Durante muchos años no supe quién era Azkon. De él recibíamos para las emisiones clandestinas en euskera de Radio Euzkadi que transmitía en onda corta desde Venezuela sus textos comentando la actualidad. Era constante y cuando encontré su carpeta de artículos para entregar a la Fundación Sabino Arana, valoré una vez el inmenso trabajo de hormiga de aquel erudito durante una década y me enteré que incluso había escrito un método de aprendizaje de nuestro idioma llamado Umandi.
Cuando unas navidades
visité Paris y fui a la Delegación del Gobierno Vasco en el exilio en la rue
Singer a visitar al Lehendakari Leizaola
me salió a recibir un señor de cara afilada, gafas redondas y grandes solapas y
me dijo que él era Azkon. Le agradecí su desinteresado trabajo y hablando con
él le pedí su opinión sobre el Lehendakari Aguirre y me resumió
su percepción en esas dos palabras: Optimismo y Euskera.
Posteriormente me
desarrolló lo dicho y aquí lo
reproduzco.
Queriendo dar, en alguna medida, satisfacción a los deseos que se me
han expresado de contribuir en lo que me sea posible a la reunión de datos
concretos que puedan completar una biografía de nuestro primer Lehendakari, mi
primer recuerdo hacia él ha de ir contenido en un sentimiento profundo de
gratitud personal.
Habiéndome tenido que exiliar, como tantos otros,
a consecuencia de la cruel y horrorosa guerra y persecución que tuvo que sufrir
nuestro Pueblo a partir de la sublevación militar española contra el Gobierno
de la República y todas sus instituciones en 1936, en cuanto llegué a París fui
acogido por el Lehendakari Agirre con las mayores atención y cordialidad; y
no sólo dándome las ayudas que me fueron necesarias al principio, sino
admitiéndome casi desde el primer día como un empleado más en la Delegación que
el Gobierno vasco tenía en la capital francesa en el número 11 de la Av. Marceau.
Y me parece obligado del todo que aproveche esta ocasión que se me brinda al
solicitárseme mi pequeña colaboración a los fines indicados, para expresar
esa gratitud mía que siempre la tuve y la sigo guardando.
Y quiero destacar que los dos aspectos a que me
refiero son: el gran optimismo que tanto caracterizó a nuestro primer Lehendakari
en todas sus actuaciones, y su intensa preocupación por la vida del euskera.
Bien conocida es por todo el mundo la primera
cualidad citada; desde su famosa campaña al frente de los ayuntamientos vascos
para tratar de conseguir siquiera un estatuto de autonomía para nuestro País,
pasando por su cargo de Presidente de nuestro primer Gobierno Vasco en la
durísima y horrorosa etapa en que hubo de actuar como tal en medio de la guerra
declarada y desencadenada con tanta crueldad contra nuestro Pueblo, hasta su
posterior laborar en el exilio, no decayó su ánimo un solo momento, luchando
siempre en circunstancias tan adversas como las que tuvo que atravesar.
Según pude constatar durante todo el tiempo en
que hube de trabajar a su lado y bajo su dirección, todos los días acudía a su
despacho en la Delegación del Gobierno Vasco en París, infundiendo desde allí
ánimos continuos, no sólo a los que con él trabajábamos, sino a todos cuantos
llegaban a visitarle desde el interior del País principalmente y desde Europa y
América. Llegaban frecuentemente los visitantes, muchos, con el alma destrozada
por tantas cosas que habían tenido que sufrir, en sus personas y en el conjunto
de nuestro Pueblo, y como en busca de algún lenitivo o estimulante que
demandaban con ansia. Pues bien, se puede decir con entera verdad que nadie
salió de aquel despacho presidencial decepcionado, antes bien con un ánimo
rehecho y un optimismo renovado. Agirre sabía llegar al corazón de los que a él
acudían y no dejaba de hacerlo en cuantas ocasiones se le depararon.
Un amigo nuestro decía después de haber conocido
a Agirre y de haber conversado con él, que aquel hombre debería haber sido
médico pues, con su gran optimismo, hubiese podido infundir ánimos y
esperanzas a cuantos enfermos tratara. Por otro lado, se ha dicho muchas veces
que quién ama el trabajo y se ejercita en él, habrá de ser siempre optimista.
Esta especie de aforismo se hacía realidad continua en Agirre, pues trabajaba
incesantemente, sin cansarse ni decaer nunca, llevando una vida intensa
dedicada completamente a la patria vasca. Acaso aquella intensidad que dedicaba
a todo cuanto su cargo le demandaba y lo mismo a todas sus demás actividades,
pudo ser causa, en parte por lo menos, de que llegara muy temprano a la hora de
dejar esta vida. Sí, se nos fue muy pronto, cuando todos esperábamos todavía
mucho de él. Pero su recuerdo perdura vivo entre nosotros y perdurará también
durante generaciones en el recordar de nuestro Pueblo. Supo cumplir fielmente
su deber de vasco y de hombre en una vida ejemplar que le deparó horas bien
amargas; pero a ellas y a todo cuanto le fue adverso pudo vencer con su ánimo
generoso y con su optimismo proverbial.
El segundo aspecto que hemos señalado, el de su preocupación
constante por nuestro euskera, le caracterizó también profundamente. Fue, como
muchos otros, euskaldun berri, lo que ya indica que tuvo que hacer el gran
esfuerzo que supone el llegar a serlo, y siempre que tenía un interlocutor euskaldun
lo aprovechaba para practicar sus conocimientos y dar ejemplo en cuanto a la
prioridad que a todos debe merecernos el empleo de nuestro idioma nacional
vasco.
En los siete años que duró mi trabajo de colaboración con
él, hasta su fallecimiento en 1960, pude ser testigo de aquella preocupación y
de sus esfuerzos para hacer cuanto podía en favor de nuestro euskera; lo cual
quedó bien reflejado con motivo del Congreso Mundial Vasco que él mismo organizó y que se celebró en
París el año de 1956; en él intervinieron euskaltzales de la talla del
sacerdote Iokin de Zaitegi, recientemente llegado entonces de Guatemala,
donde, ante la admiración de todos, comenzó a publicar su revista
«Euzko-Gogoa» escrita y dedicada enteramente al euskera. Fue ilusión
suya, que pudo realizar, la de instalarse en Euzkadi para seguir aquí aquella
publicación suya y poder trabajar con posibilidades de mayor fruto en un
ambiente vasco. Y así llegó a París con la gran oportunidad que supuso para él
la celebración del Congreso Mundial Vasco.
Conocido
y aprobado tal proyecto por el Lehendakari, éste ofreció a Zaitegi todo el
apoyo que pudiera prestarle, ofrecimiento que cumplió en su momento,
ayudándole a instalarse en Biarritz. Como la venida de Zaitegi tuvo lugar poco
antes de la celebración del Congreso Mundial Vasco, ésta fue la primera ocasión
que aprovechó aquel escritor para exponer sus ideas con influencia efectiva en
las decisiones del Congreso.
Entre estas, la concerniente a nuestro idioma en la Sección
Cultural del mismo, quedó reflejada en el acuerdo y recomendación que aquella
Sección tomó y ofreció, plasmados en los siguientes términos:
«Al considerar la situación crítica que la vida del
euskera atraviesa en la propia Euzkadi, debida en parte a la desidia de
quienes más interés debieran tener en conservarlo, y, dándose cuenta de lo
urgente de la preparación de un plan de defensa rapidísima de nuestra lengua,
la Sección Cultural recomienda la inmediata constitución de una Comisión que,
recogiendo las iniciativas expuestas en este Congreso, organice dentro del
cuadro general del fomento de la cultura vasca, con carácter de prioridad, un
programa efectivo para la salvación de la lengua vasca. Esta Comisión, una vez
formada, debe tener vida autónoma en razón exclusiva de su mayor
eficacia».
Para cumplir este acuerdo, poco tiempo después, el Lehendakari
Agirre convocó a unas cuantas personas que juzgó en principio aptas para
integrar la Comisión recomendada, a una reunión que se celebró en la Delegación
del Gobierno Vasco de Bayona; y haciéndoles la comunicación oficial del
acuerdo, instó a todos los presentes a la constitución de dicha Comisión y a
trabajar para tratar de conseguir el objetivo propuesto.
La comisión fue, en consecuencia, constituida sin dilación
alguna, nombrando como presidente de la misma al mencionado sacerdote Dr. Iokin
de Zaitegi y tomando como primer acuerdo el de celebrar una reunión mensual en
el mismo domicilio de su elegido presidente Zaitegi en Biarritz. Así, las
actividades de éste quedaron en principio bien determinadas: Presidir la
Comisión constituida y continuar la publicación de su revista
«Euzko-Gogoa», para ser su casa, abierta en Biarritz, como un centro
cultural vasco con objetivos concretos, entre los que, con se ha visto,
destacaban el fomento de la cultura vasca y el estudio de un programa que
tendiese a lograr la salvación del idioma vasco. De esta manera, se cumpliría
el acuerdo de la Sección Cultural del Congreso Mundial Vasco, y se abriría un
nuevo camino en el que el anhelo euskérico del Lehendakari Agirre pudiese
llegar a quedar satisfecho.
Las reuniones mensuales de la Comisión constituida, a la que
se le dio el nombre de «Euskal-kulturaren Alde» comenzaron
inmediatamente y se continuaron después con entera regularidad hasta que, por
fallecimiento de varios de sus miembros y como consecuencia del cambio político
que tuvo lugar en Euzkadi, tras la terminación del régimen franquista, hubo de
disolverse.
El autor de estas líneas fue nombrado secretario de
«Euskal-kulturaren Alde», y como seguía residiendo en París, todos
los meses hacía el viaje París-Biarritz para asistir a las reuniones, por cuya
razón fue testigo del gran interés con que el Lehendakari Agirre seguía los
trabajos de la Comisión, ya que siempre tuvo un empeño especial en que, a mi
regreso de Biarritz, le comunicara los detalles de cada reunión, que recogía
lleno de interés, lo mismo que cuantos proyectos y actuaciones eran elaborados
y llevados a cabo.
A
su fallecimiento, la Comisión instituyó un «Premio Agirre» para el
mejor libro de literatura euskerika que se publicase en un período de tiempo
establecido, el cual, con la ayuda financiera principal que prestaron muchos
vascos establecidos en América, fue otorgado varias veces, con el objeto
concreto también de honrar la memoria del Lehendakari, según se acordó en el
acto de la constitución del premio.
Creyendo que, acaso, puedan recogerse los datos que aquí
doy, para la publicación que se desea hacer de una biografía justa de quien fue
el primer Lehendakari del Gobierno de Euzkadi, los ofrezco gustoso a tal
efecto y para atender también al deseo que me ha sido expresado de hacer algo
en ese sentido, como una pequeña aportación mía a la exaltación de su memoria.
Hasta aquí lo que nos
escribió Andoni. No creo que ese premio exista, y es una pena que a pesar de
decir cada minuto que la cadena no se rompe, por lo menos en esto, sí. Lamentable.
He tenido la suerte de
conocer a varios de los Consejeros que acompañaron al Lehendakari Agirre en su
gobierno, personas tales como Leizaola, Monzon, Nardiz, Aznar, pero del
comunista Astigarrabia solo sabía que vivía en Cuba como profesor de marxismo
en la Universidad de La Habana.
En el viaje que hicimos en mayo de 1983 acompañando al Lehendakari
Garaikoetxea y en la cena con la colectividad vasca apareció la esposa de
Astigarrabia a quien saludamos y reconocimos, hasta que un buen día fue noticia que el único comunista que tenía este
partido en el gobierno vasco volvía y se residenciaba en Donosti y se
adscribiría a Euskadiko Ezkerra.
D. Manuel de Irujo me había hablado de él como persona a los que los
comunistas, buscando un chivo expiatorio, acusaban de la caída de Bilbao por su
“compadrazgo” con el Lehendakari Aguirre y de cómo le había pedido la
posibilidad en Barcelona de una acción para inmolarse. Irujo lejos de eso, le
buscó un refugio donde estaban fundamentalmente mujeres vascas con niños
pequeños en BercK Plage y allí estuvo escondido.
Era para mí una figura interesante a la que le tenía que preguntar
cosas y tras contactar con él, me fui a Donosti en julio de 1982 y en su casa, un piso muy pequeño en
Amara le formulé estas preguntas. Creo
tienen interés.
Comencé preguntándole por José Antonio y de cómo lo había conocido.
Astigarrabia: Tenía referencias
de Agirre muchísimo antes de conocerlo físicamente, a través de la prensa, por
sus esfuerzos, y sus trabajos, por sacar adelante el Estatuto de Autonomía y
después del fracaso del Estatuto de Estella, por la creación de un nuevo
estatuto que fuese más potable. Lo conocía y sentía de una manera somera. No
producto de un análisis científico, ni mucho menos; pero empecé a sentir cierta
simpatía por este hombre; por su esfuerzo y por el tiempo que dedicaba a lo que
él creía era su deber.
Como alcalde de Getxo, su
dinamismo me atraía mucho. Cuando le conocí ya personalmente se confirmó esta
primera opinión; por su físico con su mirada franca de águila. A medida que le
iba, tratando como jefe de Gobierno fui viendo en él nuevas cualidades. Tenía
la virtud del componedor, de aunar voluntades, limar asperezas, rebajar aristas
y hacer el conglomerado que fue nuestro Gobierno. Conglomerado de filosofía
para llegar a hacer algo verdaderamente coherente. Sobre la base de eso, la
buena voluntad de cada cual, pero además de la buena voluntad de cada cual, la
participación del Presidente que sabía aunar voluntades. Otra cualidad, era
que jamás se dejaba llevar por el desánimo; era algo exagerado el optimismo que
a uno le refrescaba muchas veces, porque en todo nuestro desafortunado período
hubo momentos de crisis y sin embargo, él siempre mantenía el mismo humor. No
tenía fluctuaciones de histerismo, de euforia. Era un carácter muy equilibrado.
Nuestra mutua estima se forjó a
raíz de nuestra convivencia en el Gobierno Vasco y de nuestras responsabilidades.
Recuerdo que una vez a un batallón nuestro se le había asignado un convento
desalojado voluntariamente (no sé si eran frailes o monjas), para dar lugar a
los batallones. Se me ocurrió pasar a las 7 de la mañana para ver cómo se
habían instalado estos batallones. Al cuarto de hora de estar hablando con
Arrastia vi aparecer al Presidente. Fue tal mi sorpresa que no se me ocurrió
decir: «Ríndanle los honores debidos», sino «buenos días, buenos
días». Me dijo: «He venido a ver qué tal están, vengo de misa y se me
ha ocurrido pasar para ver cómo se ha alojado ese batallón comunista». De
pronto, me dice: «Oiga, Asti, y ¿las imágenes que había en este convento?
¿Qué han hecho de ellas?». Le pregunté a Arrastia. Me contesta:
«Vengan Vds.». Nos llevó a un cuarto espacioso que había a la
derecha de la puerta de entrada. Ahí estaban las imágenes alineadas como
soldados cubiertas con sábanas blancas y sogas nuevas. Habían regado ya el piso
que era de tierra. Cuando vio esto, dio un suspiro de satisfacción.
Cosas como estas, ilustrativas,
como cuando fue Saseta con su batallón a Asturias, donde murió. Me sentí con el
deber de despedirles porque habíamos tenido un forcejeo fuerte y prolongado
sobre la conveniencia de ir. Los nacionalistas se resistieron incluso de que
los asturianos vinieran. Por el contrario, nuestra política era la de hacer
intercambios. Por fin cedieron. El primero que salió fue el de Saseta. Me sentí
obligado a hacer acto de presencia en la despedida de la estación, para vigilar
que se les dieran los mejores vagones y darle la importancia que tenía esta
concesión que hacía el Partido Nacionalista. Sentía que tenía que contribuir de
alguna manera. Agirre estaba allí. Me dijo: «Hombre Asti. Cómo me alegro
que esté Ud. aquí».
Estas son cosas que van forjando
una amistad. En algunas conversaciones privadas que tuvimos me contó los resultados
y argumentos que se llevaron cuando fueron al Vaticano. Y que les presionara
para que se alinearan a Gil Robles, o sea, con las derechas españolas. Me dijo «Asti,
nosotros reconocemos la autoridad del Papa, pero en cuestiones políticas,
no».
P- El 7 de Octubre de 1936
se forma el Gobierno Vasco en Gernika con un programa de gobierno. La
elaboración de este programa ¿cómo se hace? ¿Fueron las fuerzas políticas o fue
asunto del Presidente?
R.-Supongo que fue cosa del Presidente en lo fundamental. Nosotros no
colaboramos. Al contrario, se nos presentó ese programa que nos pareció
bastante aceptable, porque ante todo se preveía no sólo la situación del
momento sino la reconstrucción del País. Se le concedía bastante importancia
al problema social. No tuvimos inconveniente en aceptarlo. Ese Programa venía a
sustituir al Programa del Frente Popular, en cuanto se constituyó el Gobierno
Vasco, que era un Frente Nacional, y tengo alguna idea de que se preveía una
serie de cosas entre ellas el salario familiar. Se puso mucha atención al
problema social.
P- ¿Qué recuerda de aquel 7
de Octubre? ¿Tiene algún recuerdo especial de la Jura?
R.-El recuerdo especial que tengo es de cómo, sobre todo, los
representantes nacionalistas querían quedarse con la pluma con la cual se
firmaba, porque parece ser que la pluma estaba hecha con una rama del árbol de
Gernika y todo el mundo esperaba a ver quien era el último en firmar para quedarse
con la pluma.
P- ¿Dónde se encontraba su Consejería?
R.-Mi Departamento estaba en una antigua compañía de seguros «La
Equitativa» en el Arenal; la que tenía una cúpula encima.
P- ¿Cómo eran las reuniones
del Gobierno, sobre todo en el primer momento? ¿Se hacía más hincapié en el
tema de la guerra, en la organización de las Consejerías o en la vida política
del país?
R.-Sobre todo a la vida política del país. Al abastecimiento que era un
problema y a prevenir; a la construcción de refugios y algunas cosas de la
guerra. Había cosas que no se podían plantear ni siquiera en el Gobierno, pero
en general, hablábamos bastante abiertamente de los problemas de la guerra y
como saben se procedió a la formación del Gobierno sobre la base de derecho a
veto de cada cual, es decir, que las resoluciones tenían que ser aprobadas por
consenso o por abstención. Aquí es donde teníamos grandes peleas verbales,
sobre todo Leizaola y yo que representábamos dos extremos casi
irreconciliables; pero venía el Lendakari, se reía y a veces me daba la razón a
mí.
P- Tengo entendido que el
Gobierno le pidió a Monzón que redactara un informe sobre lo que ocurrió tras
el asalto a las cárceles y entonces el Partido Nacionalista Vasco le pidió a
José Antonio de Agirre la dimisión de Monzón. Como José Antonio no accedió a la
dimisión de Monzón, el que dimitió fue Juan Ajuriagerra. ¿Recuerda Vd. algo de
eso?
R.-No, esas son interioridades del Partido Nacionalista que no las conocí.
Lo que puedo decirle es que la última vez que estuve con Monzón fue en el año
1974 en San Juan de Luz; me invitó a comer y en los alrededores de San Juan de
Luz hablamos. Era el día precisamente de la bomba en la calle Correo. Hablamos
de muchas cosas pero no de esto. Cada partido tiene su vida propia y no se sabe
hasta qué punto se tiene toda la confianza plena en el partido.
Ahora bien una cosa que sí
justifica lo que Vd. ha dicho hasta cierto punto, puede ser el que Agirre se
negara a la dimisión. Porque Agirre se negó también a mi dimisión cuando se la
pedí; él tenía metido en la cabeza que teníamos que mantenernos unidos hasta el
fin. El Gobierno tal cual se había constituido en Gernika y había que dar
cuentas en Gernika y eso era otra de las características suyas. Hasta el día en
que la cosa era evidente, ya que los alemanes entraron por San Quintín.
Nos despedimos en la Avenida
Marceau precisamente en la puerta de la representación. Hasta ese momento este
hombre creyó que nosotros volveríamos como decía: «Iremos todos juntos,
antes de lo que Ud. cree». Le dije que quería salir ya, que no había nada
que hacer; que quería irme a América. Me dijo, «no Asti, no se
apresure». Le había pedido el permiso hacía ya un año y me había dicho:
«No, no se apure». Creo yo que él creía que en cuanto la cosa se
pusiese peliaguda en Europa, los franceses iban a invadir el País Vasco,
Nabarra y que nosotros, detrás de la cola de los franceses íbamos a ser
repuestos en nuestro país.
Creo, que alguien le había hecho
pensar en eso, pero cuando nos despedimos la cosa ya estaba perdida y no
creíamos volver a vernos. Sin embargo, tras su odisea en Berlin y su llegada a
América, en 1943 en Panamá precisamente recuerdo que cuando bajó del avión
había cantidad de gente, profesores, políticos, etc. Yo estaba un poco en la
periferia de todo el mundo, del grueso, y él con su vista de águila me gritó:
«¡Asti!». Vino entre la multitud, me dio un abrazo. Estuvo tres días
en Panamá y lo pasamos muy bien. Fue a dar una serie de conferencias.
Además había sido un cónsul
panameño el que le salvó la vida cuando estuvo por Berlín. Tenía mucho afecto a
Panamá, por eso, porque le había salvado la vida el cónsul Germán Gil Guardia
Jaén.
Pasaron tres días muy buenos. Sé
por los camaradas de Bayona que en 1945 cuando fue dio varias conferencias en
París y destacaba el carácter de que yo seguía siendo comunista. Los camaradas
de Bayona decían: «Y entonces, ¿por qué no viene aquí?» Ni siquiera
sabían que yo había sido expulsado del partido. Así que él siempre me
recordaba.
P- Uds. en tiempo de guerra
hicieron un viaje a Valencia.
R.-Sí, esto fue en relación con el general Llano de la Encomienda. Hay
aquí un problema que me hizo pensar mucho al respecto. El presidente del
gobierno español Largo Caballero no sólo prometió el Estatuto que sería
aprobado rápidamente. Creo que debía haber otras promesas verbales que hicieron
que cuando vino este nombramiento de Llano de la Encomienda como General en
Jefe de todos los ejércitos del Norte que es lo que no quería el Partido
Nacionalista. No quería perder el control de sus tropas y el nombramiento de
Jesús Larrañaga como Comisario político lo rechazaron los asturianos enseguida.
Resultó que yo planteé el
problema y dije: «Bueno ahí está, el dilema que es obedecer o declararnos francamente en
rebeldía, pero creo que sería desastroso en este momento». Me dicen.
«No, no Asti, este nombramiento no lo ha hecho Largo Caballero».
«Entonces, ¿quién lo ha hecho? Bueno y si fuera él mismo?. Yo encantado de
la vida. Y así fuimos. Efectivamente tenía razón.
Le pregunté a Largo Caballero:
«Mire camarada Caballero tenemos el problema que no sabemos si Vd. ha
hecho o no este nombramiento». Me dijo en un tono cansado. «Estoy
harto ya de hablar de esto y de negar que yo haya hecho estas designaciones; yo
no he hecho estos nombramientos». La cosa se quedó así. Y era que en aquel
momento no se aclaró nada; salvo que Largo Caballero no había hecho ese
nombramiento. Después de muchos años me enteré qué es lo que había pasado.
Resulta que nuestros ágiles
camaradas en Madrid en el momento en que Giral, sale de Jefe de Gobierno, le
meten el nombramiento de Llano de la Encomienda y el camarada Larrañaga firma
sin mirar siquiera, lo llevan a «La Gaceta» y para cuando Largo Caballero
toma posesión de la Secretaría de Guerra el Consejo de Ministros se encontró
con esas designaciones que ya estaban en curso de ejecución creando este
equívoco. Esto me hizo pensar el por qué el Lehendakari tenía esa seguridad tan
absoluta.
Como le digo, nos despedimos
cuando los alemanes entraban en San Quintín. Nos volvimos a ver en Panamá. El
recuerdo después es bastante penoso por cierto; es mi visita en el 74 a su
tumba.
P- Voy a hacerle una serie
de preguntas sobre la personalidad de todos los Consejeros del Gobierno Vasco.
Por ejemplo de Agirre ya ha hablado Vd. de él. Eliodoro de la Torre, Consejero
de Hacienda.
R.-Para mí Eliodoro de la Torre era el perfecto burócrata bancario, muy
imbuido de lo que él seguramente había visto en Inglaterra, en la Banca inglesa
de presentar a los empleados de la banca como unos señores disciplinados y muy
serviciales.
Leizaola, era con el que más
discutía yo. Siempre sacando historias, cogiendo un libro, y abriéndolo por la
mitad.
Con Monzón, las relaciones eran
muy superficiales, aunque con él no había enfrentamientos. Nos tuteábamos,
sobre todo después de nuestra intervención en la normalización tras el asalto
a las cárceles, pero me pareció un hombre un poco hueco en el aspecto
intelectual. Esto se confirmó la última vez que estuve con él en San Juan de
Luz, cuando me dijo: «yo soy un hombre de un sólo libro». Le
contesté: ¿»y está metido en los asuntos de la Universidad Vasca? Vd. cree
que la cultura de una Universidad puede resumirse en un solo libro? En fin.
Con Aznar tenía la relación que
llevábamos con los socialistas, un poco de pique, un poco considerarnos hermanos,
del mismo tronco pero al mismo tiempo rivales. Sobre todo aquel mala uva de Toyos
muy inquieto, muy eficaz y que era muy gritón, tan pequeño como gritón ya que
porque era pequeño tenía que gritar más que nadie. Nardiz una buena persona y
de Gracia no digamos. Había nacido para patriarca y no para recibir estos
empujes del destino, y encontrarse con cuadros tales como el que le encargaron
los socialistas cuando enviaron a Juan Gracia, que era precisamente el más sensible a
todas estas cosas del asalto en vez de enviar a otra persona con más empuje.
Podían haber enviado por ejemplo, al mismo Aznar que era el más joven de ellos.
Ramón Aldasoro, era de Izquierda
Republicana. Había sido gobernador de Gipuzkoa precisamente cuando yo
capitaneaba a los pescadores de Pasajes, en la marcha sobre San Sebastián,
cuando tuvimos ocho muertos y ocho heridos graves. Sin embargo, nuestras
relaciones, aunque un poco tensas eran corteses; no dejo de reconocer que era
un hombre muy eficiente porque organizó el abastecimiento muy bien y puedo
decirlo porque estuve en París cuando se preparó el abastecimiento y durante 15
días fue un barullo que no lo entendía nadie. Sin embargo nosotros establecimos
el abastecimiento precisamente con la eficiencia de Aldasoro de una manera muy
normal y rápida que cubría por lo menos las necesidades mínimas de la guerra.
Especialmente por el heroísmo de hombres como Lezo que me decía precisamente
en el año 74 cuando me vio en Bayona «te vamos a secuestrar, tu no
regresas más a América, tienes que quedarte aquí». Ese hombre rompió el
bloqueo cantidad de veces.
El consejero de Sanidad Alfredo Espinosa,
es con el que menos relaciones tenía; el pobre hombre fue traicionado por el
aviador Yanguas que aterrizó en Zarauz. No puedo decir gran cosa más que eso.
Se dedicaba a la salud pública, no sé hasta qué punto tuvo acierto, porque
también el problema de salud pública no era solamente un problema de población
civil sino población militarizada. Preparar camas para heridos y todas esas
cosas. No puedo decir nada más. Su carta de despedida es memorable y denota su
hombría de bien.
P- ¿Cada cuánto se reunían
en el Gobierno?
R.-Cada semana por lo menos una vez, y a veces comíamos juntos.
P- ¿Asistían a las reuniones
los secretarios?. ¿Aprobaron el himno y la ikurriña?.
R.-No, ni se levantaban actas. Cada cual se hacía cargo de los acuerdos
que le afectaban a él o a su Departamento. Por eso no consta el famoso acuerdo
del himno.
¡Ah, bueno! Le puedo decir que
cuando se planteó el tema del himno fue en las primeras reuniones que tuvimos.
No sé si fue Leizaola el que la propuso. Y se aprobó. Yo me callé. En primer
lugar bajo mi punto de vista en aquel entonces yo tenía mi himno, la
«Internacional»; nosotros estábamos muy lejos de considerarnos
demócratas. Ni mucho menos. Seguíamos ese impulso de Lenin que fue antidemocrático
hasta el fin de sus días y del cual heredamos esa tendencia a despreciar la
democracia hasta que vino el fascismo y nos demostró que la democracia era
necesaria, pero en aquel momento esperaba otra cosa. Personalmente deseaba que
se tomara como himno nacional el «Gernikako Arbola» por su
contenido, porque ya estaba arraigado en el país y porque como decía el
historiador portugués que el único himno digno de ser cantado en la Península
era el «Gernika’ko Arbola».
Pero bueno, nadie dijo nada y quedó aprobado
por unanimidad puesto que no hubo oposición. Entonces viene Nardiz, que era con
quien yo tenía más estrechas relaciones. Nacionalista, un poco socialista tratando
de conectar lo nacional con lo social, me dice: «¿Por qué no has
hablado?». Le digo: «Y por qué tenía que ser yo el que hablara».
Yo tengo mi himno sagrado que es la «Internacional», eras tú quien
debería haber hablado, tu o Aldasoro, o cualquier liberal burgués, era quien
debería haber hablado reivindicando el «Gernika’ko Arbola» como himno;
esperaba eso». «Tú por qué esperabas que yo hablara», le
pregunté. «Hombre como tú eres siempre el que marcas la pauta». Le
contesto, «no, no, no, déjate de tonterías, aquí os correspondía a
vosotros tomar la palabra».
Sin embargo la ikurriña fue una
propuesta del socialista Santiago Aznar a cuenta del problema que tenía con los
barcos. Los barcos tenían cantidad de banderas, y entonces propuso la ikurriña
como una especie de enseña que estaba asumida más o menos por el pueblo.
Bueno, la ikurriña siempre la he
aceptado como cosa natural y no recuerdo que hubiera pelea por ella porque en
realidad, había sido aceptada ya por el pueblo.
P- ¿En el año 1956 José
Antonio de Agine le invitó a Vd. al Congreso Mundial Vasco?
R.- En aquel entonces yo
estaba en Panamá completamente aislado. El Delegado del Gobierno Vasco que era
un alavés, Mendoza Garayalde, muy buena persona, había muerto ya. No tuve
conocimiento de esta invitación.
P- A José Antonio de Agirre
Vd. le vio en algún momento abatido, decaído.
R.-No. Precisamente le he dicho que nunca le vi con cambios; podía en
algún momento decir «mecachis» pero de ahí no pasaba; luego igual se
sonreía y decía «¿qué le parece a Vd., Asti?». Un carácter muy, muy
igual. Sin altibajos.
P- Desde que Vd. sale de
Bilbao va a Santander, tiene problemas con su partido, luego Vd. pasa a
Valencia y de Valencia a Barcelona.
R.-Me expulsaron en Valencia y ante el temor de que me pasara algo me
dice mi mujer: «vete a casa de tu hermana (yo tenía una hermana en
Barcelona) mientras arreglo la venta de los muebles, lo poco que tenemos
aquí». Efectivamente me fui a Barcelona. Y sé según me dijo mi mujer que
Jesús Larrañaga después de regresar del
Norte donde había ido a informar de los motivos de mi expulsión, andaba
buscándome por Valencia justamente para darme una explicación. Yo a Larrañaga
lo consideraba como un hermano y lo sigo considerando como un hermano. Lo que
él hizo, lo hubiera hecho yo en su caso. En caso de que las cosas hubieran sido
al revés, hubiera obrado igual que él. Así que no tiene que darme ninguna
explicación.
P.- Luego Vd. de ahí va a
París.
R.-No, me quedo en Barcelona. En una ocasión en que estaba esperando a mi
mujer que había ido al servicio de abastecimiento para los vascos, ya que
teníamos nuestro propio abastecimiento cedido a Dios gracias por la Generalitat
en Cataluña, se me acercó un individuo a quién conocía, un comunista de Madrid.
Me dijo: «¿Qué hace Vd. aquí?». «Y a tí qué te importa qué hago
yo aquí». «Es que soy policía». «Bueno y qué». «A
ver la documentación». «Tú me conoces muy bien a mí, como te conozco
a ti, pero mira», y le enseño mi carnet de Consejero. Se quedó
desconcertado. Y de pronto alcé la vista y vi a Ramón Ormazabal en el quicio de
una puerta. Era él quien lo había enviado. Se lo conté a Nardiz. «Esto
está mal Asti, voy a pedir protección para ti». Al socialista Paulino.
Había dos, Paulino el bueno y Paulino el malo.
Paulino Gómez Beltrán y Paulino
Gómez Sáez.
Le recordé que al principio,
antes de nombrarse el Gobierno Vasco, había pertenecido a la Junta de Defensa
con Paulino que estaba allí ahora como Ministro de la Guerra y era uno de los
Paulinos (no sé si era el bueno o el malo).
En fin le hice algunas críticas y por eso
habíamos peleado bastante. Me daba la impresión de ser un hombre vengativo.
Por eso le dije a Nardiz que me parecía que era mejor no tocar el problema con
Paulino: «Sí, pero se lo voy a decir, porque tú estás mal así». La
cosa es que el hombre se negó en redondo a darme protección alguna y a mí me
consta porque parece ser que también el Partido Nacionalista también tuvo
algún problema con él.
Querían abrirle un expediente. Yo
en alguna declaración que hice casi apoyaba la necesidad de un expediente, pero
sin meterse mucho a fondo. Total que el hombre me tenía rencor y se negó a
facilitarme ninguna clase de vigilancia. Entonces el Gobierno Vasco decidió
que fuera a Caldetas, a 30 Kms. de Barcelona, donde se habían refugiado todas
las embajadas y representaciones extranjeras y que además tenía la ventaja de
recibir periódicamente la harina necesaria para hacer el pan.
En fin que ahí estuve hasta que
Irujo me avisó un día. Primero se fue mi mujer a Berck Plage. Al día siguiente
vino el coche y llegamos a la frontera de Portbou en Francia y con él pasé la
frontera. Me llevó hasta Bayona. Después de Bayona fui a París donde se
encontraba el Gobierno Vasco esperándome en pleno. Comimos juntos todos. Le
había dicho a Agirre que quería presentar mi dimisión allí: «Olvídese de
eso, no tenga Vd. tanta prisa. Si vamos a regresar a Euzkadi antes de lo que
cree Vd., y además todos juntos, todos en bloque».
P.- La última vez que le vio
¿fue en Panamá?.
R.-Sí, allí fue. Luego me fui a vivir a La Habana.
P- ¿No le volvió a ver más?
R.-No, porque estuve en Panamá 21 años y cuando salí de Panamá fue para ir
a Cuba donde he estado 20 años. Pasé 41 años en los trópicos.
P- Se ha habituado Vd. a la
vida de aquí en la actual Euzkadi.
R.-Sí. Me voy habituando; sobre todo a estos inventos de la tecnología
moderna, al portero automático éste. Nosotros en Cuba nos hemos quedado
estancados, aislados completamente, y de los países socialistas no vienen esas
cosas. Estoy hecho un poco salvaje. Le digo a la patrona y a los camaradas que
muchas veces no me atrevo a salir a la calle pues no sé si sabré volver ya que
me encuentro que hay que tocar una serie de botones y cosas para entrar en la
casa.
P- ¿Tiene a su familia en
Cuba?
R.-Tengo la mitad de la familia en Panamá. Los dos tercios y un hijo
casado en Cuba. Tengo tres nietos panameños y tres nietos cubanos. Los
panameños, el uno ya se ha casado con una mormona en la Ciudad del Lago Salado.
El mayor se va a casar pronto, es licenciado en físico-química y ahora está
estudiando ingeniería industrial. La otra se licencia este en odontología.
P- ¿Qué fue Agirre para
usted?
R.-El que concretó en su persona, no sólo la obtención de la autonomía y
otras cosas, sino la unidad del pueblo. Porque el primer Gobierno autónomo fue
en realidad un Gobierno de unidad nacional.
Hasta aquí la entrevista a Juan Astigarrabia,
un gipuzkoano luchador, enjuto y amigo de José Antonio. Le volví a ver en el
edificio del Gobierno en Lakua cuando presentamos el libro en homenaje a
Eliodoro de la Torre, Consejero de Hacienda. Él y Leizaola nos hablaron del
primer gobierno, de su unidad y del carisma del Lehendakari. Toda una historia.
En su día leí algo que
cuento en la presente crónica sobre la presencia del Lehendakari en el hotel
Waldorf Astoria durante la guerra mundial y de cómo había pronunciado un discurso
ante el Comité del Premio Nóbel. Aquello me había impactado pues el que el
presidente de un país perseguido y que había perdido una guerra fuera tan
respetado como para buscar su opinión y considerar que su palabra les
interesaba me gustó mucho como vasco. Son
cosas que te suben la moral, por lo que la primera vez que fui a Nueva York, amén
de visitar los lugares emblemáticos, quise ir al hotel Waldorf Astoria una de
las referencias mundiales en hostelería de lujo.
Y allí fui como mi hermano Jon en un viaje en que íbamos casi de
mochileros, por lo que entrar en aquel
templo de lo exquisito, imponía. Entramos, vimos su imponente hall y nos fuimos
al bar central a tomarnos una coca cola. El camarero nos miró con cierta
distancia pero estar allí como si fuéramos los Rockefeller me sirvió para
meterle la chapa a mi hermano menor sobre la importancia que había tenido el
Lehendakari Aguirre en aquellos años boreales para haber estado allí.
Y es que el 27 de Agosto de 1941, después de 24 días de navegación,
llegaba a Río de Janeiro el doctor José Andrés Álvarez Lastra y su familia a
bordo del mercante sueco «Vasaholm». La irregularidad de su situación
le empujaba a abandonar el Brasil cuanto antes. Su llegada era conocida en
Nueva York y en Buenos Aires por sus amigos. Pero guardaban todos, un secreto
absoluto, porque una indiscreción podría causarle perjuicios por tratarse de
un caso de falsedad de documentos para encubrir la personalidad del Presidente
Vasco.
Nada más llegar le comunicaron al Lehendakari una grata noticia. Mr.
Stevenson, a quien conocía de la guerra en Euzkadi ya que había sido cónsul en
Bilbao y a quien había escrito una carta a Moscú, estaba de Cónsul General en
Río de Janeiro. Cuando le visitó lo reconoció a pesar del bigote. Los dos hombres
se estrecharon en un abrazo emocionado. Por medio de él llegó a la embajada de
los Estados Unidos en la que le pareció al Dr. Álvarez necesario y correcto
explicar su situación. Como no tenía documentos que acreditasen que era
verdaderamente Agirre, Stevenson los suplió. Fue acogido con verdadera
simpatía. De la embajada quedaron en avisarle tan pronto como recibiesen las
instrucciones de Washington.
Pasaron unos días. Le llamaron de Nueva York por teléfono. Llegaba la
noticia que le habían anunciado. Había sido designado para explicar una
cátedra en la Universidad de Columbia.
Aquel mismo día le llamaron de la embajada estadounidense, porque el
embajador señor Caffery quería tener una conversación con el Presidente
perseguido. En la reunión le comunicó que acababa de recibir instrucciones por
las cuales le había sido concedida, así como a su familia, la residencia
permanente en los Estados Unidos. Le felicitó asimismo por su designación en la
Universidad de Columbia.
Al Lehendakari le pareció que el mundo había dado la vuelta.
En los Estados Unidos Agirre escribió su libro «De Gernika a Nueva
York pasando por Berlín» donde contó las peripecias de su huida por la
Europa ocupada por el nazismo alemán. Termina su narración con un importante
llamado al que denominó «Mensaje de Gernika a las Américas». A pesar
de estar dirigido a aclarar posiciones y puntos de vista determinados de aquel
momento político, conserva hoy, en los aspectos fundamentales, una
extraordinaria vigencia. Ojalá no esté lejano el día en que con este libro publicado por la
editorial vasca EKIN se haga el guión de una película llena de aventuras y de
diáfano mensaje de las ideas allí explicadas.
En marzo de 1943 el interés por los problemas de la Europa en guerra
seguía creciendo en los círculos políticos, intelectuales y económicos del
país. Ya empezaba la preocupación de lo que había de realizarse el día de la
restauración de la libertad en la sociedad de la post-guerra.
Y se trabajaba pensando en el futuro. Con este fin se constituyó en New
York una oficina de «Ayudas y Restauración de Europa” después de la
guerra. La dirección de ese organismo fue puesta en manos del ex-Gobernador de
New York, Lhemans, uno de los hombres de confianza del Presidente Roosvelt.
Técnicos de todas clases eran preparados para esa compleja labor. Las
Universidades principales fueron encargadas de esa misión, y con ese objetivo
desfilaron por esas aulas todos aquellos técnicos o personalidades que podían
orientar sobre los problemas europeos.
En la Universidad de Columbia bajo el título de «Internacional
Administration» funcionaba uno de esos gabinetes de preparación. El 11 de
Marzo de dicho año correspondió al Presidente Agirre dictar una conferencia
sobre los problemas benéficos y religiosos en Europa con relación a las ideas
totalitarias y los diferentes problemas nacionales de Europa.
Habló Agirre durante una hora y, durante tres cuartos de hora más
contestó a las diferentes cuestiones que se le plantearon.
Fue despedido con una prolongada ovación —a pesar de la naturaleza
técnica del lugar y de la materia— y recibió una carta de la Dirección de dicho
Instituto que comenzaba así:
«Deseo expresarle mi profundo agradecimiento por la interesante
conferencia que dio Vd. ayer a nuestro grupo. Estos señores han venido oyendo
durante los últimos seis meses, a varios oradores, pero puedo asegurarle, y con
ello no exagero, que ninguno ha tenido una acogida tan entusiasta como la
suya. Varios miembros del grupo han venido a visitarnos con el especial objeto
de expresarnos su gratitud por la oportunidad que han tenido de oírle a Vd. En
resumen, varios de ellos han manifestado su deseo de tener otra oportunidad de
entrevistarse con Vd., con objeto de hacerle preguntas sobre determinados
asuntos que les interesan».
En la misma carta solicitaban de Agirre nuevas conferencias que fueron
pedidas por los técnicos que asistieron en la mencionada.
También recibió el Lehendakari una afectuosa invitación del Conde
Coudenhove-Kalergi para que asistiese al Congreso de Pan Europa que se iba a
celebrar en los salones de la Universidad de New York al poco tiempo.
La organización de Pan Europa fue creada en 1923 por el Conde
Coudenhove-Kalergi. Fue Presidente de Honor de la misma el gran Arístides
Briand y contaba entre sus asociados a la mayoría de los políticos más
destacados de la época entre ellos a Churchill, Edén, Benes, etc. Durante el
período de la amenaza nazi y de la tímida política de apaciguamiento de las
enclenques democracias el deseo de la Federación europea sufrió un gran
quebranto. Pero la guerra y la preocupación del futuro dieron un impulso a la
idea y una fuerte autoridad a la organización.
Por aquellos mismos días se recibió en la Delegación del Gobierno Vasco
de Nueva York, la visita de una Comisión de Periodistas uruguayos en viaje
oficial por los Estados Unidos, donde habían recorrido y visitado diversas
instalaciones de guerra. En la visita a la Delegación rogaron al Presidente
Agirre unas palabras de saludo para el Uruguay que fueron retransmitidas por
radio aquella misma noche en la emisión especial que los periodistas uruguayos
tenían concedida todos los días de su estancia en los Estados Unidos.
Ante el Comité Americano del
Premio Nóbel
A finales de 1944 la II Guerra Mundial parecía estar tocando a su fin.
El avance aliado en toda Europa pronosticaba la estrepitosa caída de un Reich
que según los nazis iba a durar mil años pero que en ese momento amenazaba
ruina inminente.
Las posibilidades de un cambio en la Península Ibérica se acentuaban y
el mismo franquismo trataba de capear el temporal que se le venía encima
cambiando su agresivo lenguaje y haciendo concesiones a las «decadentes
democracias».
José Antonio de Agirre creyó llegar el gran momento para el pueblo
vasco. Después de años de espera y lucha se abrían nuevamente las posibilidades
para los vascos. Su trabajo, ya considerable de tiempos atrás, se vio
recargado como consecuencia de las inquietudes que en víspera ya del fin de la
contienda internacional, suscitaba el mundo de la postguerra.
Sus días eran de
agobiadora intensidad. El 10 de Diciembre de 1944, después de las obligadas
clases de su cátedra en la Universidad de Columbia, hizo uso de la palabra en
la Universidad de Nueva York exponiendo una interesante tesis sobre la
influencia de las dictaduras en el continente americano. A continuación
participó, juntamente con las personalidades más relevantes del mundo
intelectual, en un trascendental acto organizado por el «The América Nobel
Comitee» para celebrar solemnemente el cuarto aniversario de las
actividades de dicha entidad.
Efectivamente, el «The América Comitee» fue fundado el año
1941 como consecuencia de la suspensión en Europa del Comité encargado de
adjudicar los premios a las mejores obras merecedoras del galardón establecido
por el filántropo Nobel. Desde ese mismo momento, en las mismas fechas en que
los tribunales de Estocolmo y de Oslo acostumbraban reunirse para decidir
respecto al valor y derecho a premio de los trabajos en competencia, se reunía
en Nueva York el «The America Nobel Comitee» para recordar la
institución creada por el insigne hombre de ciencias sueco, proclamando que su
internacionalismo y sus afanes intelectuales por la paz, el trabajo y el
progreso no habían sido olvidados a pesar de la guerra. Y así, anualmente, se
celebraba un acto, en él participaban las más destacadas personalidades de la
cultura en sus diferentes manifestaciones.
En el cuarto aniversario, los vascos tuvieron la satisfacción de ver
cómo los esfuerzos de su Presidente, eran debidamente apreciados. El hecho de
la presencia de un líder en exilio, como lo era Agirre, requerido para
intervenir en el acto, constituyó una honrosa distinción, para su persona y
para la causa que representaba.
Los oradores, que según su especialidad o preocupación privativa
sirvieron al tema «Educación para la paz en el mundo de la
postguerra», fijado previamente como obligación, fueron los siguientes:
Sigrid Undset, Premio Nobel de Literatura 1918.
Sir Norman Angel, Premio Nobel de la Paz 1933. Doctor Halvdan Koht,
antiguo Primer Ministro de Noruega y Premio Nobel de la Paz.
Doctor Jhon V. Studebaker, subsecretario de Educación de los Estados
Unidos.
Doctor José Antonio de Agirre, Presidente del Gobierno Vasco en el
exilio, y profesor de la Columbia University. Waldemar Aempffert, editor de
Ciencia del «New York Times».
Doctor Hemrik Dam, premio Nobel de Fisiología 1943. Doctor Edward A.
Doisy, premio Nobel de Medicina 1942.
Doctor Herbert Casser, premio Nobel de Física 1944.
Doctor Isidor Rabi, premio Nobel de Física 1927.
Hon P. Williams
Fulbright, senador por Arkansas y autor del «Fulbright Resolution».
Ken Cooper, director de la Associated Press.
Edgar Cobac, Presidente de la Mutual Broadkasting Sistem.
Darril F. Zanuck, productor de la renombrada película
«Wilson».
Los discursos fueron radiados y recogidos en discos. Estos, además de
su aplicación para la película que se filmó, sirvieron, según propósito del
Comité organizador, para presentarlos a los tribunales Nobel de Estocolmo y
Oslo en testimonio de afecto al Organismo Internacional instaurado por el
químico sueco y también como una serie de valiosas opiniones y resoluciones,
demostrativas de la preocupación de la época en los medios intelectuales
surgida por la necesidad que tenían de adoptar para el futuro enérgicas
medidas encaminadas a evitar las guerras. Como se sabe, esta preocupación
constituyó la postrera obsesión del donante.
Más de 1.500 personas llenaron totalmente los amplios y lujosos locales
del Bellvedere Room del hotel Astoria. Allí se congregó lo más distinguido en
ciencia, arte y política de la cosmopolita ciudad de Nueva York y sería inútil
registrar nombres prestigiosos, pues su enumeración obligaría a extendernos demasiado.
Sí queremos consignar con satisfacción que el Lehendakari Agirre llamó
poderosamente la atención del auditorio, como quedó demostrado por el hecho de
que se le tributara el más caluroso de los aplausos al terminar su discurso, cuyo
motivo central fue la defensa de la libertad de los pueblos y de los
individuos, grandes o pequeños, como único medio para determinar en todos un
sentido de responsabilidad, sin la cual no caben conciertos individuales no
colectivos y sí el fascismo y la esclavitud.
Es una bonita y desconocida historia
de prestigio que conviene recordar.
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