El primo pirata del Lehendakari Agirre y su exquisito Delegado

Miércoles 8 de abril de 2020

Hay temas que dan para varias películas porque hay historias vascas desconocidas que merecen o un libro, o un documental o una serie porque además, se trata de gentes que sirvieron a una causa como el de la libertad en tiempos de guerra. Se trata del primo del Lehendakari Agirre, Juan Gómez Lekube, más conocido como el Cojo Gómez, que fue todo un pirata en los mares, ríos y lugares de contrabando entre Colombia y Panamá y que gracias a la fidelidad a su primo y al Delegado del Gobierno Vasco en Colombia, Francisco Abrisketa, que tenía una red de informadores de curas, monjas y misioneros dominaron toda esa zona vital con información hacia los aliados. El Cojo Gómez y el Lehendakari ilustran la cabecera de este trabajo. Se diría que tienen un aire.

De esa historia me habló mucho Patxi Abrisketa, un abogado economista egresado en Deusto, que fue muy activo en la Juventud Vasca de Bilbao en tiempos de la República y en tiempo de guerra fue el encargado de las industrias movilizadas y que, exiliado en Colombia fue el Delegado de Aguirre antes de irse a Washington a trabajar en el Banco Interamericano de Desarrollo, el servicio de  Estadística de la OEA, y a su vuelta a Colombia, profesor en varias universidades en Bogotá, creador de la cátedra de estadística de este país, miembro de la Sociedad Bolivariana y con una Biblioteca  vasca que llenaba su casa de Bogotá. Allí le conocí al presidente Virgilio Barco, que era su vecino y quien me habló de sus parientes enterrados en la Catedral de Santiago siendo asimismo Patxi el hombre clave para abrir puertas cuando en mayo de 1983 organizamos tres días de estancia del Lehendakari Garaikoetxea, con visita al Palacio de Nariño donde le recibió el presidente Belisario Betancourt.

Patxi era la llave de todas las puertas. Y era la memoria histórica. Había hecho lo mismo cuarenta años antes, en 1943, cuando el Lehendakari Agirre visitó Bogotá y fue recibido por el presidente López Pumarejo, ese señor alto de la foto, y por el ex presidente Eduardo Santos, ese señor al que el Lehendakari Agirre señala junto a la esposa del escritor Germán Arciniegas, Dña. Gabriela en una comida oficial. Y es que los dos viajes fueron de primerísimo nivel, porque hay que decir, además que la presencia vasca en Colombia, sobre todo en el Departamento de Antioquia, es muy señalada.

Hablar pues con Patxi y organizar cosas con él era un gusto y un aprendizaje. Lástima que no haya hoy hombres universales como aquellos y con vidas tan interesantes e intensas.

En 1982, miembros de la Colectividad  Vasca auspicia­ron la traducción al euskera de «Crónica de una Muerte Anunciada» de García Márquez, bajo el título de “Heriotza Iragarritako Baten Kronika». Allí estuvo Patxi con el editor Katarain, el de la “Oveja Negra”, moviendo el cotarro.

Como he comentado, se daba entonces la particularidad de que en Bogotá existía una de las bibliotecas privadas vascas más extensas, en la cual se guardaban por encima de 9.000 libros, folletos y publicaciones sobre temas vascos. También era muy valiosa la colección de libros sobre Euzkadi que tenía en la capital de Colombia el aboga­do gasteiztarra, José Luis de la Lombana. De este personaje, con Josu Erkoreka editamos un libro con su intervención  en Nueva York contra la guerra civil española en el Madison Square Gardens, contextualizando el momento.

El gobierno vasco nacido en 1936, tuvo su Delegación en Colombia. Por este orden, fueron delegados Francis­co de Abrisqueta, Andrés Perea Gallaga y Fernando Irusta. La delegación canalizó, a través del gobierno de Aguirre, valiosos servicios indirectos en la II guerra mundial, que contribuyeron a la custodia de zonas estratégicas del área geográfica del Caribe y del Pacífico colombiano y panameño.

A estas labores contribuyó una figura vasca de aventura y leyenda. Luis Gómez Lekube, getxotarra. Su vida de bucanero, de corso del siglo XX ha dado lugar a  varios libros y a una  biografía en inglés («A Wanted Man El Cojo Gómez in Colombia», by Kay Hummel).

El «Cojo Gómez», que cojo era desde que los carabineros colombianos le partieron de un bala­zo una rodilla, dominó por años las selvas impenetra­bles del Chocó que separan a Colombia de Panamá. Dominó por la violencia de sus armas, los nudos que desarrollaban sus embarcaciones contrabandistas rápidas («Euzkadi» iba a llamarse el yate panameño que pilotaba en aguas del Pacífico) y la lealtad de los cholos, los indios cunas, que le creían invulnerable a la metralla. No así de los negros moradores de case­ríos costeros. A tres «morenos» los compraron para que ultimaran a Gómez Lekube en un playón de pes­cadores y lo echaran al mar, el de sus travesías de matute, al mar que lo tragó como a pirata del siglo XVIII en algún ataque a Portobello o Cartagena de Indias.

Porque conocía de a pie la jungla y por lancha las bahías, le llamaron cuando los dos países fronterizos convinieron sus límites entre manglares y ciénagas, y cuando se trató de vigilar el canal panameño de los submarinos alemanes y de las radios japonesas. Tre­ce expedientes judiciales a un lado y otro de la frontera le fueron sobreseídos al Cojo Gómez, el contra­bandista sigiloso, querido, temido y odiado, el pirata de las dos costas, la colombiana y la panameña, para que así se aviniera a prestar un servicio dentro de la ley, cuando otro Lekube, suu primo, le pidió que ayude a la causa aliada: «Por Euzkadi, lo que me pidas».

En 1942 hizo una visita oficial a Colombia, el presi­dente José Antonio de Aguirre. Era parte de una larga gira por Sur América que tuvo notable resonancia política. Su presencia constituyó un verdadero acontecimiento que atrajo a lo más selecto de los dirigentes y del estudiantado bogotanos a sus conferencias del Teatro Colón y de la Universidad Nacio­nal. Las autoridades dieron al presidente vasco altas distinciones protocolarias, entre las que no faltó la invitación en Palacio a la mesa del presidente Alfon­so López Pumarejo.

Es una pena que guionistas, directores y productores vascos no conozcan estas historias  que bien merecerían que las viésemos todos en pantalla pues son cosas que ocurrieron y que tenían el móvil de la defensa de los intereses vascos. Si conoce alguno, hágasela llegar por favor.

De Areilza, el gran camaleón, a Agirre el líder con principios

Martes 7 de abril de 2020

Se perfectamente quien fue José María Areilza. Lo digo para anticiparme a cualquier crítica en relación a juntar dos personalidades tan distintas como Aguirre y  quien fuera el primer alcalde de Bilbao tras la ocupación militar. Con Josu Erkoreka escribí un libro, ”Dos Familias Vascas” y a mí me tocó estudiar a Areilza, un personaje del mundo de Neguri y con un pasado siniestro y a quien conocí, aunque previamente supe de él, no solo por el discurso criminal del Coliseo Albia en 1937, sino lo que me contó D. Manuel de Irujo y que luego se ha hecho viral, como se dice ahora.

Irujo estaba harto de que tanto Areilza como Dionisio Ridruejo, dos ex falangistas, fueran a finales de los sesenta los abanderados de la democracia en España, y, ¿qué hizo cuando le pidió estar con él?. Muy sencillo. Reprodujo el texto de la intervención de Areilza en el Coliseo y luego le recibió tras escribir un artículo con ese impactante y descriptivo título. ”Los conversos a la cola”.

Posteriormente le conocí a Areilza cuando quiso mediar con ETA y tras varias entrevistas con Xabier Arzalluz y Gorka Agirre y, asimismo, cuando quiso desmontar la casa Torre de Zamudio y llevársela a Madrid, cosa que impidió una pareja activa de afiliados al PNV. Posteriormente hablé varias veces con él en distintas reuniones y en una le dije iba a reproducir en un libro su semblanza de Agirre, cosa que agradeció, pero al poco me escribió una carta diciendo si podía cambiar una frase de la parte final del trabajo. Donde ponía que Aguirre se había equivocado quitar esto y poner lo que leerá usted a continuación. Previamente en el centenario de  Sabino Arana  en 1965 había redactado un folleto sobre Sabino  porque él, que era muy listo, captó en su anemómetro que con semejante pasado como el que tenía al servicio del régimen no tenía lugar en la democracia y como buen camaleón hizo todo lo posible para que nos olvidáramos sobre quien había sido.

He elegido estas fotos tan significativas. La del Lehendakari Agirre en Lehendakaritza, con Basaldua y Rezola, una presidencia que estaba en el hotel Carlton, y la otra, la foto de la ignominia que tuve que comprar la de Areilza bajo el balcón del hotel. Caído  Bilbao, el trofeo que le supuso a Areilza como alcalde franquista ir al Carlton, previa eliminación del cartelón de Lehendakaritza y sacarse una foto vestido de falangista y levantando el brazo. Ere era Arteilza, pero también lo que escribió sobre José Antonio en su libro, ”Así los he visto”. Es largo pero es bueno. Decía así:

«Me unían con José Antonio de Agirre relaciones de buena vecindad. Vivía yo desde 1932 en un barrio residen­cial de Getxo, cercano al Abra de Bilbao. José Antonio tenía su domicilio a pocos metros de mi casa y utilizaba el mismo tren suburbano, esperándolo en idéntica estación. Nuestra parroquia común era obligada plataforma de coin­cidencia dominical. El Párroco, don Ignacio, aunque de fi­liación carlista, mantenía hacía los feligreses una actitud de­cidida de neutralidad católica. Eran los años de la República y de la polémica antirreligiosa. José Antonio había pasado de la Alcaldía de su pueblo, para la que fue elegido el 14 de Abril en nutrida votación, a ocupar un escaño en el Congre­so como diputado de Bizkaia por el distrito rural. Había si­do, además, elegido por Nabarra. Era ya conocido en las Cortes por sus intenciones vasquistas y también por su ro­tunda postura frente al anticlericalismo del Gobierno, en lo que coincidían sus esfuerzos y discursos con el resto de la lla­mada minoría vasconabarra en la que se alineaban carlistas y monárquicos nabarros y alabeses. En las fiestas de mayor relieve, como Semana Santa o Corpus, el palio de honor de seis varas era repartido por el párroco con hábil zorrería. José Antonio Agirre y yo llevábamos las varas delanteras; yo a la derecha y él a la izquierda. Decían las malas lenguas que las otras cuatro iban a parar a un consejero de cada uno de los Bancos locales entonces en abierta rivalidad y a dos fe­ligreses de la zona campesina, uno carlista y otro nacionalis­ta, dando así un perfecto equilibrio al que llamaban palio de la coalición. Después de la ceremonia solíamos reunimos un rato en la sacristía y entre bromas y veras anudamos él y yo una normal y civilizada relación de amistad a pesar de nuestras bien distintas actitudes políticas.

Eran los tiempos en que Vizcaya se había incubado, len­tamente, la atroz tragedia que estallaría después. Todavía la convivencia humana predominaba sobre la pasión política. Aún los valores de la formación religiosa indiscutida de un gran sector de la opinión pública del País, la del nacionalis­mo vasco, lo definían como un movimiento de la derecha católica, de inspiración democrática, con fuerte y acusado sentido de avance social. En el derrumbamiento del 31, el nacionalismo salió reforzado con numerosos avances electo­rales en los municipios de la provincia. José Antonio pensó en aprovechar aquél triunfo para arrastrar a los demás sec­tores de la derecha burguesa asustada y desalentada, al reco­nocimiento de una plataforma común en la que junto con la confesionalidad católica y la defensa del orden social se reivindicara un estatuto de autonomía para la región vasco-nabarra. Tomó Agirre la iniciativa del proceso, junto con otros tres alcaldes de elección popular en Estella, en cuya plaza de toros tuvo lugar la proclamación del proyecto que se denominó más tarde con ese nombre. Carlistas y Monár­quicos fueron en conjunción estrecha con los nacionalistas a ese combate en que se buscaban también objetivos diferen­tes. Los unos trataban de encontrar aliados para acabar con la República; los otros, de poner un valladar a la marea an­tirreligiosa; los de más allá, de sumar adictos al propósito de la autonomía regional.

Es difícil de explicar ese clima a los que no lo hayan vivi­do» Yo fui testigo del acto de Estella, pintoresco, popular, ferviente, con sus desfiles municipales por el ruedo en un abigarrado y contradictorio folklore en que se exhibieron banderas de toda clase, menos de la República, y en la que Agirre y seis oradores más hablaron en términos, a veces tan distintos y hasta contrapuestos, que no se definía bien cuál era el denominador común. En aquellos mismos días hubo otro acto, en Gernika, multitudinario. Agirre habló sobre autonomía y estatuto en su estilo peculiar, premioso y fogo­so a un tiempo. Luego hablaron un carlista y un integrista; notable personaje de larga proyección ulterior el primero; canónigo de futura promoción episcopal el segundo. El tradicionalista, llevado a su pasión en la defensa del orden reli­gioso amenazado, habló literalmente de «cortar las amarras» con el resto de España, si la península se empeña­ba, mayoritariamente, en darse una República laica, anticle­rical y atea. Y de hacer en el rincón pirenaico euskeldun, una tierra católica, derechista, con un concordato particular negociado con Roma. Todo ello entre el delirante entusias­mo de la multitud. El canónigo, castelarino en su estilo, tampoco se paró en barras. Calificó con el mejor repertorio de la zoología peyorativa a los que «al otro lado del Ebro» representaban una raza liberal y maldita y querían imponer al País Vasco una normativa jurídica contraria al catolicis­mo integral. Oyendo aquel torrente oratorio, uno sacaba la impresión de que Agirre era el autonomista moderado, mientras los otros eran capaces de llegar a las más delirantes secesiones en aras de sus fervores cristianos. Cuando se ana­liza, leyendo los primeros documentos, el origen del na­cionalismo sabiniano, a fines del pasado siglo, se hallan raíces ideológicas tan idénticas a esa formulación que la se­mejanza induce a meditación.

El camino iniciado por José Antonio Aguirre tenía su más visible repercusión en las generaciones jóvenes. El procedía del campo de las juventudes católicas diocesanas que en el paréntesis de la Dictadura albergaron anchos sec­tores del nacionalismo entonces en obligada clandestinidad. Empezaron a formarse en esa época los primeros núcleos de «mendigoizales», con aire paramilitar, especie de requetés de la ikurriña bicrucífera, que se reunían en asambleas y fes­tivales mitad montañeros y mitad religiosos. Recuerdo ha­ber asistido a uno de estos actos en el santuario de Iciar lle­vado a la curiosidad, dada mi condición de veraneante en las cercanías. Habló Agirre a tres o cuatro mil jóvenes tocados de impedimenta montañera, en la plaza inmediata al San­tuario. Bajaron luego los muchachos, en grupos, carretera abajo con sus makilas, cantando hacia el pueblo de Deva, atiborrado de veraneantes. Entre ellos se hallaba un caballe­ro ya entrado en años y en carnes, de estatura mediana, ves­tido con sencillez y de porte marcial inconfundible, semioculto tras las gafas de sol. Miraba, aquel espectador soli­tario, el desfile con visible atención. Un amigo al que en­contré entre el público me susurró al oído: «Es el general Orgaz. Ha venido de incógnito, desde San Sebastián, para ver la calidad y el número de estos mozos que al fin y al cabo son de derecha, católicos militantes y tienen mucho de co­mún con el requeté». Creo recordar que a los pocos días de este episodio celebró el general una larga entrevista con Agirre para ver de llegar a una base de entendimiento con aquel sector del País Vasco que representaba más de un ter­cio del cociente electoral —en Bizkaia casi el 45— y pertenecía ideológicamente al campo antirrevolucionario.

Pero aquella hipotética aproximación se hizo más difícil cada vez, hasta terminar en violenta y abierta ruptura. La dialéctica interna del sistema republicano llevaba en sí la gé­nesis de ese enfrentamiento. El problema catalán se planteó como un condicionamiento originario del régimen con lo que antagonizó a casi toda la derecha del resto de España, que a su vez comenzó a mirar con hondo recelo al autonomismo vasco. Se vio éste congelado en el Parlamento por la izquierda en una primera etapa, desde 1931, por su catolicis­mo abierto —el «Estatuto vaticanista», lo llamaba Prieto con sorna y en una segunda etapa, desde 1933, por radicales y cedistas que lo veían como un nuevo problema de riesgo secesionista, aunque en su origen fuera el movimiento de in­discutible raíz derechista. Y ello empujó a los líderes del na­cionalismo a buscar un apoyo en la izquierda por entender que, en definitiva, solamente de ahí podrían venirles solu­ciones constitucionales a sus deseos de autonomía y des­centralización. Era una reacción que dentro del contexto político de aquellos años resultaba lógica y probablemente inevitable.

Aunque situado en el campo contrario y luchando en candidaturas opuestas, tuve yo muchas conversaciones con José Antonio Agirre —y también con sus compañeros dipu­tados, Ramón de Vicuña y José Horn— sobre esa problemá­tica que me parecía sumamente peligrosa y, a la larga, perju­dicial para el país. Agirre estaba lanzado a la acción proselitista y confiaba en el gran apoyo popular que nunca le faltó. Tenía ante las masas del país extraordinaria capacidad de convocatoria. Era un hombre sencillo y directo; creyente y practicante, sincero y discreto; de una vida personal ejemplar. Estaba convencido de su razón y entregado a lo que estimaba su tarea vocacional. Tenía escasa talla; su cuerpo atlético de deportista y espaldas anchas; nariz y per­fil típicamente vascongado, a lo Pepe Arrúe; pelo rizoso ti­rando a rubio; mirada sonriente y directa. Cuando jugaba en el Athletic, de interior derecha, practicaba un juego segu­ro y sin florituras, tirando bien a gol, con limpia nobleza siempre. Había tres jugadores del mismo apellido en aquella delantera y los hinchas los distinguían por sus motes. Un va­te local y cronista deportivo del equipo, los describía así:

Tres ases tiene el Athletic

 que relumbran más que el sol

Agirre, el del chocolate,

el que patina en Begoña,                                           

y el que tira cada centr

que cada centro es un gol.

Este último, naturalmente, era el célebre Agirrezabala, el «Chirri» internacional de la leyenda, que entonces estu­diaba en la Escuela de Ingenieros en la que yo también cur­saba. Cuando José Antonio Agirre debutó en el Parlamento constituyente del 31, lo atacó Prieto diciendo que había pa­sado sin transición de la delantera del Athletic de Bilbao a la delantera del nacionalismo vasco. Fue un chiste de mal gus­to hecho por un hombre obeso y antideportivo. En Estados Unidos, en Gran Bretaña, en muchos países nórdicos, la correlación entre el deportista que luego deviene hombre público es frecuentísima. En Francia, el reciente y notorio caso de Chaban Delmas es un ejemplo, entre tantos, de esa vinculación. Todavía en 1931 el fútbol era visto por algunos como ejercicio frívolo y en ningún caso como palestra de entrenamiento físico para cualquier actividad profesional futura. Pero fue precisamente Indalecio Prieto, en gran me­dida, el que supo entenderse luego con el nacionalismo y con José Antonio Agirre para buscar con ellos común platafor­ma de comunes soluciones autonomistas.

La revolución de Octubre, en la que se rompió el intento de convivencia dentro de la República, de las fuerzas de la derecha democristiana que intentaba sinceramente ofrecer una alternativa legal al régimen por ese lado, reveló clara­mente ese nuevo rumbo que llevaría el partido, poco a poco, hasta situarse no lejos de quienes intentaban la revolución social por razones bien ajenas a ese propósito. Me encontré con Agirre un domingo en misa, al terminarse la sublevación de Barcelona y hallándose todavía en trance de liquidación la revuelta asturiana. Estaba sinceramente emocionado y dolido, pues el otro diputado a Cortes por la provincia de Bizkaia Marcelino Oreja, de filiación tradicionalista, había sido asesinado, pocas horas antes, en Mondragón. Vino a mí, José Antonio, para decirme todo el horror que le causa­ba el alevoso crimen y en que altísima —y merecida— estima tenía al joven ingeniero de Caminos, también ferviente cató­lico, y a pesar de las inevitables diferencias ideológicas había coincidido con él en muchas ocasiones en las Cortes, en de­fensa del interés religioso al discutirse la Constitución. Ore­ja, era, además, un vasquista convencido que hacía de ese matiz, foralista, base fundamental de sus propagandas, dis­cursos y escritos. También se identificaba con Agirre en to­mar posición decidida en favor de una política social de avanzado contenido, inspirada en las directrices pontificias.

Agirre se quejó de que a pesar de la actitud de gentes como Oreja Elósegui, en el campo de la derecha nacional, en Biz­kaia, había otros sectores de absoluta intransigencia en or­den a un programa autonómico común y que la coyuntura del Estatuto de Estella que agrupó a casi todas las fuerzas católicas del país frente al peligro común había sido «la gran ocasión política».

José Antonio era tenaz y obstinado en sus argumentos, pero siempre correcto y respetuoso con el interlocutor. De aquella larga conversación de Octubre del 34 le quedaron —como a mí— un montón de dudas sobre si era posible todavía llegar a un entendimiento mínimo que consiguiera salvar lo esencial que nos unía y que, de paso, representaba evidentemente la mayoría numérica y electoral de las cuatro provincias juntas, y también de cada una por separado, frente a los sectores marxistas y republicanos, especialmente poderosos en Bizkaia y en Gipuzkoa. Tuvimos, para exami­nar el delicado problema, varias conversaciones más, alguna de ellas en el despacho del síndico de la Bolsa bilbaína José Camina. Yo le señalé que la mayor dificultad no nos provenía del acatamiento a la República que ellos propugna­ban y nosotros no, sino del constante equívoco en que se movía el partido en sus propagandas en el problema de la unidad nacional. Agirre me respondió que su lema era bien claro: «Dios y La Ley Vieja», y que ellos, en Estella, en 1931, propugnaron por la abolición de la Ley de Octubre de 1839 que después del convenio de Vergara parecía en su tex­to respetar los Fueros, pero, al añadir la frase «sin perjuicio de la unidad constitucional de la Monarquía», destruía con ella, en su raíz, el principio de la autarquía foral. Esta había sido, en realidad, la tesis de siempre del tradicionalismo, mantenida y explicada elocuentemente durante más de un siglo por los grandes tribunos de la causa, desde Aparisi has­ta Vázquez de Mella, definidor este último, exhaustivo y audaz, de la esencia del sistema foral en la vieja Monarquía española y cuya restauración juzgaba consustancial con cualquier intento de volver a las formas políticas tradicionales.

Pero a pesar de esa afirmación de Agirre, las circunstan­cias políticas fomentaban en su lógica interna más pasiones disolventes que razones para el entendimiento. Nacionalis­tas y carlistas con pensamiento común, o al menos con bases de partida comunes, llevaban en cambio su juego dialéctico a posturas extremas, inaceptables entre sí. De estos contac­tos que relato habían salido, sin embargo, negociaciones, en ocasión, por ejemplo, de verificarse en noviembre de 1933 el plebiscito en las tres provincias de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa para someter a aprobación del sufragio popular el pro­yecto de Estatuto para el País Vasco que luego habían de ir al Parlamento. La verdad es que fuera del nacionalismo —que nunca fue mayoritario en el país —los otros grupos veían con escaso entusiasmo el propósito: las izquierdas por­que seguían pensando que de establecer el régimen estatuta­rio, sería un reducto político de mayoría electoral católica y derechista; y los sectores de la derecha porque no les gustaba en bastantes aspectos el lenguaje que el proyecto utilizaba. En un último esfuerzo de conciliación, al que no fueron aje­nos la influencia y el consejo eclesiásticos, se nos pidió que recomendáramos el voto favorable, en el plebiscito, a nuestros seguidores en Bizkaia, aún estableciendo al mismo tiempo todas aquellas reservas a que nuestra propia ideología nos obligaba. Así lo hicimos en un documento público, que satisfizo hondamente a José Antonio Agirre y los demás dirigentes del partido que lo consideraron punto de partida de posibles alianzas electorales futuras, y que nos valió también feroces críticas de nuestros amigos más intransigentes, a quienes aquella moderada invitación nuestra pareció una peligrosa inconsecuencia, aunque ofrecía quizá ventajas tácticas para el entendimiento electo­ral que luego no se produjo.

De poco sirvieron, en realidad, aquellos intentos conci­liadores en medio de la vorágine que se inició con la disolu­ción de las Cortes, el Gobierno Pórtela, y la campaña electo­ral consiguiente. El clima de odios y rencores en que se de­senvolvió aquella etapa de comienzos del año 1936 en toda España, la violencia desatada de discursos y mítines entre derechas e izquierdas, los incidentes cotidianos que se mul­tiplicaban en la nación entera, todo ello hizo que el mínimo acuerdo que se buscaba entre los católicos en el País Vasco no resultara posible y que los nacionalistas y la derecha na­cional distanciaran totalmente sus posiciones haciéndose así, la lucha, triangular, con el resultado de que la victoria había de ser para la izquierda en Bilbao y su distrito. José Antonio Agirre se encontró conmigo, por casualidad, en plena campaña y aunque luchábamos enfrente —él por la zona rural y yo por la capital— nos saludamos amistosa­mente, comentando las perspectivas de la inminente jorna­da. —»Gil Robles se equivoca— me dijo. El Gobierno divi­dirá a la derecha con su actitud electoral centrista y el Frente Popular triunfará. Volveréis a pensar en el nacionalismo co­mo valladar, igual que en 1931″. «Si ese pronóstico es cier­to, la derecha en España no se resignará», le repliqué. La victoria frente-populista del 16 de febrero creó en el na­cionalismo un clima de tensión creciente. Había un sector, conservador, que adivinaba el inevitable enfrentamiento ha­cia el que marchaba el país. Existía otro, de nacionalismo más extremista, que entendía aprovechar la coyuntura por difícil que fuera, para aprobar el Estatuto en las nuevas Cor­tes —aunque fuera preciso con la izquierda vencedora— y, una vez establecido, defenderlo como un bastión moderado en el orden social. Esa fué después de muchas vacilaciones la tendencia que predominó. José Antonio Agirre era hombre de extremada juventud. Tenía treinta y dos años en aquel crítico trance. Pienso que su entusiasmo era tan grande co­mo su notable falta de malicia. No calibró acaso la reacción formidable que en un gran sector de la sociedad española provocaría el caótico Gobierno de Casares Quiroga bajo la presidencia, lejana, fría, intelectual, de Azaña, que asistía desde la azotea de su torre de marfil crítica a la creciente des­composición de la autoridad del Estado y de la coexistencia cívica. Pensó quizá que el problema vasco se podía aislar del contexto general del que formaba inevitablemente parte. Y además es preciso reconocer que en el engranaje dialéctico de las Fuerzas antagónicas, que se encontraban en marcha desde febrero de 1936, en España, no tenía desde su posi­ción especifica de leader de la opinión nacionalista, gran margen de maniobra para escoger opciones. El clima de aquella España, en vísperas del enfrentamiento, tenía algo de fatalista y de irremediable. Parecía que un destino supe­rior, implacable, empujaba a hombres y grupos a ocupar las posturas que habían de mantener al levantarse el telón y co­menzar la tragedia.

En las ajetreadas negociaciones y contactos entre mili­tantes y civiles que precedieron al Alzamiento, sin embargo, el tema del nacionalismo vasco y de su posible actitud si­guieron vigentes hasta el último momento. No faltaron enla­ces, propuestas y generosos intentos para lograr su adhe­sión, o al menos su neutralidad pasiva ante el eventual y es­perado golpe de estado. Casi nadie pensaba entonces en una guerra y mucho menos en una guerra civil de tres años. Al regresar yo de Madrid, del entierro de Calvo Sotelo, comprendiendo la inminencia del estallido, pensé en hacer, el día 17, una última gestión directa cerca de las dos perso­nas que me parecieron más asequibles al intento: el jefe de la minoría parlamentaria José Horn, al que me unían lazos de cercano parentesco, y don Ignacio de Rotaeche, que tenía un gran prestigio dentro de la organización y era hombre de sereno criterio, me encontré con que el primero se hallaba gravemente enfermo (falleció a los pocos días) y no podía re­cibir visitas y el segundo, encamado también, se hallaba en Zeanuri, en su casa solariega, y no podría verme hasta el lu­nes, día 20 de Julio. Me recomendó que viera a José Anto­nio Agirre. No lo encontré durante todo el día por hallarse él ausente de Bilbao, adonde según me dijeron regresaría al anochecer. Comprendí que ya era tarde porque la radio francesa había dado la noticia del levantamiento de Melilla y de movimientos de tropas en el Protectorado.

El sábado 18 de Julio fué una jornada de tensa y apa­sionada espera a la escucha de la radio y del teléfono que nos traía noticias confusas, lejanas y contradictorias. Lo pasé en casa de unos amigos de Bilbao en contacto cercano con el núcleo militar comprometido que daría la señal de la inten­tona en Bizkaia. Pasamos las horas que faltaban hasta la madrugada del domingo, 19 de julio, escuchando las aren­gas del Gobierno y los decretos de destitución de generales de mando, que nos iban dibujando el mapa provisional y cambiante de la sublevación. De Pamplona y Vitoria llega­ron noticias concretas y viajeros con detalles de los primeros acontecimientos y sucesos. El domingo amaneció espléndi­do, y para disponer bien del día, pensé en oír misa lo antes posible. Mi albergue nocturno estaba próximo a la parro­quia de San Vicente en Albia, y allí escuché la misa de siete, consciente de la gravedad de aquellas horas. A poco de em­pezar el sacrificio, entraron en la iglesia por la puerta lateral que daba al pórtico, una serie de hombres con señales evi­dentes de insomnio y rostros contraídos y sombríos que parecían venir de alguna reunión. Eran los directivos del BBB, órgano superior del partido nacionalista en Bizkaia, que habían estado deliberando toda la noche en la sede del partido, Sabin Etxia, el caserón que levantaba su vieja traza ochocientas en el solar contiguo, examinando las primeras noticias de la rebelión en Pamplona y de sus inmediatas re­percusiones hacia los directivos y afiliados nabarros del PNV. Salí de la iglesia por la puerta del fondo y compré a un vendedor «El Liberal y Euzkadi», órganos respectivos del socialismo y del nacionalismo. Había vigilancia de guardias de asalto y civil, en las calles, pero poca gente en ella y nin­guna milicia armada todavía. Lo que diría Indalecio Prieto, en su periódico desde Madrid, sobre la sublevación recién iniciada, me lo figuraba. Pero lo que publicaba el diario na­cionalista me interesó más. Allí aparecía, en efecto, en re­cuadro y en primera página, una declaración oficial. El par­tido, al parecer después de una larga y tensa discusión, to­maba la posición de solidarizarse con el Gobierno de la Re­pública y de combatir a su lado, en la lucha que se avecinaba «Entre la democracia y el fascismo». Era un compromiso cerrado, sin salida, que significaba para la derecha católica en el País Vasco, la guerra fratricida con todas las consecuencias. Lei y releí el texto, parado ante las escaleras del templo, sintiendo un escalofrío de emoción al comprender que algo se desgarraba en aquellos momentos en las entra­ñas de nuestro pueblo.

En esto observé que muy cerca, en un grupo, los directi­vos del nacionalismo también leían la prensa con ansiedad y comentaban entre ellos las últimas noticias. José Antonio Agirre me vio y comprendió sin duda mi pesadumbre al ver que la suerte estaba definitivamente echada. Me saludó de lejos sin que hiciéramos nada por conversar ni el uno ni el otro. Las palabras habían dejado paso a las armas. Y las ra­zones a la violencia. La guerra como una riada de inconte­nible dolor y de muerte —y también como un torrente dialéctico de odio y de rencores— iba a separar nuestras existencias. Agirre falleció en el exilio en París, repentina­mente, en los años 60. Su sepultura sencilla y emotiva se halla en el cementerio de San Juan de Luz. Era un vasconga­do de alma noble y limpia y de auténtico espíritu cristiano cualesquiera fuesen sus opiniones políticas. Dijo en público, en plena guerra todavía, en 1938, perdida ya Bizkaia para él y los suyos, aquellas palabras «Maldito sea aquel que en su corazón tenga un sentimiento de venganza», que honran la memoria de un hombre.

Visitando Gernika después de la guerra, pensé que en la Casa de Juntas, en la que tantos episodios de nuestra tierra se desarrollaron, se podrá un día colocar una lápida con la estrofa del autor de las «Voces de Gesta» que dice:

La ofrenda del odio quede sepultada

 junto al viejo roble de la Tradición.

 Y que la paz florezca sobre un orden basado

 en la justicia.

Hasta  aquí Areilza, un hombre culto que escribía muy bien y hubiera sido un buen dirigente de una derecha democrática si no hubiera apostado desde el inicio por una dictadura feroz y sanguinaria. Con su escrito hacía buena la expresión aquella de que la hipocresía es el homenaje que hace el vicio a la virtud. Aguirre y Areilza. Uno murió en el exilio, otro fue ministro en la transición. Dos bilbaínos pero de distinta calidad humana.

El Lehendakari Ibarretxe y Xabier Arzalluz sobre Agirre

Lunes 6 de abril de 2020

El Lehendakari Ibarretxe ha tenido la amabilidad de enviarme las letras que reproduzco a continuación ampliando el dato de cuando estuvo él en el lugar en el que se juntaron Aguirre y Companys para salir al exilio. Y aclara muy bien el sucesor de Agirre eso de que no hubo facturas pendientes, a pesar del dramatismo  de la situación.

Dice así el Lehendakari Ibarretxe:

Iñaki lagun horri,

“Con el President Torra en la última ocasión (2019) visitando el monumento y la casa (Can Serra) donde pernoctó el Lehendakari con motivo del 80 aniversario de aquel gesto extraordinario del Lehendakari Agirre… pero hace ya algunos años –siendo Lehendakari- hice con unos amigos vascos y catalanes, el mismo recorrido que, desde la plaza de Agullana, hicieron el President Companys y el Lehendakari Agirre hacia el exilio  (por cierto habían quedado con las autoridades de la Republica en  la plaza de Agullana,  para hacer juntos el recorrido, resultando que para cuando allí llegaron el President Companys  y el Lehendakari no había nadie porque se habían marchado antes…). Mi intención era pagar el pequeño almuerzo que dice la “literatura oficial” dejaron sin pagar el Lehendakari y el President en el bar –Les Trabucaires-  de Catalunya Nord (Las Illes, ya en el Estado francés) donde descansaron un rato en aquel viaje. Sea como fuere, la noche anterior ya el Alcalde de La Vajol, me había confirmado que habían pagado. Y aunque los propietarios del bar Les Trabucaires en Las Illes no eran los de la época, me confirmaron que efectivamente no había deuda alguna, ya que habían pagado en su día. Ya sabes los vascos no podemos dejar deudas”.

Besarkada bat, Jjo

En relación con Xabier Arzalluz he encontrado este trabajo de quien fuera diputado y presidente del EBB sobre el primer Lehendakari que me ha parecido muy preciso y emotivo y válido para reproducirlo a continuación. Lo escribió en Deia el 17 de marzo de 1985

El ejemplo

Hay políticos que tienden al mimetismo. Toman como modelos a imitar a hombres de otros tiempos. A Cá­novas, Cambó, Largo Caballero o Prieto. Con el peligro de reprodu­cir actitudes, planteamientos o si­tuaciones pasadas. Con la tenta­ción de buscar un «ersatz» a la fal­ta de personalidad propia.

Yo no quisiera que Aguirre fue­ra precedente para nadie. Porque la situación histórica que forjó a Aguirre fue de las más trágicas que cualquier generación de nuestro viejo pueblo ha podido sufrir.

Comenzó aquella mañana del 14 de abril de 1931, cuando al proclamarse la República, Aguirre se lan­za a la calle, entra en el Ayunta­miento de Getxo, del que va a ser alcalde, iza la ikurriña en su balcón y encabeza a los alcaldes vascos iniciando la lucha por el Estatuto. Y terminó el 23 de marzo de 1960 en París, cuando aquel corazón ago­tado no pudo ya seguir la marcha de su espíritu indomable. A los 56 años.

Y, en medio, la lucha incesante, las ametralladoras del Ejército cercando a Gernika y deteniendo la marcha de los alcaldes bizkainos. El Estatuto de Estella abortado. La larga lucha parlamentaria tras un Estatuto secuestrado. La rebelión militar. El juramento de Begoña. El acto de Gernika. La guerra. Santoña, Berlín, América. Y de nuevo la gran ilusión. Y la traición aliada ante los intereses estratégi­cos de la guerra fría.

En aquella Europa donde gasea­ban judíos, se pisoteaban liberta­des de hombres y pueblos y morían millones de seres humanos de for­ma violenta, nuestro pueblo tuvo su cuota de tragedia. De una trage­dia no mayor que la de otros gru­pos humanos, pero particularmente intensa por la cuota de sangre, ruina, exilio y cárcel que le tocó soportar.

Y si Companys fue fusilado en Montjuich, a Aguirre le tocó la tre­menda tarea de encabezar a su pue­blo zarandeado por el torbellino del vendaval de la historia.

Dios quiera que Aguirre y sus hombres no sean precedente de las generaciones vascas posteriores.

Pero si las conductas, las virtu­des, los comportamientos, pueden constituir ejemplo para hombres de otros tiempos, nos cabe la suerte de contar con modelos de primera magnitud. Para hombres y muje­res, para jóvenes y mayores, para trabajadores y profesionales. Y en­tre ellos el de Aguirre.

Ejemplo de entrega a una causa. De la supremacía de los principios sobre cualquier tentación de opor­tunismo político.

Aguirre conoció intentos revolu­cionarios, pero apostó por la liber­tad. Le acosaron los violentos, pe­ro fue fiel al diálogo y a un modo humano de hacer las cosas. Cono­ció la tentación secesionista, pero fue leal a la legalidad que acató y a las instituciones que enmarcaron su mandato como hombre público. Compartía el ideal de su partido y su aspiración a la soberanía plena de Euzkadi sobre sí misma. Pero cuando, siendo diputado, procla­maba: «El diputado que tiene el honor de dirigiros la palabra y que agradece de todo corazón la aten­ción con que le están escuchando, tiene un mandato concreto y deter­minado, que es común a todos sus compañeros, que es el Estatuto vasco. Y como presidente de un Gobierno autónomo fue fiel hasta el final a las instituciones en el exi­lio de una República a la que mu­chos abandonaron.

«Se lucha por la liberación na­cional y se lucha por la liberación social». «Guardad una disciplina férrea». «Sólo a través de nuestra libertad, sólo restaurada nuestra personalidad, sólo a través de nues­tra voluntad como pueblo, sólo a través de un orden vasco, podre­mos participar en el futuro en más amplios espacios políticos».

Buscaba la reconstrucción de su pueblo. Creía en una labor colecti­va de liberación, a partir de una vo­luntad colectiva.

Hoy más que nunca es necesario que las nuevas generaciones de vascos conozcan a Aguirre. En sus li­bros, en sus conferencias, encon­trarán un estilo humano y cristia­no de encarar los problemas más agudos de la vida pública. Lejos del odio y de la tentación de la pis­tola. Lejos de la manipulación y del maquiavelismo. Lejos de la bravata o del papel de mártir sus­citando la compasión colectiva co­mo arma política.

Aguirre es el mejor ejemplo, no sólo de entusiasmo y de vitalidad, sino de fe en una causa, de espe­ranza en el futuro en medio de los más sombríos nubarrones.

Aguirre es, muy probablemente, el hombre más amado entre los vascos de nuestra época a pesar de la difamación y de la calumnia.

Muchos lucharon como él y jun­to a él. La cita es imposible y sería injusta. En él rendimos homenaje a todos ellos. A todos sin los cua­les la figura de Aguirre no hubiera tenido sentido.

Y entre todos ellos a su esposa, a Mari Aguirre. La mujer que amó tanto, que supo compartir las terri­bles vicisitudes que la vinculación a José Antonio le acarreó. La mu­jer que no conoció el brillo que normalmente comporta vivir junto a un hombre público. La mujer que guarda el secreto de tanto heroís­mo y tanta miseria como presenció el primer lendakari. La mujer que calla, discreta, testigo de tanta lu­cha y de tanta esperanza.

Tomás nos ha dejado. Otro corazón roto en la misma lucha, en tiempos diferen­tes, en modos distintos, pero ejem­plo de fidelidad, de entrega y de trabajo incesante.

Ya no veremos más su rostro se­reno y siempre sonriente. Ya no volveré a verle desplegando con parsimonia las varillas dobladas de sus pequeñas gafas de leer. Ya no miraremos más aquellos ojos azu­les que desbordaban bondad. Nun­ca saltó a la publicidad, a la noto­riedad. Pero también él nos ha de­jado el ejemplo de una profunda honestidad y de una entrega sin descanso.

En medio del huracán de la his­toria o en la gris rutina del oscuro hacer diario de la reconstrucción de nuestro pueblo y de su lengua. Aguirre y Aldama son ejemplos de la misma altura, de igual grandeza. Para honor de este pequeño pue­blo. Para orgullo de todos los que los hemos amado. Para acicate de tanta conciencia dormida.

Xabier Arzalluz

No sé a ustedes, pero a mi esta semblanza de Agirre me parece magnífica. Imposible mejorarla. Y cuando habla de Tomás, se trata de Tomás Aldama que estaba con él en esos momentos en el BBB.

Me alegro de la nota del Lehendakari Ibarretxe y de haber encontrado estos días de enclaustramiento este trabajo de Arzalluz y ponerlo a volar. Es muy bueno.


Gernika, 7 de octubre de 2016

Todos los Lehendakaris homenajean al Primer Gobierno Vasco y al Lehendakari Agirre