Hay temas que dan para varias películas porque hay historias vascas
desconocidas que merecen o un libro, o un documental o una serie porque además,
se trata de gentes que sirvieron a una causa como el de la libertad en tiempos
de guerra. Se trata del primo del Lehendakari Agirre, Juan Gómez Lekube, más
conocido como el Cojo Gómez, que fue todo un pirata en los mares, ríos y
lugares de contrabando entre Colombia y Panamá y que gracias a la fidelidad a
su primo y al Delegado del Gobierno Vasco en Colombia, Francisco Abrisketa, que
tenía una red de informadores de curas, monjas y misioneros dominaron toda esa
zona vital con información hacia los aliados. El Cojo Gómez y el Lehendakari
ilustran la cabecera de este trabajo. Se diría que tienen un aire.
De esa historia me habló mucho Patxi Abrisketa, un abogado economista
egresado en Deusto, que fue muy activo en la Juventud Vasca de Bilbao en
tiempos de la República y en tiempo de guerra fue el encargado de las
industrias movilizadas y que, exiliado en Colombia fue el Delegado de Aguirre
antes de irse a Washington a trabajar en el Banco Interamericano de Desarrollo,
el servicio de Estadística de la OEA, y
a su vuelta a Colombia, profesor en varias universidades en Bogotá, creador de
la cátedra de estadística de este país, miembro de la Sociedad Bolivariana y
con una Biblioteca vasca que llenaba su
casa de Bogotá. Allí le conocí al presidente Virgilio Barco, que era su vecino
y quien me habló de sus parientes enterrados en la Catedral de Santiago siendo
asimismo Patxi el hombre clave para abrir puertas cuando en mayo de 1983
organizamos tres días de estancia del Lehendakari Garaikoetxea, con visita al
Palacio de Nariño donde le recibió el presidente Belisario Betancourt.
Patxi era la llave de todas las puertas. Y era la memoria histórica. Había
hecho lo mismo cuarenta años antes, en 1943, cuando el Lehendakari Agirre
visitó Bogotá y fue recibido por el presidente López Pumarejo, ese señor alto de
la foto, y por el ex presidente Eduardo Santos, ese señor al que el Lehendakari
Agirre señala junto a la esposa del escritor Germán Arciniegas, Dña. Gabriela
en una comida oficial. Y es que los dos viajes fueron de primerísimo nivel, porque
hay que decir, además que la presencia vasca en Colombia, sobre todo en el
Departamento de Antioquia, es muy señalada.
Hablar pues con Patxi
y organizar cosas con él era un gusto y un aprendizaje. Lástima que no haya hoy
hombres universales como aquellos y con vidas tan interesantes e intensas.
En 1982, miembros de la Colectividad Vasca auspiciaron la traducción al euskera de «Crónica de una Muerte Anunciada» de García Márquez, bajo el título de “Heriotza Iragarritako Baten Kronika».
Allí estuvo Patxi con el editor Katarain, el de la “Oveja Negra”, moviendo el
cotarro.
Como he comentado, se daba entonces la particularidad de que en Bogotá existía una de las
bibliotecas privadas vascas más extensas, en la cual se guardaban por encima de
9.000 libros, folletos y publicaciones sobre
temas vascos. También era muy valiosa la colección de libros sobre Euzkadi que tenía
en la capital de Colombia el abogado gasteiztarra, José Luis de la Lombana. De
este personaje, con Josu Erkoreka editamos un libro con su intervención en Nueva York contra la guerra civil española
en el Madison Square Gardens, contextualizando el momento.
El gobierno vasco nacido en 1936, tuvo su Delegación en Colombia. Por
este orden, fueron delegados Francisco de Abrisqueta, Andrés Perea Gallaga y
Fernando Irusta. La delegación canalizó, a través del gobierno de Aguirre, valiosos servicios
indirectos en la II guerra mundial, que contribuyeron a la custodia de zonas
estratégicas del área geográfica del Caribe y del Pacífico colombiano y
panameño.
A estas labores contribuyó una figura vasca de aventura y leyenda. Luis
Gómez Lekube, getxotarra. Su vida de bucanero, de corso del siglo XX ha dado
lugar a varios libros y a una biografía en inglés («A Wanted Man El Cojo
Gómez in Colombia», by Kay Hummel).
El «Cojo Gómez», que cojo era desde que los carabineros
colombianos le partieron de un balazo una rodilla, dominó por años las selvas
impenetrables del Chocó que separan a Colombia
de Panamá. Dominó por la violencia de sus armas, los nudos que desarrollaban sus embarcaciones contrabandistas
rápidas («Euzkadi» iba a llamarse
el yate panameño que pilotaba en aguas del Pacífico) y la lealtad de los
cholos, los indios cunas, que le creían invulnerable a la metralla. No así de
los negros moradores de caseríos costeros. A tres «morenos» los
compraron para que ultimaran a Gómez Lekube en un playón de pescadores y lo
echaran al mar, el de sus travesías de matute, al mar que lo tragó como a
pirata del siglo XVIII en algún ataque a Portobello o Cartagena de Indias.
Porque conocía de a pie la jungla y por lancha las bahías, le llamaron cuando los dos países fronterizos convinieron sus límites entre manglares y ciénagas, y cuando se trató de vigilar el canal panameño de los submarinos alemanes y de las radios japonesas. Trece expedientes judiciales a un lado y otro de la frontera le fueron sobreseídos al Cojo Gómez, el contrabandista sigiloso, querido, temido y odiado, el pirata de las dos costas, la colombiana y la panameña, para que así se aviniera a prestar un servicio dentro de la ley, cuando otro Lekube, suu primo, le pidió que ayude a la causa aliada: «Por Euzkadi, lo que me pidas».
En 1942 hizo una visita oficial a Colombia, el presidente José Antonio
de Aguirre. Era parte de una larga gira por Sur América que tuvo notable resonancia política. Su presencia
constituyó un verdadero acontecimiento
que atrajo a lo más selecto de
los dirigentes y del estudiantado bogotanos a sus conferencias del Teatro Colón y de la Universidad Nacional. Las autoridades dieron al presidente
vasco altas distinciones protocolarias, entre las que no faltó la invitación en
Palacio a la mesa del presidente Alfonso López Pumarejo.
Es una pena que guionistas, directores y productores vascos no conozcan
estas historias que bien merecerían que
las viésemos todos en pantalla pues son cosas que ocurrieron y que tenían el
móvil de la defensa de los intereses vascos. Si conoce alguno, hágasela llegar
por favor.
Se perfectamente quien fue José María Areilza. Lo digo para anticiparme a cualquier crítica en relación a juntar dos personalidades tan distintas como Aguirre y quien fuera el primer alcalde de Bilbao tras la ocupación militar. Con Josu Erkoreka escribí un libro, ”Dos Familias Vascas” y a mí me tocó estudiar a Areilza, un personaje del mundo de Neguri y con un pasado siniestro y a quien conocí, aunque previamente supe de él, no solo por el discurso criminal del Coliseo Albia en 1937, sino lo que me contó D. Manuel de Irujo y que luego se ha hecho viral, como se dice ahora.
Irujo estaba harto de que tanto
Areilza como Dionisio Ridruejo, dos ex falangistas, fueran a finales de los
sesenta los abanderados de la democracia en España, y, ¿qué hizo cuando le
pidió estar con él?. Muy sencillo. Reprodujo el texto de la intervención de
Areilza en el Coliseo y luego le recibió tras escribir un artículo con ese
impactante y descriptivo título. ”Los conversos a la cola”.
Posteriormente le conocí a
Areilza cuando quiso mediar con ETA y tras varias entrevistas con Xabier
Arzalluz y Gorka Agirre y, asimismo, cuando quiso desmontar la casa Torre de
Zamudio y llevársela a Madrid, cosa que impidió una pareja activa de afiliados
al PNV. Posteriormente hablé varias veces con él en distintas reuniones y en
una le dije iba a reproducir en un libro su semblanza de Agirre, cosa que
agradeció, pero al poco me escribió una carta diciendo si podía cambiar una
frase de la parte final del trabajo. Donde ponía que Aguirre se había
equivocado quitar esto y poner lo que leerá usted a continuación. Previamente
en el centenario de Sabino Arana en 1965 había redactado un folleto sobre
Sabino porque él, que era muy listo, captó
en su anemómetro que con semejante pasado como el que tenía al servicio del
régimen no tenía lugar en la democracia y como buen camaleón hizo todo lo
posible para que nos olvidáramos sobre quien había sido.
He elegido estas fotos tan significativas. La del Lehendakari Agirre en Lehendakaritza, con Basaldua y Rezola, una presidencia que estaba en el hotel Carlton, y la otra, la foto de la ignominia que tuve que comprar la de Areilza bajo el balcón del hotel. Caído Bilbao, el trofeo que le supuso a Areilza como alcalde franquista ir al Carlton, previa eliminación del cartelón de Lehendakaritza y sacarse una foto vestido de falangista y levantando el brazo. Ere era Arteilza, pero también lo que escribió sobre José Antonio en su libro, ”Así los he visto”. Es largo pero es bueno. Decía así:
«Me unían con José Antonio
de Agirre relaciones de buena vecindad. Vivía yo desde 1932 en un barrio
residencial de Getxo, cercano al Abra de Bilbao. José Antonio tenía su
domicilio a pocos metros de mi casa y utilizaba el mismo tren suburbano,
esperándolo en idéntica estación. Nuestra parroquia común era obligada
plataforma de coincidencia dominical. El Párroco, don Ignacio, aunque de filiación
carlista, mantenía hacía los feligreses una actitud decidida de neutralidad
católica. Eran los años de la República y de la polémica antirreligiosa. José
Antonio había pasado de la Alcaldía de su pueblo, para la que fue elegido el 14
de Abril en nutrida votación, a ocupar un escaño en el Congreso como diputado
de Bizkaia por el distrito rural. Había sido, además, elegido por Nabarra. Era
ya conocido en las Cortes por sus intenciones vasquistas y también por su rotunda
postura frente al anticlericalismo del Gobierno, en lo que coincidían sus
esfuerzos y discursos con el resto de la llamada minoría vasconabarra en la
que se alineaban carlistas y monárquicos nabarros y alabeses. En las fiestas de
mayor relieve, como Semana Santa o Corpus, el palio de honor de seis varas era
repartido por el párroco con hábil zorrería. José Antonio Agirre y yo
llevábamos las varas delanteras; yo a la derecha y él a la izquierda. Decían
las malas lenguas que las otras cuatro iban a parar a un consejero de cada uno
de los Bancos locales entonces en abierta rivalidad y a dos feligreses de la
zona campesina, uno carlista y otro nacionalista, dando así un perfecto
equilibrio al que llamaban palio de la coalición. Después de la ceremonia
solíamos reunimos un rato en la sacristía y entre bromas y veras anudamos él y
yo una normal y civilizada relación de amistad a pesar de nuestras bien
distintas actitudes políticas.
Eran los tiempos en que Vizcaya
se había incubado, lentamente, la atroz tragedia que estallaría después.
Todavía la convivencia humana predominaba sobre la pasión política. Aún los
valores de la formación religiosa indiscutida de un gran sector de la opinión
pública del País, la del nacionalismo vasco, lo definían como un movimiento de
la derecha católica, de inspiración democrática, con fuerte y acusado sentido
de avance social. En el derrumbamiento del 31, el nacionalismo salió reforzado
con numerosos avances electorales en los municipios de la provincia. José
Antonio pensó en aprovechar aquél triunfo para arrastrar a los demás sectores
de la derecha burguesa asustada y desalentada, al reconocimiento de una
plataforma común en la que junto con la confesionalidad católica y la defensa
del orden social se reivindicara un estatuto de autonomía para la región
vasco-nabarra. Tomó Agirre la iniciativa del proceso, junto con otros tres
alcaldes de elección popular en Estella, en cuya plaza de toros tuvo lugar la
proclamación del proyecto que se denominó más tarde con ese nombre. Carlistas y
Monárquicos fueron en conjunción estrecha con los nacionalistas a ese combate
en que se buscaban también objetivos diferentes. Los unos trataban de
encontrar aliados para acabar con la República; los otros, de poner un valladar
a la marea antirreligiosa; los de más allá, de sumar adictos al propósito de
la autonomía regional.
Es difícil de explicar ese clima
a los que no lo hayan vivido» Yo fui testigo del acto de Estella, pintoresco,
popular, ferviente, con sus desfiles municipales por el ruedo en un abigarrado
y contradictorio folklore en que se exhibieron banderas de toda clase, menos de
la República, y en la que Agirre y seis oradores más hablaron en términos, a
veces tan distintos y hasta contrapuestos, que no se definía bien cuál era el
denominador común. En aquellos mismos días hubo otro acto, en Gernika,
multitudinario. Agirre habló sobre autonomía y estatuto en su estilo peculiar,
premioso y fogoso a un tiempo. Luego hablaron un carlista y un integrista;
notable personaje de larga proyección ulterior el primero; canónigo de futura
promoción episcopal el segundo. El tradicionalista, llevado a su pasión en la
defensa del orden religioso amenazado, habló literalmente de «cortar las
amarras» con el resto de España, si la península se empeñaba,
mayoritariamente, en darse una República laica, anticlerical y atea. Y de
hacer en el rincón pirenaico euskeldun, una tierra católica, derechista, con un
concordato particular negociado con Roma. Todo ello entre el delirante entusiasmo
de la multitud. El canónigo, castelarino en su estilo, tampoco se paró en
barras. Calificó con el mejor repertorio de la zoología peyorativa a los que
«al otro lado del Ebro» representaban una raza liberal y maldita y
querían imponer al País Vasco una normativa jurídica contraria al catolicismo
integral. Oyendo aquel torrente oratorio, uno sacaba la impresión de que Agirre
era el autonomista moderado, mientras los otros eran capaces de llegar a las
más delirantes secesiones en aras de sus fervores cristianos. Cuando se analiza,
leyendo los primeros documentos, el origen del nacionalismo sabiniano, a fines
del pasado siglo, se hallan raíces ideológicas tan idénticas a esa formulación
que la semejanza induce a meditación.
El camino iniciado por José
Antonio Aguirre tenía su más visible repercusión en las generaciones jóvenes.
El procedía del campo de las juventudes católicas diocesanas que en el
paréntesis de la Dictadura albergaron anchos sectores del nacionalismo
entonces en obligada clandestinidad. Empezaron a formarse en esa época los
primeros núcleos de «mendigoizales», con aire paramilitar, especie de
requetés de la ikurriña bicrucífera, que se reunían en asambleas y festivales
mitad montañeros y mitad religiosos. Recuerdo haber asistido a uno de estos
actos en el santuario de Iciar llevado a la curiosidad, dada mi condición de
veraneante en las cercanías. Habló Agirre a tres o cuatro mil jóvenes tocados
de impedimenta montañera, en la plaza inmediata al Santuario. Bajaron luego
los muchachos, en grupos, carretera abajo con sus makilas, cantando hacia el
pueblo de Deva, atiborrado de veraneantes. Entre ellos se hallaba un caballero
ya entrado en años y en carnes, de estatura mediana, vestido con sencillez y
de porte marcial inconfundible, semioculto tras las gafas de sol. Miraba, aquel
espectador solitario, el desfile con visible atención. Un amigo al que encontré
entre el público me susurró al oído: «Es el general Orgaz. Ha venido de
incógnito, desde San Sebastián, para ver la calidad y el número de estos mozos
que al fin y al cabo son de derecha, católicos militantes y tienen mucho de común
con el requeté». Creo recordar que a los pocos días de este episodio
celebró el general una larga entrevista con Agirre para ver de llegar a una
base de entendimiento con aquel sector del País Vasco que representaba más de
un tercio del cociente electoral —en Bizkaia casi el 45— y pertenecía
ideológicamente al campo antirrevolucionario.
Pero aquella hipotética
aproximación se hizo más difícil cada vez, hasta terminar en violenta y abierta
ruptura. La dialéctica interna del sistema republicano llevaba en sí la génesis
de ese enfrentamiento. El problema catalán se planteó como un condicionamiento
originario del régimen con lo que antagonizó a casi toda la derecha del resto
de España, que a su vez comenzó a mirar con hondo recelo al autonomismo vasco.
Se vio éste congelado en el Parlamento por la izquierda en una primera etapa,
desde 1931, por su catolicismo abierto —el «Estatuto vaticanista»,
lo llamaba Prieto con sorna y en una segunda etapa, desde 1933, por radicales y
cedistas que lo veían como un nuevo problema de riesgo secesionista, aunque en
su origen fuera el movimiento de indiscutible raíz derechista. Y ello empujó a
los líderes del nacionalismo a buscar un apoyo en la izquierda por entender
que, en definitiva, solamente de ahí podrían venirles soluciones
constitucionales a sus deseos de autonomía y descentralización. Era una
reacción que dentro del contexto político de aquellos años resultaba lógica y
probablemente inevitable.
Aunque situado en el campo
contrario y luchando en candidaturas opuestas, tuve yo muchas conversaciones
con José Antonio Agirre —y también con sus compañeros diputados, Ramón de
Vicuña y José Horn— sobre esa problemática que me parecía sumamente peligrosa
y, a la larga, perjudicial para el país. Agirre estaba lanzado a la acción
proselitista y confiaba en el gran apoyo popular que nunca le faltó. Tenía ante
las masas del país extraordinaria capacidad de convocatoria. Era un hombre
sencillo y directo; creyente y practicante, sincero y discreto; de una vida
personal ejemplar. Estaba convencido de su razón y entregado a lo que estimaba
su tarea vocacional. Tenía escasa talla; su cuerpo atlético de deportista y
espaldas anchas; nariz y perfil típicamente vascongado, a lo Pepe Arrúe; pelo
rizoso tirando a rubio; mirada sonriente y directa. Cuando jugaba en el
Athletic, de interior derecha, practicaba un juego seguro y sin florituras,
tirando bien a gol, con limpia nobleza siempre. Había tres jugadores del mismo
apellido en aquella delantera y los hinchas los distinguían por sus motes. Un
vate local y cronista deportivo del equipo, los describía así:
Tres ases tiene el
Athletic
que relumbran más que el sol
Agirre, el del chocolate,
el que patina en Begoña,
y el que tira cada centr
que cada centro es un
gol.
Este último, naturalmente, era el
célebre Agirrezabala, el «Chirri» internacional de la leyenda, que
entonces estudiaba en la Escuela de Ingenieros en la que yo también cursaba.
Cuando José Antonio Agirre debutó en el Parlamento constituyente del 31, lo
atacó Prieto diciendo que había pasado sin transición de la delantera del
Athletic de Bilbao a la delantera del nacionalismo vasco. Fue un chiste de mal
gusto hecho por un hombre obeso y antideportivo. En Estados Unidos, en Gran
Bretaña, en muchos países nórdicos, la correlación entre el deportista que
luego deviene hombre público es frecuentísima. En Francia, el reciente y
notorio caso de Chaban Delmas es un ejemplo, entre tantos, de esa vinculación.
Todavía en 1931 el fútbol era visto por algunos como ejercicio frívolo y en
ningún caso como palestra de entrenamiento físico para cualquier actividad
profesional futura. Pero fue precisamente Indalecio Prieto, en gran medida, el
que supo entenderse luego con el nacionalismo y con José Antonio Agirre para
buscar con ellos común plataforma de comunes soluciones autonomistas.
La revolución de Octubre, en la
que se rompió el intento de convivencia dentro de la República, de las fuerzas
de la derecha democristiana que intentaba sinceramente ofrecer una alternativa
legal al régimen por ese lado, reveló claramente ese nuevo rumbo que llevaría
el partido, poco a poco, hasta situarse no lejos de quienes intentaban la
revolución social por razones bien ajenas a ese propósito. Me encontré con
Agirre un domingo en misa, al terminarse la sublevación de Barcelona y
hallándose todavía en trance de liquidación la revuelta asturiana. Estaba
sinceramente emocionado y dolido, pues el otro diputado a Cortes por la
provincia de Bizkaia Marcelino Oreja, de filiación tradicionalista, había sido
asesinado, pocas horas antes, en Mondragón. Vino a mí, José Antonio, para
decirme todo el horror que le causaba el alevoso crimen y en que altísima —y merecida—
estima tenía al joven ingeniero de Caminos, también ferviente católico, y a
pesar de las inevitables diferencias ideológicas había coincidido con él en
muchas ocasiones en las Cortes, en defensa del interés religioso al discutirse
la Constitución. Oreja, era, además, un vasquista convencido que hacía de ese
matiz, foralista, base fundamental de sus propagandas, discursos y escritos.
También se identificaba con Agirre en tomar posición decidida en favor de una
política social de avanzado contenido, inspirada en las directrices
pontificias.
Agirre se quejó de que a pesar de
la actitud de gentes como Oreja Elósegui, en el campo de la derecha nacional,
en Bizkaia, había otros sectores de absoluta intransigencia en orden a un
programa autonómico común y que la coyuntura del Estatuto de Estella que agrupó
a casi todas las fuerzas católicas del país frente al peligro común había sido
«la gran ocasión política».
José Antonio era tenaz y
obstinado en sus argumentos, pero siempre correcto y respetuoso con el
interlocutor. De aquella larga conversación de Octubre del 34 le quedaron —como
a mí— un montón de dudas sobre si era posible todavía llegar a un entendimiento
mínimo que consiguiera salvar lo esencial que nos unía y que, de paso,
representaba evidentemente la mayoría numérica y electoral de las cuatro
provincias juntas, y también de cada una por separado, frente a los sectores
marxistas y republicanos, especialmente poderosos en Bizkaia y en Gipuzkoa.
Tuvimos, para examinar el delicado problema, varias conversaciones más, alguna
de ellas en el despacho del síndico de la Bolsa bilbaína José Camina. Yo le
señalé que la mayor dificultad no nos provenía del acatamiento a la República
que ellos propugnaban y nosotros no, sino del constante equívoco en que se
movía el partido en sus propagandas en el problema de la unidad nacional.
Agirre me respondió que su lema era bien claro: «Dios y La Ley
Vieja», y que ellos, en Estella, en 1931, propugnaron por la abolición de
la Ley de Octubre de 1839 que después del convenio de Vergara parecía en su texto
respetar los Fueros, pero, al añadir la frase «sin perjuicio de la unidad
constitucional de la Monarquía», destruía con ella, en su raíz, el
principio de la autarquía foral. Esta había sido, en realidad, la tesis de
siempre del tradicionalismo, mantenida y explicada elocuentemente durante más
de un siglo por los grandes tribunos de la causa, desde Aparisi hasta Vázquez
de Mella, definidor este último, exhaustivo y audaz, de la esencia del sistema
foral en la vieja Monarquía española y cuya restauración juzgaba consustancial
con cualquier intento de volver a las formas políticas tradicionales.
Pero a pesar de esa afirmación de
Agirre, las circunstancias políticas fomentaban en su lógica interna más
pasiones disolventes que razones para el entendimiento. Nacionalistas y
carlistas con pensamiento común, o al menos con bases de partida comunes,
llevaban en cambio su juego dialéctico a posturas extremas, inaceptables entre
sí. De estos contactos que relato habían salido, sin embargo, negociaciones,
en ocasión, por ejemplo, de verificarse en noviembre de 1933 el plebiscito en
las tres provincias de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa para someter a aprobación del
sufragio popular el proyecto de Estatuto para el País Vasco que luego habían
de ir al Parlamento. La verdad es que fuera del nacionalismo —que nunca fue
mayoritario en el país —los otros grupos veían con escaso entusiasmo el
propósito: las izquierdas porque seguían pensando que de establecer el régimen
estatutario, sería un reducto político de mayoría electoral católica y
derechista; y los sectores de la derecha porque no les gustaba en bastantes
aspectos el lenguaje que el proyecto utilizaba. En un último esfuerzo de
conciliación, al que no fueron ajenos la influencia y el consejo
eclesiásticos, se nos pidió que recomendáramos el voto favorable, en el
plebiscito, a nuestros seguidores en Bizkaia, aún estableciendo al mismo tiempo
todas aquellas reservas a que nuestra propia ideología nos obligaba. Así lo
hicimos en un documento público, que satisfizo hondamente a José Antonio Agirre
y los demás dirigentes del partido que lo consideraron punto de partida de
posibles alianzas electorales futuras, y que nos valió también feroces críticas
de nuestros amigos más intransigentes, a quienes aquella moderada invitación
nuestra pareció una peligrosa inconsecuencia, aunque ofrecía quizá ventajas
tácticas para el entendimiento electoral que luego no se produjo.
De poco sirvieron, en realidad,
aquellos intentos conciliadores en medio de la vorágine que se inició con la
disolución de las Cortes, el Gobierno Pórtela, y la campaña electoral
consiguiente. El clima de odios y rencores en que se desenvolvió aquella etapa
de comienzos del año 1936 en toda España, la violencia desatada de discursos y
mítines entre derechas e izquierdas, los incidentes cotidianos que se multiplicaban
en la nación entera, todo ello hizo que el mínimo acuerdo que se buscaba entre
los católicos en el País Vasco no resultara posible y que los nacionalistas y la
derecha nacional distanciaran totalmente sus posiciones haciéndose así, la
lucha, triangular, con el resultado de que la victoria había de ser para la
izquierda en Bilbao y su distrito. José Antonio Agirre se encontró conmigo, por
casualidad, en plena campaña y aunque luchábamos enfrente —él por la zona rural
y yo por la capital— nos saludamos amistosamente, comentando las perspectivas
de la inminente jornada. —»Gil Robles se equivoca— me dijo. El Gobierno
dividirá a la derecha con su actitud electoral centrista y el Frente Popular
triunfará. Volveréis a pensar en el nacionalismo como valladar, igual que en
1931″. «Si ese pronóstico es cierto, la derecha en España no se
resignará», le repliqué. La victoria frente-populista del 16 de febrero
creó en el nacionalismo un clima de tensión creciente. Había un sector,
conservador, que adivinaba el inevitable enfrentamiento hacia el que marchaba
el país. Existía otro, de nacionalismo más extremista, que entendía aprovechar
la coyuntura por difícil que fuera, para aprobar el Estatuto en las nuevas Cortes
—aunque fuera preciso con la izquierda vencedora— y, una vez establecido,
defenderlo como un bastión moderado en el orden social. Esa fué después de
muchas vacilaciones la tendencia que predominó. José Antonio Agirre era hombre
de extremada juventud. Tenía treinta y dos años en aquel crítico trance. Pienso
que su entusiasmo era tan grande como su notable falta de malicia. No calibró
acaso la reacción formidable que en un gran sector de la sociedad española provocaría
el caótico Gobierno de Casares Quiroga bajo la presidencia, lejana, fría,
intelectual, de Azaña, que asistía desde la azotea de su torre de marfil
crítica a la creciente descomposición de la autoridad del Estado y de la
coexistencia cívica. Pensó quizá que el problema vasco se podía aislar del
contexto general del que formaba inevitablemente parte. Y además es preciso
reconocer que en el engranaje dialéctico de las Fuerzas antagónicas, que se encontraban en marcha desde febrero de 1936, en España, no tenía desde su posición
especifica de leader de la opinión nacionalista, gran margen de maniobra para
escoger opciones. El clima de aquella España, en vísperas del enfrentamiento,
tenía algo de fatalista y de irremediable. Parecía que un destino superior,
implacable, empujaba a hombres y grupos a ocupar las posturas que habían de
mantener al levantarse el telón y comenzar la tragedia.
En las ajetreadas negociaciones y contactos entre militantes y civiles
que precedieron al Alzamiento, sin embargo, el tema del nacionalismo vasco y de
su posible actitud siguieron vigentes hasta el último momento. No faltaron
enlaces, propuestas y generosos intentos para lograr su adhesión, o al menos
su neutralidad pasiva ante el eventual y esperado golpe de estado. Casi nadie
pensaba entonces en una guerra y mucho menos en una guerra civil de tres años.
Al regresar yo de Madrid, del entierro de Calvo Sotelo, comprendiendo la
inminencia del estallido, pensé en hacer, el día 17, una última gestión directa
cerca de las dos personas que me parecieron más asequibles al intento: el jefe
de la minoría parlamentaria José Horn, al que me unían lazos de cercano
parentesco, y don Ignacio de Rotaeche, que tenía un gran prestigio dentro de la
organización y era hombre de sereno criterio, me encontré con que el primero se
hallaba gravemente enfermo (falleció a los pocos días) y no podía recibir
visitas y el segundo, encamado también, se hallaba en Zeanuri, en su casa
solariega, y no podría verme hasta el lunes, día 20 de Julio. Me recomendó que
viera a José Antonio Agirre. No lo encontré durante todo el día por hallarse
él ausente de Bilbao, adonde según me dijeron regresaría al anochecer.
Comprendí que ya era tarde porque la radio francesa había dado la noticia del
levantamiento de Melilla y de movimientos de tropas en el Protectorado.
El sábado 18 de Julio fué una jornada de tensa y apasionada espera a la
escucha de la radio y del teléfono que nos traía noticias confusas, lejanas y
contradictorias. Lo pasé en casa de unos amigos de Bilbao en contacto cercano
con el núcleo militar comprometido que daría la señal de la intentona en
Bizkaia. Pasamos las horas que faltaban hasta la madrugada del domingo, 19 de
julio, escuchando las arengas del Gobierno y los decretos de destitución de
generales de mando, que nos iban dibujando el mapa provisional y cambiante de
la sublevación. De Pamplona y Vitoria llegaron noticias concretas y viajeros
con detalles de los primeros acontecimientos y sucesos. El domingo amaneció
espléndido, y para disponer bien del día, pensé en oír misa lo antes posible.
Mi albergue nocturno estaba próximo a la parroquia de San Vicente en Albia, y
allí escuché la misa de siete, consciente de la gravedad de aquellas horas. A
poco de empezar el sacrificio, entraron en la iglesia por la puerta lateral
que daba al pórtico, una serie de hombres con señales evidentes de insomnio y
rostros contraídos y sombríos que parecían venir de alguna reunión. Eran los
directivos del BBB, órgano superior del partido nacionalista en Bizkaia, que
habían estado deliberando toda la noche en la sede del partido, Sabin Etxia, el
caserón que levantaba su vieja traza ochocientas en el solar contiguo,
examinando las primeras noticias de la rebelión en Pamplona y de sus inmediatas
repercusiones hacia los directivos y afiliados nabarros del PNV. Salí de la
iglesia por la puerta del fondo y compré a un vendedor «El Liberal y
Euzkadi», órganos respectivos del socialismo y del nacionalismo. Había
vigilancia de guardias de asalto y civil, en las calles, pero poca gente en
ella y ninguna milicia armada todavía. Lo que diría Indalecio Prieto, en su
periódico desde Madrid, sobre la sublevación recién iniciada, me lo figuraba.
Pero lo que publicaba el diario nacionalista me interesó más. Allí aparecía,
en efecto, en recuadro y en primera página, una declaración oficial. El partido,
al parecer después de una larga y tensa discusión, tomaba la posición de
solidarizarse con el Gobierno de la República y de combatir a su lado, en la
lucha que se avecinaba «Entre la democracia y el fascismo». Era un
compromiso cerrado, sin salida, que significaba para la derecha católica en el
País Vasco, la guerra fratricida con todas las consecuencias. Lei y releí el texto, parado ante
las escaleras del templo, sintiendo un escalofrío de emoción al comprender que
algo se desgarraba en aquellos momentos en las entrañas de nuestro pueblo.
En esto observé que muy cerca, en
un grupo, los directivos del nacionalismo también leían la prensa con ansiedad
y comentaban entre ellos las últimas noticias. José Antonio Agirre me vio y
comprendió sin duda mi pesadumbre al ver que la suerte estaba definitivamente
echada. Me saludó de lejos sin que hiciéramos nada por conversar ni el uno ni
el otro. Las palabras habían dejado paso a las armas. Y las razones a la
violencia. La guerra como una riada de incontenible dolor y de muerte —y
también como un torrente dialéctico de odio y de rencores— iba a separar
nuestras existencias. Agirre falleció en el exilio en París, repentinamente,
en los años 60. Su sepultura
sencilla y emotiva se halla en el cementerio de San Juan de Luz. Era un
vascongado de alma noble y limpia y de auténtico espíritu cristiano
cualesquiera fuesen sus opiniones políticas. Dijo en público, en plena guerra todavía,
en 1938, perdida ya Bizkaia para
él y los suyos, aquellas palabras «Maldito sea aquel que en su corazón
tenga un sentimiento de venganza», que honran la memoria de un hombre.
Visitando Gernika después de la
guerra, pensé que en la Casa de Juntas, en la que tantos episodios de nuestra
tierra se desarrollaron, se
podrá un día colocar una lápida con la estrofa del autor de las «Voces de
Gesta» que dice:
La ofrenda del odio
quede sepultada
junto al viejo roble de la Tradición.
Y que la paz florezca sobre un orden basado
en la justicia.
Hasta aquí Areilza, un hombre culto que escribía muy bien y hubiera sido un buen dirigente de una derecha democrática si no hubiera apostado desde el inicio por una dictadura feroz y sanguinaria. Con su escrito hacía buena la expresión aquella de que la hipocresía es el homenaje que hace el vicio a la virtud. Aguirre y Areilza. Uno murió en el exilio, otro fue ministro en la transición. Dos bilbaínos pero de distinta calidad humana.
El Lehendakari Ibarretxe ha tenido la
amabilidad de enviarme las letras que reproduzco a continuación ampliando el
dato de cuando estuvo él en el lugar en el que se juntaron Aguirre y Companys
para salir al exilio. Y aclara muy bien el sucesor de Agirre eso de que no hubo
facturas pendientes, a pesar del dramatismo
de la situación.
Dice así el Lehendakari Ibarretxe:
Iñaki
lagun horri,
“Con
el President Torra en la última ocasión (2019) visitando el monumento y la casa
(Can Serra) donde pernoctó el Lehendakari con motivo del 80 aniversario de
aquel gesto extraordinario del Lehendakari Agirre… pero hace ya algunos años
–siendo Lehendakari- hice con unos amigos vascos y catalanes, el mismo
recorrido que, desde la plaza de Agullana, hicieron el President Companys y el
Lehendakari Agirre hacia el exilio (por cierto habían quedado con las
autoridades de la Republica en la plaza de Agullana, para hacer
juntos el recorrido, resultando que para cuando allí llegaron el President
Companys y el Lehendakari no había nadie
porque se habían marchado antes…). Mi intención era pagar el pequeño almuerzo
que dice la “literatura oficial” dejaron sin pagar el Lehendakari y el
President en el bar –Les Trabucaires- de Catalunya Nord (Las Illes, ya en
el Estado francés) donde descansaron un rato en aquel viaje. Sea como fuere, la
noche anterior ya el Alcalde de La Vajol, me había confirmado que habían pagado.
Y aunque los propietarios del bar Les Trabucaires en Las Illes no eran los de
la época, me confirmaron que efectivamente no había deuda alguna, ya que habían
pagado en su día. Ya sabes los vascos no podemos dejar deudas”.
Besarkada
bat, Jjo
En relación con Xabier Arzalluz he
encontrado este trabajo de quien fuera diputado y presidente del EBB sobre el
primer Lehendakari que me ha parecido muy preciso y emotivo y válido para
reproducirlo a continuación. Lo escribió en Deia el 17 de marzo de 1985
El ejemplo
Hay políticos que tienden al mimetismo. Toman como modelos a imitar a
hombres de otros tiempos. A Cánovas, Cambó, Largo Caballero o Prieto. Con el
peligro de reproducir actitudes, planteamientos o situaciones pasadas. Con la
tentación de buscar un «ersatz» a la falta de personalidad propia.
Yo no quisiera que Aguirre fuera precedente para nadie. Porque la
situación histórica que forjó a Aguirre fue de las más trágicas que cualquier
generación de nuestro viejo pueblo ha podido sufrir.
Comenzó aquella mañana del 14 de abril de 1931, cuando al proclamarse
la República, Aguirre se lanza a la calle, entra en el Ayuntamiento de Getxo,
del que va a ser alcalde, iza la ikurriña en su balcón y encabeza a los
alcaldes vascos iniciando la lucha por el Estatuto. Y terminó el 23 de marzo de
1960 en París, cuando aquel corazón agotado no pudo ya seguir la marcha de su
espíritu indomable. A los 56 años.
Y, en
medio, la lucha incesante, las ametralladoras del Ejército cercando a Gernika y
deteniendo la marcha de los alcaldes bizkainos. El Estatuto de Estella
abortado. La larga lucha parlamentaria tras un Estatuto secuestrado. La
rebelión militar. El juramento de Begoña. El acto de Gernika. La guerra.
Santoña, Berlín, América. Y de nuevo la gran ilusión. Y la traición aliada ante
los intereses estratégicos de la guerra fría.
En
aquella Europa donde gaseaban judíos, se pisoteaban libertades de hombres y
pueblos y morían millones de seres humanos de forma violenta, nuestro pueblo
tuvo su cuota de tragedia. De una tragedia no mayor que la de otros grupos
humanos, pero particularmente intensa por la cuota de sangre, ruina, exilio y
cárcel que le tocó soportar.
Y si Companys fue fusilado en Montjuich, a Aguirre le tocó la tremenda
tarea de encabezar a su pueblo zarandeado por el torbellino del vendaval de la
historia.
Dios quiera que Aguirre y sus hombres no sean precedente de las
generaciones vascas posteriores.
Pero si las conductas, las virtudes, los comportamientos, pueden
constituir ejemplo para hombres de otros tiempos, nos cabe la suerte de contar
con modelos de primera magnitud. Para hombres y mujeres, para jóvenes y
mayores, para trabajadores y profesionales. Y entre ellos el de Aguirre.
Ejemplo de entrega a una causa. De la supremacía de los principios
sobre cualquier tentación de oportunismo político.
Aguirre conoció intentos revolucionarios, pero apostó por la libertad.
Le acosaron los violentos, pero fue fiel al diálogo y a un modo humano de
hacer las cosas. Conoció la tentación secesionista, pero fue leal a la
legalidad que acató y a las instituciones que enmarcaron su mandato como hombre
público. Compartía el ideal de su partido y su aspiración a la soberanía plena
de Euzkadi sobre sí misma. Pero cuando, siendo diputado, proclamaba: «El
diputado que tiene el honor de dirigiros la palabra y que agradece de todo
corazón la atención con que le están escuchando, tiene un mandato concreto y
determinado, que es común a todos sus compañeros, que es el Estatuto vasco. Y
como presidente de un Gobierno autónomo fue fiel hasta el final a las
instituciones en el exilio de una República a la que muchos abandonaron.
«Se lucha por la liberación nacional y se lucha por la liberación
social». «Guardad una disciplina férrea». «Sólo a través de nuestra libertad,
sólo restaurada nuestra personalidad, sólo a través de nuestra voluntad como
pueblo, sólo a través de un orden vasco, podremos participar en el futuro en
más amplios espacios políticos».
Buscaba
la reconstrucción de su pueblo. Creía en una labor colectiva de liberación, a
partir de una voluntad colectiva.
Hoy más que nunca es necesario que las nuevas generaciones de vascos
conozcan a Aguirre. En sus libros, en sus conferencias, encontrarán un estilo
humano y cristiano de encarar los problemas más agudos de la vida pública.
Lejos del odio y de la tentación de la pistola. Lejos de la manipulación y del
maquiavelismo. Lejos de la bravata o del papel de mártir suscitando la
compasión colectiva como arma política.
Aguirre es el mejor ejemplo, no sólo de entusiasmo y de vitalidad,
sino de fe en una causa, de esperanza en el futuro en medio de los más
sombríos nubarrones.
Aguirre es, muy probablemente, el hombre más amado entre los vascos de
nuestra época a pesar de la difamación y de la calumnia.
Muchos lucharon como él y junto a él. La cita es imposible y sería
injusta. En él rendimos homenaje a todos ellos. A todos sin los cuales la
figura de Aguirre no hubiera tenido sentido.
Y entre todos ellos a su esposa, a Mari Aguirre. La mujer que amó
tanto, que supo compartir las terribles vicisitudes que la vinculación a José
Antonio le acarreó. La mujer que no conoció el brillo que normalmente comporta
vivir junto a un hombre público. La mujer que guarda el secreto de tanto heroísmo
y tanta miseria como presenció el primer lendakari. La mujer que calla,
discreta, testigo de tanta lucha y de tanta esperanza.
Tomás nos ha dejado. Otro corazón roto en la misma lucha, en tiempos
diferentes, en modos distintos, pero ejemplo de fidelidad, de entrega y de
trabajo incesante.
Ya no veremos más su rostro sereno y siempre sonriente. Ya no volveré
a verle desplegando con parsimonia las varillas dobladas de sus pequeñas gafas
de leer. Ya no miraremos más aquellos ojos azules que desbordaban bondad. Nunca
saltó a la publicidad, a la notoriedad. Pero también él nos ha dejado el
ejemplo de una profunda honestidad y de una entrega sin descanso.
En medio del huracán de la historia o en la gris rutina del oscuro
hacer diario de la reconstrucción de nuestro pueblo y de su lengua. Aguirre y
Aldama son ejemplos de la misma altura, de igual grandeza. Para honor de este
pequeño pueblo. Para orgullo de todos los que los hemos amado. Para acicate de
tanta conciencia dormida.
Xabier Arzalluz
No sé a ustedes, pero a
mi esta semblanza de Agirre me parece magnífica. Imposible mejorarla. Y cuando
habla de Tomás, se trata de Tomás Aldama que estaba con él en esos momentos en
el BBB.
Me alegro de la nota del Lehendakari
Ibarretxe y de haber encontrado estos días de enclaustramiento este trabajo de
Arzalluz y ponerlo a volar. Es muy bueno.
Gernika, 7 de octubre
de 2016
Todos los Lehendakaris homenajean
al Primer Gobierno Vasco y al Lehendakari Agirre
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