Quién gana y quién pierde

El epílogo chusco pero impepinable del singular desarme del sábado en Baiona es la atribución de la victoria y de la derrota tras seis decenios de barbarie. La prensa del día siguiente, o por lo menos, buena parte de ella, entró de hoz y coz a la disputa. Con la camiseta del equipo correspondiente se proclamaba el éxito arrollador de las huestes propias. “ETA se ha rendido”, proclamaban los tirios. “El Estado español (y el francés) ha(n) hecho el ridículo”, bramaban los troyanos, tan venidos arriba que ni se daban cuenta de qué manera postrera le estaban dando la razón al juez que veía amanecer.

No es que sospeche ni me tema, es que sé a ciencia cierta que esta va a ser la gran contienda de los próximos años. De hecho, hace tiempo que ya entramos en esa fase, que no por casualidad llaman batalla del relato: ba-ta-lla. Lo de menos es la verdad. Se trata de saber venderla. Primero se coloca en la parroquia propia —eso ya está— y después, a base de lluvia más fina o más gruesa e inmisericorde repetición, se intenta hacer comulgar a todo quisque con la rueda de molino. Como si los acontecimientos históricos fueran cuestión de opiniones.

Ya, muy bien, columnero, pero según usted, ¿quién ha ganado y quién ha perdido? Sinceramente, casi tengo una respuesta para cada vez que me lo pregunto. En ocasiones, creo que las más, siento la certeza de que prácticamente todos hemos palmado por goleada y con nulas posibilidades de equilibrar algo en el partido de vuelta. Otras, en cambio, miro a mi alrededor, veo escenas imposibles hace solo diez y no digamos quince años, y siento que poco a poco vamos remontando.

Mariano gana todo

Pues ahí lo tienen. Para que luego digan de la estrategia de la estatua. Una vez más, el ganador es… ¡Mariano Rajoy Brey! Y se lo lleva todo todito todo. Como obsequio preliminar, el mordisco al polvo de Pedro Sánchez en forma de renuncia al acta de diputado para no tener que votar lo que no quería; pobre desgraciado, no ha caído en la cuenta de que al irse ha hecho automáticamente que el número de abstenciones necesarias pasara de 11 a 10, lo que ha sido tanto como abstenerse. Luego, y conforme a guión, el Tancredo galaico se ha alzado con el teórico premio principal, la investidura que convalida y deja impunes mil casos de corrupción y otros tantos recortes, golpes de rodillo y, por lo que nos toca más cerca, tantarantanes al autogobierno. Además, con diez meses de gobierno en funciones de regaliz.

Pero no se acaba ahí el lote del triunfo. Incluye haber dejado al PSOE como un bebedero de patos, bien es cierto que con la colaboración imprescindible de las direcciones anterior y actual, ejemplo en lo sucesivo en materia de autolesiones. A ver qué hacen, por cierto, los mandarines interinos con los quince culiparlantes que, más cerca de lo patético que de lo épico, se mantuvieron en el inútil ‘No’. Si acaban en el grupo mixto, se materializará lo que en cualquier caso ya iba a ocurrir a efectos prácticos: que los galones de formación principal de la oposición recaerán en Podemos. Eso también forma parte del botín de Rajoy. Le viene de perlas tener enfrente a Pablo Iglesias, un tipo que fuera de sus fieles transmite una nada seductora mezcla de histrionismo e histerismo. Ha hecho pleno. Y sin moverse.

No saber perder

Desde el 24 de mayo hacia acá, uno de los espectáculos más divertidos que se nos ha dado contemplar es la creciente e histérica congoja de los otrora reyes y reinas del mambo que se han quedado colgados la brocha. Además del trabajo a destajo de las trituradoras de papel —y hasta algún incendio como caído del cielo en dependencias municipales—, estos días han cantado la Traviata las esperpénticas chorradas que han salido de labios de los atribulados perdedores, con Yolanda Barcina y Esperanza Aguirre destacando por lo patético. Todas esas invocaciones descangalladas a la alternativa KAS, la Alemania prenazi, la Argentina de Perón, la Venezuela de Chávez o el minuto antes del apocalipisis final, aparte de ser una gachupinada, retratan a la manga de hooligans que las han soltado como obtusos melones incapaces de distinguir la democracia de una onza de chocolate.

Humanamente, se comprende la rabieta de quienes pensaban que su culo era imposible de desatornillar de la poltrona. Y se puede uno imaginar también el tremendo comecome ante el despiadado cambio de bando de las alfombras y los trienios de porquería que ocultan. Pero ya que les toca desalojar, cuánto mejor para su recuerdo —que es todo lo que les queda a algunos— que lo hubieran hecho con una mínima elegancia, mostrando incluso contra pronóstico que también saben perder y bajarse de los machitos sin montar una escandalera monumental. Total, está escrito que, aunque esta vez han salido de golpe un congo y medio, a la inmensa mayoría de los derrotados les está aguardando, a tres cuartos de vuelta de puerta giratoria, una suculenta sinecura.

Ganar a cualquier precio

Debe de ser que no tenemos término medio. O las natillas con música de violín de los valores positivos o la cayena a ritmo de acid del “pisas o te pisan”. Hablo de la vida en general, pero en este caso y de forma más concreta, del deporte, que dicen que es una especie de trasunto o metáfora de ella. Si no tuviera cosas mejores que hacer, hasta me escandalizaría por las odas épicas que le están componiendo al niñato malcriado Jorge Lorenzo. “The winner takes it all”, cantaba Abba, y efectivamente, el ganador del mundial de motociclismo en la categoría Moto GP se está llevando, junto con la copa, el laurel y el botellón de champán, no ya la disculpa, sino el aplauso a su manifiestamente mejorable modo de ser.

Es muy revelador leer en los entusiastas perfiles que ha publicado la prensa la lista de sus virtudes: nunca admite estar equivocado, no tiene el menor espíritu de equipo, presume permanentemente de algo que llama “instinto asesino”, carece de amigos entre sus adversarios, cuando las cosas le salen mal se enfurruña y no habla con nadie, abronca a mecánicos que le doblan la edad y le triplican en experiencia, desprecia al público… Y el resumen de todo eso: jamás aprendió a perder ni tiene pensado hacerlo. Cualquier crío que reuniera la mitad de esos síntomas sería carne de psicopedagogo. Éste, como anda bien en moto -lo único que sabe hacer-, tiene barra libre para conducirse dentro y fuera del circuito como el dictadorzuelo consentido que es.

Mucho buen rollo, pero…

Ya digo que no me escandalizo. Sólo lo consigno como otra muestra más de la hipocresía en que nos bañamos cada día. Todo el buenrollismo de la educación en valores, el esfuerzo compartido, la empatía como varita mágica, quitarle importancia al triunfo y dársela a participar… es pura palabrería que por mucho énfasis que le echemos no es capaz de disimular que lo único que se premia -parece una perogrullada- es la victoria. Da lo mismo cómo se haya conseguido. Como estamos viendo, una vez en el pódium, basta un poco de literatura para convertir a un capullín con pintas en un rebelde sin causa.

Sé que no sirve absolutamente de nada, pero me niego a unirme al cortejo de reídores de las bravuconadas de este o cualquier otro engendro creado para ganar al precio que sea. Tal vez porque donde más he aprendido ha sido en los empates trabajados o en las derrotas sin paliativos, no siento ninguna simpatía por los que llevan un piolet en cada mano y un cuchillo entre los dientes. Y ahora sí que no hablo del deporte, sino de la vida.