El último deseo de Companys hacia el Lehendakari Agirre

Domingo 5 de abril de 2020

Una de las facetas más interesantes del turbulento período de la guerra iniciada en 1936 la constituye, sin lugar a dudas, la estrecha amistad vasco-catalana. Y es preciso e importante que algún día sea estudiada para que sus positi­vas conclusiones redunde en la más estrecha colaboración entre ambas naciones; tanto o más como lo fuera en el pasa­do.

Un pasado que es rico en hechos demostrativos de esta recia solidaridad y que si de resumirlos en uno se tratase elegiríamos el del hermoso e histórico del acompañamiento de Agirre al Presidente de la Generalitá de Catalunya, Lluis Companys cuando por imperativos de la guerra y la derrota hubo de abandonar por monte tierra catalana. Con él y jun­to con otras personalidades vascas y catalanas iba el Presi­dente de los vascos, José Antonio de Agirre. Fue el 4 de Febrero de 1939. Agirre le había prometido a Companys que en las últimas horas de su patria le tendrían a su lado. Y cumplió su palabra. Bajó de Paris solo para ello. En ese lugar se colocó un monumento que visitó el Lehendakari Ibarretxe y se filmó un documental donde Ortuzar hizo de Aguirre.

Anteriormente, en plena guerra, Catalunya y Euzkadi mantuvieron estrecha relación oficial. La máxima expresión de esta amistad está patentizada en el sacrificio del diputado catalán  de Unió, Carrasco i Formiguera quien había sido designado por el Presidente de Catalunya como representante de su Gobierno ante el de Euzkadi. Fue apresado en el buque Galdames y más tarde fusilado en Burgos, a pesar de ser el jefe del partido católico catalanista. El apresamiento de este bu­que trajo aparejada la famosa «batalla de los bous» contra el crucero faccioso Canarias magistralmente descrita por el periodista inglés Steer en su libro «The Tree of Gernika».

Perdido el territorio nacional vasco quiso Agirre llevar los restos de su ejército, unos treinta mil hombres, al frente de Catalunya. Estas cuatro divisiones constituían una fuerza de enorme valor por su experiencia en la lucha y porque las divisiones vascas hubieran servido de encuadramiento a muchos patriotas catalanes que se veían desbordados por las organizaciones extremistas. La llegada de las divisiones vas­cas hubiera levantado el espíritu de la otra Catalunya, y cambiado el rumbo de las cosas.

A tal efecto en julio de 1937, antes del Pacto de Santoña, viajó Agirre a Valencia para conferenciar con el Presi­dente de la República, Manuel Azaña. Necesitaban los vas­cos contar con medios de transporte y dinero para fletar los barcos y permiso para que los gudaris atravesasen Francia, permiso que tendrían que obtenerse en París. Obtenida su respuesta afirmativa conferenció con el Jefe del Gobierno Juan Negrín quien después de oírle le rogó se entrevistara con el Ministro de la Guerra Indalecio Prieto con quien sos­tuvo una conversación de cuatro horas defendiendo sus puntos de vista.

Luego pasó a Barcelona, donde comunicó al Presidente Companys los mismos proyectos y razonamientos que había expuesto al presidente. Azaña. Poco después fue a París donde visi­tó a M. Delbos, entonces Ministro de Negocios Extranjeros francés. Expuso al Ministro el objeto de su viaje a Valencia, y le preguntó si en caso de conseguirse el embarque de las tropas vascas hasta un puerto francés, podrían atravesar Francia, camino de Catalunya, como si se tratase de expediciones de heridos. Mostró Delbos su simpatía personal, pero admitió que en un caso’ de tanta importancia tendría que consultar a sus compañeros de Gobierno. Mas ya no intere­saba la contestación francesa, pues el señor Prieto le comu­nicó desde Valencia, que, sometido el caso por dos veces al Consejo Superior de Guerra, la petición de Agirre había si­do desestimada por «motivos políticos y militares».

¿Se asustaron los republicanos españoles?. ¿Temieron que los nacionalistas vascos y catalanes llegaran pronto a Nabarra?

El caso es que Agirre declinó toda su responsabilidad en telegrama dirigido a Azaña y el ejército vasco casi maniata­do fue entregado a los rebeldes españoles después de la traición de los italianos al Pacto de Santoña, por estos mis­mos italianos.

Sin embargo muchas son las facetas positivas que deberían ser estudiadas de esta álgida época. Es interesante destacar el caluroso recibimiento que se le tributó a Agirre en su visita oficial a Barcelona, la intensa y eficaz actuación llevada a cabo por la Delegación del Gobierno Vasco en Bar­celona, la repercusión que tuvo la dimisión conjunta del vas­co Irujo y del catalán Ayguadé del Gobierno de la República por actuaciones arbitrarias del gobierno central en contra de la soberanía de la Generalitá y tantos y tantos hechos que evidenciaron miras comunes y solidaridad en las horas difíciles.

Ya en el exilio ambos presidentes continuaron actuando conjuntamente en algunas materias. Jaume Miratvilles, Jefe de los Servicios de Prensa del Gobierno Catalán escribió en 1943 un interesante artículo de la revista Euzko Deya de México donde relata estos contactos y el último deseo del Pre­sidente Companys relacionado con Agirre, que es todo un testimonio de esa sólida amistad anteriormente enunciada.

Escribió así Miratvilles:

«No pretendo, evidentemente, en este artículo hablar del testamento político, propiamente dicho, que dejara el se­gundo Presidente de la Generalitat antes de su heroica y gloriosa muerte. Si algo en sus últimos momentos, pudiera con­siderarse su testamento, ahí está el glorioso grito de ¡Visca Catalunya! que pronunciara en el instante supremo de su fu­silamiento y las palabras humildes y ¡cuán grandes! en boca de un agonizante, de que lo único que lamentaba era el de no haber podido hacer más por Catalunya.

Me referiré, más bien, a su actuación y, sobre todo, a sus recomendaciones en los últimos meses y casi en las últimas semanas y su vida.

Que se me permita hablar en nombre propio, sin que na­die vea en ello el deseo, que en este caso sería terriblemente ilegítimo, de proyectar sobre mi humilde persona el gigan­tesco perfil del Mártir de Catalunya. Pero lo que voy a decir tiene un carácter tan personal que es inevitable emplear la primera persona de singular.

Al hablar del testamento político haré, únicamente, refe­rencia a la posición de Lluis Companys en lo que pudiéramos llamar política internacional, sin entrar para nada en lo que se refiere a la política interior de Catalunya. Por razón de mi cargo en la Generalitat, primero, y en París después, era yo el confidente del President en todo lo que se refería a la política exterior. Hablaré, pues, y esto sí que lo afirmo sobre mi honor, con absoluta fidelidad de lo que era el pensamien­to de Lluis Companys en lo referente a estas cuestiones.

Primera consideración:

Lluis Companys sabía que las circunstancias interiores nos habían sido particularmente desfa­vorables en Catalunya, en donde el movimiento social, pro­fundamente perturbado por las divisiones internas de los partidos y de las sectas, habían dado lugar a manifestaciones violentísimas que había repercutido desgraciadamente sobre nuestro prestigio internacional. Y no es que él no hubiera previsto y que no hubiera puesto toda su autoridad para evitarlo. Ahí están sus discursos, sus actitudes, sus actuaciones encaminadas sobre todo, a canalizar, responsabilizándolas, las legítimas aspiraciones de las clases proletarias. El intento fue, sin embargo superior, no ya a sus fuerzas humanas, si­no a las de cualquiera que hubiera ocupado su puesto.

Companys registró honradamente este fracaso y sacó de él las consecuencias políticas que se imponían.

«En todo lo que se refiera a política internacional —me decía— sigue las orientaciones de los vascos. Por razones que no es la hora de considerar, su prestigio internacional es muy grande y hay que seguir esta vía».

El Presidente Agirre me hará el honor de no desmentir­me si afirmo que iba, yo, muy a menudo a verle, en Barcelo­na y en París. En estas visitas iba yo a beber en la fuente de su inspiración y esto lo hacía, por simpatía inmensa que siempre me ha producido su persona, pero, además, porque así me lo indicaba, reiteradamente, el President de la Gene­ralitat.

El deseo de Companys de sincronizar su política exterior a la que llevara a cabo Agirre se afirma en una serie de mani­festaciones de las que ahora voy a explicar alguna.

Había yo creado por indicación de Lluis Companys, una delegación del Comisariado de Propaganda de la Generali­tat en París, que, con toda la modestia que se quiera, repre­sentaba una manifestación oficiosa de nuestro pensamiento en el Exterior. Al frente de esta oficina se encontraba el escritor Nicolau Rubio, hermano del diputado Rubio y Tudurí, entonces director de «la Humanitat», órgano de Companys.

Estábamos en las semanas inmediatamente anteriores al Pacto de Munich. Rubio que se mantenía disciplinado a las indicaciones que recibiera desde Barcelona, tenía, sin em­bargo, sus ideas propias sobre política internacional y creía sinceramente que se podía llegar a un acuerdo europeo que repercutiera favorablemente en el curso de la guerra españo­la, propiciando una solución que respetara el espíritu de la Constitución Republicana y del Estatuto de Catalunya. Esta opinión puramente personal no la había manifestado en nin­guna declaración pública.

Los acontecimientos se precipitaron y asistimos a la premovilización francesa. El Presidente Aguirre, que tenía de la política internacional una visión distinta a la de Rubio, vi­sión que los acontecimientos han justificado después, dio a la publicidad un manifiesto en el que se ponía incondicionalmente del lado de Francia y en el que llegaba hasta a ofrecer la colaboración armada de las fuerzas vascas.

Rubio se encontraba, entonces, en Ginebra y por prime­ra vez consideró lícito actuar individualmente. A este efecto, envió un telegrama en clave al Presidente Agirre, con la in­tención concreta de que fuera interceptado por la censura francesa y por lo tanto, leído por las autoridades guberna­mentales, en el que dejaba suponer que en Catalunya se es­peraba un acuerdo de paz. El telegrama llegó, sin embargo, al Presidente Agirre, después de haber sido leído, tal como lo suponía Rubio, por ciertas autoridades francesas. Agirre, cortésmente, enteró a Companys de lo acontecido. Com­panys me llamó inmediatamente a su despacho ordenándo­me la destitución inmediata de Rubio. En su argumento, ni tan sólo se refería al contenido del telegrama, sino al hecho que discrepara la posición sustentada por el Presidente de Euzkadi.

«Nunca —me dijo con énfasis— toleraré una política, por oficiosa que sea, que pueda discrepar de la sustentada por los vascos».

Era en París. Había, ya, estallado la guerra. El Presiden­te Agirre tomó la iniciativa de ofrecer, nuevamente, la cola­boración vasca a Francia y a Inglaterra. Inmediatamente el Presidente Companys apoyó la iniciativa. Irujo y Pi-Sunyer presentaron unos documentos de solidaridad a los ministros Británicos. En Francia, y por iniciativa de Agirre, se envió un documento a Daladier y una copia del mismo por con­ducto vasco a de Chaporlaine, Ministro Católico y por con­ducto catalán (fuimos Sbert y yo, quienes lo entregamos) a de Monzie. En esta ocasión trascendental Companys siguió en todo las iniciativas vascas.

Estábamos en plena guerra en aquella fase pasiva que habrá pasado a la historia con el nombre de la «guerre pourrie». Muchos creyeron que la inactividad alemana obedecía a su debilidad militar. Alemania había perdido la guerra antes de hacerla.

Como en todos los momentos en que se ha producido una situación semejante, apareció posible la restauración de la Monarquía. Habían llegado a París un representante de Alfonso XIII con la misión, según afirmaba, de sondear la actitud de los sectores republicanos y sobre todo la de Cata­lunya y Euzkadi en la persona de sus respectivos Presiden­tes.

Por una serie de circunstancias, estas entrevistas no lle­garon a efectuarse, pero en esta ocasión, también el Presi­dente Companys me encargó entrevistara al Presidente Agirre para conocer su opinión.

Hasta ahora hemos visto como, en circunstancias distin­tas, la preocupación de Lluis Companys fue siempre la de sincronizar la política catalana a la vasca. No que creyera en la inferioridad del instinto político catalán ni en la del suyo propio, pero este mismo instinto, que Companys poseía en sentido extremadamente acusado, le aconsejaba, debido a las circunstancias ya mencionadas dejar la dirección de esta política internacional en manos de los vascos y apoyarse in-condicionalmente. (Es indiscutible además, que esta sincro­nización, que en interior debe ser el resultado de una conver­gencia constituye el fundamento básico de la política catalano-vasca ante Castilla).

Las circunstancias tenían que hacer que Companys defi­niera en términos explícitos esta política. Se constituía en efecto, el Consejo Nacional de Catalunya, al que Companys delegaba parte de sus funciones. Este Consejo estaba forma­do por Pompeu Fabra, que lo presidía, por Pons y Pagés, al que el Presidente de la Generalitat delegaba parte de sus atri­buciones, Rovira y Virgili, Serra Hunter y Santiago Pi Sunyer, el cual ocupaba el cargo de Secretario General. Yo quedaba como funcionario adscrito al secretariado. Antes de marchar para la Baule, y ya no habría de verle jamás, Companys me hizo esta suprema recomendación: «Ve a me­nudo a ver al Presidente Agirre, toma consejo de él en todo lo que se refiera a la actitud internacional a adoptar y procu­ra que este pensamiento sea el que inspire las decisiones del Consejo Nacional. Tengo absoluta confianza en el criterio de Agirre, sea lo que sea lo que él decida».

Juro por mi honor, que estas palabras me fueron pro­nunciadas en el despacho Presidencial de la calle de la Pepiniére el día antes que Companys, al marcharse a la Baule, marchara inconsciente y heroicamente hacia el camino de su inmortalidad.

Acertada semblanza de Indalecio Prieto, líder socialista

Sábado 4 de abril de 2020

Cuando formé parte del  Congreso siempre busqué una fotografía de Agirre en la tribuna de oradores o en el escaño y nunca la encontré. Hay fotos de él con otros diputados, pero no en el hemiciclo y eso que fue diputado cinco años hasta que encontré ésta con el líder socialista Indalecio Prieto en el periódico AHORA que dirigía Chaves Nogales. Pero el lugar no me era conocido, ya que no es en el hemiciclo sino  que di con él en la parte trasera del mismo y tras las tribunas. Seguramente Aguirre y Prieto hablarían en esta charla informal del Estatuto ya que el diputado jelkide solo se dedicó a sacar adelante el texto estatutario.

Hoy pues hablo de las relaciones entre socialistas y nacionalistas con algo que vale la pena aunque los socialistas vascos  creo que no valoran suficientemente  su propia historia que la resumen toda ella en la figura de Ramón Rubial, olvidándose de gentes de gran envergadura política como Julián Zugazagoitia, Santiago Aznar, Tomás Meabe, Juan Gracia, Benigno Bascaran, Paulino Gómez y muchos otros hoy totalmente desconocidos. Es el caso de Indalecio Prieto, figura clave del socialismo español y vasco durante más de cuarenta años. Se conforman con ponerle el nombre de Prieto a la estación de Abando y ahí queda todo. Y sin embargo Don Inda es figura imprescindible. Tuvo sus más y sus menos con el nacionalismo y con Aguirre sin que esto le impidiera hacer la sentida y magnífica  semblanza de Aguirre a su temprana muerte, cuyo sesenta aniversario recordamos estos días y que a continuación expongo porque vale la pena. Estoy seguro que me sobran dedos para afirmar que el actual socialismo no tiene ni idea de Aguirre ni de Prieto. Si, ya sé que eso es historia, pero la historia es maestra de la vida y quien no tenga los mínimos rudimentos históricos no debería dedicarse a la política. Y sin embargo lo hacen. Dudo mucho que hoy nadie del PSOE escribiría lo que viene a continuación:

Indalecio Prieto Tuero nació en Oviedo en 1883. A los ocho años, huérfano de padre llegó a Bilbao con su madre y otro hermano. Murió en el exilio en México el 12 de febrero de 1962.

En Bilbao ejerció la taquigrafía trabajo que le permitió conectar con el mundo de la prensa y el periodismo. «La Voz de Vizcaya» fue el primer diario y el definitivo «El Li­beral» de Bilbao.

Afiliado al Partido Socialista desde 1899 fundó en 1903, junto a Tomás Meabe, las Juventudes Socialistas.

Diputado provincial de Bizkaia en 1911, Concejal del Ayuntamiento de Bilbao en 1915, Diputado a Cortes por Bilbao ininterrumpidamente a partir de 1918. Ministro de Hacienda y Obras Públicas durante la Segunda República y ministro de Marina, Aire y Defensa durante la guerra de 1936.

En 1939 ha de exiliarse a México desarrollando una in­tensa actividad política en el exilio en favor del restableci­miento democrático.

Prieto tuvo una gran relación con Agirre. Con motivo del fallecimiento del Lendakari escribió en una edición espe­cial de la publicación mensual «Euzko Deya» de México una semblanza de Agirre que bajo el título de:

José Antonio y su optimismo, decía así:

La inesperada y triste noticia del fallecimiento de José Antonio me sobrecogió, dilatando una llaga que nunca podrá cerrárseme, porque José Antonio le llevaba cosa de pocas semanas a mi hijo, muerto —¡del mismo mal!— hace doce años. Pertenecieron a la misma quinta, hicieron el ser­vicio militar durante el mismo período e inclusive figuraron juntos en un equipo de reserva del Athletic Club.

Yo fui amigo de Pablo Agirre, tío de José Antonio, un solterón que nunca faltaba ni domingos ni demás fiestas de guardar, a los primitivos Campos Elíseos de Bilbao, donde ahora se yerguen el Coliseo Albia y el edificio de Correos, jardines que hubieron de desaparecer para abrirle paso a la Alameda de Urquijo, perdiéndose así una simpática tradi­ción de la villa porque, aun cuando otros los reemplazaron, no tuvieron el «cachet» de aquéllos. Su clausura la remarca­mos —los bailarines y quienes, como Pablo y yo, nunca bailamos—, desfilando en procesión con hachones encendi­dos por el corro grande, donde alternaban la banda de músi­ca y los chistularis; por los caminos circundantes, donde se iniciaron, a través de años y años, miles de noviazgos, y por el espacio cubierto colindante con la finca de Zumelzu, cu­yos terrenos ocupan actualmente el Instituto y la Escuela de Comercio.

Recuerdo de Sabino Arana

Pero iba a desviarme del objetivo que persigo al escribir estos renglones, si bien, puesto a retroceder en mis recuer­dos, envolveré entre ellos a Sabino de Arana y Goiri. Me mostraron a este por primera vez en el acompañamiento de un entierro —no sé de quién— que partió de una de las calles que corren paralelas entre el campo de Volantín y la calle del General Castaños. Aquel hombre, de barba nazare­na y aspecto enfermizo, tenía entonces pocos adictos. Pude contemplarle de más cerca tiempo después en la Audiencia cuando se vio el proceso por su telegrama felicitando al Pre­sidente de los Estados Unidos por haber concedido la inde­pendencia de Cuba. La mesa donde yo reseñaba el juicio oral estaba inmediatísima a su banquillo de acusado. Tras la insaculación para designar los jurados, el presidente del tri­bunal anunció que se iba a tomar juramento a los doce ciudadanos que debían dar el veredicto. Sabino se puso en pie y permaneció con la cabeza inclinada durante tan breve ceremonia. Nadie en la sala le imitó, ni entre los magistrados ni entre el público. En realidad no era costumbre, como tampoco lo fue nunca levantarse al serles tomado juramento a los testigos.

Me acuerdo del brillante y hábil informe de defensa pro­nunciado por el padre de los Irujo. Su tesis fue la siguiente: aunque el texto del cablegrama fuese delictivo conforme sostenía el fiscal, no hubo delito perseguible porque la auto­ridad gubernativa interceptó el mensaje, que, sin siquiera llegar a manos del destinatario, no tuvo la más mínima publicidad, limitándose por tanto a una expresión íntima del pensamiento del autor, y como la libertad de pensamiento era inalienable, resultaba imposible exigir responsabilidades de orden penal.

El veredicto fue de inculpabilidad y el tribunal de de­recho desestimó la solicitud del ministerio público en pro de la revisión del proceso ante nuevo jurado. Arana y Goiri quedó automáticamente en libertad. Su suerte habría sido distinta de no mediar la institución del Jurado, verdadera expresión de la justicia popular, pues la otra, la oficial, se habría atenido al criterio del acusador, quien a su vez obedecía órdenes del Gobierno.

El Apóstol y el Gobernante

Sabino Arana y José Antonio Agirre, las dos figuras más destacadas del nacionalismo vasco, ofrecen singular contraste: Sabino era un apóstol y José Antonio un político. Ni José Antonio servía para el apostolado ni Sabino tenía aptitudes para la política, y menos para cualquier política gubernativa.

Explicaré la diferencia. Con un intervalo de cuatro años respecto de Sabino, yo reemplacé a éste en la Diputación provincial de Bizkaia. A título de nacionalista él y de so­cialista yo, ambos ostentamos en aquella corporación repre­sentaciones aisladas, sin que ningún correligionario nos acompañara.

Sentí curiosidad por conocer las iniciativas de mi prede­cesor y sólo encontré dos dignas de ser mencionadas: una, que prosperó, para que dentro del recinto de la cárcel de Larrinaga se construyera un pabellón destinado exclusiva­mente a presos políticos, y otra encaminada a conseguir un sistema fiscalizador de la Diputación, quien, a virtud del ré­gimen de concierto económico con el Estado, quedaba exen­ta de toda suerte de inspecciones, superando en independen­cia al propio Gobierno central, sobre el que pendían las Cor­tes y el Tribunal de Cuentas.

Esta moción quedó arrinconada, sin que su autor hu­biera hecho esfuerzos para sacarla adelante. El pabellón de presos políticos fracasó porque, siendo escasos en número —a veces había solamente un detenido—, nadie lo quería ocupar, prefiriendo convivir con los demás reclusos, pues dicho aislamiento constituía prácticamente una incomunica­ción. En la otra iniciativa sabiniana me basé yo para sugerir, sin éxito, una asamblea de Municipios encargada de vigilar los actos administrativos de la Diputación.

En resumen, Arana y Goiri apenas dejó rastro del único mandato político que tuvo, desempeñado durante cuatro años. En cambio, cabe atribuirle toda la doctrina nacionalis­ta y el haber engendrado el movimiento popular puesto al servicio de ella. Fue un verdadero apóstol. Es lamentable que su prematura muerte no le permitiese plasmar la evolu­ción doctrinal que ya tenía «in mente» al expirar en una islita de la ría de Mundaca, en Pedernales, porque, de haber dispuesto de tiempo, su programa habría tenido una articu­lación más acomodada a la realidad. Nadie, por carecer to­dos de prestigio similar al suyo, ha podido conseguir esa ar­ticulación que el gran incremento de las masas nacionalistas hacía año a año más necesaria.

Claro está que de haber vivido en 1936 cuando se pro­mulgó el Estatuto, Sabino hubiera sido el presidente del pri­mer Gobierno vasco. Pero, ¿hubiera ejercido las funciones de dicho cargo mejor que las ejerció José Antonio? A mi en­tender no, porque se lo hubiese impedido su falta de flexibi­lidad. Difícilmente se habría avenido Arana y Goiri a presi­dir Gobiernos tan heterogéneos, inclusive con representa­ciones socialistas y comunista, como los que Agirre presidió durante veintitrés años, y más difícilmente aún habría sido capaz de audacias ante las cuales Agirre no vaciló.

Como nació el Estatuto

Pero hagamos un poco de historia en torno al nacimien­to del Estatuto y al nombramiento de presidente del Gobier­no provisional de Euzkadi.

El Estatuto de Cataluña lo sancionó don Niceto Alcalá Zamora en San Sebastián, acompañándole yo en mi calidad de ministro. En el mismo acto de la firma estuvo a punto de ocurrir un grave incidente. Jesús María de Leizaola irrum­pió en la sala de la Diputación donde se celebraba el acto, portando una descomunal bandera vasca con propósito de tremolarla desde el balcón y enardecer así a las juventudes nacionalistas agrupadas en la plaza de Gipuzkoa. Rafael Sánchez-Guerra, secretario general de la Presidencia de la República, se interpuso y pretendió arrebatar la enseña a Leizaola.

Resultaría difícil enfrentar a dos hombres más violentos que Leizaola y Sánchez-Guerra. La razón estaba de parte de éste: ante el jefe del Estado, allí presente, no podía exhibirse más bandera que la nacional. Si acaso, en aquel mismo ins­tante surgía el derecho a exhibir otra bandera, la catalana, pero en modo alguno la vasca que era simple insignia de un partido político. Dándome cuenta de hasta qué deplorables extremos podría llegar la disputa entre aquellos dos hombres furibundos e intransigentes, intervine para aplacar a Sánchez-Guerra, quien dejó el caso en mis manos, puesto que yo, como ministro, cubría la responsabilidad del Presi­dente de la República. Y Leizaola, con su bandera, pudo pa­sar hasta el balcón, donde comenzó a batirla frenéticamen­te.

Aquella mañana los diputados nacionalistas vascos soli­citaron hablar conmigo. Nos reunimos por la tarde en el sa­lón de sesiones de la Diputación. Querían conocer mi crite­rio sobre el problema estatutario y lo expuse con entera franqueza.

Helo aquí sintéticamente. Los Estatutos despiertan aver­sión en las masas derechistas e inclusive en sectores de iz­quierda. Temo que fracase el firmado hoy a consecuencia de viejos vicios de algunas agrupaciones catalanas, vicios que pueden asomar más ostensiblemente en el régimen autonó­mico y que serían explotados escandalosamente en el resto de España. Si tal fracaso sucede, el Estatuto de Cataluña se­rá el último que se conceda. En cambio, estoy seguro del éxi­to del Estatuto vasco por la limpia conducta de las corpora­ciones públicas, que no es patrimonio de ningún partido, pues responde al ambiente tradicional del País. Semejante éxito asegurará la perdurabilidad de futuros Estatutos. Con­siguientemente, se deben cubrir con rapidez los trámites constitucionales exigidos para un Estatuto que comprenda a Bizkaia, Alaba y Gipuzkoa, desentendiéndose a Nabarra ya que ésta se resiste mayoritariamente a quedar comprendida en él.

Debí de persuadir a mis requirentes, quienes, al fin, se decidieron a emprender los trabajos preparatorios. Cuando el proyecto de Estatuto llegó a las Cortes —las Cortes de 1936— fui designado para presidir la Comisión dictamina-dora, de la cual también formaba parte José Antonio Agirre. El dictamen, que firmé como presidente, quedó for­mulado antes de estallar la guerra civil, circunstancia que destruye cuanto ahora han echado a volar algunos naciona­listas acerca de que la República lo concedió para asegurarse en la contienda el auxilio del País Vasco.

Mi cometido presidencial consistió principalmente en allanar diferencias para facilitar la aprobación del dictamen. Fuera de esto, sólo tuve una iniciativa, la cual plasmó en un párrafo del título II —»Contenido y Extensión de la Autonomía»— que dice así: «Régimen local, sin que la autonomía atribuida a los Municipios vascos pueda tener límites inferiores a los que se señalen en las leyes generales del Estado».

Mi experiencia me aconsejaba la inclusión de esa cláusu­la para que los Municipios no padecieran, ni bajo el Gobier­no ni bajo las Diputaciones, los abusos de poder que éstas, al amparo de facultades derivadas del concierto económico, venían cometiendo con ellos. Mediante la precaución que discurrí, el nuevo régimen se distanciaría menos de la anti­gua estructura política del País Vasco, consistente en federa­ciones de Municipios.

En Septiembre llegaron por avión a Madrid José Anto­nio Agirre y Manuel Irujo para sugerirme una modificación en el dictamen, de modo que el Estatuto abarcara a Na­barra, además de Araba, Bizkaia, y Gipuzkoa. Me opuse al intento, estimándolo, además de anticonstitucional, profun­damente impolítico, pues, levantada ya en armas Nabarra contra la República, justificaríamos a los sediciosos, quienes alegarían que a los nabarros se les obligaba a formar parte de una organización regional que no les era grata. Únicamente procedía agregar al dictamen disposiciones transito­rias para que la anormalidad en que se vivía no demorara la implantación del Estatuto, una vez que el Congreso lo apro­bara. Y así se hizo.

Procedimiento de urgencia para designar Presidente

Dichas disposiciones transitorias fueron las siguientes: «En tanto duren las circunstancias anormales producidas por la guerra civil, regirá el País, con todas las facultades es­tablecidas en el presente Estatuto, un Gobierno provisional.

El presidente de este Gobierno provisional será designado, dentro de los ocho días siguientes a la fecha de promulga­ción del Estatuto, por los concejales de elección popular que formen parte de los Ayuntamientos vascos y que puedan emitir libremente su voto. El nombramiento se hará median­te elección en la que se atribuirá a cada uno de dichos conce­jales un número de votos igual al que hubiese obtenido di­rectamente cuando le fue conferida por el pueblo la representación edilicia. La elección de presidente del Gobierno provisional se verificará bajo la presidencia del gobernador civil de Vizcaya en el lugar y forma que él mismo señale, de­biendo convocarla con antelación de tres días. El presidente así elegido, nombrará los miembros del Gobierno provi­sional en número no inferior a cinco».

Al reanudarse las sesiones de Cortes el 1 de Octubre, el Estatuto, incluidas las disposiciones transitorias, fue apro­bado por unanimidad, pues no compareció ninguno de los diputados derechistas que se hubiesen opuesto a él. Pero ni siquiera el procedimiento de elección por los concejales, su­mando el número de votos logrado por cada uno de ellos en su respectiva designación edilicia, pudo ponerse en práctica. El presidente fue elegido por los alcaldes de los pueblos no dominados por los facciosos. Y mediante este sistema, no previsto siquiera en las disposiciones transitorias, se suplió el establecido en el capítulo III, según el cual los poderes del País Vasco emanarían del pueblo y se ejercitarían de acuer­do con la Constitución de la República y el Estatuto por los órganos que libremente determine éste, eligiéndose el órga­no legislativo regional, como todos los demás que tengan en­comendadas facultades de ese género por sufragio universal, igual, directo y secreto, y debiendo tener el organismo ejecu­tivo la confianza del legislativo.

Los alcaldes eligieron por unanimidad presidente del país a Agirre, alcalde de Getxo, quien designó a los miembros de su Gobierno y prestó juramento en Gernika al pie del árbol santo.

Circunstancias anormales creadas por la guerra induje­ron a los Gobiernos de Cataluña y Euzkadi a asumir fun­ciones propias del Gobierno central. ¿Estuvo justificado ese desbordamiento? No tanto en Cataluña como en Euzkadi, porque con el territorio catalán se sostuvieron hasta el período final de la guerra las comunicaciones entre el Go­bierno nacional y el regional, llegando a tener ambos su sede común en Barcelona, mientras que el territorio vasco estuvo siempre separado del resto de la zona leal. Esa misma anor­malidad impide formular juicios sobre el funcionamiento de los Estatutos. Yo achaqué a los dos ya puestos en función un defecto inicial: exceso de burocracia. Y el burocratismo es defecto de difícil corrección, porque nombrar funciona­rios resulta siempre fácil, pero destituirlos constituye empre­sa muy embarazosa.

La actuación de Agirre

El examen de ese y otros aspectos me alejaría de mi pro­pósito que debe reducirse a dibujar la figura del presidente Agirre dentro del excepcionalísimo marco histórico en que le tocó actuar.

Comenzó Agirre su actuación presidencial en plena guerra y cuando los embates del enemigo dirigíanse más fu­riosamente —por tierra, mar y aire— contra el territorio vasco para completar su aislamiento del resto de España y apoderarse de las industrias gipuzkoanas y bizkainas que constituían magnífico arsenal bélico. Saltaré sobre esa sangrienta etapa para llegar a la de posguerra, a la de estos veinte últimos años, que, a mi entender, define mejor que nada la personalidad de Agirre y descubre su gran capacidad política.

Sortea con habilidad las dificultades que entraña la hete­rogénea composición del equipo gubernativo que dirige y su característica flexibilidad le conduce a rectificar decisiones propias tan pronto como las considera impracticables. Por ejemplo, en su primera jira por América declara que, al re­constituir dicho equipo, no admitirá en él a nadie que esté vinculado con partidos políticos españoles, pues todos sus colaboradores han de pertenecer exclusivamente a agrupa­ciones vascas. Más apenas advierte que va a serle imposible escindir a los socialistas, renuncia a tal propósito para aso­ciarse con afiliados del Partido Socialista Obrero Español.

Cuando en París se funda la Junta de Auxilio a los Re­publicanos Españoles, gestioné que de ella formaran parte los presidentes de ambos Gobiernos regionales y que fuera secretario Manuel Irujo. Este y Agirre se negaron, arrastrando en su negativa a Companys, con cuya aquies­cencia conté previamente. Por entonces, las simpatías de Agirre debían de caer del lado de Negrín, según lo revela el caso de que el representante nacionalista vasco en la Diputa­ción Permanente de Cortes votara contra la formación de la JARE y que los afiliados al PNV se sumaran al SERE, enti­dad de ayuda creada por Negrín. Sin embargo, al cabo del tiempo, dando media vuelta, se incorporaron a la JARE.

Los servicios de auxilio hospitalario y económico dis­puestos por el Gobierno Agirre en favor de los vascos que se refugiaron en Francia merecen toda clase de alabanzas.

Dotes del desaparecido

Hombre dotado de singulares energías por su juventud y su vigor físico. José Antonio peregrinó por el mundo, espe­cialmente por América, en busca de solidaridad para su pueblo derrotado y de aliento para los componentes de su Gobierno, y esas campañas le resultaron fructíferas.

Su ardiente fe católica le abrió muchas puertas en el viejo Continente, permitiéndole enlazarse con el movimiento demócrata cristiano allá donde éste ha adquirido enorme po­tencia.

Su simpatía personal, ciertamente arrolladora, y su ingé­nita bondad le hacían ganar el respeto cuando no era posible la adhesión.

La Oficina de Prensa de Euzkadi edita en París un boletín diario que sirve de fuente informativa a todos los pe­riódicos del exilio español, pues Agirre tuvo el acierto de confiar la dirección a Felipe Urcola, que nunca se significó como nacionalista, pero que, siendo indiscutiblemente el mejor periodista vasco de estos tiempos, acredita su pericia profesional no sólo en una selección objetiva de las noticias, sino en comentarios presididos por finísima ironía.

Sin que su oratoria llegara a la grandilocuencia, Agirre hablaba con método, corrección y claridad, tanto en cas­tellano como en euskera, no faltando en sus oraciones tintes emotivos con los que impregnaba al auditorio. Esas mismas condiciones eran adorno de sus escritos —alocuciones de Gabón (Nochebuena) y otras proclamas—, campeando asi­mismo en sus libros, todos ellos bien construidos.

Optimismo inquebrantable

Pero la fuerza mágica de José Antonio Agirre era su in­quebrantable optimismo. Creyó hasta el instante de la inevi­table derrota, que triunfaríamos y, a partir de la «debacle», supuso que estábamos en víspera de recobrar nuestras liber­tades. Con esa esperanza ha muerto, y digo esperanza por­que sus vaticinios al respecto no estaban dictados por un convencionalismo común entre gobernantes para consolar o alentar a los gobernados. No; las predicciones optimistas de José Antonio estaban inspiradas por la más profunda con­vicción personal.

Así era José Antonio de Agirre y Lekube, según el pare­cer de quien, como yo, discrepó de sus ideas y desaprobó frecuentemente sus actos.

La última vez que le vi fue durante su visita a México en 1959. Tuvo la gentileza de venir a mi casa para condenar un folleto procedente de algún sector separatista dedicado a in­famarme, un folleto repleto de falsedades y majaderías.

Tras agradecer su caballeroso gesto, dije como comenta­rio: «Sé que el folleto lo distribuye aquí un tal Suárez. Cuando usted vino por vez primera a México, asistí al ban­quete que en su honor se dio en el Centro Vasco. Deseando que cualquiera nueva presencia mía en dicho Centro no fuese la de un intruso, pedí mi ingreso en calidad de socio, más mi solicitud fue arrancada de la tablilla correspondiente y hecha añicos por un tal Pérez. No cabe duda de que la pro­sapia euskalduna del Suárez y el Pérez deseosos de agraviar­me es purísima, conforme lo revelan sus patronímicos. Mal­dito si vale la pena que hablemos de eso». Y nos pusimos a conversar sobre temas de interés, todos ellos matizados de su indomable optimismo.

¿Cómo reemplazar a José Antonio? Nadie en el Partido Nacionalista Vasco, ni en los demás partidos de la región, reúne sus dotes excepcionales, las que he señalado en forma sumaria. Examinado el caso desde el punto de vista legal, la sustitución aparece imposible, porque sólo José Antonio, sin que pudiera delegar en nadie, tenía otorgada, aunque con defectos impuestos por una anormalidad circunstancial, la representación del país. Pero eso sería lo de menos si se diera con hombre apropiado, un hombre de su fe, su temple, sus arrestos, su capacidad y su experiencia, la expe­riencia de veintitrés amargos y dolorosos años aplacados por un optimismo increíble.

¡Pobre José Antonio! ¡Descanse en paz! Respetuoso y conmovido, me descubro ante su cadáver y renuevo aquí mi pésame a su familia, a sus colaboradores y al Partido Na­cionalista Vasco. Todos acaban de sufrir una pérdida irrepa­rable.

El Cónsul panameño

Viernes 3 de abril de 2020

Este señor de la foto no es un rico hacendado panameño de nombre José Andrés Álvarez Lastra sino el presidente de los vascos, José Antonio de Aguirre, con gafas de concha, bigote y su inseparable pañuelo bilbaíno en el bolsillo de la chaqueta. Su nombre, José Antonio de Agirre y Lekube tenía las mismas iniciales que su pañuelo y de ahí se sacaron el nombre del Sr. Álvarez Lastra, personalidad que le facilitó el cónsul panameño para huir vía Berlín hacia la libertad. Al president de Catalunya Lluis Companys ya lo habían detenido, posteriormente fusilado, y Agirre tenía puesto el precio de su cabeza.

Son historias increíbles, para hacer una buena película que en cuarenta años no se ha hecho, pero que pienso que algún día se hará y las nuevas generaciones aprenderán el precio de la democracia y libertad que parecería que vienen del cielo.

En la madrugada del domingo 13 de Abril de 1947 falle­ció en la ciudad de Nueva York el Dr. Germán Gil Guardia Jaén, conocido por el mundo vasco de la época  por haber sido el cónsul panameño que salvó la vida de José Antonio de Agirre. El Dr. Guardia Jaén desempeñó el consulado de Panamá en Hamburgo desde 1931 a 1936, para pasar después con el mismo rango a la ciudad de Amberes, en Bélgica. En este puerto tuvo ocasión de facilitar al Lehendakari Agirre los me­dios de escapar a la persecución de la Gestapo, propor­cionándole un pasaporte falso panameño bajo el supuesto nombre de Dr. Álvarez Lastra y acompañándole a pedir el salvoconducto que le permitió llegar a Berlín.

Al declarar Panamá la guerra contra Alemania, el Dr. Guardia Jaén pudo regresar a su país, y de allí pasó a Mon­tevideo como Cónsul General y Secretario de Legación.

Agirre refiere así su encuentro con Guardia Jaén en su libro de «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín»: «La entrevista fue breve, pero con la misma rapidez comprendí que me encontraba ante un alma muy noble. No me equivoqué. Dos días más tarde obraba en mi poder un ingenioso documento, que tenía el valor de un pasaporte provisional hasta que las autoridades de Panamá —según se decía en él— enviaran el permiso para otorgar el definitivo. Se hacía constar en el documento, que el antiguo lo había perdido con mis equipajes en una de las aglomeraciones de la frontera. Combinamos los hombres con el fin de que las iniciales coincidieran con las de José Antonio de Agirre y Lekube, y que respondieran además a apellidos conocidos de Panamá. De esa manera surgió al mundo el ciudadano panameño José Andrés Álvarez Lastra, doctor en Leyes y propietario de fincas en la provincia de Chiriqui».

Después de numerosas aventuras y peligros relatadas por el Presidente Agirre en su libro «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín», Guardia Jaén se despide de Agirre en Berlín. Lo cuenta así el Lendakari:

«También ha llegado Guardia, mi Cónsul. Instintiva­mente, pero con acierto. Quien fue el creador del doctor Álvarez necesariamente había de estar presente en su despedi­da. Ha cenado con nosotros lleno de satisfacción.

Por fin salimos de Berlín el 25 de Mayo. Son las ocho de la mañana. De pie al lado de la portezuela, delante está mi Cónsul. El último abrazo y un agradecimiento que no borra­rán las distancias ni el tiempo».

Guardia Jaén después de una intervención quirúrgica en los Estados Unidos, apenas repuesto, tomó parte en los tra­bajos de la Delegación Panameña en la Asamblea General de las Naciones Unidas, como asesor del Dr. Ricardo Alfaro, Ministro de Relaciones Exteriores panameño, y en estas funciones tuvo ocasión de ayudar una vez más a la causa vasca.. Después quedó adscrito a la Delegación Permanente ante la ONU, y un mes antes de su muerte recibió el nombramiento oficial como Delegado adjunto de Panamá ante las Naciones Unidas.

Desde su llegada a New York el Dr. Guardia Jaén estuvo en contacto permanente e íntimo con los miembros de la De­legación Vasca; frecuentaba los medios sociales vascos y el Restaurant Jai Alai, sin cesar en todo momento de dar muestras de su afecto hacia nuestro viejo pueblo, que sim­bólicamente pudo demostrarle su gratitud cuando a la hora de morir, un sacerdote vasco le asistió en sus últimos mo­mentos; de ésta manera, la presencia ante su lecho de agonía de los representantes oficiales del Gobierno Vasco y de uno de los religiosos que supieron  estar al lado del pueblo, pu­dieron ofrendar al Dr. Guardia Jaén y a su familia en esa hora final el afecto y el recuerdo de un pueblo agradecido.

Los periódicos norteamericanos dieron cuenta de su muerte en lugar preferente. Y tanto el Gobierno de Panamá como las Naciones Unidas le tributaron los honores póstumos debidos a su rango.

Pero para ahondar más en la personalidad del Cónsul Guardia Jaén y en la firme amistad Guardia-Agirre hemos de remitirnos a alguien que los conoció de muy cerca y en el propio Panamá. Se trata de Juan González. de Mendoza y Garayalde, delegado del Gobierno Vasco en Panamá, quien a raíz del fallecimiento del Cónsul de Agirre escribió en la Re­vista «Euzkadi» del Centro Vasco de Caracas, un emotivo y preciso artículo sobre Germán Gil Guardia y el Dr. Álvarez de la Lastra. Escribió el Delegado:

“¡Por qué caminos inesperados el nombre de Panamá se ha incorporado a la historia vasca…! Una vez fui llamado sigilosamente a un convento de Panamá. Me fue entregada una carta que trajo en propias manos un insigne arquitecto norteamericano desde Amberes. Se me pedía un pasaporte panameño para un tal José Álvarez de la Lastra. El padre superior es testigo de que al ver este nombre surgió otro en mi boca: el verdadero. Sin embargo, ignorábamos la impor­tancia que podía tener un pasaporte de tal clase, porque si se hacían las cosas de acuerdo con las autoridades diplomáti­cas, todo podía ir bien sin necesidad de esto, y, en caso contrario, esto no sería suficiente. De todos modos, pedi­mos el pasaporte, que costaba la módica suma de 5 balboas, por intermedio de un señor Esquivel, chiricano y muy amigo nuestro. ¿Qué sucedió?. Nunca lo hemos sabido. El pasa­porte, reclamado una y otra vez, no apareció.

Al poco tiempo recibimos otra orientación, esta vez por parte de otro súbdito americano muy afecto a los vascos. Se trataba de hablar directamente con el Presidente de Panamá y conseguir un pasaporte diplomático para ir a buscar a Agirre bajo la protección del Gobierno. Dos gestiones hici­mos cerca del Dr. Arnulfo Arias Madrid, a la sazón Presi­dente de Panamá. Las dos fueron desechadas y mal trata­das, a pesar de que intervinieron en la presentación personas muy amigas y de gran influencia para con él. Entre éstas hay que destacar al Dr. Wandehake, venezolano, que hizo cuanto pudo por nosotros. ¿Por qué el Dr. Arnulfo Arias se negó a un acto de esta naturaleza, diciendo que «no le inte­resaban jefes, sino vascos sin corbata, para Panamá»?

Todavía ignorábamos por qué se nos pedía la interven­ción de Panamá en un problema tan delicado, habiendo otros países más llamados a llevar a cabo esta gestión y con más probabilidades de éxito.

Un día del mes de Mayo de 1942 fui llamado urgente­mente al despacho del Ministro de Educación, Lic. Víctor F. Goytia. Platicando con él se hallaba un señor con aspecto que irradiaba simpatía y en cuyos nobles ojos se destacaba una sonrisita maliciosa. Me preguntó el Lic. Goytia por Agirre. Le di las últimas noticias satisfactorias. Lamentó no haber sido ellos Gobierno en el tiempo difícil para haber arreglado el problema como se nos pidió. Entonces me hizo una pregunta desconcertante:

¿Conoce usted al señor Germán Gil Guardia?

Yo no lo conocía más que de nombre e ignoraba la por­ción de responsabilidad decisiva que tuvo en la liberación de Agirre.

Pues aquí lo tiene en persona; él es.

Desde ese momento Germán y yo fuimos muy buenos amigos, viendo siempre en él al panameño caballero de ran­cia cuna y admirador de los vascos, cuyo amor después de Panamá estaba puesto en Euzkadi.

Cuando Agirre hizo su gira por América Latina fui invi­tado a vivir en casa de Guardia, donde atendí al señor Agirre, que allí se hospedó. Había que ver lo sustancioso de aquellas conversaciones entre Germán y José Antonio, en las que no se sabía más que admirar, si su amable sencillez o la amistad sublime que en ellas campeaba.

Muchos datos que no aparecen en la obra «De Gernika a Nueva York pasando por Berlín» fueron discutidos en mi presencia y precisados como si se tratara de aquilatar piedras preciosas. Es que estos hombres egregios sabían qué podía suponer cada pequeño detalle de cada detalle pe­queño, rodeados como esta por aquella jauría de chacales de la Gestapo. Pero, como afirmaba Agirre: también es una institución humana y como hombres pueden equivocarse». Tan cierto es esto que yo mismo viajé el año 1933 por Ale­mania con pasaporte falso. Tuvimos que falsificarlo, no por causas políticas, sino porque teníamos prisa. Mi pasaporte pasó mil exámenes por manos de los nazis y nadie dijo nada. También ellos son hombres en el equivocarse, aunque no lo sean en sus sentimientos.

Después de esto hubo muchas ocasiones en que Germán, su familia y yo nos vimos y nos tratamos. Tratar gentes de esta prosapia es un descanso en el ambiente corrompido de todo el mundo. La última vez que Germán estuvo en Pana­má no lo visité enseguida y no tardé en recibir una llamada telefónica: «Mendocita: ya que usted no quiere verme, dígame cuando puedo ir a visitarlo». Al día siguiente habla­mos de nuestras cosas y de la vida de los vascos en Sudamérica. Estaba impresionado por las atenciones de que había sido objeto y me decía: «Yo creo que más que la obra que yo he realizado, los vascos agradecen la pieza que les salvé». También es verdad, aunque nada desmerece el mérito del ca­zador, antes bien agrada lo elegante de su desprendimiento.

El viaje que hizo Germán con sus familiares de Panamá a Montevideo fue un viaje apoteósico. Las Delegaciones vascas avisadas, supieron hacer lo mejor que pudieron. Y, desde luego, saben. La carta que me escribió Germán narrándome este viaje termina con esta frase: Veo que merece la pena vivir cuando encuentro todavía nobleza en el mundo».

Ayer mismo me decía el señor Sicre, Ministro de Justicia de Panamá: «Germán siempre ha sido un hombre valiente. Tenía las cualidades que se precisan para hacer lo que hizo con Agirre. Germán ha sido un hombre que ha soportado 25 años seguidos una enfermedad grave con una entereza que admira». Todos sus amigos de Panamá, en lo que se ha escrito de él, nos lo pintan como «hombre probo, bueno, noble, valiente y leal». Ese es el hombre que salvó a nuestro Presidente. No se necesitaba menos ni se necesitaba más.

El día que se supo su muerte —13 de Abril— Quique (hermano de Germán) telefoneó desde Nueva York. Al pre­guntarle Carlos (otro de sus hermanos) cómo había sido atendida la viuda, contestó: «Todos los amigos se han por­tado a la altura. Pero he de hacer mención especial de los vascos, que en todo momento han sido como hermanos nuestros. Esto nunca lo olvidaremos».

Tuve el alto honor de acompañar a la familia. Juntos fuimos a recoger el cadáver al vapor «Panamá», que llegó a Cristóbal el lunes 21, a las nueve de la mañana. Como dele­gado de los vascos, les pedí el privilegio de que nos dejasen encargarnos de sus funerales, ya que el Gobierno le había declarado honores y estos honores no incluían la misa.

Los vascos reunidos (éramos seis) decidimos enviar una gran bandera vasca hecha de flores, al entierro. El fúnebre cortejo fue encabezado por esta ikurriña, según orden que dio la familia vasca. Y se dio el caso de que detrás de nuestra bandera (que fue una obra de precioso acabado) iban todas las ofrendas florales precediendo al cadáver. Detrás de éste iban los familiares. Y enseguida el presidente de la Repúbli­ca, Ministros, ex-Ministros y ex-Presidentes así como distin­tas personalidades de la vida pública panameña.

Los que en Panamá no conocían nuestra bandera la co­nocieron en el entierro de Germán, porque la historia corría de boca en boca: «Esa bandera es de los vascos a Germán porque les salvó a Agirre».

No hay que decir que el coro que cantó la misa de Ré­quiem (compuesto por sacerdotes y religiosos vascos) lo hizo muy bien. Sólo nos faltó el orador. Quien estaba encargado de hablar no tuvo cupo en el avión. Vive muy lejos de la ca­pital. Yo, que era el indicado, no tuve ánimos para hacerlo.

Ojalá todos los vascos del mundo vuelvan a leer la histo­ria de Agirre en su odisea por la Europa ocupada. Hemos de volver a valorizar el nombre de Germán.

Se ha dicho en la prensa de Panamá que la vida de Ger­mán, sólo con haber salvado a Agirre, merecía plenamente vivirse. Se ha dicho también que a Germán se le conoce gra­cias a Agirre… Yo tengo la firme convicción de que no es así.

Germán, un hombre enfermo, un hombre que irradiaba serenidad, un hombre que no era potentado y que nunca tembló delante del peligro, no es grande por sólo tal obra o tal otra, sino que es grande por sí mismo y por ser capaz de hacer obras grandiosas. Nuestro orgullo es que Germán, así como inspiró confianza a Agirre desde el primer momento, también captó la personalidad de Agirre desde el principio, y, así se hicieron hermanos.

Las águilas se encuentran en los cielos limpios de sus espíritus”.

Este es el relato del Delegado Vasco, ”Mendozita” un tipo de primera que además decía ”me gustaría ser, en Álava cuando Franco sea un mal recuerdo,  alcalde aunque sea de un pueblecito de cien habitantes” ”Para que” me preguntaran. ”Para dedicarle una placita a Germán Gil de Guardia Jaén y cuando los niños preguntan quién fue  ese señor, yo les contaría esta historia”.

Ojalá alguien le haga caso.