Cuando al Lehendakari le robaron su despacho

Jueves 2 de abril de 2020

En agosto de 1936, dos meses antes de la constitución del primer gobierno vasco, el EAJ-PNV compró un palacete en el número 11 de la Av. Marceau cerca de la plaza de la Estrella en Paris. Lo hizo a través de una operación de vascos que desde Mexico, como los Belaustegigoitia hicieron  la operación y más tarde con el naviero Marino Ganboa. Tras la constitución del gobierno esa mansión se convirtió en la Delegación del Gobierno Vasco en Paris que sirvió de despacho al gobierno vasco en el exilio, tras la pérdida de la guerra hasta mayo de 1940 cuando entraron los alemanes  ocupando Paris y la Gestapo le pasó las instalaciones al gobierno fascista del general Franco donde allí estuvo el militar Antonio Barroso, que luego fue jefe del cuarto militar de Franco, el policía Urraca Pastor, quien persiguió a los republicanos españoles y a los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos junto con un equipo de indeseables..

Tras la pérdida de Alemania en la guerra y la entrada del general Leclerc en Paris, comunistas y nacionalistas volvieron a ocupar la Delegación y allí volvió a tener su despacho el Lehendakari Agirre hasta que un mal día, la embajada de Franco presionó al gobierno francés para que le “devolviera el palacete” ya que bajo ocupación alemana y por una sentencia de un jurado colaboracionista del Sena, había pasado a propiedad  de la España franquista.

El lehendakari argumentó todo esto, pero al final, y siendo Francois Miterrand ministro del Interior del gobierno de Mendes France, el lehendakari tuvo que salir de su despacho a pesar de que las autoridades francesas quisieron  permutar la finca y ofrecerle otra en el distrito XVI de Paris.

Todo esto lo solía contar el secretario de Aguirre que a su muerte, lo fue de Leizaola. Se llamaba José Mari Azpiazu y si hubiera escrito sus memorias hoy serían invalorables.

Antes de comenzar la guerra civil, Azpiazu, era funcionario del Mi­nisterio de Agricultura y trabajaba en el servicio agronómi­co de Bizkaia. Al estallar la contienda fue a trabajar al go­bierno civil destinado a Gobernación, donde actuó como secretario del jefe de la Policía. No quiso permanecer en la retaguardia y se alistó, destinado a sanidad, saliendo al frente con el batallón Otxandiano. Hecho prisionero estuvo en la prisión de Burgos,  juzgado y sentenciado a muerte. De allí les llevaron a Palencia donde se formó el batallón «18 de traba­jadores»; tras andar por Guadalajara se escapó y llegó a Francia el 4 de Enero de 1940. Después de serias dificultades trabajó en el arsenal de Tarbes como mecánico especialista.

Con la ocupación alemana le recluyeron en el campo de GURS y tras pasar por otros, acabaron en ARGELES SUR MER. De aquí les transportaron a Brest donde trabajaron en la base submarina alemana y de aquí a Cherburgo de donde volvió a escapar. Se dirigió  a Brest, empezó  a trabajar en una mina y de allí a Bayona y trabajó en el fuerte de Montbarei. Al comenzar la retirada de Hitler, sin trabajo y sin dinero, fue llamado por Eliodoro La Torre, consejero de Hacienda del Gobierno de Euzkadi, para incorporarse voluntariamente a la Brigada Vasca.

Fue a Burdeos e ingresó en el batallón. Al acabar la guerra recibió orden de ir a trabajar en París en la Delegación del Gobierno Vasco ya que sabía mecanografía y en contra de sus  deseos, que eran ir a los Pirineos donde algunos otros gudaris estaban preparándose ya para actuar, acató la indicación  y ya en París, a las 24 horas presentó la dimisión, pero  como no fue acep­tada por Leizaola quien en aquel entonces estaba al frente de la Delegación ya que el Lehendakari estaba en Nueva York, continuó en el secretariado.

De esta forma tuvo ocasión de conocer muy de cerca a José Antonio de Agirre.

Uno de esos días en los que tuve que pasar por la Delegación de Paris, en tiempos de Leizaola que tenía su despacho en la Rue Singer le pregunté por aquella expulsión y me dijo lo siguiente:

“La Delegación del Gobierno Vasco en París estaba en el 11 de la avenida Marceau, era un edificio majestuoso, digno de la categoría de una embajada. Había sido adquirido con donativos de los vascos residentes en América y cedido al Gobierno Vasco. Con la invasión alemana nuestra gente tu­vo que escapar y los franquistas tomaron posesión del edifi­cio; al retirarse los alemanes y elementos vascos lo recupera­ron a punta de pistola; los franquistas no osaron manifestar­se y el Gobierno Vasco ocupó de nuevo el local.

Pero duran­te la ocupación alemana Franco había planteado una querella contra el Gobierno Vasco afirmando que el edificio pertenecía al gobierno español, ya que según él, había sido adquirido con el dinero robado al tesoro de España. Un tri­bunal francés sentenció la entrega del edificio al gobierno franquista, sin tener en cuenta a la parte oponente ya que se estaba bajo el reino de terror de la Gestapo.

La sen­tencia no fue cumplida en la inmediata postguerra pues la posición política de Franco era muy débil, pero pa­sados algunos años comenzó a presionar al gobierno francés intimidando y amenazando con el cierre de centros culturales franceses en España y otras extorsiones  y  éste claudicó. A fin de cuentas, pienso mal, que a Francia le incomodaba que los vascos nacionalistas hablaran de una Euzkadi con Iparralde incluida y entre eso, la democracia y la dictadura, eligieron a Franco. Terrible.

El gobierno francés le propuso al Lehendakari el abandono del 11 de la avenida Mar­ceau a cambio de otro local de condiciones equivalentes a la del primero. Agirre consideró que esto era en cierto modo pactar con Franco y se negó a la componenda. Se desalojaría y luego se vería lo qué hacer.

El Lendakari man­dó un telegrama a los vascos de Venezuela explicando la si­tuación y proponiendo la compra de una pequeña villa en la rue Singer, para lo cual se necesitaba una elevada suma. Este telegrama fue enviado un sábado a las dos de la tarde. El lu­nes la respuesta ya había llegado, los vascos de Venezuela ponían en disposición del Gobierno Vasco la suma necesaria para la utilización del local. El Lendakari con esta respuesta se dirigió al Ministerio de Asuntos Exteriores francés y mostrándosela dijo: «Así actúan los vascos».

La víspera del desalojo los vascos de París, alertados, acudimos a la Delegación y pasamos toda la noche retirando la documentación, enseres, incluso quitamos  los teléfonos.

También acudió M. Ernest Pezet cuyos títulos, eran se­nador francés, Presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores , Delegado del Consejo de Europa, oficial de la Legión de Honor, Cruz de Guerra, medalla de la Resistencia y secretario de la Liga Internacional de Amigos de los Vascos, institución que a ojos de la ley ocupaba el local quien afirmó dirigiéndose al comisario encargado del desalojo: «Declaro solemnemente que la Liga Internacional de Amigos de los Vascos de la que soy secretario general es expulsada contra todo derecho real y que la Liga y yo mismo no cedemos sino a la fuerza pública. Elevo pues una, protesta para que figure integralmente en el acta de expulsión y terminó diciendo… y ahora señor comisario cumpla su penoso deber, cójame por la solapa y sáqueme a la calle, nosotros no nos rendimos si­no a la fuerza».

Recuerdo a José Antonio pálido y con los dientes apreta­dos conteniendo difícilmente la emoción ante  el calificativo de ladrón dirigido a su pueblo. En un borrador para el comisa­rio dice así: «Salimos de este edificio expulsados por la fuer­za pública en requerimiento de una sentencia que titula de ladrón al Gobierno Vasco, sentencia obtenida durante la ocupación alemana y bajo la protección del enemigo. Yo protesto contra esta violencia que nuestro honor, nuestra limpia conducta y nuestra tradición merecían otro trato. Nuestra causa ha estado unida a la vuestra, nuestra sangre se ha derramado con la vuestra contra el enemigo común y ahora somos expulsados de esta casa entregándola a quienes durante toda la guerra fueron aliados de nuestros enemigos del eje. Protesto en nombre de nuestro pueblo a quien ésta determinación causará el más profundo dolor sentido en el exilio, porque es causado por los amigos con quien compar­timos dolor y sacrificios comunes por la causa de la libertad y la democracia a la cual estamos fielmente adheridos».

Así era José Antonio, fiel imagen de su pueblo enfrenta­do a todas las dificultades. No hay corazón humano que re­sista tantos y tantos disgustos y desengaños y al final murió víctima de ello el 22 de Marzo de 1960. En la puerta cantamos el Himno Nacional Vasco. Fue muy triste.

Háblenos del día de su muerte.

A las 10:30 de la mañana me llamó su esposa a la oficina diciendo que el lehendakari no vendría, pues había pasado ma­la noche.

Esto no era extraño pues a causa de su bronquitis solía hacerlo frecuentemente pero esta vez noté a Dña. María muy inquieta; llamamos al médico don Laureano Lasa exi­liado bilbaíno, quien tras reconocerle recetó unos medica­mentos. Hablé con él en la calle y me comunicó que el Lehen­dakari había tenido un infarto y no sobreviviría si sufría otro. A las 16:30 fui a verle, estaba a oscuras y en reposo, le encontré muy locuaz y se refirió al trabajo que haríamos al día siguiente ¡Cuán lejos estaba de suponer que vivía los úl­timos minutos de su vida! Corté la conversación pues el mé­dico había ordenado absoluto reposo. Me despedí de él, fui a la oficina y al llegar se recibía la noticia de su muerte”.

Bueno, como se ve aquel exilio fue muy dramático para el Lehendakari y él, que era un hombre optimista, sufrió un duro golpe con la traición del gobierno francés que por cobardía y debilidad le desalojaba de su despacho y lo daba a una dictadura. Hoy ese edificio es el Instituto Cervantes y yo a Margallo le pregunté en pleno si en la primera visita que iba a hacer a Paris como rey, Felipe VI lo visitaría estando en litigio, sabiendo toda esa historia y de alguna manera ratificando un expolio. Y efectivamente lo hizo.

Posteriormente en los distintos viajes a Paris que hemos hecho siempre íbamos al palacete y en la puerta proclamábamos que era una propiedad vasca y cantábamos el Himno Vasco, como lo hizo en su día nuestro Lehendakari. Con el tiempo se ha convertido en costumbre y el año pasado lo hizo Andoni Ortuzar y anteriormente lo había hecho el Lehendakari Iñigo Urkullu.

Cuando viajen a Paris y  cuando se pueda hacerlo, traten de hacer lo mismo. Ese palacete es vasco, no del Instituto Cervantes.

Recuerdo a Maciá hecho por Agirre

Miércoles 1 de abril de 2020

En esta fotografía se le vé al Lehendakari Agirre depositando una corona de flores ante la tumba de Frances Maciá en 1937. A su lado está el President Luis Companys, quien fuera fusilado en 1940 por las tropas sublevadas. Pero en esta entrega deseo centrarme en la figura de Maciá

Maciá no es solo una calle en Deusto, sino fundamentalmente el nombre de una de las personalidades más importantes de la historia catalana. Fue presidente de la Generalitá de Catalunya en plena República y fundador de los partidos Estat Catalá y Esquerra Republicana. Falleció en 1933 y le sustituyó Lluis Companys.

El Lehendakari Agirre tuvo mucha relación con Catalunya y los catalanes en el Congreso, cuando la Generalitá le acogió tras la caída de Bilbao, cuando prometió estar al lado de  Companys cuando éste saliera al exilio y durante los años que en Paris tuvo su gobierno en pleno destierro.

Hoy vamos a destacar esta amistad con algo que dejó el  propio Lehendakari y que nos  que ilustra sobre esta cerrada amistad. Un recuerdo que el Lehendakari le hace a Francesc Maciá en 1947 cuando se cumplían catorce años de su muerte.

“Catalunya tiene la gran virtud de ser un valor permanente. Catalunya es, porque sus hijos sienten la tierra, hablan su idioma, son catalanes.

De aquí que cuando los acontecimientos parecen haber desorganizado las ilusiones políticas, hoy como ayer, la catalanidad, con su valor de permanencia, surge con tal fuerza que sobre ella vuelven a florecer las más eficaces empresas políticas.

Hay quienes presentan a los catalanes como políticamente turbulentos, atribuyendo este hecho a la influencia de un individualismo exacerbado que ha dado, entre otros resultados, el nacimiento de un movimiento li­bertario de pujanza. Deducen de ahí que Catalunya no es factor de orden, ni capaz de dirigir un proceso constructivo.

Yo me sitúo radicalmente en el campo opuesto. No sólo por afecto, que los catalanes conocen bien, ni por considera­ciones de afinidad o conveniencia política que también son importantes, sino por mi admiración por esa realidad que es la catalanidad, por la fuerza irresistible de ese fondo perma­nente que corre a través del pueblo catalán que me lleva a creer en Catalunya como factor de orden y progreso. Más aún, el genio catalán ha modelado el alma de su pueblo con sentimientos tan arraigados, que su defensa constituye las páginas más brillantes de la Historia de Catalunya. Estos ideales han quedado nuevamente consagrados en nuestros días a través de la sangre, del dolor y del sacrificio.

«Catalunya es y será». Así me lo decía el 11 de Octubre de 1933, el Presidente Maciá en interesante conversación a la cual asistía otro gran amigo también desaparecido, Jaume Ayguadé, entonces Alcalde de Barcelona.

Yo había sido comisionado por mis compatriotas para acudir en su representación a la ceremonia conmemorativa de aquella fecha gloriosa. Recordaba yo al President cuán­to me había emocionado el entusiasmo y el aplauso espontá­neo con el que el pueblo le había recibido a la llegada al pie del monumento de Casanova, y cuánto valor tenían los sen­timientos enraizados definitivamente en el alma del pueblo.

«Catalunya es y será», me respondió el Presidente Ma­ciá, con aquella profunda convicción que reflejaban sus pa­labras, que respondían a los sentimientos más profundos del espíritu de aquel hombre ilustre.

En la conversación me permití felicitar a Catalunya por haber tenido la fortuna de encontrar en él el exponente de su voluntad histórica en momentos tan críticos como fueron los que precedieron y siguieron a la caída de la Monarquía en 1931.

Maciá me respondió: «Hubiese sido lo mismo que yo no hubiera existido, porque Catalunya hubiera encontrado los hombres adecuados para este momento, como los encontra­rá en cada una de las vicisitudes que pueda presentársele en el futuro, porque Catalunya es y será».

Y en efecto, así es y será, no porque yo lo desee solamen­te, sino porque Catalunya, como valor permanente, no en­contrará jamás cerrados definitivamente los caminos de su salud en la libertad. Pronto se darán circunstancias favo­rables en las que esta libertad será de nuevo organizada para bien de Catalunya y de los demás pueblos peninsulares.

Triste esperanza la de aquellos que creyeron lo contrario. Murió Maciá y cayó Companys. Jamás recibió la tierra de Catalunya semilla más ubérrima. El fondo permanente que corre a través de su historia recibió con ello consagración de­finitiva. La libertad será el premio.

Que este voto surja de un vasco nada tiene de extraño. En medio de las desdichas del presente, el destino ha marca­do un rumbo a nuestros pueblos como portavoces de hon­dos anhelos de libertad, como heraldos de la lucha positiva de la democracia contra toda clase de opresión y tiranía. Que sepamos ser dignos de ella recordando al gran Presiden­te Maciá.

Al cumplirse el XIV aniversario de la muerte del gran amigo de los vascos, he querido remover estos recuerdos que son siempre gratos, porque demuestran que la fe en las gran­des causas de la libertad es capaz por sí sola de mantener en pie el espíritu de los pueblos, y si la voluntad es puesta en ac­ción a su servicio, entonces se ha encontrado definitivamen­te el camino de la salud.”.

Hermosas palabras que ningún político vasco ha sacado del olvido en estos años de relación y de complicidad con Catalunya y su lucha política. Y no por mala voluntad, sino por desconocimiento. Hacemos política hoy en día como los barcos en la niebla, radar. Y esto es parte de nuestra historia reciente. El pensum de estudios tiene una inmensa laguna en datos de historia. Este es todo un ejemplo.

Agirre. Vivencias de un amigo

Martes 31 de marzo de 2020

El BBB del PNV tuvo en Bilbao en tiempos de la clandestinidad un despacho tapadera en la calle Iparraguirre Nª39 con dos abogados, Eduardo Estrade y Karmelo Zamalloa. Poco después, saliendo de aquel túnel dictatorial la sede de organización estaba en la calle Henao y la de formación, prensa, Euzkadi y varios más en la calle Marqués del Puerto. Bien, pues en esta sede, un buen día se apareció un señor muy educado diciendo que había sido amigo personal del Lehendakari y que nos quería contar cosas sobre él. Se trataba de Julián Ruiz de Agirre, un abogado bilbaíno de prestigio que tenía su bufete en la calle Colón de Larreategi. Y allí fuimos varias veces a que nos contrata sus vivencias con el Lehendakari. Y lo hizo. Con temas cercanos como su trabajo de abogado su vida de futbolista y de orador, de picapleitos y de figura emergente.

Don Julián nos dijo lo siguiente:

“Los cinco años anteriores al 31 son de verdadera trascen­dencia en la formación de toda índole de José Antonio. Al terminar su licenciatura en Derecho en la Universidad de Deusto, ya se fragua un sentimiento religioso que es norma de toda la trayectoria de su vida. Alterna ese puesto con otros, y así hacia el final de su gestión en la presidencia de la Juventud Católica se le adjudica el de vocal de la Junta del Colegio de Sordomudos de Deusto. Más tarde, y en una su­cesión no interrumpida de una a otra actividad, y a veces con varias de ellas, dirige, en la entonces naciente Casa So­cial de Las Arenas, un círculo de estudios, sobre cuestiones sociales. Aquí intimé con él. Aquella actividad no le priva de practicar el deporte, figurando en la línea delantera del Athletic de Bilbao.

Esta formación humanística, religiosa, profesional del Derecho, y a su vez deportiva, determina que a los 27 años de edad se encuentre plenamente capacitado, —como lo demostró—, para afrontar con absoluta entereza el importantísimo papel que en el escenario de Euzkadi le correspondió representar en aquellos momentos cruciales de la Historia.

Huérfano de padre ya por esta época de su primera ju­ventud, y siendo el hermano mayor de una familia numero­sa, sustituye con la mayor naturalidad, y sin sentirlo, a la fi­gura del padre, y así al cariño de sus hermanos se une el res­peto que al padre desaparecido le correspondía.

A la edad de 24 años establece con su compañero Anto­nio Berreteaga su despacho de Abogado en ejercicio en el entonces n° 2 de la Calle Iturribide de Bilbao, frente a las Calzadas de Begoña, en la misma manzana en la que naciera, y junto al lateral de la entonces Audiencia de Bilbao sita en la Calle María Muñoz. Su amigo Berreteaga para el año 1930 ya había abandonado el ejercicio de la Abogacía para dedicarse a otras actividades.

Y aquí una vivencia deportiva que define su carácter. El Athletic tenía que ir a Madrid a un desempate que era obligatorio. Esto ocurrió en el momento que voy a relatar. Se tenía que desempatar en Madrid aquella eliminatoria   precisamente el martes siguiente al del segundo partido. José Anto­nio como jugador del Athletic y a pesar de que no había tomado parte en ninguno de los dos partidos, siendo el segundo fuera de Bilbao, fue llamado urgentemente a Madrid para cubrir un puesto en el equipo.

Lo vi al anochecer de aquel día en el Centro de los Luises de Bilbao con el maletín pre­parado para tomar el tren a Madrid. Todas eran palmadas en la espalda y los deseos de que hicieran él y el Athletic un partido completo. A todos atendía, a todos sonreía, a todos complacía. No se consideraba indispensable sino uno más y el último en el equipo. No recuerdo quien era el rival del Athletic en aquel partido ni del resultado del mismo, si bien que ganó el Athletic, pero lo que sí recuerdo es que José Antonio jugó con plena entrega, cosa que se comentaba en los días sucesivos a esta eliminatoria.

A principios del verano de 1931, cuando se acababan de inaugurar las Cortes Constituyentes de la II República siendo diputado de ellas José Antonio y cuando éste iniciaba su vida política entre dos amigos, y que lo eran de la intimidad de aquel, se decidían por el terreno industrial. Se encontraban estos gestionando para quedarse en traspaso con un pe­queño taller relacionado con la fabricación de  envasados a base de la hojalata, y acudían al despacho de José Antonio para que les asesorase jurídicamente y también para pedirle consejos en orden a la industria en sí, y a cuantos problemas de todo orden se les presentaba.

Una vez que se hicieron cargo del taller, y cuando José Antonio se encontraba en Bilbao, todos los mediodías al ter­minar la jornada de la mañana se presentaban en el des­pacho de este para hablar de la marcha del taller, momentos que se aprovechaban para charlar sobre los temas de actuali­dad y de la situación política en particular. Pues bien, en una ocasión en que así se hablaba sin fijar un tema en concreto, recuerdo que José Antonio les dijo: » Vosotros sa­caréis adelante el negocio y haréis mucho dinero, pero no lograréis la fama ni la popularidad que yo alcanzaré». Fue así.

No había mes que no recibiera una o dos visitas de afi­liados al PNV, de simpatizantes, o simplemente de admi­radores suyos, los cuales se atrevían a presentarse en su des­pacho, o le abordasen en alguno de los locales del Partido para hacerle una singular petición. A los que me estoy refi­riendo les ocurría entonces un acontecimiento en su familia cual era el del nacimiento de un hijo. Y la petición, a veces humilde, a veces con duda de si ésta sería bien recibida, a ve­ces con la singularidad que les daba un conocimiento con José Antonio en algún trabajo para el Partido o de cual­quier otro signo, y a veces por un capricho, era simple y lisa­mente si apadrinaría al niño o niña en su bautismo.

No le vi nunca negarse, y el acto de la ceremonia se establecía en razón de los quehaceres de José Antonio y de las conveniencias de la familia.

Yo conocí, hacia el año 63, a una religiosa Clarisa que era una de las muchas ahijadas que de esta forma la prohija­ra, y la conocí con ocasión de una visita que realicé a su convento. Al decirles mis acompañantes la relación que yo había tenido con José Antonio, la religiosa me declaró que éste era su padrino, y a quien siempre le había tenido presen­te en sus oraciones.

Como es de conocimiento general la familia de José An­tonio procedía de Bergara poseyendo en este pueblo de Gipuzkoa un negocio de fabricación de chocolate. Bastante antes del año 1930 la fábrica de chocolates se instaló en Bil­bao, en donde «Chocolates Aguirre» se fusionó con otros fabricantes a la que se le dio el nombre «Chocolates Bilbainos»,el famoso “Chobil”.. José Antonio era el presidente de aquella modesta industria, y me consta que los socios que así se unieron a la familia Agirre, los Trabudua y los Angulo en todo momento sintieron, y así lo demostraron, un gran aprecio de amigo sincero hacia José Antonio, y que en los que en la actualidad viven, sobre todo los Trabuduas, además del aprecio, sentían y sienten una admiración que la manifiestan.

José Antonio estaba en todo, y a pesar de no tener una permanencia constante en la fábrica, quien quiera que fuere, empleados u operarios que a él acudiera no salía defraudado. A todos conocía, de muchos sabía de sus problemas personales o familiares, y no hubo uno que a él se dirigiera que quedase defraudado.

En cierta ocasión una operaría de la fábrica de chocola­tes de unos cincuenta años de edad, tuvo conocimiento que en una dudosa pensión acababa de fallecer un hermano suyo con el que tenía muy escasa relación. Esta operaría acudió a José Antonio a fin de que se hiciese cargo de las gestiones derivadas de aquel fallecimiento pues temía que los pocos o muchos bienes que su hermano poseía desaparecieran. Por sus ocupaciones me dio a mí el encargo, y una vez resuelta la cuestión y en posesión la interesada de los bienes de su her­mano, que no eran tan pocos dada su condición social, me prohibió terminantemente percibir ningún honorario profesional para el despacho, insinuándome que yo debiera abste­nerme también de percibir retribución alguna por mi traba­jo.

En el tiempo que duró la tramitación de la gestión, José Antonio no dejó de interesarse por la marcha de ella, ha­ciéndome preguntas y dándome orientaciones que siempre fueron acertadas.

Y a propósito, en la fábrica de «Chocolates Bilbaínos» se siguió en materia socio-laboral las orientaciones que seña­laban las Encíclicas Pontificias de la «Rerum-Novarum» y de la “Cuadragésimo Anno» y todo por el recto criterio que sobre la materia tenía José Antonio, siendo uno de los pri­meros talleres o fábricas donde se implantó en favor de los operarios la participación en los beneficios de la empresa.

Otra de las características que distinguía a José Antonio era su sencillez, y la carencia de todo exhibicionismo. ¡Cuántas veces, en los pocos días que paraba en Bilbao debi­do a sus obligaciones como diputado en Madrid, al acumu­larse el trabajo en el despacho, no iba a Algorta a su casa a comer, quedándose en Bilbao! Pues bien, aquellos días en vez de ir a comer a cualquier restaurante de los que entonces abundaban en el Casco Viejo, prefería que le trajesen la co­mida al despacho, alegando que se perdía mucho tiempo sa­liendo a la calle para comer. Siempre se encargaba la comida en la fonda de La Estrella, situada en la Calle María Muñoz frente a la Audiencia y muy cerca de su despacho, y que era propiedad de un afiliado al PNV que tenía además de la fonda, restaurante abierto al público. Cuántas veces le indi­qué que mejor comería saliendo del despacho, ponía alguna disculpa para no hacerlo así, pero la realidad era que procu­raba evitar en lo que le fuera posible cualquier tipo de exhi­bición.

Y en otro orden de cosas, y ya tocando un poco con la política, cuando tenía una duda, qué digo, alguna determi­nación a tomar y aún cuando él tuviese un criterio firme sobre la cuestión, no tomaba la determinación con arreglo a su criterio, sino que siempre mediaba consulta, o bien con los mayores como don José Horn o don Ramón Vicuña, o con sus iguales en edad como eran José María Izaurieta, Juan Ajuriagerra o José María Gárate.

Cuántas veces hablaba por teléfono o personalmente con cualquiera de los nombrados y otros muchos para consul­tarles sobre el problema que se le presentaba y lo tenía que resolver, siempre lo hacía con gran atención teniendo siempre en cuenta los consejos que éstos le daban, y nunca mostraba la superioridad de conocimiento que él tenía sobre el tema tratado.

Esteban Urkiaga «Lauaxeta» solía con frecuencia acu­dir al despacho para hablar de cualquier cuestión, o simple­mente tener una conversación de amigos. Ambos, José An­tonio y «Lauaxeta» se tenían un gran cariño y admiración mutua. Las veces que yo hablé con «Lauaxeta» y refirién­donos a José Antonio, éste me demostró su cariño hacia Jo­sé Antonio; y a la vez José Antonio tenía sentimientos iguales hacia «Lauaxeta» a quien admiraba y de quien decía que en Euzkadi con media docena como él euskera no se perdía sino que adquiriría un mayor esplendor.

Cuando hablaban los dos solos lo hacían en euskera, pe­ro cuando estaba presente alguno que no fuera eusko-parlante lo hacían en castellano.

En los tiempos que conviví con él no conocí ninguna per­sona a quien odiara, ni tan siquiera que le tuviese animosi­dad por cualquier causa. No había manera de que hablara mal de nadie, y pese a lo que le hicieran en cualquier orden, lo mismo en el personal, que en el profesional, y en el político, siempre encontraba algún motivo que disculpase al que le había hecho daño.

Con motivo de un accidente en la estación de Goiri de la línea del ferrocarril Bilbao a Lezama y que costó la vida de un empleado de aquel ferrocarril, se instruyeron unas dili­gencias judiciales. Por esta razón se le encomendó de la de­fensa de los familiares de la víctima y con el cargo de la dirección de aquel ferrocarril. El proceso fue muy laborioso. En aquella litigación, y por cuestiones políticas, dos o tres testigos de excepción, falsearon la verdad llegando a verter verdade­ras injurias contra José Antonio. A éste todo lo que se le ocurrió decir cuando lo comentamos fue: «Son gajes del oficio»; pero nunca entre los comentarios que del pleito hacíamos él y yo, ni entre los que se hacían con el procura­dor, ni con otros abogados, ni con alguien que tenía interés en la cuestión, salió de su boca ninguna palabra que pusiera en entredicho la honorabilidad de aquellos testigos que habían falseado tan abiertamente la verdad en contra de los intereses que defendía José Antonio llegando a la injuria personal a éste.

Anunciadas las elecciones municipales de Abril de 1931, en la candidatura del PNV para el ayuntamiento  de Getxo, figuraba co­mo uno más y su destino era el de simple concejal. Los suce­sos que siguieron aquél 12 de Abril hizo que el BBB cam­biara radicalmente de criterio y se pensó que una figura jo­ven podría ser el impulsor y al mismo tiempo aglutinante de un movimiento que se iniciaba en el pueblo.

Y he aquí que en el plazo de menos de 48 horas se en­contrase en la mano con la vara de la alcaldía de Getxo y el liderazgo de un movimiento con base en los municipios de Euzkadi.

Aquella mañana del 12 de Abril de 1931, varios muchachos de Las Arenas y de Algorta nos encontrábamos recorriendo los colegios electorales para dar cuenta del am­biente a los responsables de la marcha de las elecciones. Al llegar a la campa lateral de la Iglesia de San Ignacio y frente al Ayuntamiento de Getxo, vimos apoyado en un árbol, y en actitud de meditación, a José Antonio. Cuando nos acerca­mos a él cambió rápidamente de actitud y al preguntarle si algo le pasaba contestó que pensaba en cuál sería el resulta­do de aquellas elecciones, y luego de ello, y con la sana alegría y el optimismo de que siempre disfrutara, nos invitó a dirigirnos al Batzoki de Algorta para tomar un aperitivo.

Posteriormente en las Cortes se estaba discutiendo la Ley sobre Secularización de los Cementerios y aquella sema­na había tenido José Antonio una de sus más destacadas in­tervenciones. Con tal motivo la Asociación de Emakumes, que tenía su residencia en la Calle del Correo había organi­zado para aquél sábado una velada en la cual José Antonio había de pronunciar una conferencia. La hora se había fija­do para la inmediata a la llegada del tren rápido de Madrid en el cual viajaban los diputados. Era tal la cantidad de gen­te que aguardaba la llegada de José Antonio, que desde la estación a la Calle Correo estaba parada la circulación. Cuando bajó del tren y se le informó de lo que estaba ocurriendo en la calle y del recibimiento que se le hacía de una manera espontánea, su comentario fue: «No veo el mo­tivo. No hemos hecho más que cumplir con nuestra obliga­ción. Para qué esto, si no les voy a decir nada nuevo que no lo sepan por la prensa».

Aquella tarde fue apoteósica. Durante la conferencia, en la que contó detalles de las Cortes que no se podían reflejar en los periódicos, no cabía una persona más en la Calle Correo, ya que desde el cruce con Lotería hasta el Arenal, estaba ella toda llena de gente que quería tributar ese home­naje a quien en el Parlamento había defendido al pueblo y había manifestado su propio sentir.

Terminada la conferencia y marcharnos para Algorta, su pensamiento reiteradamente manifestado era éste: «Es ma­ravilloso este pueblo, por él bien vale cualquier sacrificio». Y ese día, y a esa hora ya cerca de las doce de la noche, José Antonio, como ser humano, estaba plenamente agotado por el esfuerzo realizado. Y aún le parecía poco para dárselo a su pueblo.”

Este fue el testimonio de este abogado compañero de bufete del primer Lehendakari. Nunca se le reconoció en público esa amistad que a nosotros nos contó entusiasmado. Y es que esa debía ser una de las características de  aquel hombre singular, que convertía a la gente en “aguirristas”. Y para toda la vida.