos ustedes eran demócratas!».

Perfecto —dijo Mendiguren— lo arreglaremos para que pueda verlo todo. Fue mi tercera sorpresa en el segundo día de mi estancia en Bilbao. Mucho tiempo después le pregunté por qué eran tan confiados. ¡»Oh»! me respondió como si todo fuera tan lógico como la ingeniería —usted es inglés y a nosotros nos agradan los ingleses y nos había sido presenta­do por su cónsul Stevenson. El jamás trató de engañarnos como los demás con pasaportes falsificados para los refu­giados». Supongo que era una forma razonable de condu­cirse.

«Ahora dijo Bruno —venga a ver al presidente—». Un ordenanza de uniforme de la presidencia entró y dijo: «José Antonio me envía a decirles que ya está listo». Aquél viejo empleado se sentía con la libertad suficiente como para parecerle innecesario usar el apellido de su presidente en pre­sencia de un extranjero. Fue como un sobresalto. Imagínense a un nazi diciendo al corresponsal del «The Ti­mes» en Berlín: «lo siento pero Adolfo no puede recibirle hoy porque tiene una terrible ronquera». El plan cuatrienal se hubiera desplomado en un minuto y Alemania se sentiría de nuevo humillada.

Entramos en una pequeña habitación cuadrada que daba a una plaza de aspecto invernal. Sobre la mesa había una cruz alta de madera de ébano en la que estaba suspendido Nuestro Señor con clavos de plata. Fijadas en la pared se veían algunos tipos de las municiones que se fabricaban en las industrias movilizadas de Durango, ahora concentradas en Bilbao. El hombre que trabajaba sobre la mesa se levantó y avanzó un par de pasos hacia nosotros.

José Antonio de Agirre extendió su mano. Tenía en aquel momento 32 años. Era pequeño de estatura. Lo pri­mero que le llamaba a uno la atención era la extraordinaria finura y delicadeza de sus facciones. Lo segundo, que anda­ba con un ligero balanceo: los irlandeses llamarían a esto jactancia. En sus tiempos José Antonio había sido un gran jugador de fútbol y la gente para distinguirlo de otro del mismo apellido, acostumbraba a aplaudir a «Agirre, el cho­colatero», aludiendo a sus hazañas paralelas como fa­bricante.

Agirre era también abogado y había dirigido las batallas del Partido Nacionalista Vasco desde 1931 en que su organi­zación surgió totalmente fortalecida a la caída de la Monarquía, para ganar en Gipuzkoa y Bizkaia por abruma­dora mayoría que jamás perdió hasta que ambas provincias fueron conquistadas en la guerra. Era un movimiento basa­do totalmente en la juventud vasca.

Había vivido días muy movidos cuando en las primeras Cortes de la República su colega Leizaola, ahora ministro de Justicia y Cultura, había sido agredido por un indignado so­cialista, por defender a la Iglesia Católica de las usurpa­ciones del Estado. En esos días en que los demás se dedica­ban solamente al pugilato, los nacionalistas vascos estaban coaligados con los tradicionalistas de Nabarra. Pero la unión de los ardientes católicos no duró. El movimiento tradicionalista sin perder en definitiva el entusiasmo del campe­sinado nabarro, fue cayendo en manos de los caciques pro­vinciales. Lo respaldaba el gran capital y se puso en contacto con los jefes del Ejército y con los partidos centralistas de derecha, que hubieran sido los últimos en reconocer la autonomía a los vascos. Porque creo que fue su líder Calvo Sotelo (cuyo asesinato fue la señal para el alzamiento que venía preparándose desde mucho tiempo antes) quien dijo en San Sebastián (en el mismo centro del País Vasco) lo si­guiente: «prefiero una España sin Dios, sin Iglesia y sin fa­milia, que una España rota». Los vascos con Agirre, se vieron obligados a inclinarse hacia la izquierda, por su autonomía. Fue un gran disloque y aún se podían ver las huellas de la lucha en el rostro de Agirre.

Su cara estaba bien trazada y sus ojos eran vivos y un tanto irónicos. Sus largas cejas, rectas y negras, tenían en el centro las enigmáticas líneas que tiene todo hombre que transige para poder alcanzar un ideal. Porque Agirre, al igual que todos los de su partido, era primero y hasta el final un idealista. Su gran calidad brotaba como una flor en sus discursos públicos que jamás fueron demagógicos ni tan si­quiera en las más amargas horas de Bilbao, sino más bien de definición en el más estricto significado de la palabra. Esta­ban traspasados de parte a parte con llamadas a la Historia y a la Ley y modelados con la misma profundidad por un sen­tido humanístico de ambas. Era algo admirable escucharle en la gran cancha cerrada de pelota, el frontón Euskalduna, donde acostumbraba dirigirse a la multitud antes de que le cayeran encima bombas de 12 pulgadas. Su voz, que se veía forzada hasta alcanzar cierta dureza en sus animadas con­versaciones privadas, se hacía magnífica y vibrante. La gen­te —la mayor parte pertenecía a otros partidos ya que los miembros del suyo estaban en el frente— le oía fascinada. Y eso que no hablaba de pan, paz, cañones y mantequilla sino del mercantilismo, de las virtudes y vicios del liberalismo económico del siglo XIX, de los movimientos proletarios a que dio origen, de los esfuerzos de la burguesía para llegar a un entendimiento humano con ellos, de los fracasos y triun­fos de ese movimiento a lo largo del mundo. No afirmaba como los oradores bullangueros, que Bilbao no podía caer. El hilo histórico de su argumento probaba más bien que valía la pena defenderlo. En cada párrafo, su voz natural­mente dulce y clara, se ponía áspera como la de un juez. Hasta que llegaba a sus conclusiones se paseaba de arriba a abajo por la plataforma con ese ligero balanceo característico del futbolista que yo había observado. Su úni­co gesto en un país en que estos son tan extraños consistía en meterse las manos en los bolsillos.

Bajo él los republicanos de izquierda, los socialistas, los comunistas y los anarquistas, alargaba el cuello con asombro. Allí estaba el hombre que resolvía todas sus contradicciones, a quien por esa misma razón, no podían ni ver por ejemplo, los jefes organizadores del comunismo por­que les había salido al paso impidiéndoles llevar adelante sus planes de controlar el Ejército Vasco. Pero los anarquistas para quienes el factor personal tiene su peso, comían de su mano. Si en alguna parte sus masas se desmandaban, acudían a Agirre mostrando la más profunda de las contricciones y prometiendo no volverlo a hacer nunca más. Y has­ta los comunistas que murmuraban contra él no se atre­vieron a salir al descubierto hasta que cayó Bilbao, después de dos meses de continua ofensiva. Fue entonces sólo cuan­do Larrañaga, su joven comisario político en el Estado Ma­yor General, pronunció un discurso en Santander compa­rando a Agirre con el Luis XIV del «L’Etat c’est moi» y profetizando que la resistencia de Santander unida y prole­taria, sería muy diferente de la de Bilbao, y en realidad lo que duró fue menos de dos semanas.

Agirre frente al que me encontraba sentado, era desde luego, la última persona a quien yo compararía con Luis XIV. No era un déspota. Era un joven político asceta quien al final tendría que practicar su fe en el desierto. Su nariz fi­na y delgada, su boca recta con el labio superior extraña­mente apretado de tanto practicar el autocontrol, y su cara atlética bastante delgada, eran los rasgos característicos de un hombre que trataba más de hallar el camino recto que de imponerlo.

No pretendo decir con esto que Agirre no supiera por dónde se hallaba. Era bien claro respecto a sus proyectos a corto o largo plazo. Por de pronto deseaba —según me manifestó— canjear en bloque todos los presos por los vas­cos que tenían los nacionales. Unos 2.300 de su parte por 1.000 de la otra. No era cuestión de cifras sino de humanitarismo —dijo— terminar con el problema de los presos de una vez por todas, mostrándose reacio a considerar las pro­posiciones de Salamanca de conceder trato especial a unos pocos seleccionados marqueses y condes. ¡No! Golpeó con la mano derecha abierta sobre el cristal de la mesa y el soni­do de su anillo de casado añadió énfasis a su declaración.

Término medio: estaba decidido a luchar en el bando de la República hasta el final. Me dijo esto porque los vascos sabían que en lo sucesivo una propaganda bien organizada en Inglaterra, estaba tratando de introducir una cuña entre ellos y el Gobierno Republicano.

Todo esto llevó a Agirre a sus cálculos a largo plazo. Si perdía, mala suerte. Pero si el Gobierno resultaba victorioso Agirre presionaría para que se le reconociera un Estatuto que garantizara a Euzkadi el equivalente a un Estado-dominio. El no decía todo esto en forma ofensiva para Es­paña. De hecho Agirre era uno de los pocos vascos naciona­listas que jamás pronunciaba una palabra desagradable sobre Castilla y por eso había tenido tanto éxito en la con­ducción del Gobierno de Vizcaya. La corrección de sus mo­dales, la indudable decencia de sus intenciones, su cos­tumbre de consultar permanentemente con sus colegas, es­tablecieron un notable récord en la Administración españo­la. En tiempos de guerra, mientras los Gobiernos de Valen­cia y Barcelona vivían en medio de constantes altercados e injurias y Salamanca tenía que reprimir y encarcelar a algu­nos falangistas, el Gobierno de Euzkadi bajo la presidencia de José Antonio de Agirre no sólo permaneció inalterable hasta el final sin dar motivo tan siquiera a un rumor de cri­sis, sino que logró algo más: desde el 7 de Octubre en que se constituyó el Consejo de Ministros hasta el 19 de Junio en que cayó Bilbao, ni tan siquiera se procedió a votar una sola vez. El imperio de la ley en Vizcaya y la conducción de la guerra estuvieron garantizados por decisiones unánimes.

Al contemplar el barril de pólvora que era Bilbao, los rostros hundidos y descarnados de sus pobres, la depresión de la clase media, los almacenes de víveres consumidos, las hileras de tiendas (que antaño fueron prósperas) hoy cubier­tas de polvo, las ventanas vacías listadas con papel engomado como medida de protección contra los raids aéreos, la su­cesión de puertas herméticamente cerradas y persianas enro­ñadas que antes habían sido comercios, la paz y la armonía que reinaba en el Gobierno Vasco parecían un milagro. En parte se debía al carácter vasco que tiene experiencia en Ad­ministración provincial y sabe que el progreso material re­quiere compromisos materiales. Pero, más todavía, a la pre­sidencia de Agirre. Tal vez hubiera en el Consejo de Mi­nistros caracteres más fuertes que el suyo: Leizaola, por ejemplo, su más viejo lugarteniente. Había también algunos con más experiencia de la vida: pero Aldasoro, con todo su encanto, no podía presentar la misma mente lúcida ante sus colegas y las masas. Idealismo, capacidad de adaptación, compañerismo y honestidad eran las cualidades que se requerían y Agirre las tenía todas. Era un gran conciliador.

No iba taimadamente tras un interés particular. Perdió toda su fortuna en la guerra. Y mucho antes de que esta es­tallara obtenía escasas ganancias en sus negocios porque practicaba sus propios principios. Instituyó salarios fami­liares y participación en beneficios para los trabajadores: es­taba orgulloso de ello. Estaba también orgulloso de la tra­yectoria humanitaria de su Gobierno, el único que tomó las iniciativas de la Cruz Roja Internacional y del Foreign Offi­ce con entusiasmo. Él y sus vascos estaban horrorizados por la crueldad con que se peleaban unos contra otros. Las ma­tanzas de prisioneros en el campo de batalla o el fusilamien­to de sus enemigos políticos, subrepticiamente no entraban en sus métodos. «Ves, por ejemplo, nuestra policía —me decía— y averigüe por su cuenta a cuántos ha matado. Mire si tenemos mujeres prisioneras. Pregunte en su hotel cuán­tos infelices miembros de los partidos de derechas hemos salvado de Asturias y Santander». «Pregunte a su cónsul a cuántos hemos permitido huir a Francia y cuántos de aquéllos a quienes salvamos están trabajando en el bando opuesto contra nosotros».

Todos estos imperativos parecían muy altisonantes sobre el papel pero Agirre los pronunciaba con voz amable y poco afectada, mientras fruncía las cejas irónicamente y se dibu­jaba una sonrisa en los bordes de su boca. «Lo puede creer o no: pero opino que lo estamos haciendo bastante bien».

Había algo muy deportivo en su manera de ver las cosas. Era de nuevo capitán de un equipo de fútbol que aún a ries­go de perder estaba dispuesto a obedecer las reglas del juego y al árbitro. Nada de mordiscos, patadas o zancadillas. Cla­ro que esto, de hecho, no era muy continental pero ellos tampoco lo eran. Cuando uno paseaba bajo su llovizna creía encontrarse en Liverpool con las tiendas cerradas, los irlan­deses ausentes de Blackpool y los protestantes metidos decentemente en sus casas para guardar la paz del Señor.